Lisboa (Tercera y última parte)

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Mira su reloj, son ya las diez de la mañana, si no se da prisa no llegará a tiempo al desayuno, casi es la hora de cierre. Se ducha rápido, se viste y baja al salón donde sirven a los clientes del hotel, está en el primer piso. Un trajeado camarero, al lado de una pantalla de ordenador le pide su número de habitación.

-La 407.

El camarero tecleó en la pantalla e hizo un mohín. Volvió a pedirle el número.

-¿Algún problema? Estoy seguro de que me alojo en esa habitación.

-Lo siento. –Contesta el empleado. –Esa habitación consta como de un solo ocupante e nuestro listado y aquí sale que ya ha tomado “o pequeño almorço”. El más, recuerdo a la mujer, llevaba un pañuelo de colores en la cabeza y una mirada algo triste.

Manuel no pudo evitar estirar la boca con una sonrisa de satisfacción.

-Verá, esta noche he tenido compañía, pero se ve que madrugó más que yo. La verdad es que se ganó su desayuno.

El camarero también rio de un modo discreto y le guiño un ojo mientras le hacía un gesto con la cabeza hacia un lado como diciendo. “Vamos, pase, que le entiendo, yo también soy un hombre”.

Quedaba poco que rebañar en el bufet, se dio prisa en coger un plato y servirse lo que pudiese, a aquellas horas no iban a reponer más comida.

Mientras intentaba decidirse entre el “presunto” y el queso de la Serra Da Estrela, una voz, a su espalda, le resultó muy familiar, tanto que enseguida la identificó. ¡No podía ser ella! Quiso dar la vuelta para asegurarse que estaba equivocado, que aquello era imposible, pero la voz era inconfundible y además hablaba en gallego, en aquel hotel, en Lisboa. Aprovechó el espejo que tenía enfrente para ver la cara que correspondía con la voz. ¡No podía dar crédito a lo que sus ojos veían! Era verdad. Detrás de él, sentada, haciéndole carantoñas a un mozo joven, muy joven, mulato, para más inri, estaba Isaura. ¡Su mujer! O exmujer, según se mire.

Pasado el shock inicial consiguió recuperar la calma lo suficiente como para sentarse en la mesa de la lado, dando la espalda a su mujer, a su ex. Tenía la insana necesidad de saber por qué estaba ella allí al mismo tiempo que él, haciendo mimos a aquel efebo dorado por el sol y de cuerpo esculpido por la juventud. Tomó poco más que un café, concentrado en poner la oreja a todas las palabras y sonidos que procedían de aquella mesa, a su vera.

Se oían frases como, “cariño, que guapo eres, que linda sonrisa, tienes unos ojos preciosos”. Tanto caramelo casi consigue que vomite el café. Pero también le dolía que Isaura, a menos de una semana de su separación efectiva, que la real hacía tiempo que se había producido, estuviese tan melosa con aquel niñato de dientes perfectos. Descubrió que el chico era portugués o brasileiro, hablaba ese idioma. Se estuvo preguntando si lo habría traido con ella o lo había conocido allí, en la ciudad. La parte de la conversación que más daño le hizo se produjo cuando él le preguntó a donde iban a ir esa mañana y ella le respondió.

-Para que ir a ningún lado teniendo una habitación aquí, en el hotel, no te parece, precioso mío. Tengo yo cosas mucho más interesantes que enseñarte que las que tiene esta ciudad.

Manuel tuvo que reprimir las ganas de darse la vuelta y ponerse a gritar. Como se atrevía a compararse con Lisboa, y menos en esas circunstancias y esos términos.

Se levantaron y salieron del salón agarrados de la mano, parecían dos adolescentes, no dejaban de hacerse cariños y darse besitos a cada paso, sobre todo ella a él. En ningún momento se fijaron en el hombre de la mesa de detrás que miraba disimuladamente por la ventana mientras sus dientes rechinaban al ser apretados con rabia.

Quería ir tras ellos, espiarlos, saber que cojones hacía ella allí, sería casualidad o era premeditado, ¿le estaba siguiendo? Se terminó el café y se lo pensó mejor. Decidió que pediría la cuenta en recepción y se marcharía. Si era casualidad, prefería no sufrir más volviendo a verlos en el hotel. Y si se lo estaba haciendo a posta, aunque él nunca le dijo a nadie que marchaba ni a donde, para que darle la satisfacción de restregarle aquel saco de músculos por la cara, quedando allí. Sí, se marcharía lo antes posible.

Se encaminó a recepción, con la intención de pagar antes de subir a hacer las maletas. Salió del ascensor mirando al suelo, con la cabeza gacha. Cuando la levantó, encontró los ojos de Isaura que le miraba asombrada, no pudo evitarla, tuvo que hablar.

-¿Qué haces tú aquí?

-Lo mismo digo yo.

-He venido a pagar la cuenta.

-¿Desde cuando estás en el hotel?

-¿Y tú, cuando llegaste?

-Pues… ayer noche.

-¿Sola?

En el mismo instante en que salía la pregunta de su boca ya estaba arrepentido de haberla hecho. Se había dado cuenta, por la cara de susto de su ex, que ellas no le había visto antes y que casi seguro que no estaba allí por él. Tenía que jugar con la baza de que sí sabía que ella estaba acompañada por el mulato. Aprovechó que no supo responder para seguir hablando.

-Pues ya ves, recordando tiempos y lugares donde fui feliz. Morriña supongo.

Era cierto pero sonó muy falso, aunque no importaba ya que Isaura estaba tan pendiente de encontrar una excusa que no prestó atención al tono dubitativo con el que se expresó Manuel. Después de subir de desayunar la tarjeta no quiso abrir la puerta de la habitación y bajó a por otra, dejando al mozalbete aguardando por ella en el pasillo. Lo último que esperaba era encontrar a su exmarido.

-También es casualidad… -Trató de sonreír y parecer sincera, cosa que no consiguió. –Pues sí… lo mismo me sucede a mí, vine tras los pasos de los viejos recuerdos, ni siquiera me acordé que este era el hotel en el que… ya sabes.

Aquella frese final sí que era cierta. Tan arrepentida de no darse cuenta que había elegido el mismo puto hotel en el que pasaran su luna de miel, y de que el imbécil de Manuel fuese tan sensiblero y nostálgico. ¿Quizás la habría traicionado el subconsciente? Hacía semanas que conocía a aquel sonriente joven portugués, tan falto de experiencia, pero tan bien dotado y quiso darle una alegría llevándolo de nuevo a su ciudad natal para que se la enseñase, no obstante su interés por los monumentos de Lisboa podía circunscribirse a un solo monumento, aquel adonis mulato, perfilado, de músculos duros y culito de bebe.

Manuel marinaba en su mente una diabólica venganza y quiso ponerla en práctica.

-Por qué no aprovechamos esta nueva oportunidad que nos da el destino e intentamos encender el fuego, seguro que aún quedan brasas que alentar. ¿Qué te parece? No me digas que no es un verdadero milagro, una señal del cielo, como si Cupido se acordase de nuevo de nosotros y nos haya dado esta segunda oportunidad.

Ella estaba tan descolocada intentando evitar que Manuel descubriese el verdadero motivo de su estancia allí, “y si ahora baja y nos ve aquí, sería muy difícil explicarlo, tanto a uno como al otro”, que no se percató de la ironía que destilaban las palabras de su ex.

-Pues vale, puede que el destino nos tuviese preparada esta sorpresa. –Dijo Isaura, ¡y que sorpresa!, pensó. –Vamos entonces. ¿Adonde?

-Qué tal si vamos a tu habitación.

Manuel casi no podía disimular el cinismo, que por un momento casi se convierte en sarcasmo.

Isaura lo pensó un momento. No, no podían ir a su habitación.

-No puedes ser, justo en estos instantes está la mujer de la limpieza dentro. Mejor vamos a la tuya.

En este punto, Manuel quiso retorcer más aun la situación y poner contra las cuerdas a su exmujer. Pero cambió de opinión, le pudo el instinto, ese instinto animal que lleva a los varones a sentirse poderosos cuando consiguen la hembra de otro macho, sobre todo si es el macho alfa. Sería una victoria inmensa ver otra vez a Isaura, ahora la pérfida Isaura, de rodillas ante él, asumiendo el papel de sumisa, teniendo que tragarse su orgullo y puede que algo más.

-Me parece bien. Vamos entonces.

Entraron en el ascensor de la derecha y mientras las puertas se cerraban, se abrían las del de la izquierda. Del cual salió el joven mulato buscando su pareja, impaciente y preocupado por su tardanza. No llegaron a verse por décimas de segundo.

Ya en el ascensor Manuel siguió desarrollando su malicioso plan. Intentó besarla, meterle la mano bajo la falda, agarrarle los pechos. Estaba disfrutando, sobre todo viendo la cara de desorientación de Isaura.

-Para quieto, estamos llegando.

Por el pasillo, camino de la habitación le manoseó el culo con saña. Se cruzaron con la camarera de pisos. Le guiño un ojo a modo de complicidad, puede que esta mañana viese salir a una mujer de su cuarto y ahora le veía llegar con otra distinta.

La apretó contra la puerta mientras abría. Ya dentro de la habitación, la tiró encima de la cama, la colocó a cuatro patas, le levantó la falda, le bajó las bragas y sin mediar una sola palabra de cariño, la ensertó. Ella se resistió un poco al principio, pero pronto empezó a gemir y gritar tal y como él la recordaba, a todo pulmón y con la boca abierta, sin pudor, sin reparos, que la oyese todo el hotel, eso es lo que Manuel quería, que la oyese el mediaostia ese, el fulano de cuerpo adolescente y piel dorada.

A pesar de que tenía intención de apurar todo lo que pudiese para acabar antes que ella y dejarla a medias, no era capaz. Los excesos sexuales y alcohólicos de la noche pasada no le permitían llegar al clímax. Y cuanto más fuerte y rápido la penetraba, más gritaba ella y más se desconcentraba él. Para colmo, por encima de sus gritos, escuchó como alguien llamaba a la puerta, varias veces, lo cual le impidió, más si cabe, alcanzar su objetivo, parar antes de que ella llegase al orgasmo. Al final tuvo que desistir, no podía seguir a aquel ritmo. No llegó a saber cuantos tuvo ella, él ninguno. Salió de su interior y se acostó en la cama, agotado. Volvieron a llamar a la puerta. Isaura se asustó. Pensó que podía ser el mulato, se había olvidado de él. Se escondió en una esquina donde no era posible verla desde la entrada, mientras Manuel se dirigía a abrir.

La sorpresa fue para los tres. Para Manuel porque la que llamaba era su “misión”, carita triste. Para ella porque el hombre aún tenía colgando por fuera del pantalón su virilidad, algo murcha quizás. Y para Isaura porque la pregunta que oyó desde su escondite la desconcertó.

-¿Está Isaura contigo?

La aludida asomó la cabeza.

-¿Te conozco? –Preguntó.

-No, pero cuando llegué aquí había un joven portugués aporreando la puerta. Buscaba a una tal Isaura. Parece ser que le dijeron en recepción que había subido con el cliente de la 407. Acaba de marchar. Yo diría que no iba muy contento.

-¡Mierda!

Gritó la ex de Manuel saliendo por la puerta y apartando de su camino a la otra mujer, pensaba que todavía podría cogerlo si se apuraba. Pero unos metros más adelante se paró y dio la vuelta para encararse con la persona que acababa de darle esa información. Una duda le había asaltado la mente.

-Por cierto, ¿tú, quién eres?

Carita triste asumió un gesto cómplice y contestó.

-La que durmió esta noche en esa cama, la misma que tu acabas de probar, amén de otras delicias.

Isaura miró a Manuel con ojos de fuego. Este observaba el techo haciéndose el inocente, pero la sonrisa dibujada en su rostro no dejaba lugar a dudas. Se acercó y alargó los brazos para rodearle el cuello obligándolo a mirarla.

-¿Desde cuándo sabes lo del mulato?

-Os vi esta mañana en el desayuno. Me senté a tu lado, dándote la espalda. Conmigo nunca fuiste tan cariñosa.

-No te preocupes, voy a serlo ahora mismo.

Y dicho esto, le arreó un rodillazo en los genitales, con toda la rabia y el coraje que pudo encontrar en su interior, haciendo que Manuel acabase el suelo, dolido y agarrando sus partes, las cueles pilló completamente al descubierto. Lo que no pudo arrancarle fue esa sonrisa cínica y maliciosa del que sabe que una buena venganza también tiene sus consecuencias.

Antes de irse le dirigió unas palabras a la otra mujer.

-Puedes quedar con él, pero mucho me temo que no te va ser muy útil durante unas cuantas horas.

Y salió corriendo. Pensando que escusa le iba a poner para justificar eses gritos que casi seguro se oían perfectamente al otro lado de la puerta.

-Tu mujer, ¿verdad?

Manuel asintió desde el suelo.

-Me parece que no tiene mucho sentido del humor.

Él quiso soltar una carcajada pero el dolor se lo impidió.

-¿Siempre fue así de escandalosa?

Manuel volvió a mover la cabeza de modo afirmativo.

-Cuando te recuperes, que te parece si vamos a dar una vuelta, está un día precioso. Tengo muchas ganas de montar en los tranvías de Lisboa. Me han recomendado una línea en concreto, la 28, es muy larga y atraviesa barrios históricos, subiendo y bajando por calles estrechas, tanto que si sacas la mano por la ventanilla, puedes tocar las paredes de las casas. ¿Qué te parece?

Otra vez, sin perder aun esa sonrisa de niño pícaro que sabe que se ha salido con la suya, Manuel volvió a afirmar que sí. Era una gran idea, él ya había montado en la línea 28, para el que lo hacía por primera vez era como volver al pasado, al siglo XIX.

Media hora más tarde salían por la puerta del hotel agarrados de la mano. El recepcionista tuvo la impresión de que aquel hombre no había dormido bien, iba algo encogido.

-Creo que va siendo hora de que me digas tu nombre.

-¿Importa eso? Si quieres puedes llamarme Isaura.

 

 

 

 

 

Comentarios

  1. GermánLage

    7 enero, 2018

    ¡Vaya! Como que había una tercera parte, y yo sin sospecharlo. La verdad es que, con el final de la primera me quedé descolocado, pues me esperaba otros derroteros, pero eso me pasa por dedicarme a hacer suposiciones. Esta tercera me pareció un tanto truculenta, pero el final me gustó.
    Un fuerte abrazo, Marco.

  2. Mabel

    7 enero, 2018

    Muy buena historia. Un abrazo Marco Antón y mi voto desde Andalucía

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