Noelia

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Las últimas señales de la locura aparecieron hace tres noches, en la estación del tren. Noelia y Humberto habían ido a despedirse de Rodrigo, el hijo de ambos, que se iba a la capital para estudiar Medicina en una universidad. Emocionado, Rodrigo no dejaba de sollozar contra el pecho de su madre. Tenía poco menos de veinte años, pero para ella seguía siendo un niño. Noelia le acariciaba la cabeza con ternura, mientras le decía que el tiempo pasaba muy rápido y que muy pronto volveríamos a estar todos juntos. Él se enjugó las lágrimas, pasándose las mangas de su camisa por los ojos. Humberto estaba pálido y sudoroso, y su rostro, siempre tan expresivo, lucía marmóreo, completamente impenetrable. Por un instante, ella se sintió tentada a coger a su marido por las solapas de la camisa y a recriminarle su absoluta falta de sensibilidad: el único hijo de ambos se estaba yendo, tal vez para siempre, y él parecía cada vez más y más distante, como si no le importase en lo más mínimo. Por suerte logró contenerse a tiempo, antes de arruinar un momento tan especial como ése. Su hijo no se merecía algo así.

—Los voy a extrañar mucho a los dos —musitó Rodrigo, ya cuando el tren se había detenido en la estación para que los pasajeros pudieran subir.

Noelia le dio un beso en la frente por última vez, y se despidió de él con un gemido atravesado en la garganta. Humberto, en cambio, no movió una pestaña y se despidió de su hijo con un sobrio y masculino apretón de manos. Ambos vieron a Rodrigo subir por las escalerillas del vagón, con sus maletas a cuestas, y se despidieron de él con una mano a través de la ventanilla cuarteada y sucia.

Sentado ya en su asiento de junto a la ventanilla, Rodrigo esbozó una gran sonrisa de dientes perfectos. Su rostro brillaba, como si estuviera encendido por dentro.

—Te amo, hijo mío —murmuró Noelia, como hablando consigo misma.

—Él no te puede escuchar —dijo Humberto.

Ya cuando el tren avanzaba muy lejos de ellos dos, Humberto carraspeó y se sacó un pañuelo del bolsillo para secarse la frente. Noelia le dijo que debían regresar a casa, porque había olvidado dejarle comida al perro. Se acercaron a la camioneta, que estaba estacionada junto a los rieles del tren. Noelia se subió a duras penas, porque era de baja estatura y le costaba mucho flexionar las rodillas; Humberto, por contraste, era enorme como un oso y tenía la flexibilidad de un atleta.

—No sé qué haremos sin él —dijo Noelia, limpiándome los ojos con un pañuelo. Su voz se mezclaba con el sonido de las llantas sobre el pavimento.

—Estaremos bien, mujer —replicó Humberto—. Es la ley de la vida. Los hijos se van tarde o temprano, siempre lo hemos sabido.

—Lo sé, lo sé. Pero no por eso deja de ser algo muy triste.

—Además, no es la primera vez que él se va…

—¿A qué te refieres con eso?

En vez de responder, Humberto desvió la camioneta hacia una calle ancha y llena de árboles. A pocas cuadras de allí, el Cementerio Católico se alzaba como un bosque de borrosas lápidas sobre una colina polvorienta. Los pájaros revoloteaban alrededor de las lápidas, y se juntaban en el suelo a picotear migajas de pan.

—Lo único que quiero decir es que Rodrigo estará bien —continuó Humberto—. Y nosotros también estaremos bien, aquí. Él estará en un lugar diferente, muy diferente, pero nunca nadie nos impedirá recordarlo. ¿Lo comprendes?

Todas las casas de esa zona eran distintas a las del resto del pueblo. Permanecían como envueltas en un aura fantasmagórica, y despedían un perfume a flores podridas y a carne chamuscada. Los alargados jardines se entrecruzaban, como las cuadriculadas líneas de un crucigrama, y se extendían hasta el otro lado de la colina.

Había un niño de unos seis años jugando cerca de allí. Estaba solo, sin ningún adulto cerca que lo vigilara. Era de cabello castaño, muy pequeño y delgado, y tenía los ojos más azules que Noelia hubiera visto jamás en su vida. A Humberto nunca le habían gustado mucho los niños, pero aun así sonrió al ver a ese pequeño solitario y arisco que jugaba a dominar una pelota de trapo con su pie derecho.

—Nuestro hijo no está muerto, Humberto —replicó Noelia, llevándose las manos a los oídos con desesperación—. No hables como si estuviera muerto.

Con las manos sobre el volante, Humberto se encogió de hombros y observó a su mujer a través del espejo retrovisor. Resopló, hastiado.

—Noelia, ¿recuerdas que nos hemos despedido de nuestro hijo más de tres veces en lo que va del mes? ¿Lo recuerdas?

—No, no lo recuerdo. No recuerdo nada. Nada

—Por favor, Noelia —dijo Humberto—. Eres una mujer adulta, no una niña. Estás enferma, lo comprendo. Pero debes esforzarte por…

Aún quedaba un buen trecho de camino antes de llegar a casa. Pero Noelia decidió bajarse de la camioneta y continuar desde allí a pie. Estaba confundida, desorientada, y lo último que quería era oír de cerca la terrible voz de su marido.

Humberto comenzó a seguirla de cerca, sin dejar de conducir. Con una mano sobre el volante y con la otra abriendo una cajetilla de cigarros.

—Esa actitud no te ayuda —le gritó.

—¡Déjame en paz!

—Te lo voy a repetir todas las veces que sean necesarias —insistió Humberto, ya con un cigarrillo en los labios—. No puedes seguir viviendo en una fantasía.

—¡Puedo vivir en donde yo quiera! —replicó Noelia.

El sendero que tenía ahora ante sus ojos, estrecho y atochado de piedras, no era la imagen que hubiera preferido encontrar.

Al otro lado, las siluetas de las casas grandes se recortaban contra la luz del día. Aquél era el barrio de quienes teníamos para comer a diario y para vestirnos con la ropa más adecuada para cada estación del año. El resto de habitantes se hacinaban alrededor de nosotros, dentro de casuchas levantadas de un día para otro y sin el consentimiento de las autoridades, y existían como en una dimensión paralela a la nuestra.

Noelia se metió por un atajo, a través de los maizales. Mientras avanzaba entre las espigas enhiestas, entre los campesinos desarrapados y las sudorosas bestias de carga, su corazón latía con una fuerza inusitada. Pensó en Humberto, en Rodrigo y también en sí misma, y en todas las cosas que habían hecho los tres juntos.

—Todos esos recuerdos no son invenciones de mi mente —murmuró, entablando un diálogo consigo misma—. No son fantasías, ni sueños…

Al otro lado del maizal comenzaba otro sendero, igual de estrecho y sucio que el anterior. Desde allí, Noelia alcanzó a vislumbrar de más cerca la estilizada silueta de su casa. Una casa muy grande y mucho más acogedora que todas las casas vecinas. Se sintió aliviada y volvió a caminar rápidamente. En un descuido, tropezó con una piedra y cayó al suelo. Se raspó una rodilla y la palma de su mano derecha. Se levantó a toda prisa, y se sacudió con brusquedad el polvo que le había quedado en la falda y en las rodillas y en las manos. Varias mujeres pasaron caminando junto a ella, encorvadas y marchitas por el peso de sus niños en la espalda. Ella las miró con repugnancia. Las maldijo con la mirada y las insultó desde lejos con un grito casi salvaje:

—¡Animales! ¡Animales!

Ninguna de esas mujeres se dio por aludida. Aunque, una de ellas —la más joven, tal vez— se volvió y la saludó agitando una mano de uñas ennegrecidas.

Siguió caminando, arrastrando los pies, repitiéndose:

—Rodrigo no es un niño, claro que no… Yo lo vi crecer, con mis propios ojos. Me di cuenta que había crecido cuando lo encontré una tarde dentro la piscina, nadando a brazadas. Bajo la luz dorada, su cuerpo parecía mucho más largo que el día anterior, y yo me sorprendí. Le dije: “Has dado el estirón, hijo”. Él emergió del agua y me sonrió. Se veía guapísimo. También tenía una enamorada, él nunca me lo dijo pero yo pude darme cuenta. Sus salidas de noche, su nerviosismo cada vez que se lo preguntaba. Cuando ella se mudó a otro pueblo, yo misma tuve que consolar a Rodrigo. Lo encontró llorando en su cama, con la cabeza metida entre dos almohadas. Besé su frente, y enjugué todas sus lágrimas con un pañuelo. Le expliqué que las cosas no duraban para siempre. El amor tampoco duraba para siempre. Ningún sentimiento, en realidad, duraba para siempre. Le dije: “Hasta las personas morimos tarde o temprano, y no hay absolutamente nada que podamos hacer al respecto”. Nada, nada… Cuando Rodrigo consiguió la beca para estudiar en la universidad, Humberto y yo lo felicitamos hasta cansarnos. Salimos a la calle, tocamos las puertas de nuestros amigos más cercanos y nos pavoneamos delante de ellos. Les dijimos que nuestro hijo sería médico, todo un profesional, y que ayudaría a muchas personas dentro y fuera del pueblo. Organizamos un almuerzo para celebrar el acontecimiento, y servimos carne asada. Yo estaba tan feliz ese día…

El cielo era un enorme agujero azul, lleno de silencio. Las nubes se arremolinaban en torno a los pájaros, como delicadas jaulas de humo.

 *

Con gran esfuerzo, renqueando, Noelia llegó hasta su casa. Salió a recibirla el perro de su marido, ladrando y moviendo la cola descontroladamente. Era un ovejero de dulces ojos y sedoso pelaje, pero ella lo ignoró sin otorgarle siquiera una mirada de lástima y se escabulló entre los enmarañados arbustos que poblaban de punta a punta el jardín delantero. Su pequeño huerto de verduras y frutas —que le proporcionaba lo necesario para organizar los almuerzos más espléndidos de todo el pueblo y alrededores— nunca le había importado menos que ahora. ¿Ella era el tipo de mujer que se pasaba muchas horas al día horneando pasteles y haciendo mermelada de albaricoque, para luego tener un pretexto con el que visitar a las amigas? A veces creía que sí, que ella era una mujer relajada y extrovertida, pero recordó que en realidad no tenía ninguna amiga y que sus días transcurrían apaciblemente, desde su silla junto a la ventana. La empleada le hacía de comer y la ayudaba colocándole la cuchara en la boca. Leía mucho, muchísimo, pero le sucedía a veces que las frases largas se le hacían imposibles de entender, y terminaba fingiendo que leía para que su marido la dejase en paz.

—¿Hijo? ¿Hijo mío? —preguntó, al oír vagamente el llanto de un niño que bajaba desde el segundo piso—. ¿Estás aquí? ¿Volviste?

Atravesó el vestíbulo mal iluminado y la sala siempre fresca, en medio de toda esa oscuridad que nacía naturalmente a partir de la noche. Se quitó los zapatos para que no le estorbasen. Se quitó también la chaqueta y el lazo que sostenía su cabello.

Empezó a subir por las escaleras, descalza. Cada escalón se alargaba hasta donde ella no podía siquiera imaginar. Colocó su mano derecha sobre la balaustrada, y dejó así que se deslizara en línea ascendente.

La realidad se rompió entonces en mil pedazos, como le ocurría más a menudo de lo que ella deseaba o podía admitir. Las paredes se tornaron movedizas, inexactas. Los adornos que había a su alrededor —y, en general, cualquier objeto, sin importar cuán insignificante fuese— se deformaron. Los retratos de sus antepasados se destiñeron, se mezclaron en una pintura gigantesca y caótica, y emergieron de pronto como seres de carne y hueso que la señalaban y la insultaban. Asustada, ella se encogió y se cubrió la cabeza con ambos brazos. No quería escuchar. No quería ver. Pero su hijo estaba allí, en su habitación de niño, y no había forma de ignorar su llanto.

Logró finalmente llegar hasta el otro extremo del corredor, a la habitación que su hijo había abandonado antes de marcharse a la ciudad. Empujó la puerta. Era la primera vez en mucho tiempo que entraba a esa habitación, y algo dentro de sí misma la obligó a recular y a apoyarse de espaldas contra el marco de la puerta.

—Noelia, ¿qué te pasa? —le preguntó Humberto, que apareció en el pasillo con su overol desgastado y sus toscos zapatones de granjero.

—Nuestro hijo… Nuestro hijo…

—¿Nuestro hijo? ¿Qué pasa con él?

—Está muerto —murmuró ella, llevándose una mano a la boca.

—¿Cómo dices?

Entre lágrimas, ella repitió:

—Creo que Rodrigo está muerto…

Horrorizado, Humberto entró a la habitación del pequeño Rodrigo. Siempre había sido un hombre práctico y no tenía miedo de enfrentarse a la realidad.

Noelia entró también, siguiendo a su marido. Las paredes estaban pintadas de un azul muy claro, casi celeste, y en cada esquina había una nube de tecnopor blanco, que colgaba de un cable desde el cielorraso. Sobre las repisas de madera, sobre la cómoda y el escritorio, varios muñecos de plástico y animalitos de felpa se alineaban en perfecto orden, como las piezas de un tablero de ajedrez.

—No respira —dijo Humberto con agresividad, observando al pequeño niño que dormía dentro de su cuna. Luego se volvió hacia Noelia y le increpó—: Pero no te quedes allí parada, mujer. Reacciona, por Dios. ¡Reacciona!

Noelia se encontró de pronto sentada en una silla, dentro de esa misma habitación. Pero las paredes ya no eran tan azules, y los muñecos parecían cubiertos de polvo, como si nadie hubiera jugado con ellos en muchísimo tiempo. Ella traía la cara algo sucia, y la rodilla y la mano le ardían. Humberto estaba de pie en el umbral, inmóvil, con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón. La observaba.

—Él era muy pequeño —dijo Noelia, con la voz entrecortada.

Sin derramar una sola lágrima, Humberto se acercó a ella y se inclinó un poco para abrazarla. Ella le acarició las orejas y la nuca.

La fotografía de Rodrigo —un niñito de dos o tres años, rubio y de ojos azules, que sostenía entre sus manos a un cachorro de ovejero— les sonreía desde la cómoda, desde su inalterable posición junto al árbol más frondoso del huerto.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    20 diciembre, 2017

    Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido. Feliz Navidad

  2. Emma Black

    21 diciembre, 2017

    Oh, muy bueno. Ciertamente inesperado y bastante bien manejado. Me parece que tienes talento para las historias cortas de intriga e incluso horror psicológico.

    Saludos.

    • Gabriel

      21 diciembre, 2017

      Gracias por tu tiempo y me alegro mucho de que te haya gustado 🙂

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