Aún recuerdo la brisa erizando mi piel por las mañanas, el viento alzando mi pelo, el silbido del aire en mis oídos. Me encantaba sentarme al borde del precipicio, con los pies libres, sin tocar tierra firme, mientras el sol se ponía y nuestro faro iluminaba el horizonte conforme la noche entraba en escena.
Cuando lo vi por primera vez, aún a medio construir, era solo una niña que no sabía nada de la vida. Pertenecía a una humilde familia de ganaderos, algo normal por estas tierras cántabras. A mí nunca me interesó demasiado ese mundo, yo prefería deleitarme con la extensa visión del infinito Mar Cantábrico. Todas las mañanas me despertaba temprano, antes incluso que mis padres, y me dirigía hacia aquel gigante de piedra para ver el amanecer. Yo solo era una niña…
Los años pasaron, y dejé atrás la infancia para adentrarme en la adolescencia. Mi madre enfermó gravemente, así que tuve que ayudar a mi padre con el ganado siempre que necesitara mi ayuda. Ya no pude visitar el mar por mucho tiempo, y eso no hacía más que entristecerme. Soñando podía escuchar las olas rompiendo contra mis oídos, y sentía que estaba flotando sobre un mar de nubes. Cuando mi madre falleció, mi padre quedó desolado. Muchas veces vino donde mí, con lágrimas en los ojos, pidiéndome perdón por no haber podido hacer nada por ella.
Una mañana, dos meses después, más de la mitad de nuestras vacas aparecieron muertas. Veneno, eso fue lo que dictaminó el veterinario. Nunca supimos quién fue el culpable, pero a raíz de su crueldad, tuvimos que vender todos los animales que nos quedaban, para poder ganar algo de dinero. Volví a poder ver el extenso azul, pero había perdido más de lo que había ganado. La construcción del faro había progresado bastante desde la última vez que lo vi, e incluso se rumoreaba que estaría terminado para el año 1930.
Fue allí, sentada al borde del precipicio, donde vi por primera vez al hombre que se acabaría convirtiendo en mi primer amor. Era un chico joven, de mi edad más o menos, unos 17 años, que intentaba sin éxito atar el cabo de una barca. Alguien mayor que él no paraba de gritarle y de llamarle inútil. Finalmente, le dio un pequeño golpe en el cuello con la mano abierta y se fue, dejándole solo. Decidí ir a ayudarle, pues había visto miles de veces a otros marineros hacer un nudo de ese estilo y sabía cómo hacerlo.
- ¿Necesitas ayuda? - le pregunté.
- No, gracias. Puedo yo solo - respondió.
Hice caso omiso a su respuesta. Antes de que pudiera reaccionar, cogí la cuerda de entre sus manos y le pedí que me dejara hacerlo a mí. Accedió. Una vez hube terminado de atar la barca, le invité a sentarse conmigo en mi lugar preferido.
- No me gustan mucho los sitios elevados - rechazó mi oferta-. Además, tengo que ir con mi padre, si no me volverá a dar - dijo pasándose la mano por el cuello.
- ¿Tu padre suele pegarte muy a menudo?
- Solo cuando le hago enfadar.
No podía entender cómo un padre podía hacerle eso a su hijo. El mío siempre fue bueno conmigo. Nos despedimos, pero unos segundos después escuché un grito que venía de detrás. Era ese chico. Me dijo que se llamaba Pedro, y me preguntó cuál era mi nombre. Yo le sonreí, y le dije que la próxima vez que nos viéramos se lo diría. Después, me fui corriendo a casa.
Una semana después, vi una silueta rondando el faro. Me preocupé en un principio, pensé que podría tratarse de algún maleante, pero enseguida supe que era Pedro quien no dejaba de andar de un lado a otro, nervioso. Me acerqué y nos sentamos juntos a observar el mar. Me contó que su padre era pescador, y que él estaba aprendiendo el oficio, para seguir con el negocio familiar. Yo le conté que antes trabajaba de ganadera tras la muerte de mi madre, el problema que tuvimos con las vacas y por lo que estábamos pasando por aquel entonces. Las horas volaron una vez empezamos a conversar, y llegó el momento de volver. Esta vez tampoco le dije cómo me llamaba, pues me parecía divertido pensar en la cantidad de nombres que se le ocurrirían. Después de esto, nuestras conversaciones en el acantilado se volvieron costumbre.
Finalmente, los rumores sobre la finalización de la construcción del faro se confirmaron. En agosto del año 1930, el gigante de piedra blanca fue inaugurado. Hubo una gran fiesta para celebrarlo, con comida, música y bailes. Pedro y yo nos encontramos allí, y me moría de ganas de que me sacara a bailar, pero no lo hizo. No le guardé rencor por ello, pues a la noche, cuando todo el mundo se hubo ido, me agarró del brazo y me dijo que me quedara. Metió la mano en el bolsillo y sacó una llave; la llave del faro. Le pregunté de dónde la había sacado, y me respondió que hizo un trato con el farero. A cambio, tenía que limpiarle la casa durante un mes entero. En ese preciso instante, mi corazón empezó a latir más deprisa. Nunca había sentido nada parecido antes. Me cogió de la mano, me sonrió y me invitó a subir a la zona más alta del faro. Acepté sin ni siquiera poder decir una palabra.
Una vez arriba, me sentí más cerca del cielo, e incluso pude ver el mar más allá de lo que jamás pude hacerlo. Veía la elegante luna llena reflejada en las cristalinas aguas del Cantábrico. Yo miraba hacia el horizonte, pero Pedro tenía su vista fijada en el firmamento. Me habló de Julio Verne, un escritor del que había oído hablar a algunas personas en diferentes puertos en los que había atracado. Según él, el hombre acabaría llegando a la luna tarde o temprano. Me confesó entonces su desagrado con el mar, su pasión era conocer el mundo exterior, saber qué hay más allá.
- Oye, ¿qué crees que son esos puntos brillantes que se pueden ver en el cielo? - preguntó.
- ¿Te refieres a las estrellas?
- Sí, exacto. Verás, nunca pude ir al colegio, desde siempre he tenido que aprender el oficio familiar, la pesca.
- No te preocupes, lo entiendo.
Ambos nos quedamos mirando hacia arriba. Su pregunta me hizo reflexionar durante un rato, pues nunca antes me paré a pensar en ello; solo conozco su nombre, no qué son.
- ¿Sabes? Nunca se lo he dicho a nadie, pero… siempre creí que eran faros. Miles de faros, pegados al otro lado del cielo. Faros que…
- … iluminan el camino de todas las personas del mundo, como los de piedra guían a los marineros en las noches oscuras - termino la frase que él ha empezado, como si ambos estuviéramos pensando lo mismo.
Nuestros ojos se encuentran, y lentamente empezamos a juntar nuestras manos. Apoyo mi cabeza en su hombro por unos instantes.
- ¿Te apetece bailar? Un compañero de mi padre me enseñó cómo hacerlo. “Ya me lo agradecerás cuando consigas conquistar a una mujer gracias a mi baile”, decía.
- ¿Por qué no? Igual tenía razón - le guiño un ojo.
Y así lo hizo. Me enseñó a bailar, y conquistó mi corazón. Y esa noche, la gente pudo ver reflejada en el cielo la sombra de dos personas enamoradas bailando juntas en el faro de Ajo. Tras esa noche, todo fue a mejor. Pedro y yo empezamos a vernos más a menudo, pero siempre en secreto. Ninguno quería que nuestra relación se viera afectada por la obligación al matrimonio. Pero finalmente, seis años después, decidimos que fue el momento de dar el paso. Nos casaríamos tras su regreso, pues tenía que salir de pesca una vez más. Antes de su marcha, quedamos en el acantilado, como de costumbre. Nos dimos nuestro primer beso, cálido, como los rayos de sol por las mañanas, pero fresco a la vez, como la brisa del mar. Vi cómo se alejaba de mí, y noté su mano separándose de la mía. Aún no podía irse, había una cosa que tenía que hacer antes de que perderse en el horizonte.
- ¡Pedro! - grité, él giró la cabeza-. ¡Laura!
- ¿Qué? - parecía confuso.
- ¡Mi nombre! ¡Es Laura!
Hizo un gesto de alivio, y me mostró, una vez más, su gran sonrisa. Yo sonreí también, mientras una lágrima caía por mi mejilla. Después me acerqué al acantilado, y pude ver cómo Pedro, ese chico torpe que cambió mi vida por completo, se perdía rumbo a mar abierto para siempre. Para siempre…
Pedro nunca regresó. Cuando el barco de su padre atracó, él no venía dentro. No me atreví a preguntar qué fue lo que pasó, el miedo se apoderó de mí. Mi padre me contó que el hijo del pescador se enredó con unas cuerdas y cayó al mar. Estas redujeron notablemente la capacidad de movimiento del chico, haciendo que le fuera incapaz salir de ese infierno azul.
Salí de casa y volví al faro. No podía creerlo, me parecía imposible pensar que no lo volvería a ver jamás. A pesar de estar al lado del gigante de piedra, su luz no conseguía alumbrar la oscuridad que el dolor había dejado en mi corazón. Esperé hasta entrada la noche, rezando porque Pedro saliera del agua y se sentara conmigo al borde del precipicio. Pero no ocurrió. Nadie acudió a mis súplicas.
Fue en ese preciso instante cuando vi claro qué era lo que tenía que hacer. Si fuera un faro, como esos que vemos en el cielo o el que tenía detrás de mí, podría encontrarle. Me levanté, me puse al borde del precipicio, esta vez más cerca que nunca, y derramé mi última lágrima. Estiré los brazos, cerré los ojos, y me dejé llevar por las corrientes de aire, las cuales me empujaron hacia abajo.
Así fue como, el día 23 de agosto de 1936, el faro de Ajo dejó de alumbrar, para ser encendido de nuevo a las pocas horas. Pero esta vez, nada era como antes. Desde ese día, yo misma controlo el faro. No hay noche que no apunte con mi blanca luz al mar, con la esperanza de poder ver a mi amado y salvarle, y no dejaré de iluminar nuestro Mar Cantábrico, aquel que tanto amé en vida, hasta reencontrarme de nuevo con él.





Mabel
Muy buena historia. Un abrazo y mi voto desde Andalucía