No fueron los furibundos golpes en la puerta los que despertaron a Mikel, sino el aterrador grito de su madre cuando esta se vino abajo. El jovencísimo chiquillo de seis años se escondió bajo las sábanas porque ya sabía lo que ocurría escaleras abajo: el monstruo había vuelto y, esta vez, su madre no había sido capaz de contener la puerta. Sus rugidos llegaban amortiguados por las mantas que le cubrían la cabeza, pero los gritos de dolor de su madre se clavaron en sus pequeños oídos como puñales.
Mikel comenzó a llorar de terror cuando los gritos de su madre cesaron. Trataba sin éxito de contener los sollozos por miedo a ser descubierto. Oyó las largas piernas del monstruo subiendo a grandes y pesadas zancadas por las escaleras. Los cuadros de las paredes se hacían añicos contra los escalones cuando el monstruo, torpe y enorme, chocaba contra ellos en su forzosa subida hasta la primera planta de la casa.
El monstruo se detuvo a la altura de la puerta de la habitación de Mikel, la primera que se podía encontrar subiendo desde la escalera. El chico contuvo la respiración. El pesado y arrítmico resuello de aquella bestia se convirtió en una queda risa burlona ante la patética imagen de aquel niño que, tapado con las sábanas, fingía no estar allí.
Tambaleándose, el monstruo pasó de largo y Mikel pudo volver respirar. Durante un instante se sintió a salvo. Pero el monstruo se dirigía, lenta e inexorablemente, hacia el fondo del pasillo, a la habitación de su hermana pequeña, Lucía.
Mikel tenía miedo. Mikel estaba aterrado. Pero la idea de su hermana de apenas dos años indefensa ante aquel horrible ser una vez más le infundió fuerzas. La adrenalina recorrió su pequeño cuerpo y, de un tirón, apartó las sábanas. Bajó de la cama de un salto y, sin enfundarse las zapatillas (“mamá se va a poner hecha una furia si me ve descalzo”, pensó), corrió hasta salir de la habitación.
La voluminosa figura del monstruo ocupaba todo el pasillo. Encorvado, tambaleante y dando manotazos, la bestia avanzaba hacia el cuarto de Lucía rompiéndolo todo a su paso. La respiración de Mikel se volvió a cortar en seco. No podía. No podía hacerlo. Aquel monstruo, aquella bestia… era demasiado grande para él. Algo en su interior aullaba para que corriera escaleras abajo, pero su pequeño cuerpo no respondía. A los pies de la escalera, el cuerpo de Alma, su madre, yacía inconsciente en un creciente charco de la sangre que manaba desde un lateral de su cabeza.
El agudo grito de su minúscula hermana le sacó del aturdimiento. Sin dar oportunidad a su mente de recapacitar se lanzó contra los bajos de la bestia. La adrenalina hizo que no sintiera la infinidad de cortes que los cristales rotos del suelo abrieron en las suaves plantas de sus jóvenes pies.
Ante la inesperada carga del niño, las largas y torpes piernas del monstruo tropezaron entre sí y la infinidad de jirones de su ropa se enredaron en sus pies, haciéndolo caer de espaldas. Mikel, aprovechando su escaso tamaño y su gran agilidad, esquivó la pesada caída del monstruo y corrió hasta el cuarto de su hermana. Aferrada con infantil desesperación a los barrotes de su cuna, Lucía llamaba a sollozantes gritos a su hermano mayor.
Mikel corrió hasta la cuna y bajó la parte lateral como le había enseñado a hacer su madre. Cogió en brazos a su hermana y se dio la vuelta para salir corriendo de allí, pero la luz del pasillo que iluminaba tenuemente la habitación quedó súbitamente bloqueada: el monstruo se había levantado y ocupaba todo el marco de la puerta. Su boca grande, torcida y llena de dientes afilados se abrió para proferir un gutural rugido.
Con su hermana fuertemente agarrada, Mikel retrocedió hasta la pared y se encogió. El monstruo avanzó con decisión inestable hasta los dos pequeños cuerpos abrazados que temblaban bajo su sombra. La bestia alargó sus largos y deformes brazos llenos de innumerables y retorcidos apéndices que hacían las veces de dedos.
Un disonante y ensordecedor estruendo detuvo en seco al monstruo. Sus ojos saltones inundados en incredulidad se pusieron en blanco, y su torcida boca babeó aún más de lo normal. Cayendo como lo haría una alta montaña, el monstruo se desplomó sobre la cuna, destrozándola. Tras él, ensangrentada y agitada, estaba la madre de los pequeños con el humeante revólver que el monstruo escondía en lo más alto del armario del salón. La mujer agarraba el arma con tal fuerza que tenía todos los nudillos blancos.
Alma corrió hacia sus hijos y cogió en brazos a su hija Lucía. Agarró de la mano a su hijo Mikel y, juntos, bajaron corriendo las escaleras. Franquearon la destrozada puerta que yacía inerte en el suelo de la entrada y la madre abrió la puerta del garaje. Subió a sus dos hijos a la parte trasera del coche, aseguró los cinturones de sus sillas especiales y, envuelta en silenciosos sollozos, se sentó en el asiento del conductor.
Con la mano aún temblorosa, Alma introdujo las llaves en el contacto y arrancó el coche. Dio marcha atrás hasta salir a la calzada y aceleró calle abajo sin volver ni una vez sus ojos anegados con lágrimas de dolor y de rabia, pero también de alivio y de esperanza. Atrás quedaba el monstruo que, durante cinco largos años, había aterrorizado a su familia cada madrugada al llegar borracho a casa.
Lucía dejó de llorar por puro agotamiento y, con las mejillas llenas de churretes, apoyó su cabecita en lateral de su silla para bebés. Mikel pasó su brazo por encima de su hermana pequeña y levantó una dura y decidida vista al frente. Su mirada se cruzó con la su madre en el espejo retrovisor y ambos supieron que estaban a salvo.
Y desde aquella noche Mikel supo que jamás volvería a tener miedo.





Taila Rein
Muy bonito cuento
Mabel
La desesperanza y el terror alberga esos sentimientos de locura y muy dentro de tu ser, reaccionas ante esta crueldad, no volviendo la vista atrás y siguiendo adelante, porque lo peor de todo es echarse atrás sabiendo que todo esto no puede recuperarse, siempre hay una ventana abierta para sentir esa libertad que tanto nos cuesta y que por error, salimos perdiendo. El miedo hay que afrontarlo, cara a cara, si no te puede llegar a destrozar emocionalmente. Un abrazo Ismael y mi voto desde Andalucía.
Esruza
El miedo es terrible y difícil de enfrentar, se tiene que luchar mucho contra él.
Buen texto, tienes mi voto y saludos.
VIMON
Muy buen relato…
viky
Conmovedor, es una realidad de tantas familias. Sin dudar mi voto para ti.