Sobrevivir: Era lo único que Laura necesitaba. Unos instantes para reponerse del golpe y conseguir tomar algo de aire fresco. Unos días de paz entre la desastrosa agitación.
Lo cierto era que aún no era capaz de entender muchos de los aspectos de lo ocurrido y su mente bailaba caprichosa entre miles de interrogaciones ¿Por qué yo?¿Por qué otra vez?¿Qué hice mal?¿Qué pude hacer bien? Pobre Laura. Si supiese que pocas veces hay respuesta a esas preguntas…
Él decidió unilateralmente que ella quizás no era tan importante en su vida y a ella no le quedó más remedio que aceptar que lo mejor quizás era irse. Entre medias: Un océano de ilusiones desvencijadas que caían al suelo como pintura de paredes desconchadas. La morada que habían construido con tanto esfuerzo y ternura era ahora apenas una casita baja semiderruida que aferraba sus muros en el lodo tratando de mantenerse ¿Quién la reconstruiría? Aún no hay respuesta, Laura, cariño mío. Y Laura lo aceptó con un espíritu espartano (Lo podré sobrellevar). Sumida en el reciente caos, levantó sus cansados huesos y caminó resuelta a tratar de salvar al menos los muebles. Ocupó varios de sus días en despertar una reflexión interna que le llevara a identificar los puntos flacos de su penosa situación. Tomaba un sorbo de té y cavilaba sobre si a lo mejor había sido algo dependiente como decían. Degustaba una rica galleta de chocolate y se sugería que a lo mejor había pecado de impaciente. Se tumbaba a leer en el reconfortante calor de las sábanas y se dejaba llevar por los vaivenes de la memoria buscando por entre sus railes la sombra de alguna frase que hubiera pasado en alto sin darse cuenta.
Laura sólo necesitaba dos cosas: Tiempo y espacio. Conceptos complejos que encierran una verdad muy sencilla: Tranquilidad; la base de la supervivencia.
La semana de después de la ruptura Laura decidió comenzar a transitar el camino de la ansiada recuperación ¿Quién no tiene un varapalo emocional?¿Quién está libre de un desamor en la cartera? Seguramente nadie. Y ¡Qué pena ser uno de los pocos seres que sí! ¡Qué pena no sentir el corazón caerse a fragmentos sobre el suelo! Porque duele, claro que duele, pero es símbolo de que una vez ese mismo corazón latió con la intensidad de mil huracanes.
El primer día, concentrada en las líneas rectas del elegido camino, Laura trató de dejar fluir todos sus sentimientos. Sorbió fuertemente el café de la mañana, se miró fríamente en el espejo y empezó a vomitar frente a él en una sucesión cuasi mecánica todo lo que no le gustaba de su situación: (No me gusta sentirme un objeto, no me gusta sentir que he invertido mi tiempo en alguien que pensó que era poco más que una diversión, no me gusta sentir que los pies que me sostienen son incapaces de dejar huella en los caminos que piso, no me gusta pensar en él en los brazos de otra pero, ¡Vaya mierda!, ¡tampoco me gusta pensarme a mí de nuevo con él!). Laura lloró amargamente esa mañana sobre la dureza de la almohada. Las horas pasaron entonces casi sin avisar. Cuando se quiso dar cuenta, una risa descontrolada inundó sus mejillas expandiéndolas hasta sus más insospechados límites. (¡Qué idiota soy!¡He dejado la almohada perdida!).
En el transcurso del día y, tras valorarlo mucho, Laura creyó que era sano hablar del dolor que sentía y decidió explicar su situación en la sobremesa familiar. Esperaba encontrar de sus pares unos brazos que acogieran y mecieran su cuerpo hasta que las heridas sanasen por completo con las vendas de la ternura y, por la propia dinámica, él pasara a ser solo un recuerdo vago de una persona que algún día supuestamente conoció. Pero Laura no se encontró lo que esperaba. Laura encontró unos brazos cerrados y para nada dispuestos a sanar más que las alteraciones que la monótona cotidianidad pudiera ocasionar.
-Bah, pasará pronto Laura. Céntrate en lo importante. Exageras-
Y las palabras penetraron en los muros de Laura como una bola de demolición gigantesca. ¿Cómo podía ser eso verdad?¿Cómo podían ellos siquiera medir las punzadas que asolaban por la noche sus vísceras? Reducir a matemáticas una realidad tan compleja como el duelo, como si fuera un problema planteado en la escuela: Si Lucía vivió millones de momentos maravillosos en tan sólo cuatro meses y comenzó a sentir mariposas a una velocidad de tres kilómetros por minuto ¿Cuánto deberá afectarle la marcha de Miguel? ¡Qué siniestro! Y la solución era centrarse en lo importante… ¿Acaso no era importante la vida?¿Acaso había algo más importante que marcharse del mundo con una maleta de experiencias que fueran más allá de lo económico? ¡Qué mundo tan material!
El segundo día Laura probó de nuevo a sincerarse, esta vez con sus amigos más allegados. Les comentó lo mucho que le dolía el hecho de sentirse incomprendida en un mundo que había cambiado para ella en cuestión de días. Notaba su cuerpo paralizado en el discurrir de un tiempo que la dejaba mareada, estupefacta y desnortada. Sentía que mil puertas permanecían abiertas ante ella pero ninguna le estaba permitido escoger. Laura se sentía ajena y buscó en personas tan importantes como sus compañeros de vida frases que orientaran su camino hacia un claro en el que pudiera respirar por unos instantes. Un claro en el que fuera posible por unos momentos alejar lo tóxico que la roía por dentro. Laura no encontró esas frases. Tras sus palabras quedaron sólo sentencias vacías, insulsas y carentes de significado práctico que dejaban su tiritante cuerpo sumido en un océano gris de absoluta desconexión -No te preocupes, todo acaba pasando, solo necesitas olvidarle-
¡Qué novedad! Que sólo necesitaba olvidarle… ¡Pues claro! La pregunta cuya respuesta buscaba no era otro sino ¿Cómo?¿Cómo podía escapar de la tortura que suponía escuchar su nombre en boca de la gente y sentir que cada letra le acuchillaba con sus filos?¿Cómo buscar entre las cenizas algo de esperanza para reconstruirse sin abandonarse en el intento? Respuestas vacías para preguntas de lo más complejo… ¿Qué podía esperar?
El tercer día Laura cometió un error de los más graves: Decidir que lo mejor era encerrarse en sí misma y dejar las horas pasar. Aparentando normalidad, trató de evitar los comentarios diarios que de él hacían referencia. Que si mira a qué evento tan genial fue el otro día. Que si mira que divertido este video en el que sale guapísimo en primer plano. Que si no te puedes creer qué bien lo pasé el otro día con él. Y Laura hacía caso omiso tratando de no dejar penetrar los comentarios en su mente (no lo hacen aposta, no se dan cuenta) Y trató de sobrellevar con dignidad los percances, pero la sociedad, mucho más inteligente, pudo ver a una Laura resistiendo a tientas sus impulsos. Y vieron la brecha. Y saborearon la debilidad. Y los sentimientos se le agolparon a Laura en el embalse de la garganta formando tensos nudos de dolor y rabia (sé fuerte, sé fuerte) y la sociedad se puso sus gafas de interpretar interiores y vio a Laura escondida y suplicando piedad en el recoveco entre el estómago y el corazón (sé fuerte, sé fuerte) y vieron entonces la oportunidad de saborear la carnaza y la sangre y afilaron sus colmillos buscando repartirse el mejor pedazo de la afligida Laura (no eres fuerte, no eres fuerte) y entre risas le arrancaron la esperanza de sus manos y jugaron a pasarla por el aire de unos a otros disfrutando del divertido espectáculo vespertino y esa noche, al llegar a casa, Laura volvió a empapar la almohada con el salitre de sus lágrimas con la diferencia de que esta vez no tuvo fuerzas siquiera para reír al comprobar la húmeda tela (no soy fuerte, no soy fuerte).
Y el cuarto día sólo podía faltar él, siempre protagonista, con esa sonrisa impoluta que anunciaba la integridad de su mundo, con esa alegría natural que provocaba en Laura la sensación de haber vivido a oscuras cuatro meses, de haber dibujado en su imaginación los días y las noches enteras con sus soles y sus lunas. Sí, sonreía, y qué bien parecía que le iba todo. Casi parecía mentira que quizás la hubiese conocido algún día. Por su actitud el hombre que caminaba elegante por los espacios que compartían era un cuerpo ajeno que sus manos jamás habían rozado. Era una mente extraña de la que apenas conocía mecanismos. Casi parecía que nunca le había contado sus sueños tumbados en el césped viendo al sol esconderse en el horizonte dibujado por los senos redondeados de las montañas. Casi parecían mentira los besos, los batidos en el café de la esquina de los martes a las cinco, la existencia compartida a medias, los domingos de película, manta, sofá.
Ahí va el último remate Laura, cariño, lo que te faltaba: Desconectada, mareada, frágil, exagerada y ahora inexistente ¿Cómo podía aquel hombre al que le había confesado sus deseos más internos esquivar su mirada como si fuese un rostro indeterminado en la oscuridad?¿Dónde quedaba la persona a la que había entregado en bandeja de oro los segundos más valiosos de su existencia, los segundos del corazón? Laura se sentía estafada. Engañada en una vida que no era para ella. Encadenada por unas reglas del juego que ni compartía, ni quería compartir.
Y llegó el quinto día, con su vorágine gris y su olor a tierra mojada y fue la propia mente la que comenzó a tejer las redes de la reflexión. Laura había por fin comprendido con tristeza que la empatía no era una cualidad que dominara en sus círculos sociales. Había comprendido su soledad en un mundo que, si antes era conocido, ahora era como abrir los ojos por primera vez para descubrir los detalles que antes se habían pasado por alto. Había logrado descifrar que en los rostros taciturnos y congelados de sus allegados se escondían fieros lobos que ansiaban devorar la sangre que emanaba de lo profundo de sus heridas y había comprendido, finalmente, que siempre sería señalada y culpada del dolor que sufría: Te lo has buscado. Por sentir en un lugar donde hacerlo es exponer el cuerpo a la intemperie, por dejarte conocer en la tierra de los que no quieren ser conocidos, por tener la osadía de amar en un mundo en el que se defiende la huida de cualquier elemento que roce con sus dedos una mínima implicación, ternura o respeto.
Te lo has buscado. Por jugar con las palmas de las manos al descubierto en el tablero de esconder lo que se siente, de no querer dar más porque a ver si te van a dar de menos, de no tener consideración ni por uno mismo, ni por quién se tiene delante.
Te lo has buscado. Por gastar tus segundos en tratar de cuidarle y hacer del mundo un lugar más habitable para él. Por dejar que se llevará más manta en las noches frías y preocuparte de que llegó bien a casa con el coche. Por acordarte del cumpleaños de su madre. Por ese detalle ese miércoles dieciséis que le hizo reír tanto.
Te lo has buscado. Por amar con el pecho abierto de par en par.
¡Qué fatalidad querida Laura!… ¡Qué fatalidad! ¿Y ahora qué vamos a hacer con los pedazos rotos de lo que un día fuiste? Si te han dejado abandonada en un rincón las personas que deberían haberte levantado en brazos y salvado de las llamas…
Y entre tibias reflexiones de madrugada amaneció tímido el sexto día dejando en la puerta de la habitación de Laura el espejismo de una catarsis. Y Laura se levantó y decidió ese mismo día que ya estaba bien de lágrimas. Que ya estaba bien de pensamientos intrusivos y de estados febriles que paralizaran su vida. Que sacaría fuerzas de donde no las hubiera si de salir del atolladero se trataba. Que quizás era cierto eso de que todo pasa por algo y el dolor no fuese más que una linterna que ilumina rincones que nadie alcanzaría a ver de otra forma.
Y Laura peinó sus cabellos frente al espejo que en días anteriores le escupía las verdades más amargas. Y ¿Sabéis un secreto? se vio preciosa, radiante, hermosa y llena de energías.
Y Laura abrió el armario que antes dominaban los tonos apagados y eligió mil colores para resaltar su sonrisa convirtiendo en un arcoíris los recovecos de su habitación.
Y Laura recorrió el pasillo sin detenerse ni un instante frente a la puerta y decidió que era hora de emprender un fastuoso vuelo. Altiva, desfiló sin complejos por el puente de plata que su entorno le había dibujado con sus acciones y no tuvo por primera vez ningún género de duda.
Porque Laura tomó por fin las riendas de su vida y decidió hacer caso omiso a las habladurías de la gente a la que le importaba menos que su propio dolor.
Y comprendió al fin que ese mismo dolor era suyo y lo experimentaría a su manera. Sin complejos.
Y comprendió al fin que la vida le estaba dando con él una poderosa lección: ¡Huye, Laura, huye!¡Escapa de todo lo que no dibuje una sonrisa ancha como el mar en tus labios! ¡Que el mundo está lleno de personas preciosas que riegan las almas de su gente con la ternura y la pasión de una madre, Laura! ¡Que sólo hay que buscarlas por entre las calles vacías de las grandes ciudades o en las cafeterías destartaladas de un pequeño pueblo anclado en el tiempo! Y lo haría, por supuesto que lo haría. Y se alejaría de aquellos que no la comprendieran, de aquellos que quisieran derribarla, de aquellos que la hicieran obviarse y dudar de sus propias facultades. Y no volvería a cuestionarse a sí misma. No, claro que no, para ella eso ya había terminado. De ahora en adelante nacía una nueva persona: Fuerte como el hierro por viajar con el corazón abierto para quién quisiese pasar a echar un vistazo. Segura hasta el extremo de pararse a escuchar lo que su interior decía. Y si para ello era necesario huir de lo que durante tanto tiempo fue su asiento en la vida: Lo haría.
Porque Laura sólo necesitaba tiempo y espacio y no marchitarse en el jarrón de una vida que demostró ser una auténtica farsa.
Porque Laura sólo necesitaba la supervivencia.
Y quizás huir de todo lo que la comprometía fuese la única forma de conseguirla.





Mabel
Muy buena historia. Un abrazo Jose Luis y mi voto desde Andalucía
Thougart
Mil gracias Mabel!
Esruza
¡Excelente! Mi voto ysaludos
Thougart
Mil gracias Estela!
AVM
Muy buen trabajo, precisión sentimental de cirujano. Un abrazo Thoughart!
Thougart
Mil gracias AVM, un abrazo fuerte!
ANTONIO A
Me gustan las historias de amor.
VIMON
Buen relato. Va mi voto con un saludo.
Thougart
Gracias VIMON, un afectuoso saludo!