Crímenes de tinta- Capítulo 4

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Capítulo 4: “Las Flores del Mal, y de las espinas de los mal conocidos”

– “… La última pluma pintada sobre su frente, sangre que se escurría desde cada una de las rectrices. El castigo de ser finalmente lo que todos siempre creyeron de nosotros. Alzó la vista al horizonte, y contemplando por última vez ese cielo vacío, se dejó caer en el océano”

Releí por cuarta vez el mismo párrafo era…era…impublicable. Una risa histérica se escapó de mis labios. Había tardado toda la semana en vaciar la estantería, confiada en rencontrar los fragmentos perdidos de mi libro y ahora que ese final reaparecía, me rehusaba a creer que aquellas palabras fueran las desencadenantes de ese infierno que quemaba mi pecho.

“La última pluma coronada sobre su frente…”- mi mente se aventuraba a evocar cambios que no estaba segura recordar y quería creer que la decepción solo se debiera a la falta de edición. El pasaje pertenecía a una de las primeras versiones del manuscrito, quince o dieciséis revisiones le seguían, y el capítulo final parecía dotado de una aptitud especial para las críticas.

– “¿Se mata?”- me había preguntado mi primer psicólogo. El horror impreso en su rostro, una sorpresa fingida, como si no fuera la reacción estipulada por el gremio. Benjamín y Diego, se habían sumado al pavor, y hasta ahora no encontraba un alma que no mirara preocupada el desenlace de la historia.

La guerra se avecinaba, y la tribu que hacía años planeaba la resistencia, perdía ante una bala perdida. Los esfuerzos de quinientas páginas se tornaban en vano, y sin siquiera proponérselo, los soldados le disparaban a la última ave del río. ¿Qué creían que iba a pasar? ¿De verdad encontraban alternativa? Lo natural era el suicidio, pero sin entender la diferencia entre un personaje y un narrador, y un narrador y un escritor, me animaban a desistir de una idea que ellos mismos no sabían distinguir de la realidad. Yo no era Lotte.

Tome la copia de “Al Faro” de Virginia Woolf, había encontrado esa hoja pérdida entre sus palabras y sabía que ningún otro lugar podría pertenecerle. Dibuje con la yema de mis dedos el nombre de la autora, eso era lo que temían. Había ignorado su existencia, sus obras, su vida, y sobretodo su muerte, hasta acabado el tercer manuscrito. Sin embargo, cuando la razón no podía con mi libro, el mundo se encargaba de recordar mi insignificancia. Virginia Wolf, parecía absurdo querer rivalizar con el sufrimiento de una persona, y a pesar de las objeciones de mi conciencia lo hacía. Su cuerpo sumergido en el fondo del Río Ouse, una carta dejada atrás, y la desesperación de vivir una segunda guerra mundial. Lotte, sin siquiera proponérselo parecía usurpar su vida, pero mi libro no sería una copia, y tampoco creía que el mundo necesitara escuchar dos veces los mismos sermones.

Garabatos y oraciones inconclusas, calcos de otras historias, eso era el fruto de toda mi producción literaria. Me mordí el labio, y tomé otra hoja suelta de la repisa.: “Tommy el vampiro” (capítulo 1) “Mis padres afectados por su mala suerte y su escaza educación nos mandaron a mí y a mi hermano a formarnos a la capital, solo que a diferencia del “doctor” yo no quería estudiar. No era el de la belleza, ni el dotado por las artes, pero de eso nada importaba porque sabía que detrás de mi insulso exterior se escondía una chispa desesperada por eclipsar el fracaso y consagrar el éxito al cual nunca nadie había apastado…” apostado corregí. Eso ni siquiera formaba parte de la misma novela. Agarré el papel y lo tiré al fondo del estante.

Iba a terminar en la calle, era definitivo. Presa de alguna adicción, víctima del rechazo, ahogada con mis ideas, aplastada por la vida. El desaliento volvía a trepar por mi cuerpo de la mano de unos ojos azules, y presentía estar a pasos de un mismo destino. NO. Me pare, eso no iba a pasar, eso no podía pasarme. Reditaría el libro y pasaría a convertirse en una novela de culto. El mayor éxito en siglos.

-Si- repetí en voz alta a mi peluche- … ¿Verdad?

Unas risotadas llegaron desde el comedor. Era noche de citas, me regocijé en mi miseria, y apurándome a cerrar la puerta comencé a dar vueltas por la habitación.

Detestaba a esa víbora casi tanto como a mi yeso.  Al menos con suerte en unos meses me desharía de él, en cambio que el tiempo entre visita y visita de Margaret era casi nulo. Criticarla delante de mamá era un caso perdido, pues atesoraba a su mejor y única amiga con fiereza.

– No tiene a nadie- Apelaba a la lástima mi progenitor, que podía hacer yo si le faltaba mi carisma, una habilidad con la que se nacía. Tenía tantos amigos que cada uno debía de decirse a sí mismo: “Sof es una chica muy demandada, debe estar ocupada, mejor no la molesto, mejor no le hablo, mejor no la invito al asado, mejor no la invito a la fiesta” y así abrumada por tanta atención moría de asfixia entre tantos amigos.

-Tuvo una vida dura, ¡casi queda ciega!

Aquel incidente de su juventud era otro de los tantos pasados que me prohibían desenterrar. La operación había sido un éxito y ahora los detalles no importaban, al menos que fuera para echarme en cara mi falta de empatía.

Envidiando al prójimo otra vez, decía una voz interior, ¿Qué culpa tenía ella de que mi tratamiento nunca despegara del suelo? ¿Prefería haber pasado por eso? Algo estaba mal conmigo. Seguí recorriendo la habitación chocándome contra los muebles. Veía el escritorio que tenía delante, pero por alguna razón mi cuerpo no lo registraba, y desdeñando su sombra me daba una y otra vez contra la madera. Pensaba que doce golpes consecutivos hubieran sido suficientes para derrumbarlo, de no ser porque sus patas gastadas ya estaban acostumbradas a mis maltratos y mi complexión impedía cualquier tipo de daño colateral.

-SOFÍA- gritaron desde la cocina, aunque esa voz rasposa me indicaba que no era mamá la que requería de mi presencia.

 

-Está mal Margaret – dijo mamá-  ya no sé qué hacer

-Stel – la rodeó con sus largos brazos- Es tu única hija, pero necesita que le pongan límites

-No me escucha

– ¿Su padre qué opina de esto?

Me largue al comedor. Al tanto de que estaba a punto llegar a la cocina, de que ellas me habían llamado, y aun así no contenía las ganas de despedazarme con sus colmillos. No tenía derecho a hablar de mi familia. Mi padre estaba lejos, muy lejos, y no era de su incumbencia lo que sabía o dejaba de saber. ¿Límites? La niñita de papá lo decía, la consentida de tres hermanos. Lleve el pañuelo azul a la boca y trate de desatar el nudo con los dientes.

-SOFÍA- salió Margaret a mi búsqueda. Tenía puesto un vestido negro ceñido a la cintura y tacones que me doblaban la estatura. Saldrían a bailar, al menos algo positivo resultaría de la noche y no aguardaba el momento en que se marcharan.

-La cena esta lista. Cocine fusili con salsa pesto-se sonrió a si misma-. Es la favorita de Estela.

-Voy a comer en el cuarto- le dije – Así pueden hablar

-Tu madre te quiere en la mesa- posos sus manos sobre la cintura. Llevaba las uñas esculpidas y era contra esa última capa de esmalte que la luz del techo rebotaba hacia sus ojos. Una parte celeste, la otra marrón, sabía que era descortés observarla, pero después de años seguía sin poder acostumbrarme a la forma en que esos colores se disociaban dentro de su iris.

-Significaría mucho para ella- agregó, y aun presa del hechizo acate la orden.

 

Mamá se encargó de preparar la mesa, desparramado sobre ella, el mismo mantel apolillado que solíamos usar en las fiestas cuando aún conservábamos la casa y no nos deshilachábamos día a día como la tela blanca que ahora caía por los bordes. Utensilios de plástico, el vidrio a veces se quebraba contra el piso y eso siempre era un peligro. Platos, vasos y cucharas de distintos colores sacados de la góndola de cumpleaños infantiles. Eso era seguridad. Tome asiento.

Margaret regresó con un gigantesco pote de metal colmado de lo que parecía ser pasto, y haciendo los honores, se sentó a la cabecera a pesar de que nadie se lo pidiera.

-Van a presentar el presupuesto en dos semanas-dijo mamá tras el primer bocado, inaugurando la sección política de los viernes. Charla de la que estaba vetada.

-Krasny fue una desgracia para todos nosotros-repitió el verso Margaret- Destruyo el país, y van a pasar unos años hasta que puedan rellenar los agujeros que dejo.

-De mientras no hay aumento- dijo mi madre

-Es la única forma de salir adelante- continuo Margaret

Tampoco entendía que tanto celebraba, su amistad había comenzado por un muto odio a las casas de crédito, y como la mitad de la población seguía dependiendo de esos préstamos para subsistir. Era profesora de idioma español, pero eso también se le olvidaba cuando veía la imagen de Caspar Recht. La población estaba sumida en un hechizo de amor con sus cabellos dorados, y en esta prematura etapa del idilio no había forma de que reconocieran sus desaciertos al mando.

Producto entero de la publicidad, en mi corta vida había visto político con tan poco carisma. Carecía por completo de voz, al punto que solo en su asunción supimos que el locutor detrás de las propagandas era tan solo un actor. Otro hubiera sido el resultado de no ser porque de todos los postulados su trayectoria era la única que no provocaba arcadas, entre tantas cosas porque jamás había hecho nada. De todas formas, era difícil perder cuando la petrolera de los Faustein, ubicada al otro lado del río, prometía su apoyo incondicional. Era su dinero, podía hacer con él lo que deseara, no me metería. “No te preocupes por el mundo Sofía”: un estrecho lazo persistía entre el tema y el portavoz de esa frase.

El plato de tirabuzones, perdón fusili, era más interesante que la política. Los adultos tenían razón por qué me habría de interesar en como llevaban las riendas de mi tierra. No era yo el futuro, juguete con el tenedor llevando la comida de un lado a otro, no era a mi quien le dejaban este suelo.

-Esta delicioso- dijo mamá- Algún día me vas a tener que enseñar a cocinar

-Es un secreto- le sonrió Margaret

Detestaba el pesto, su color sobretodo. Agarre el vaso de agua y sin poder acostumbrarme a las nuevas restricciones de mi brazo, tire el líquido sobre el mantel.

-Perdón- me apresure. Por fortuna de ambas, la perjudicada era yo, que parecía haberme babeado toda. El frío penetraba por los hilos de lana y me esmeraba en refregar una mancha que solo crecía uniéndose a restos pasados de sopa y grasa. Mamá escondió su cara en las manos, y al lado, Margaret le acariciaba la parte superior del brazo. Había sido un accidente.

El timbre sonó, al principio con fuerza, gastándose con cada vibración, y considerando que solo cuatro personas visitaban el apartamento y tres se hallaban presentes, corrí a toda marcha al cuarto para cambiarme.

 

El buzo se me enredó a medio salir con ese maldito yeso. Lo odiaba, golpe el piso con él, y su eco trepo hasta la puerta. La manilla comenzó a girar, y me tire al piso para que la cama tapara el hecho de que no llevaba sujetador.

-Tranquila- La voz melodiosa me indicó que no podía pertenecer a un hombre – Soy yo

-No hace falta que entres -continúe hablándole desde el piso

-Te puedo ayudar- dijo mamá

Me levante sin llevar conmigo la autoestima, entonces entendió que se podía acercar y de un suave tirón logro desenredar la bola de ropa. Tomo un saco negro del armario y con cautela abrocho cada uno de los botones. Sus dedos se deslizaron por mi cabello y tomando el cepillo de la mesa de luz, deshizo los nudos que desde hace días continuaban creciendo. Mi pelo castaño, lacio por primera vez desde el accidente y la vaga sensación en mi interior de que no tendría que haberla echado el domingo, ni el martes, ni el miércoles o jueves cuando había intentado hacer lo mismo. Le sonreí. Su mano tomo mi brazo izquierdo y antes de que pudiera detenerla comenzó a desatar el nudo.

-BASTA- di un salto atrás

-Sofí- suplico con la mirada

-Sofía- aclare- Me duele cuando lo tocan

-Perdón-  se levantó de la cama y se dirigió de regreso al living sin siquiera voltearse una vez, mientras intentaba convencerme que su partida era para no sonar descortés con las visitas y no porque le asustara estar a solas conmigo.

 

 

En la sala, Benjamín me esperaba frente a Margaret con los brazos cruzados. Tenía puesto los lentes, comencé a dar marcha atrás, pero él se apresuró a tomar mi mano.

-Sofí-se inclinó sobre mi mejilla -Esperaba que me desearas buen viaje

-No delante de ella- le respondí en la misma frecuencia. Nos separamos y él me alcanzo un rectángulo envuelto con la rúbrica emblema de la librería Livre, a su vez parte de la cadena de imprentas y editoriales Sterigdae, otro tesoro de la familia Faustein.

-Gracias-

-Voy a traer el postre- se excusó mamá.

Agarré el vaso que tenía delante y fingí tomar agua. Eran los lentes de acetato, seguí contemplando el rostro enmarcado por el armazón rectangular. Negro y no metal, me repetí, sin poder despegar la vista. Él cruzo los ojos y me dedicó una sonrisa que no termine de creer. La torta chajá llego y una lluvia de cucharas de plástico le siguió. Más seguridad.

-Así que- tragó un pedazo Margaret- Benjamín ejerces como psicólogo

-Si- tardó en responder

– ¿Psicólogo de Sofía? – continuó

-Ya no- dijo- Sofía termino el tratamiento hace más de un año.

Margaret largo una risotada. Sería una cena interesante, deje que el merengue se disolviera en mi boca, pero ni aquello era capaz de endulzar el ambiente.

-Disculpen- agregó limpiándose con la servilleta- Es solo que me preguntaba qué clase de terapia sería esta que requiere seguimiento un viernes por la noche, ¿Después de un año dijiste?

-Espero no haberte ofendido- se apresuró Margaret- Por el contrario, tu dedicación se me hace francamente admirable, y pensar que mi psicólogo no logra escucharme cuarenta minutos sin quedarse dormido y vos acá -lo miro de arriba abajo- un joven tan agraciado preocupándote de esa forma.

-Por el contrario, es muy interesante lo que planteas- dijo Benjamín- En todo caso me preguntaría porque es de extrañar que un profesional destinado a entender y evaluar la conducta y comportamiento humano se interese en la vida y entorno del paciente, y lo que es más en el progreso y efectividad del tratamiento indicado. Pero- tomo un sorbo de agua- todo esto es demasiado pesado para un viernes de noche, y te diría que si tu psicólogo se duerme en medio de la sesión están en un problema. Así que empezaría por enfocarme en mi propio tratamiento, claro, todo esto sin ánimos de ofensa.

Margaret bajo la mirada hasta el plato y continúo comiendo en silencio.

– ¿Se conocían de antes? –pregunté- porque…

-Virginia- salto Margaret a la par que me atragantaba con un pedazo de durazno. ¿Por qué la tenía que mencionar?  Ahora tenía la certeza de que se habían visto antes, o que al menos ella lo había hecho. Benjamín era por excelencia parte de la lista, y a pesar de su obsesión por la anonimidad, su ex novia era lo más cercano que teníamos a una celebridad. Habían cancelado el casamiento hacía casi un año, ¿Por qué le seguía importando? Decían que era rencorosa, pero al menos yo ya me había olvidado de ella.

-Estabas comprometido con Virginia Estrella de las Rosas Campos, ¿Verdad? – continuo Margaret- Una muchacha preciosa, educada, humilde, no merecía todo lo que le paso…

-Margaret- hablo mamá.

-Me refería a lo de su familia–dijo ella- Pasaron de la gloria a la ruina en menos de seis meses, pero los tiempos difíciles sacan a relucir las cualidades de uno ¿No te parece Sofía? Su entereza, a eso me refiero. Veintidós años, criada en una cuna de oro, y no dudo en ponerse las deudas al hombro y trabajar día y noche para sacarlos adelante. Es un verdadero ejemplo, y me duele saber que exista gente que aun sin tener nada, en lugar de apoyar a su familia insistan en hundirla.

-Estoy de acuerdo- dijo Benjamín- Pero más triste es que existan personas que se empecinen a deificar a unos a expensas de otros.

-Brindemos- le alcanzo un vaso con vino a Benjamín- Por lo que creo será el inicio de una linda y fructífera amistad.

-Estoy manejando- rechazo el vaso con más ánimo del pretendido, sumándose el rojo a las manchas de agua

– Hubo un atentado en Inglaterra – dije mirando la nueva mancha- Estallo una bomba en pleno concierto…

-La torta esta deliciosa- dijo por encima Margaret- A no ser porque es algo difícil de cortar. Sería más fácil si tuviera un cuchillo. Revolví los estantes, pero nada.

Mamá miro a Benjamín. Benjamín me miro a mí, y yo agradecí el palaciego techo lleno de hongos y humedad que teníamos.

-Por tu culpa no pueden ni comer en paz- una familiar voz me reprimió desde la cabeza y como un río agua broto de mis párpados.

-Disculpen- traté de decir, pero nada salió y por segunda vez en la noche me fui corriendo hasta el cuarto.

 

No había sido yo la que les pidiera esconder los cuchillos, ni las tijeras o los espejos. Había sido su decisión, suya, como si no pudiera encontrar otras formas de dañarme, como si eso fuera suficiente para mantenerme a salvo de esa despiadada criatura que me asechaba ¿Criatura? Estaba imaginando cosas: Mi plaza. La persiana estaba baja y mis brazos no lograban levantarla. Seguí cinchando de la cuerda. Comenzaba a elevarse unos centímetros, el peso entero depositado sobre mi mano izquierda y entonces no lo aguante la persiana se desplomó sumiendo el cuarto entero en las tinieblas. Mi plaza, ya no la vería…

Benjamín entró con un pedazo de torta en las manos

-No hay aire-le dije- Me estoy asfixiando, y… y no entra aire, ya no entra aire.                                                            Me llevé la mano al corazón, las palpitaciones, las manos sudorosas, iba a morir ¿No había dicho lo mismo ese señor? Me estaba muriendo, y seguía copiando a otros, me recosté sobre la pared.

-Yo te veo respirar- dijo Benjamín – Abrí la boca                                         ´

Agarró un suculento pedazo e imitando un avión me forzó a separar los labios. Trataba de masticar la gomosa pasta, pero antes de que terminara de tragar el primer trozo volvía a llenarme la boca con más.

-Basta- puse la mano delante de la cuchara y él se acabó lo que sobraba.

-Esta horrible-dijo- ¿Salimos?

– A respirar- agregó al ver mi cara- ¿Por qué era que no podías?

-Sabes porque, hace una hora que lo gritan en el comedor

-Si- dejo el plato en el piso- pero me gusta escuchar tus historias.

-No tanto para publicarlas-le dije

– ¿Seguís enojada? -no le respondí, pero él me sonrío. De alguna forma me había rodeado con sus brazos y recostada sobre él, era difícil mantener la compostura. Se inclinó sobre mi mejilla depositando un beso, luego otro. Mi pecho se abría y la calma regresaba, una sensación tan surreal como lo era escribir. Incline el cuello, sus manos se deslizaron hasta mi muñeca y suavemente se deshizo del pañuelo.

-Shh- me susurro al oído, sus dedos acariciaban los cortes que se extendían a lo largo del brazo. Heridas mal cicatrizadas, algunas intencionales, otras también. Bajé la cabeza, pero él me detuvo sellando la distancia entre nuestros labios. Un fugaz contacto, me acerque en busca de más.

-No puedo creer que la dejes estar encerrada con un hombre -interrumpió una fastidiosa voz femenina

– ¿Te parece que eso es lo que más me importa? – dijo mamá- ¿Por qué tenías que pelearlo? Sofía lo adora. Es un muchacho inteligente y …la quiere y eso es lo único que hay que saber. Además, deben de estar leyendo.

En efecto, al traspasar la puerta mamá nos encontró en puntas opuestas de la habitación. Mis dedos se habían apurado en agarrar las Ficciones de Borges y a falta de tiempo, presa de la adrenalina, recitaba de memoria un extracto de Whitman esperando que nadie se diera cuenta de la tosca distorsión.

“Yo me celebro y yo me canto,
Y todo cuanto es mío también será tuyo,
Porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.”

-Te lo dije- le susurro a Margaret- Benja vamos a salir, volvemos a eso de las cinco. Quédate el tiempo que quieras.

-Gracias Estela, que se diviertan.

-Stel – dijo Margaret- puedo hablar con Sofía un segundo.

Mamá asintió más de lo necesario, y por educación Benjamín se vio obligado a seguirla.

Las agujas de metal retumbaron por la madera y al pasar junto a la luz observé que Margaret llevaba el paquete que me habían regalado.

-Podría darte algo mejor-  lo tiro sobre mi regazo- Es mayor por cuantos ¿Seis años?

-Cinco- respondí

-Solo quiero decirte que tengas cuidado, porque todo este teatrito da lástima-dijo-Encabeza la lista de los más ricos ¿Lo sabías? -Asentí- No creo que lo entiendas, no creo que seas capaz de imaginarlo siquiera. Ser rico en este país es una cosa, pero estar en los primeros puestos de Argentina es otra historia. Su familia está asegurada de por vida y él es el único heredero ¿Te parece que se va a quedar acá mucho más? Vino a este país solo porque podía, y porque podía humillo a esa chica. La defenestro frente a sus amigos, colegas, agentes y patrocinadores, y si te queda alguna duda de cómo es como persona, te invito a ver ese video. Sabes a cuál me refiero. Personas como él se creen intocables y lo que hace contigo es otra prueba.

-Perdón- dio un paso atrás- No pretendía ser tan directa, pero el vino me empieza a afectar y…. Sabes que olvídate de las disculpas, sé que estoy haciendo lo correcto, porque te conozco y sé que todo lo que te diga lo vas a torcer a tu favor, así que es mejor que seamos francas. Él no se va a casar contigo. N-O, así que si fuera vos me empezaría a preparar, porque sabemos que no lo vas a soportar y Estela ya sufrió bastante por tu culpa.

-Ah, y Sofía, es “y todo cuanto es mío también es tuyo” no te engañes.

 

-Benja- Salí corriendo hasta el pasillo. Nuestros labios volvieron a chocar y más hambrienta que nunca apreté mi cuerpo contra el suyo. Margaret se acercaba a nosotros, y su presencia tan solo alimentaba la avidez. Mamá podía vernos, me detuve, pero Benjamín siguió aferrado a mi cintura.

-Si queres molestarla-me susurro al oído-Vas a tener que hacerlo mejor

– ¿Tu casa? –le pregunte y él me guio hacia la puerta.

 

Rayos anaranjados se entrometían en mi historia. La fantasía de la calle Bécquer regresaba y temblando junto al cartel, la voz del ladrón me gritaba: aprende. Sus palabras se intensificaban, y letra por letra, se sobreponían al cantar de las aves. Aprende…el plumaje se desintegraba con la potencia de esos haces. Abrí los ojos, se parecía a Ícaro

Unos pequeños golpes acapararon n mi atención, y pegado contra las puertas del balcón el pájaro azulado cobraba vida. El alba nutría su plumaje, dotándolo de pinceladas violáceas, y bajo la custodia de las sombras, algunas pocas plumas en su cola se las ingeniaban para conservar el verde. Un cuadro inmaculado pintado sobre una de las aceras más caras de Carrasco. Sabía que su imagen solo aparecía sobre los puntos australes de la capital, pero no los culpaba. A diferencia de lo que ocurría con el resto del mundo, la ciudad se enriquecía hacia el Sur, y para una criatura tan majestuosa lo natural era sobrevolar esos tejados.

Me reacomodé por última vez en las sabanas vacías, y sin conciliar el sueño, salí a su búsqueda. La construcción se subdividía en dos alas, y en descenso por la escalera, el pardo de las paredes se iba desvaneciendo hasta alcanzar el suave beige que acompañaba el color de los peldaños. Continuándose con la madera de la sala principal, el piso de la recepción se volvía de azulejos blancos y negro. Me asomé hasta el jarrón de mármol y absorbí el aroma de las flores recién cortadas. Escondida entre los tallos y pétalos, la puerta del sector derecho aguardaba mi indecisión, y comenzaba a sospechar de su plan.

Tomé un suspiro y abrí la puerta. Las molduras del techo desaparecían del otro lado del picaporte, y conformando una segunda recepción el escritorio de Edith ocupaba tres cuartas partes de la pared blanca. Un televisor colgado del techo y los almohadones de un sillón que podía contar más historias de las que debía. Todos los elementos se unían contra mí. Seguí avanzando guiada por el reflejo, y tras una eterna pausa abrí el consultorio principal. De punta a punta la habitación estaba cubierta por estanterías de roble y en ellas ejemplares de todo tipo, tamaño y procedencia. El aroma del cuero recién lustrado llegaba hasta el marco, y potenciando el aroma, la silla de su escritorio brillaba bajo las luces empotradas del cielo raso. Tampoco estaba ahí…

Continúe avanzando hacia las repisas. Un molesto vacío empujaba mi pecho, y los nombres sobre los estantes eran el único remedio que le conocía. Skinner, Pavlov, Joseph Wolpe, Albert Ellis, Aaron Beck. El manual de Beck, ¿Sería que lo extrañaba? Los títulos de psicología se perdían en encuadernaciones que desconocían y en una escala de grises avanzaba hacia el sector de historia. Segunda Guerra Mundial, Surgimiento y Caída del Nazismo, El Holocausto en mil y un fotos, Imágenes de la Guerra, El pueblo judío y el holocausto, la colección seguía en una interminable hilera de sufrimiento que se proclamaba detrás del respaldo. Literatura, era mi parte favorita de su colección privada, y aun me quedaba leer más de la mitad de las obras ahí presentes. El lazarillo, me detuve, La vida del lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, amaba ese nombre.

– Podes llevarte el que quieras – me dijo Benjamín por atrás.

-Son muchos-le dije. Los ejemplares se reproducían ante la duda, páginas y páginas que no estaba viendo, atiborradas de oraciones pequeñas, miles de ideas, y de pronto el vacío volvía a eruptar por mi piel. ¿De verdad creía que quedaba algo por decir? Las lágrimas desparramadas por mi libro se volvían cien,mil veces más obsoletas, y amagaba a retirar algún que otro título de la estantería sin sentir nada por ellos.

Su mentón se apoyaba en mi hombro, y en sus ojos trataba de proyectaba el libro que me indicaba. Los Crímenes de la Calle Morgue, Cuentos de lo Grotesco y Arabesco, El Cuervo y Otros Cuentos. No, seguí buscando, no era a Edgar Allan Poe. Finalmente di con la obra que señalaba su alma. El poeta: Charles Baudelaire.

-Las flores del mal- deduje

Les Fleurs du mal- dijo Benjamín al principio con lo que creí una pronunciación impecable, luego empezó a titubear. Seis meses viviendo en París.

-No te entiendo- Salí del abismo- ¿No querías que dejara de leer libros que “incitaran la muerte”?

-Sofía, sos grande, y no tengo tanto poder. En todo caso preferirá que no escribieras libros que fomentaran la muerte, pero asumo que eso tampoco lo voy a lograr. Me dijiste que estabas mejor, y no tengo porque cuestionarlo, a veces todo depende del contexto, y según el estado anímico de la persona, la misma obra puede ser un arma o simplemente-me alcanzo el libro- una obra digna de admiración

-Leí tu tesis – le dije- No voy a caer en eso. Baudelaire vivió en el siglo diecinueve, y se lo que pensas del Romanticismo y las olas de suicido. Margaret no quería hablar conmigo, pero mamá si quería estar a solas contigo. ¿Qué te dijo?

-Que sos muy, muy inteligente, y todavía más rebuscada- sonrió- Tu madre tiene mi número, puede llamarme cuando quiera no hace falta organizar un complot mundial.

-y…-espere

-Me dijo que el único momento en el que te veía bien era cuando volvías de lo de Diego, pero sé muy bien que hace un mes que no pisas su apartamento. Teníamos una promesa, te publicaba el libro solo si volvías a terapia, pero apenas fuiste a una sesión. ¿Qué es lo que pasa? – siguió – ¿Te trata mal? ¿Te hace sentir incómoda? ¿Queres probar con otro psicólogo?

– Me da igual- le dije- Diego está bien

-Tan bien no puede estar si te seguís escapando. Sofí, te conozco y lo que es peor te conozco como paciente. Sé que pensas que no existe una sola persona en el mundo capaz de entenderte, y capaz eso sea cierto o no, no sé, pero lo que si te puedo asegurar es que mientras más te cierres más lejos vas a estar de encontrar ayuda. Siempre decís que los libros son los únicos que te entienden y creo que en este momento Baudelaire…

– No sé qué te está diciendo mamá a mis espaldas-lo interrumpí- pero por ahora lo más bohemio que hice en toda mi vida fue ir a tu fiesta de soltero. Así que no veo como queres que me identifique con él y sus rezos a … al mal y a todas esas cosas que le reza

-Si te das cuenta que los temas del mal, la muerte y demás son los estrictamente Románticos, y que hasta dos semanas te tenía acá defendiéndolos como los más bellos y puros.

-Cambié de opinión-le dije- Abandoné el Romanticismo

– ¿Sí? Que suerte, otra cosa que tienen en común con Baudelaire- me alcanzó el libro- Te presento al salvador de la literatura y, primer escritor Moderno.

-Creo que me voy a llevar uno de Márquez

-Hace lo que quieras, pero me sorprende un poco que lo rechaces, supongo que lo de poeta maldito iba enserio…

-Se lo que estas insinuando, y no estoy maldita – lo desafié- Me van a escuchar mientras viva

-Tu obsesión por cambiar el curso del universo, a eso me refería – dijo Benjamín -Creo que tus alas de gigante te impiden caminar

-Eso es…hermoso y trágico-dije sin poder creer que su mente enhebrara aquellas silabas.

Abrió el libro y pasó unas páginas. “El albatros” me marco el poema. Idénticas palabras aparecían grabadas con la voz silenciada de un hombre consumido por los excesos. Su alma escurriéndose por la tinta mojada de cada silaba, “Sus alas…” leí y releí “le impiden caminar” Los vientos golpeaban contra la ventana encargándose de recitar aquellos versos, y respetando su sonoridad, la brisa trepaba por las heridas de mis brazos.

-No puedo volver a terapia-le dije

-Sofí- me seco una lagrima- ¿Te olvidas cuando empezaste a venir acá? Me odiabas y mejor no hablar de cuando recién nos conocimos en el colegio. También te costó adaptarte, y entre los dos sabemos que Diego siempre fue mucho mejor en esto.

-No es cierto

-Eras mi paciente…- suspiro- Diego te conoce, y sabe cómo tratarte. Es un verdadero profesional y..

-Vos también

-…y se va a encargar de que te sientas cómoda en cada paso que den. Nada de conductismo, te lo prometo

– ¿Ni Beck?

-Detesta a Beck, hasta puede ser su primer tema de conversación- me reí- ¿Lo vas a intentar?

-Acepta, y te dejo llevar otro libro- insistió- Todos los que quieras. Llévate la biblioteca, no me importa, y cuando termines de rescribir el libro. Vos misma vas a ir conmigo a la editorial. ¿Entonces?

-Si – le dije y él me abrazo.

 

Comentarios

  1. Mabel

    21 enero, 2018

    ¡Excelente! Un abrazo Camila y mi voto desde Andalucía

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