Lisboa

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Foto, escalera Elevador de Santa Justa

LISBOA (1ª parte)

Estaba sentado en el andén, en aquel banco de madera sin respaldo que aprovechaba como apoyo la pared curva de la estación de metro de Baixa-Chiado, muchas docenas de metros bajo la superficie. Era sábado, un montón de jóvenes llenaba la estación de intercambio. El letrero electrónico indicaba que aún faltaban diez minutos para que pasase el siguiente tren. El hombre observaba a las muchachas vestidas y preparadas para divertirse, para gozar de la noche, de la compañía, de lo que se pudiese a tiro, seguras de sí mismas, con esa seguridad que sólo se tiene cuando se rondan los veinte años, tan irresponsable como maravillosa. No pudo evitar compararlas con su mujer veinte años atrás, ella tenía la misma seguridad, pero ahora, después de tantos encuentros y desencuentros, de peleas en las que no ganaba nadie y reconciliaciones en las que ganaban todos, decidió que había llegado el momento de separarse definitivamente. Él pensó que sería mejor alejarse unos días y pasar el mal trago en una ciudad cosmopolita, risueña y agradable que le recordase los buenos tiempos y le levantase el ánimo. Lisboa. Curiosamente, la misma ciudad en la que habían pasado su luna de miel. Incluso se alojó en el mismo hotel.

Acababa de cenar en A Casa do Alentejo, una preciosa mansión, oculta tras una fachada que no hacía justicia al interior, con una discreta y obsoleta entrada que nunca atravesarías si alguien no te lleva de la mano, pero que deslumbraba en cuanto pasabas la puerta. Se ubicaba en una calle paralela a la plaza de Restauradores detrás del Teatro Nacional Dona María. Con salones antiguos de altos techos y pinturas clásicas de principios de siglo XX decorándolos, bajorrelieves y molduras. Las paredes alicatadas con preciosos azulejos policromados que conformaban escenas agrícolas de la región que daba nombre al lugar. Mirándolas recordó las palabras de amor que aquella lejana noche se mezclaban con el aroma del “bacallau”, el mismo que ahora saboreaba en la mesa de la esquina, en soledad.

Mientras levantaba su copa de vino del Alentejo para deleitarse con los matices que la luz arrancaba pasando a través del cristal al granate líquido, intentando olvidar unos recuerdos más dolorosos que gozosos, se fijó en aquella mujer sentada en el extremo opuesto al suyo, también en un rincón, que bebía un blanco, seguramente un “vinho verde”, también sola, con rostro triste miraba por la ventana en dirección al patio interior de estilo morisco. No era mucho más joven que él. Le dio por especular, intentando adivinar que hacía ella allí. Puede que esperase a alguien, un acompañante, posiblemente un hombre, quiso imaginar una historia de amor, una reconciliación, una petición de matrimonio, en aquel lugar mágico. Puede que fuese una cita a ciegas o u amante virtual, tan de moda en estos tiempos digitales, que entrará por la puerta con una rosa roja en el ojal y un ramo de violetas en la mano. Lisboa y su zona antigua esparcían la química del amor y la amargura por todas sus calles y negocios, sobre todo en la Alfama, el barrio al pie del Castelo de San Jorge, lugar donde había nacido el Fado, la canción de los amores amargos por excelencia, lleno de callejones, escaleras, pequeñas plazas e iglesias, con aromas a tugurio, pescado fresco y el desencanto incrustado en todas y cada una de las desgastadas y roídas piedras que jalonaban sus suelos y paredes.

Pero nada de eso aconteció. La mujer se terminó el vino, tomó un café “preto” y pidió la cuenta. En ningún momento dejó entrever ninguna otra emoción que no fuese el pesar y la tristeza. El hombre no pudo resistir la tentación de intentar saber que sería lo siguiente que iba a hacer, o a donde se iría desde allí. ¿A caso su amante la habría dejado plantada? Vio cómo se levantaba y cogía el bolso y el abrigo. Él trago la copa de vino de Oporto que acababa de pedir de un solo trago y le metió prisa al camarero para que le cobrase. Se lazó escaleras abajo en un intento de no perderla. Casi no lo consigue. Los sábados por la noche los alrededores de la plaza del Rossio son un hormiguero de gente, turistas, jóvenes juerguistas, terrazas, restaurante y vendedores de sueños. La vio a lo lejos, en el medio de la marabunta, cerca ya de la plaza, tuvo que vadear todo aquel río de cuerpos a contracorriente, como si las personas que venían de frente se hubiesen confabulado para impedir que alcanzase su objetivo. Entró en la plaza justo al lado del famoso y antiguo local de la “Ghinjinha”, un licor de guindas “inventado” por un gallego, de fama mundial y donde siempre hay gente tomando chupitos. Ella avanzaba por el Largo Dos Domingos en dirección a la plaza Figueiras. La atravesó. Él la seguía con la mirada, aunque no podía evitar que la multitud se la ocultase de vez en cuando, siempre la volvía a encontrar. El momento más crítico se produjo cuando, en el último instante, logró otear el fino pañuelo que ella llevaba en la cabeza desapareciendo bajo el suelo, enseguida cayo en la cuenta que era la boca de una estación de metro, estaba descendiendo hacía el tren subterráneo. Tuvo que correr al darse cuenta de que en esa estación se cruzaban dos líneas, la Azul y la Verde, por lo cual podría escoger entre varias direcciones. Estaba de suerte. Parada delante de la máquina automática intentaba sacar el billete, “o cartao”. El también necesitaba uno si quería seguir tras ella. Intentó no perderla de vista mientras introducía monedas por la ranura. Vio como giraba hacia una de las entradas después de pasar el torno y desaparecía. Aquella maldita máquina era más lenta que el caballo del malo. Por fin pudo recoger su “cartao” y atravesar el torno también. Corrió en dirección al pasillo en el que ella se esfumara. Era bastante largo, lo siguió hasta el fondo y después de doblar una esquina, aparecieron una serie de escaleras mecánicas muy inclinadas, casi vertiginosas, que bajaban y bajaban, como si en vez de llevarte al andén del metro te guiasen al infierno. Llegó al fondo y accedió a la vía. Allí estaba ella, sentada en un banco de madera con la espalda apoyada en la pared curva de la bóveda del túnel, en el banco contiguo al que él se sentó.

Aprovechó la visión de las muchachas que caminaban por el andén para seguirlas con la mirada hasta que pasaban por delante de la mujer triste y quedaba unos segundos observándola. Llevaba un pañuelo anudado en la cabeza al estilo de las viejas del pueblo donde había nacido, pero no era negro, de esos del luto, era de vivos colores. El vestido de estilo hippy, vaporoso y floreado le caía hasta los pies, un bolso grande y sobrado que más parecía una bolsa de cuero de las que llevan las mujeres a la compra, que había combatido en mil y una batallas por las ferias de todo el país. Un abrigo negro de lana que no encajaba con el resto del conjunto, ni con la época del año, ni con el calor que hacía, ni siquiera con la ciudad. Cuanto más la miraba más atractiva le resultaba. Aunque no tenía claro el porqué, sería el físico, ese aura de misterio que la envolvía, ese aroma a soledad tan parecido al suyo. O puede que simplemente fuese curiosidad, saber cuál era la historia de la mujer doliente y por qué estaba sola en ese instante y en esa ciudad. ¿Buscaba a alguien o se escondía de alguien? ¿Huía de sí misma? ¡Tenía que descubrirlo!

Y mientras todas estas preguntas circulaban por su cerebro, llegó el metro y ella se levantó. Entraron en el mismo vagón, cada uno por una puerta distinta. Ella se quedó frente a la salida y él también, atento a cada parada, por si bajaba. Tan concentrado en su misión de espía que en ningún momento desde que empezó a perseguirla volvió a recordar a su esposa, ni al hecho de por qué estaba en Lisboa. Solamente tenía ojos para su “misión”, como empezó a considerar, a la mujer triste, en su mente.

Subieron en la línea Verde, dirección Telheiras. Cada vez que abría la puerta él se ponía en tensión. Una riada de gente subía y bajaba al unísono, tapando por momentos su “misión”. El corazón le latía más fuerte cuando la puerta se cerraba y aún no había recuperado la imagen de la mujer, quieta, agarrada a la barra y en el mismo sitio. Pasaron nueve estaciones, la megafonía anunció la décima, Campo Grande. La mujer se movió, dio un paso en dirección a la puerta. Esa era la señal, seguro que se bajaría en la próxima. Así fue. Como no entró tanta gente como en las anteriores, no hizo falta mucho esfuerzo para seguirla. En esta estación la línea Verde se cruzaba con la Amarela. Volvieron a subir y bajar hasta que estuvieron en otra estación, dirección Rato, en el Barrio Alto. De nuevo en el mismo vagón, de nuevo en distintas puertas, de nuevo aquella tensión de no saber en qué parada se va a bajar. Había mucha más gente en tránsito, era una línea muy concurrida que además, y eso le pareció extraño, volvía otra vez hacia la zona antigua de la ciudad. Tuvo una intuición, seguro que se bajaba en otra estación de enlace. Acertó, se apeó en Marqués de Pombal. Allí sí tuvo un problema, eran tantas las personas que entraban en dirección a la Baixa que casi no es capaz de salir para continuar la persecución. Subió los escalones de las escaleras de tres en tres y consiguió verla justo cuando giraba hacía la entrada de la línea Azul, dirección Santa Polonia, donde terminaba aquella vía, al lado del río Tajo, en la parte baja de la Alfama. Pero no llegaron al final, se quedaron en Baixa-Chiado, la estación donde comenzó todo ese periplo. Pasó al otro lado de la vía y se sentó en el mismo banco de madera en el que lo había hecho una hora antes, recostando su espalda contra la pared curva del túnel. Aquel recorrido en círculo le desconcertó más aún si cabe, pero también aumentó su curiosidad. Ella no había hecho ningún intento por despistarle, si es que sabía que la seguía, mas allí estaba, su “misión” había vuelto al punto de partida. Por increíble que pueda parecer, subió de nuevo a la línea Verde y realizó las mismas paradas y los mismos cambios, cada vez con menos gente, puesto que se acercaba la hora de cierre del metro. Después del último transbordo en Marqués de Pombal, se encontraban casi solos en el vagón. Fue muy evidente que ella ya lo había detectado. Bajaron en la estación, en la misma en la que habían empezado ese juego de persecución que los llevó a duplicar el mismo camino sin sentido. Nadie se bajó con ellos. Cuando el sonido del tren se ahogó perdido en las profundidades del agujero por el que se había metido, se miraron el uno al otro sin decir nada. Ella se le acercó. Su “misión” se puso a su lado.

-¿Me estás siguiendo? –Preguntó.

Él se encogió de hombros, no sabía que decir, ni que argumentar, por no saber, ni siquiera sabía qué coño estaba haciendo al perseguir en círculos a una mujer que no conocía de nada. Se sentía ridículo.

-¿Por qué?

Volvió a encogerse de hombros.

-¿Desde cuándo?

Para eso si tenía respuesta.

-Desde que saliste de Casa do Alentejo.

Ella se puso a reír a carcajadas, parecía imposible que ese rostro tan triste pudiese cambiar de esa forma tan radical. Sí que tenía paciencia el hombre. “Mira que ir tras una loca más de dos horas, subiendo y bajando del tren sin forma ni contexto”.

Entonces empezaron las preguntas, todas esas cuestiones que engordan la curiosidad y que alimentaron el esfuerzo de la persecución. Pero no respondió a nada, a ninguna. Sólo dijo que no tenía donde dormir y él enseguida se ofreció a llevarla a su hotel, tenía una habitación doble en la que había una cama libre. Ella le guiño un ojo y comento de soslayo, como si hablara sola.

-Puede que sea mejor que siga desocupada.

En un primer momento no tuvo claro si aceptaba o desechaba su ofrecimiento, o puede que en realidad la que estaba haciendo una oferta irrechazable era ella.

Pero esas dudas sólo duraron unos segundos, los que ella tardó en agarrarlo de la mano y tirar de él. El metro iba a cerrar. Volvieron a subir aquella cascada de escaleras mecánicas. Parecía que hacia arriba aún había más que cuando las bajó, como si volviesen del infierno. Cuando al fin, consiguieron ver el techo oscuro del cielo nocturno sobre sus cabezas, acabada aquella ascensión infinita, estaban en el Chiado, cerca de la Plaza Camoes, al lado de la escultura que representa a Pessoa sentado en la terraza de A Brazileira, donde cogieron un taxi que los llevó hasta el hotel. Hicieron el trayecto en silencio. La cara de ella ya no era de tanta tristeza, pero se abstuvo de preguntar, se dio cuenta que no conseguiría despejar ninguna de sus dudas por mucho que preguntase. La única que quedó despejada fue una para la que no le hizo falta abrir la boca, ella dejó que él posase su mano sobre la rodilla y fuese subiendo hacia la cadera hasta poder colocarla justo en el punto que los dedos buscaban sin que en ningún momento hiciese nada por impedírselo. Notó un calor y una humedad que hacía tiempo que no palpaba y que ascendió por su brazo hasta llegar a su cara. Ese calor le recordó el rubor colegial de otros tiempos.

El bar del hotel aún estaba abierto, un par de clientes algo enchispados hablaban a gritos intentando convencer al camarero de no sí que, mientras este ponía cara de no querer saber nada, simplemente aguantaba el tipo por cortesía… o porque le pagaban para ello.

-¿Te apetece una copa? –Le dijo él.

Ella afirmó con la cabeza y se sentaron en una mesa. El camarero les vio desde detrás de la barra y se alegró ante la posibilidad de escapar de aquellos dos hombres que lo asediaban con palabras entrecortadas y gin-tonics de más. Enseguida se presentó en la mesa muy servicial, como si fuesen sus salvadores al darle una excusa para escapar de la barra y deshacerse de aquellos tormentos británicos que apestaban a ginebra.

-¿Qué desean los “senhores”? –Preguntó arrastrando las palabras de un modo muy especial y echándole una miradita de arriba abajo al “senhor”. Entes de que el hombre pudiese abrir la boca, la mujer ya había pedido.

-Para mí una “garrafa” grande e agua fresca y para el caballero un “copo” de porto.

El camarero sonreía de un modo pícaro, tenía ciertos “dejes” que no dejaba lugar a la duda sobre su condición sexual.

-Supongo que el “senhor” lo quiere en un “copo” grande de esos que los “españois” llaman copa balón.

Y dicho esto, giró sobre sus talones alejándose con la cabeza muy levantada y un caminar de top model sobre una pasarela de París. Cuando se perdió tras una puerta buscando las consumiciones, nuestro hombre miró inquisitivamente a su “misión”.

Ella también le miraba a él, de soslayo, con expresión altiva.

-Me fije que después de cenar estabas tomando una copa de oporto, así que supuse que sería lo que ibas a tomar aquí.

Y no se equivocaba.

Ahora, Manuel, que así se llamaba nuestro hombre, ya no tenía claro quién era el perseguidor y quién el perseguido, quién era el cazador y quien el cazado, quién el perro y quién la presa.

 

Comentarios

  1. Mabel

    26 diciembre, 2017

    Muy buen Cuento. Un abrazo Marco Antón y mi voto desde Andalucía

  2. VIMON

    27 marzo, 2018

    Un relato excelente, con un gran final. Te dejo el voto de Portada.

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