Hace un tiempo, y por ninguna razón particular, decidí cambiar la leve privacidad en el último rincón del autobús, por la asfixia de los asientos centrales.
Son muy raras las ocasiones en que logro concentrarme. Solo de vez en vez, cuando los pasillos van muy vacíos y sobran respaldos sin ocupar, mis oídos se desentienden y mi mirada se dispersa sin bobadas por los diferentes cuadros que se pintan a través de la ventanilla.
Ni hablar de los viajes rutinarios que de tanto en tanto incorporo con una disciplina que me asombra a mí mismo; esos son los más tortuosos, cada vez los sufro más, y durante mi lucha interna, puedo imaginarme viéndome desde otros asientos (como ajeno de mí) y ya al tercer día de viaje, quizá el cuarto, “Este está más loco que una cabra” es lo primero que pienso al observarme. Veo mi nuca inclinada hacia adelante, el rose permanente de mis manos sobre mi rostro, como secándome la humedad de un sudor que no está ahí. Mi ojos exageradamente abiertos y redondeados; A veces creo que la tensión en mis hombros se esparce por todo el pasillo que queda entre mi espalda y la ventana trasera, incomodando al resto de los pasajeros.
Por supuesto…
… ver siempre las mismas caras subir en el mismo sitio, y el tirón de mis pupilas que en ocasiones quieren atravesar el mar, y en otras frenadas quizás detenerse un rato sobre la largura de los descampados, o irse a pasear por las curvas rugosas de algún grafiti mal pintado con líneas fáciles de recorrer durante el fugaz descanso del cacharro enorme; contra el sonido de los pasos de los recién subidos, el intenso deseo de que no suba algún viejo conocido que no sepa viajar sin las pretensiones de una charla extensa, y el debate moral, entre mirar por respeto, o porque ayer te vi, y también el otro día, por la intención de conocernos tan solo un poquito, de hacer el escandido a tu mirada y descubrir viaje a viaje sus misterios, o tan solo porque sí, por simpleza de un impulso; o evadir tus ojos para no incomodarte, para no incomodarnos, para darte espacio y respetar también el mío, para que no sientas que te observo, aunque en realidad lo haga.
Como anhelo olvidar, que existe un alrededor encerrado ahí, junto conmigo, prisionero también de esos cuarenta minutos diarios…
Hay demasiado que me distrae de los pensamientos privados que quisiera disfrutar. Me seduce el reflejo de la mirada pensativa de la muchacha que de tanto en tanto se sienta frente a mi asiento, (principalmente me intriga). Me entristecen un poco las charlas de la chiquilina que casi siempre se sienta de tras, parecen dignas de una comedia que debería hacerse en Uruguay, quejas repetidas con frases cortas y directas, sazonadas con aires de risa, algún despilfarro de palabras sin discrepancias, de tanto en tanto alguna frase discriminando casi sin intención y de forma muy natural, las características físicas de otras personas, y todo ello con un tono bastante gris y repetitivo; sin embargo, me agrada cuando va en silencio. También me simpatiza el flaco de los auriculares, es como si no estuviera, como si viajase en una dimensión paralela, totalmente ajeno al de la caja asfixiante, en un completo estado de relax e indiferencia; él sí que ha logrado distenderse (incluso en los asientos que dan al pasillo). He llegado a admirarlo un poco.
Lo que no me agrada es el fuerte hedor al perfume excesivamente dulce que envuelve a la mujer de la campera blanca, se impregna invasivo en mis fosas nasales, con la misma frecuencia con que me entero de las vidas privadas de personas a las que aún no he logrado ponerles rostro, son palabras que intento esquivar, pero los alaridos y las risas desenfrenadas que vienen con malicia y en tres variedades (Ronco tabaco, Foca festejo, y copioso chillón ) desde el rincón donde antes solía sentarme, cargados con crueldad y desprecio indiscriminado, las empujan de nuevo hacia mí, e inevitablemente algunas se cuelan por mis oídos. El murmullo incesante de voces que se mezclan, la pareja que no para de mirar hacia atrás para luego susurrarse al oído dejando escapar pequeñas risas sutiles por entre la separación de los dientes, los codazos del flaco con el teléfono móvil en el asiento de junto, la tentadora belleza de la pelirroja vivaz…
…notar la magnitud de mi propio desquicie, reflejado en la ventana.
A veces me da la impresión que el desbordado pasillo se siente un poco vacío, pero luego, después de unas cuantas bocanadas de aire en la completa intimidad, en el silencio de la noche, mano a mano con el canto que las ranas, (o “los gatos de charco” según Miguel) cuando al fin no tengo más distracciones que los pozos que debo esquivar en mi bicicleta destartalada camino a casa,
reflexiono un poco más y comprendo, que al igual que ellos, y ellos al igual que yo, todos viajamos, bajo nuestra propia coraza.
Chingles (1 / 03 / 2017)




Mabel
Muy buen relato. Un abrazo Santiago y mi voto desde Andalucía