El día que mamá murió de tristeza me había pedido un mate. Yo, apenas despierta, puse la pava en modo zombie y renegué por no encontrar el edulcorante en la alacena. Renegué también porque el agua hirvió y tuve que echarle un poco más de una botellita. La yerba me pareció fea y no me gustó que el día haya llegado de nuevo.
Tampoco que mi mamá me pidiera un mate.
Estaba sentada a mi lado, armando pasteles de carne y cantando Thalía.
“Pará, vieja” le dije y cebé dos para mí. Ella sonrió y dijo bajito que estaba bien.
Me tomé el brebaje de pronto, como esperando que diuretizara las lágrimas de la noche anterior y calmara la hinchazón de los párpados.
Fabricio me había metido los cuernos. Yo lloré. No hubo nada más en ese pequeño mundo de dolor que fue mi pieza más que las lágrimas porque mi novio me había engañado y ya no podría mudarme con él a la casa de Caballito.
Mientras, mi mamá cantaba mal. Forzaba la voz y casi siempre que no alcanzaba una nota, se callaba de golpe. Me preguntó qué decía el pronóstico para el día. Y si quería invitar a Fabri a comer pastelitos de carne. Yo le respondí dándole el mate y diciendo que no me inflara más la paciencia.
“Callate de una vez, mamá”.
María volvió a sonreír mostrándome los dientecitos de los doce años estirados por el elástico que le tensaba el pelo. La había peinado mi abuela, claro. Tenía gomina en el flequillo y el delantal bien planchado. Mi madre estaba muy linda y se parecía mucho a las fotos que yo tenía de chica. Ella también decía que yo lo era.
Pero entonces un hombre, uno solo en esa escena, disintió. Era mi abuelo entrando de golpe y a los trancos en sus recuerdos, agarrándola del elástico sin decirle lo linda que estaba. Yo me sobresalté sintiéndome intrusa y embargada por un vaho violento a algo que supe era alcohol. Frenética, vi volar la cinta azul del pelo y a mi abuela llevarse las manos a la boca para ahogar un gritito.
Nadie se movió.
Oscar le preguntó, le gritó a María, dónde estaban las llaves de la moto. Dijo que se las fuera a buscar. Ella intentó explicar que iría con mamá, que siguiera durmiendo, que iba a ser escolta de la bandera nacional y no podía llegar tarde. Que hoy no, papá.
Pero no dijo nada.
Ambas, mujer y mujercita, eran maniquíes con miedo. Y nadie se movía. Y nadie hablaba. Hubiera jurado que era una de esas fotos en blanco y negro que mi mamá poco me mostraba, pero Oscar, mi abuelo, irrumpió otra vez. Le dijo a la chinita que se sentara en sus piernas y contara hasta siete. Ella obedeció al cuero barato del cinto que rozó la piel y le escoció. María contó manzanas y peras pensando en los dibujitos de los carteles de su escuela. Vio uvas de ira y mariposas tecknicolor. Habitó, como yo, en el mundo de las eternas noches anteriores pasadas en la habitación. Y también lloró. Las dos lloramos de dolor pidiendo que parara, gritando al unísono “¡¡¡Siete, siete!!!”, pero mi abuela lo excusó diciendo que no podía parar. Ya no. Él, “callate de una vez”.
“¿Fabri va a venir?”
“¿Qué?”
“Que si le avisaste a Fabri” -dijo mamá-
“No. Fabricio no va a venir”.
María, mi mamá, la chinita, no preguntó más. Yo no quise saber desde cuándo ni por quién guardaba esa costumbre. Reparé en que Thalía ya no cantaba. La miré sonreír y decir bajito que estaba bien.
Me devolvió el mate. Con una mano alzó la asadera de pastelitos de carne que Fabricio nunca iba a probar y me dijo “Gracias, hija”.
Yo quise responder.
“Ya no puede parar”
“De nada, mamá”
“¡Siete!”
Pero todos éramos maniquíes de nuevo. Y a mí me consumió la impotencia de decirle que estaba muy linda. Que todo era como en una de esas fotos viejas que me escondía, que se quedara tranquila porque no llegaría tarde. También quise, pero no pude, decirle que se acomodara el pelo y se sacara la cintita azul que ya no era, porque estaba un poco manchada de rojo.





Mabel
¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Feliz Navidad
Petrela
Gracias, Mabel. Un abrazo hasta allá, ¡Feliz Navidad!
Esruza
Me pareció tierno el relato, pero un tanto confuso.
Tienes mi voto y ¡Feliz Navidad!
Guido Kafka
Pásame la repe, que me.vuelvo loco.
VIMON
Terrible cuento, pero muy bien escrito. Felicitaciones con mi voto.