“No es posible tomar venganza de una villanía sino cometiendo otra”
Pétrus Borel d´Hauterive
Salió el jueves sobre la media tarde dirección Ealing. Con una documentación falsa a nombre de un tal Carl Perry que solía utilizar, alquiló un Ford Focus color granate y recorrió bastantes kilómetros antes de llegar al destino concreto; la estrategia era algo latosa, pero vital en vistas de la coartada prevista. Llegó antes de la salida del colegio de los niños, y se metió en la cafetería donde había avistado a Dwayne entrando religiosamente los días anteriores. Esperó con paciencia durante un tiempo que le dio para dos cafés, y cuando ya estaba en pos de pedir el tercero, Dwayne y él se midieron las miradas desde una distancia prudencial casi por sorpresa.
Lo siguiente fue saludarse cordialmente, porque Curt se levantó como un caballero con picaresca agilidad y acudió ávido a estrechar la mano del traficante, anticipándose a cualquier reacción imprevisible del mismo. A ojos de los dos niños y de la mujer, obviamente, Dwayne ostentaba otro empleo -que difería mucho del original- y ejercía de respetable cabeza de familia. Curt fue más hábil mentalmente y comenzó el teatro aludiendo unos entrañables años compartidos de instituto que jamás existieron.
La mujer, de unos cuarenta años, fue realmente educada y encantadora con él, personificaba la elegancia y le transmitía cierta sensación de paz y familiaridad. En ciertos momentos casi le corroyó la envidia y a punto estuvo de descubrir las verdaderas razones de su aparición, pero se mantuvo férreo en su ardid y pudo jactarse de un extraordinario autocontrol. Los niños se impacientaban y estiraban la pernera de su padre, interrumpiendo la conversación, así que con gran amabilidad la señora de Dwayne decidió dejarlos solos para que conversaran acerca de tiempos pasados y dieran rienda suelta a la nostalgia. Su marido inventó varias excusas, que imploraban en silencio escabullirse, pero todas cayeron en saco roto. Curt y ella se dieron los dos besos de rigor, y quedó en el aire una invitación a cenar por parte de ambos.
La mujer de Dwayne, internamente, sintió una gran atracción hacia Curt.
A Dwayne, internamente, le temblaron las piernas.
Curt no tenía buenos presentimientos acerca del desenlace de los acontecimientos venideros, aunque conservaba un extra de confianza en sí mismo. Los malos presagios le habían perseguido varios días, y confiaba ciegamente en su intuición. Por ese motivo, se las había apañado para ir armado de alguna forma. No se trataba de armamento letal ni de fuego, pero sí que suponían una buena defensa por si llegaba el remoto caso de desatar la artillería. Además, estaba surtido de provisiones que pasaban perfectamente desapercibidas.
Una vez compartió cena con unos profesionales que se dedicaban a camuflar de las maneras más inverosímiles objetos prohibidos en las aduanas de los aeropuertos, algo por lo que se embolsaban una nada desdeñable cantidad económica. Prestaban sus servicios a diversos cárteles latinoamericanos y organizaciones de narcotraficantes procedentes del este de Europa, que también se dedicaban a la trata de blancas, y que ostentaban un renombre internacional archivado en los anales de investigaciones policiales. Aprendió trucos infalibles que pocos sabrían descubrir, y ahora había llegado la hora de ponerlos en práctica.
Lo de la hebilla reconvertida en llave de pugilato ya era todo un clásico en él, tal era su dominio que podía exponerla u ocultarla por inercia, con absoluta agilidad. No tan habitual era un táser, arma de electrochoque, disfrazado de paquete de tabaco marca Parliament y capaz de descargar cuatrocientos voltios sin que el afectado apenas se cerciorase del ataque. Esperaba no utilizarlos según cómo se terciaran las conversaciones, pero no dudaría en darles rienda suelta en toda su plenitud si se antojara preciso.
La cafetería familiar donde se encontraban tenia mesas adheridas a la pared y bancos laterales en lugar de sillas. Estaba decorada con motivos cándidos de animales de granja. Había un espacio destinado al recreo infantil con globos, pelotas de colores, toboganes y camas elásticas. Las camareras, todas en edad de estudiar, vestían un uniforme color rosa pastel con un gracioso delantal a cuadros celestes y un gorro ridículo con el logotipo del local impreso. Se hallaban rodeados de griterío, llantos, madres agobiadas y padres que intentaban desconectar del albedrío doméstico con una cerveza. Era el espacio perfecto para mantener una conversación que obligaba a cuidar las formas, leerse los movimientos, anticiparse a los pensamientos y preservarse de actuaciones impulsivas.
Curt se sentó relajado, sin pizca de rapidez, los brazos abiertos mostrando las palmas de las manos, la voz calmada y la actitud tranquila. Mantenía la mirada límpida sobre Dwayne. Sonreía y estaba dispuesto a escuchar banalidades, aunque tuviera un objetivo fijo que no dejaría influenciar; se disponía a sopesar el grado de peligro al que estaría expuesto próximamente. Andaba ansioso por enfrentarse a ello sin miedo alguno. No tenía ninguna prisa por sacar temas pendientes a colación, y nada enturbiaba su serenidad y seguridad apabullantes.
Por el contrario, Dwayne intentaba mostrar una imagen dominante que dejaba vislumbrar aristas de nerviosismo, y que le delataba por segundos. Curt lo leía en su expresión corporal: miraba hacia abajo o hacia los lados cuando lo confrontaba, era incapaz de mantener la mirada; transpiraba, emitía una exasperante risa nerviosa y se cruzaba de brazos en actitud defensiva. Farfullaba y requería un reaseguro por parte del escocés en cuestiones insustanciales, como la bebida o las pastas a pedir.
Se podría afirmar que Dwayne tanteaba de puntillas e indefenso en un terreno que jamás pensó hallarse, ni en la peor de sus pesadillas. Andaba desprovisto de cualquier indicio y falto de preparación, y además temía enormemente a Curt. Inhaló aire e intentó mostrarse autoritario en un intento por ejercer supremacía ante el vikingo e inspirar dominación. Él mismo fue quien inició la conversación, saltándose todos los rodeos corteses pertinentes de rigor, con el ansia de zanjar el tema cuanto antes:
–Vamos al grano….¿Qué es lo que has averiguado durante los días que te has entretenido persiguiéndome como un poseso?
–Yo sólo sé que hasta ahora te hacía viviendo en el este, y hace días resulta que tienes un doble merodeando por el oeste. Con monovolumen familiar y casa adosada. Qué curioso…dos caras de la misma moneda en todos los sentidos. Las tuyas, las literales, y las geográficas.
–Creo que voy a cambiar el café por algo con alcohol…¿Quieres?
Curt negó con la cabeza, dibujando una sonrisa más abierta e insolente en el rostro. Le invitó a proseguir levantando las cejas. Dwayne señaló hacia la puerta de salida, desde donde acababa de desaparecer su familia.
–Se llama Lujan. Nos conocimos hará unos diez años, nos casamos hará unos ocho. Su familia goza de una buena posición social, son empresarios de varias fábricas manufactureras con prestigio de antigüedad, y mantienen una buena fluctuación de ingresos. Ella ostenta algún mando intermedio en algún puesto inventado en su honor. Los niños que has visto: el mayor, Paul, tiene siete años. El más pequeño tiene cinco y se llama Dwayne Junior; le llamamos directamente Junior para que no lo confundan conmigo.
Lujan sospechó hace tiempo de mis negocios extraoficiales, del dinero en metálico que traía a casa y no declaraba ni ingresaba en entidades financieras, así que empezó con interrogatorios y presiones. Así que finalmente me sinceré y le dije que traficaba con algunos tipos de drogas. Montó en cólera y decidimos separarnos brevemente. Para calmarla y retomar nuestra relación le prometí que lo dejaría. Creo que en el fondo sabe que no es cierto, pero nunca volvió a indagar en el asunto y no ha vuelto a preguntar al respecto. Ella está conforme conviviendo con la mentira y yo nunca saco el tema a colación ni la involucro en el mismo, así que nos mantenemos felices.
Opero en el otro extremo de la ciudad porque deseo mantener mi familia al margen de cualquier peligro. Eso significa que han de ser invisibles para todo aquel que requiera mis servicios. Ser cuidadoso en eso es mi obsesión, lo considero algo de suma importancia, he salido victorioso en este sentido y quiero seguir manteniéndome en la misma línea . Por lo que a tí respecta, y por la naturaleza de nuestra relación, no se te ha perdido nada en esta porción de terreno. Aquí no existo. Salvo un número reducido de personas, un círculo que conozco a la perfección y no creo que me defraude, no me relaciono con mucha gente por aquí. Está todo controlado, y soy cuidadoso hasta decir basta. Si alguien habla, localizo de inmediato al traidor: tengo la red bien hilada. No quieras saber nada más. Lujan cree que me dedico a la gestión inmobiliaria. Me inventé un buen puesto laboral cuando el mercado experimentó el auge del nuevo milenio. Confecciono nóminas, ingreso una cantidad mensual variable pero suficiente dependiendo del mercado y las ventas inventadas, realizo mis horarios, aporto documentación de mis honorarios extraordinarios y le explico los pormenores de mi jornada diariamente.
No sé ni tengo el más mínimo interés en conocer cómo me has encontrado ni qué has venido a hacer aquí, pero espero que sea un caso muy aislado. Si te parece, hagamos como que eres un forastero más que por alguna razón involuntaria ha aterrizado en este lugar, y hemos vivido una agradable casualidad, viejos colegas de instituto que se han ido distanciando en la vida. Quiero dejarte claro que no deseo verte nunca más por estos alrededores, sino mis tratos contigo finalizarán en este mismo instante y de forma indefinida, con sus pertinentes repercusiones.
–Pertinentes repercusiones….¿Qué hay de Cynthia y el niño?
–¿Qué pasa con ellos?
–Llámame perspicaz, pero tengo la sensación de que ella cree que es tu pareja y de que compartís una unión genética agarrado de forma permanente a sus tetas.
–¿Y qué iba a hacer? Antes del embarazo no estaba tan descuidada. Si prescindías de fijarte en su dentadura, o la falta de ella, era incluso atractiva. Una noche nos pusimos ciegos y en la cúspide del viaje parece ser que nos dedicamos a follar. Ni siquiera me acuerdo. El hecho es que nueve meses después me vino con la barriga y una ecografía…¿Qué podía hacer yo? La chica no tenía dónde ir, el crío en parte era responsabilidad mía. No podía permitir que muriera de frío o desnutrición en algún callejón maloliente de Londres. Me sobraba una habitación y se la ofrecí. Sé a ciencia cierta que traicionarme no entra dentro de sus planes: está ciegamente agradecida. La tengo abastecida, mantengo sus vicios y proveo al niño cubriendo cualquier necesidad que precise. Únicamente requerí discreción, y se mantiene fiel a ello. No me causan ningún problema y estoy exento de cualquier remordimiento. ¿Aclarado el motivo de tu viaje? ¿Necesitas alguna otra aclaración, fisgón de los cojones?
Una pausa interminable vició el ambiente. El albedrío infantil taladraba como nunca.
–¿Cómo se siente uno cuando está contra las cuerdas? ¿Qué sientes cuando estás a la merced de otro y a sólo cinco minutos de poder arruinar toda una vida y romper un hogar? ¿Se te desboca el corazón? Ilumíname, Dwayne.
A Dwayne le traicionaba el pulso. Cogió su paquete de Pall Mall y se colocó un cigarro en la comisura de los labios, pero cuando accionó la rueda tras varios intentos sin acertar, y al fin se produjo la chispa, una de las camareras se acercó a ellos con gesto aniquilador para advertirle de que “señor, es evidente que en este establecimiento está prohibido fumar”.
Pero Dwayne no se quitó el cigarro de la boca, aun sin llegar a encenderlo. Miró a Curt e intentó disuadirlo de lo que fuera que le rondara con la mirada, impetrando clemencia e intentando menguar sus iniciales intenciones, poniéndose casi en bandeja, llegando a la aterradora conclusión de que nada de lo que él pudiera hacer o decir modificaría los planes del escocés. De repente murmulló:
–Se siente terror, Curt. Terror e incertidumbre.
–Lo siento mucho, de veras. Es toda una experiencia vivir cuando no tienes ningún control en absoluto, ¿Verdad?
Así, Curt levantó una taza transparente de café con asa de aluminio e hizo ademán de brindar, sonriendo y con una parsimonia que destrozaba los nervios. Dwayne esperaba impaciente, expectante, cuál sería su próximo paso. Lanzas caían incansables rozando su cuerpo pero no alcanzaba a adivinar desde dónde se disparaban: no hacía más que esquivarlas, pero si seguían así tarde o temprano saldría herido y de lleno.
–Recuerdo cuándo perdí el control. Me diste algo que me hizo perderlo, estoy seguro de que lo recuerdas. Perdí el rumbo, no sabía dónde iba y el mundo me parecía un lugar terrible. Tú provocaste que yo perdiera mi control. No hay nada peor, créeme. La sensación es asfixiante. De veras te compadezco.
–¿Quieres que te suplique? Acaba con esto y aclara tus motivos, ¿Es una súplica lo que quieres?
La cara de Dwayne estaba lívida, de repente parecía haber envejecido unos cuantos años. Se le dibujaba la pesadumbre a leguas. No podía apartar los ojos de Curt, e intentaba proyectar en él cierto reclamo de precisión. Pero Curt lo obviaba, es mas: le divertía mantenerlo en ascuas. Sabía perfectamente que se esperaba una respuesta por su parte, pero durante unos minutos se dedicó a observar jugar a los niños, advirtiendo el griterío, viendo como se tiraban bolas y se lanzaban cuesta abajo por los toboganes. Dwayne interrumpió esos minutos de evasión y reflexión prosiguiendo con la misma retahíla:
–No me importa suplicarte, si me aseguras olvidar este día. Puedo suplicarte.
–Te vendo mi silencio, Dwayne Reid representante comercial. A eso vengo.
–¿Cómo dices?
–Que pongo precio a mi silencio, y lo estipulo yo. Vamos a ver tu mercancía y hagamos un suculento presupuesto sobre mi silencio.
Dwayne pagó la consumición de ambos y dejó el obligado tanto por ciento de propina sobre el platillo del mostrador. Con gran disimulo, acordaron darse encuentro, cada uno conduciendo su propio vehículo, en la zona de atrás, donde la circulación peatonal era mucho menos fluida y casi carecía de tráfico. Dwayne se dirigió precipitadamente hacia el garaje, intentando controlar sus piernas, que parecían tener vida propia. Se planteó un camino alternativo con la pretensión de eludir la inesperada cita, pero sopesó las consecuencias y lógicamente hubiera sido peor el remedio que la enfermedad: faltar a su palabra provocaría la ira del vikingo y entonces ya estaría perdido, provocando secuelas posiblemente más destructoras que nunca, concernientes no sólo a él mismo.
No existía opción.
Buscó como un desesperado en la guantera algún arma, cualquier tipo de utensilio punzante, pero no había nada: ése era el coche donde viajaba con su mujer y con los niños. Estaba impecable y únicamente habían elevadores en los asientos traseros, algún cartón de zumo, algún paquete individual de galletas de dinosaurios y unos pocos juguetes en el maletero. Con la poca memoria que pudo rescatar en una tensión tan inabordable, halló una solución en la encimera de la cocina del piso de Southall en forma de cuchillo de sierra y otra más efectiva aún resguardada en una caja fuerte recóndita. Envió un mensaje a Cynthia desde el teléfono, rogando porque estuviera en casa, para que dejara la pistola semiautomática en un escondrijo específico, fuera de las primeras vistas, donde a Curt no se le ocurriera indagar. Le costaba hablar porque sólo pronunciaba incongruencias aceleradas, y la tiritera de los dedos no le permitían teclear en el teléfono. Exigió a Cynthia borrar de inmediato toda clase de pruebas escritas que contuvieran contraseñas y datos confidenciales. Puso su entera confianza en ella, expuso con todo detalle las señas dónde lo ocultaba, le repitió las claves de la caja fuerte y le explicó dónde y cómo depositarlo, con tanta precisión como si se tratara de un manual para principiantes. Se encomendó a Dios y fue al encuentro de Curt.
En cuanto a Curt, éste se dirigió a la esquina donde tenía aparcado el Focus. Encendió un cigarro mientras esperaba cruzarse con el Toyota de Dwayne, y así poder seguirlo durante el trayecto. Mientras se deleitaba con el especial sabor de ese peculiar cigarro con filtro empotrado, contemplaba el otro paquete de tabaco Parliament, que no era más que un arma de electrochoque vestida con un perspicaz envoltorio, y cuyo uso había ensayado docenas de veces en las horas precedentes. Acarició la hebilla del cinturón, donde podía extraer con relativa facilidad un enmascarado puño de acero. Lanzó un carcajada con la seguridad de quien se sabe vencedor y tiene hambre de batalla. Se estiró y relajó los músculos de piernas y brazos mientras se ocultaba tras una bocanada de humo, pendiente en todo momento de los espejos retrovisores. Disfrutó como nunca sintonizando “Dance on a Volcano” del Génesis que lideraba Phil Collins en 1976 y se relamió de gusto.





Mabel
Muy buena Novela. Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía
GermánLage
Aunque algo sigue sin encajarme, creo que sé por donde vas. En cualquier caso, no importa; es tan fluido, tan intenso, tan apasionado tu modo de escribir que leerte es siempre un inmenso placer.
Un fuerte abrazo, Esteff.
Vladodivac
Yo también me relamo de gusto, como Curt, leyéndote, y me encanta “Dance on a Volcano” de Genesis, gran año 1976. Sigo teniendo debilidad por todo lo que escribes amiga @estef314 , te doy muy gustoso mi voto y un gran abrazo, Felices Fiestas y un año nuevo cargado de gran inspiración.
Semper Fidelis
Joaquin