Animal en cautiverio

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En alguna parte de este cuerpo sigo siendo yo mismo. Este cuerpo inmóvil, adolorido, inservible. Este cuerpo que comienza ya a desmoronarse.

Trato de repetirme esas palabras varias veces al día, como una forma de conjurar el desaliento y de contrarrestar la ansiedad y la desesperación. Algunas veces funciona, y otras veces no tanto. A veces me estremezco, imaginando cuánto tiempo tendrá que pasar antes de que yo vuelva a ser el mismo. El mismo hombre de treinta años, con un futuro promisorio y una carrera exitosa en la fotografía. El mismo hombre abiertamente gay que de vez en cuando aparecía en las revistas, sosteniendo una cámara entre las manos y anunciando un nuevo proyecto, un nuevo objetivo para la próxima temporada. Desfiles de moda, modelos etéreas que posaban para mi lente, elegantes cócteles y toda clase de distracciones. Un nuevo amante, tal vez. Un nuevo hombre, joven y guapo, que se deslizaba de noche en mi cama y que me hacía olvidar por un instante la fragilidad de mi propia vida. A menudo me recuerdo a mí mismo, haciéndole el amor a algún chico de no más de veinte años, un casi desconocido que algún conocido me había presentado en la discoteca de moda. Temprano en la mañana, ese mismo chico amanecía abrazado a mí, a mi abdomen liso y muy trabajado durante largas horas en el gimnasio, y yo tenía que invitarlo a retirarse con la mayor cortesía del mundo. Era una buena vida, al fin y al cabo, y nunca me arrepiento de haberla vivido así.

Ahora, en cambio, existo en el límite más impreciso de la realidad. Mi cuerpo está aquí, anclado a esta silla de ruedas, pero mi mente naufraga. Pienso en paisajes verdes y dorados, en animales que habitan en otras regiones del planeta, en bellos rostros de personas que nunca llegaré a conocer o a fotografiar. Las enfermeras se colocan junto a mí, me sostienen de los brazos y me ayudan a levantarme y a recostarme sobre la cama todos los días. No puedo mantenerme erguido por más de unos segundos, y todas ellas sienten lástima por eso. Dicen que soy bien parecido —porque cualquier tipo que haya aparecido en las páginas de una revista es automáticamente bien parecido— y que es una verdadera lástima también que no me gusten las mujeres. El médico es un hombre como de cuarenta años, no mucho más alto que yo, y siempre anda emitiendo órdenes muy específicas para cada una de las enfermeras. Se viste siempre de blanco, impecable desde la cabeza hasta los pies. Tiene patillas plateadas, vistosas, y una voz muy áspera. No me cae bien, ni siquiera me agrada, pero gracias a él he podido entender la verdadera dimensión de mi desgracia. Me lo explicó todo él en persona, el día que me trajeron a esta clínica. El golpe que sufrí en la cabeza, al rodar por accidente de unas escaleras, me provocó una conmoción y un daño irreparable en la columna vertebral. Mis funciones motoras han quedado suspendidas, como si mi cuerpo fuera una máquina atrofiada. No podré mover las piernas ni los brazos, ni tampoco el cuello. A partir de ahora, tendré que aprender a comunicarme por medio de mis cejas. En ese momento pensé que todo había acabado para mí, pero estaba equivocado.

La clínica es acogedora, amplia y muy cómoda, y está situada al borde de una playa de aguas tranquilas. Desde la terraza, me gusta contemplar el paisaje. La arena a veces se confunde con el mar. Las olas se llenan de espuma y llegan hasta la orilla dejando un rastro amarillento y un rumor de pequeñas piedras puntiagudas. Helmut, el muchacho que me cuida en los momentos de ocio, me lleva hasta la terraza en mi silla de ruedas y me comenta los últimos pormenores del clima. Tiene más o menos la misma edad que los chicos que solían aparecer en la cama de mi departamento. Es alto, de cuerpo liso y bien formado. Su rostro suele adoptar una expresión sumamente dulce, sus ojos brillan como esmeraldas y sus labios parecen siempre dispuestos a besarme. Pero sé que me equivoco. Helmut tiene una enamorada y piensa casarse con ella algún día. La conoció en la Escuela de Enfermería, donde ambos estudian por las noches.

—Si usted la conociera, me daría la razón —me dijo una vez, mientras empujaba mi silla de ruedas a través de la terraza—. Es perfecta.

Suele aclararme que no tiene nada en contra de los homosexuales como yo y que no se siente nada incómodo atendiéndome. Para demostrármelo, una tarde —cuando ya había acabado su turno de trabajo y estaba a punto de retirarse— se cambió de ropa frente a mí, dentro de mi propia habitación. Se quitó el uniforme blanco que siempre utiliza, mientras que yo lo observaba desde mi silla, y permaneció desnudo por breves segundos antes de colocarse su ropa de andar por la calle.

—Espero que no se enamore usted de mí —me dijo al despedirse, sonriendo.

Helmut me lleva tres veces por semana hasta la playa. Nos acomodamos juntos en la orilla y observamos desde allí la caída del atardecer. Él, sentado de cualquier modo sobre la arena; yo, inmóvil, con los ojos fijos en el cielo azul y en las gaviotas que bajan hasta estar muy cerca de nosotros dos.

La luz baña mi rostro. Siento la arena húmeda bajo mis pies.

—¿Sabe una cosa, señor T.? —me dice Helmut—. Si usted estuviera sano y pudiera moverse, yo haría el amor con usted. Se lo juro… Usted es un hombre bien parecido, un hombre inteligente. Sería un honor para mí…

Me muestro sorprendido, más que halagado. Helmut se levanta y me besa en los labios. Sé que es un beso de lástima, pero lo disfruto igual.

Yo pienso en dos siluetas masculinas, recortadas contra la incandescente luz del atardecer. Somos dos hombres haciendo el amor.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    31 enero, 2018

    Muy buen Cuento. Un abrazo Gabriel y mi voto desde Andalucía

  2. Lourdes

    5 febrero, 2018

    Querido @gabrieldeledda, un relato bellísimo a la par que triste, melancólico y romántico. Muy bien escrito. Un abrazo enorme.

  3. Imagen de perfil de VIMON

    VIMON

    5 febrero, 2018

    Un relato excelente, Gabriel, que se lleva el merecido diez de Portada. Saludos.

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