La vida es una fiesta

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Bienvenidos señoras y caballeros a este relato. Lo diré en alto y no exagero al decir con el corazón en la mano que el oficio de escritor es como el del carnicero. Ambos se encargan de diseccionar una realidad y elegir un trocito sobre los demás. ¿Dónde parar de cortar? ¿Dónde seccionar los eventos para que quede un bonito cuento? Ustedes lean y consideren si el que escribe esto merece la pena o, por el contrario, es una auténtica mierda. Adelante, pasen y lean.

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Los integrantes del grupo se sientan en sus respectivas sillas formando un círculo en el que todos se enfrentan a todos, como en una plaza de toros pero sin más toro que sus fracasos y miedos. Una moderadora que no deja de sonreír invita a los asistentes a presentarse uno por uno, tras lo cual pregunta quién quiere comenzar a compartir sus experiencias. Un chico delgado de ojos castaños y pelo alborotado levanta la mano tímidamente. La chica asiente y comienza él a hablar sin levantarse de la silla.

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Se levanta con la cabeza dándole vueltas como un satélite. Lo primero que hace es buscar el paquete de tabaco y fumar un pitillo. La habitación está hecha un cristo. Hay unas bragas en el suelo y no son suyas. Se sienta y con los dedos separa la cortinita de la habitación. Hay nieve ahí afuera y alguna botella decora el suelo del patio de la residencia de estudiantes. Le dan ganas de escupir y va al baño. Sangre.

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En la tienda libre de impuestos cogimos un par de botellas de whiskey porque habíamos oído que en Suecia el alcohol era caro. Ambos bebíamos mucho pero él no tenía autocontrol y bebía solo o acompañado. A veces le sorprendía bebiendo por las mañanas. Además, tras unos meses conviviendo, me di cuenta de que mentalmente no iba bien. Empezó a tener paranoias que compartía conmigo raras veces. Es cierto que cuando bebes mucho no sabes, quizás, lo que has hecho la noche anterior y te crea inseguridad al salir a la calle por si te reconocen y la noche anterior has hecho el parvo. Pero él empezó progresivamente a pensar que nos reíamos de él, que le criticábamos a sus espaldas, lo cual pudo haber sido cierta alguna vez pero no con asiduidad. Una vez en Londres se emborrachó solo en el hotel y empezó a fumar e increpar a varios huéspedes, luego, al día siguiente, se fue devastado hasta el aeropuerto ante las miradas reprobatorias de las dueñas del hotel. Creo que fue su primero colapso mental serio. Dejó de salir por un tiempo, pues no quería beber tanto. Pero al final volvió a las andadas.

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Hola, me llamo Andrés Valera y tengo veintiocho años. He sido alcohólico desde los diecisiete años a los veinticinco. En mis peores momentos bebía media botella de whiskey y  varias latas de cerveza y cañas al día. Cambiaba de supermercado por vergüenza a que me reconocieran como el borracho cliente habitual. Me conocía todos los bares de alrededor de donde vivía. Bebía solo o acompañado pero, sobre todo, solo. Al principio probé con amigos y el alcohol se convirtió en algo que servía para desinhibirme un poco y socializar más. He de reconocer que siempre he sido enfermizamente tímido. Y cuando digo esto, quiero decir que he llegado a puntos increíbles por evitar ciertas situaciones. Por ejemplo, me cambiaba de acera para no coincidir con alguien, cambiaba de ruta por no pasar por delante de algún sitio o simplemente bajaba la cabeza y esperaba a que pasase la tormenta. Me da pánico hablar en público y hoy me estoy abriendo un poco pero cualquiera que me conozca un mínimo dirá que soy un tipo parco en palabras, hermético y frío. El alcohol, creía, me ayudaba a pasar al polo opuesto, a sentirme encantador, gracioso, más sociable que nunca. Fueron tiempos duros, mi adolescencia. Llegué a marcarme los antebrazos con agujas al rojo vivo y quemarme colillas en las muñecas. Era como si no fuese capaz de sentir y buscase el dolor para cerciorarme de que era humano y no un extraterrestre con disfraz de humano. Recuerdo no haber hecho buenas migas con casi nadie en el instituto y que eso me mataba porque yo solo necesitaba algo de camaradería, de cariño. Quizás fui un chico demasiado sensible. Se me ha quedado clavado que un día mi madre una vez dijo que ser sensible era de maricones. Ahora sé que piensa de otra manera pero no sé por qué razón me acuerdo todavía de sus palabras. Me han herido sin querer y queriendo, como yo también lo he hecho. Beber se convirtió en un método de evasión fácil, barato y legal. A veces me pregunto si los gobiernos no potencian desde la sombra que la gente beba para estar abotargados y no hacer mucho ruido. Ya sabéis, pan y circo. Bebiendo metí la pata en mil ocasiones, perdí una novia que valía un Potosí, insulté a quién no debí haberlo hecho, me encerré en mí mismo como un caracol. Muchas veces mi mejor plan era beber y fumar en mi cuarto mientras leía a Bukowski o algún autor guarrete. Ya sé que es lo típico, un adolescente perdido que bebe demasiado porque aún no se sabe controlar y no comprende la realidad de ahí afuera, que se lo plantea todo y no está satisfecho con lo que hace. Alguien que quiere olvidar, tumbarse y olvidar. Morir por unas horas. Y podría gritar que fue la genética o una infancia traumática o echarles la culpa a mis padres, a los amigos, a la escuela o a Dios pero no es sabio hacerlo. Si mi abuelo fue un alcohólico no tendré que yo serlo también. Y mi infancia pudo haber sido algo solitaria pero no me voy a poner a buscar culpables porque yo solo me tengo que centrar en lo que puedo hacer y mi voluntad de salir de los pozos en que me meto. Pensé que nunca dejaría de beber ni fumar como una chimenea y miradme ahora. Todo ha pasado, así ha sido. Llamadle destino, me parece bien. Llamadle como queráis. Lo que quiero deciros es que no es nunca momento de tirar la toalla. He conocido la depresión de cerca, la insatisfacción continua, mi mente ha colapsado tres o cuatro veces pero no se puede rendir uno. En mi caso han sido varias psicosis paranoides debidas a variadas razones que todavía no he identificado bien pero sé que el alcohol entró en la ecuación, sobre todo en mis épocas más desenfrenadas. Mi mente fue frágil. Hay que cuidarla bien, mimarla, alimentarla bien, hacer ejercicio mental. Es una parte más. Ya decían los antiguos eso de mente sana en cuerpo sano. ¿Qué sientes cuando la mente se viene abajo? No tiene una respuesta fácil. Sientes que el mundo es una ratonera y los colores se funden unos con otros. No hay límites entre la realidad y la fantasía. Dudas de tus amigos y familiares, dudas de cada sonrisa que ves por la calle y solo descansas cuando estás solo en tu cuarto. Y necesitas un trago y sabes que va a empeorar las cosas pero el dolor dentro de ti es tan grande que necesitas una válvula de escape aunque sea temporal. Encontré cierta tranquilidad en el dibujo y la pintura. Me ayudaban a relajarme. Cuando dibujaba me concentraba en lo que hacía y mi mente dejaba de girar sobre las mismas cosas. Cuando escribía me sucedía lo mismo. Encontraba paz. Era pasarme un día sin dibujar o escribir y sentir un desasosiego general que solo podía desterrar poniéndome a dibujar o escribir. No soy un dibujante profesional pero me gusta inventar marcos surrealistas. Siempre me ha llamado mucho la atención eso de interpretar las obras de arte y yo abogo a veces por una negación absoluta de los significados. Muchas veces, en clases de literatura ante el profesor, me decía ay si el escritor del que hablas levantase cabeza y pudiese taparte la boca diciendo que su novela la compuso totalmente colocado. En fin, lo realmente importante es encontrar cosas sanas que te llenen un poquito al día. Puede ser cuidar un bonsái o besar a tu novia, puede ser dibujar o ver una película. Lo importante es que lo hagas, dentro de tus posibilidades, todos los días. Además, es vital no encerrarse en unas aficiones concretas y quedaros en esa zona de confort porque hay un mundo maravilloso de opciones. No soy terapeuta, pero cualquiera os dirá que hacer lo que os gusta os viene bien si no os hacéis daño ni se lo hacéis a los demás. Y si hacéis el bien a los demás pues mejor que mejor. No os dejéis engañar por ese neoculto al ego que está destrozándonos a todos. Que si hay que coleccionar el mayor número de países, que si vestir a la moda  más guachi de temporada, que si ver la película de la que habla todo el mundo…Que no os despisten. Y cuidad la mente, porque hay efectos irreversibles. Pero bueno, veo que me estoy pasando de tiempo. Solo quería compartir esto hoy. Gracias.

***

La última vez que le vi tenía buen aspecto. Había engordado un poco. Supongo que es la medicación. Le veo lleno de ganas de vivir. Es una alegría para mí verle así.

                                                                                 ***

La noche cae y decenas de chavales salen de los supermercados con bolsas de plástico. Es una fiesta. Es una fiesta…La vida es una fiesta.

Comentarios

  1. Mabel

    15 diciembre, 2017

    Muy buen texto. Un abrazo Andrés y mi voto desde Andalucía

  2. Luis

    15 diciembre, 2017

    Buen y emocionante texto, Andrés, felices fiestas y mi voto, con un abrazo!

  3. Nana

    15 diciembre, 2017

    Un relato muy realista… por lo sufrido.

    El alcohol es muy importante en la sociedad.
    Mucha gente no concibe el ocio, sin alcohol. Esta en las comidas,almuerzos, fiestas … etc. El que no bebe se ve como un aburrido.

    Mientras la sociedad, no se muera de hambre ,y pueda disfrutar del ocio, no se revelará, no se moverá de su zona de confort.
    El sector del ocio, cada día, es más importante en la economía… la sociedad tiene que estar distraída.

    El alcohol se bebe…muchas cosas.

    Un abrazo Andrés y mi voto.

  4. GermánLage

    15 diciembre, 2017

    ¡Como que el bueno de Andrés Valera ya va echando cuerpo! ¡Adelante! Excelente creación.
    Un abrazo.

  5. Esruza

    15 diciembre, 2017

    Yo, realmente, no creo que la vida sea una fiesta, pero buen relato.

    Mis saludos y mi voto. ¡Feliz Navidad! También.

  6. AVM

    16 diciembre, 2017

    Muchas gracias, compañeros!Un abrazo fuerte a todos y todas!

  7. Manger

    16 diciembre, 2017

    Mis más sinceras felicitaciones, amigo AVM. Muy buenos textos los tuyos. Con mis deseos de unas felices fiestas y una mejor entrada al 2018.

  8. Thougart

    16 diciembre, 2017

    Original relato por la forma en la que lo estructuras (me quedo con la frase del carnicero y te felicito por ella)

    Pero sobre todo: Fantástico el valor que le has echado a la vida. No es fácil abrirse con estos temas. La magia que le das a lo que escribes se vuelve con ello incomparable.

    ¡Felicidades!

  9. Emma Black

    16 diciembre, 2017

    ¡Genial! Hablar sobre terribles vicios y problemas mentales no es nada fácil, incluso se podría catalogar como un tópico taboo en vista de cómo la sociedad pretende que seamos perfectos y dignos de compartir nuestras anécdotas de película. Creo que no hay nada más humano que dejar caer la máscara.

    Te felicito por ello. Igualmente te deseo unas felices fiestas.

    Saludos

  10. Mairim

    16 diciembre, 2017

    ¡Felices Fiestas! Realmente puede que la vida sea una fiesta si te invitan y te enseñan a bailar en la adecuada 🙂

  11. gonzalez

    16 diciembre, 2017

    Qué bien contado está, Andrés. Me atrapó y además es muy fluido, te felicito. Mi voto y un fuerte abrazo.

  12. Lourdes

    17 diciembre, 2017

    Fantástico Andrés. Las adicciones nunca son aceptables si nos llevan a la autodestrucción, pero cuando por fin nos desprendemos de ellas, el camino recorrido ha sido la mejor de las escuelas para conocernos a nosotros mismos.
    Un abrazo con mi voto

  13. Sosias

    17 diciembre, 2017

    Hola, Andrés. Lo que nos cuentas muy bien podía ser una reunión de alcohólicos anónimos o una sesión de psicoterapia en la consulta de un psiquiatra o psicólogo.
    Es todo tan extraordinariamente real -situaciones, sensaciones,sentimiento, dolor, vergüenza-
    que puede pensarse que el autor es dueño de esos sentimientos, por haberlos experimentado en carne propia. Ya superada la fase del botellón, el protagonista se siente vivo,feliz,válido, para si mismo y para la sociedad. Quizás haya salido del infierno que suponen el alcohol y las drogas,pero, aún tiene miedo a recaer.
    Te digo una y otra vez, aprovecha ese torbellino de emociones y fantasías para crear.
    Tu lo vales Andrés,tú texto es fabuloso.
    Saludos y mi voto.

    ¡ FELIZ NADAL!

  14. Naufragoenlaluna

    18 diciembre, 2017

    Sin trampa ni cartón, como la vida misma, mi enhorabuena por este texto ya sea real o no. Y estoy contigo en eso de que «A veces me pregunto si los gobiernos no potencian desde la sombra que la gente beba para estar abotargados y no hacer mucho ruido.» yo no me lo pregunto…estoy convencido de ello. Un saludo

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