Sebastián y el Judas

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Cierta vez un domingo entré a una iglesia, no sé realmente por qué, ya que no soy alguien que practique la religión con fervor. Durante la misa solo miré los hermosos vitrales cuyas figuras representaban a santos y mártires de la fe, y así, entre susurros y devociones vacías escuche que el clérigo leía de la Biblia:

“Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño” Corintios 13:11

Llegaron a mí ciertos recuerdos de mi infancia cuando jugaba a ser un poderoso caballero librando batallas contra horribles bestias. Nunca pensé que a esa edad mis sueños se convertirían en realidad.

Yo tenía como seis años cuando me enfermé de sarampión y de hepatitis. Los doctores no se veían muy entusiasmados conmigo.

Ni con todas las mejores intenciones del mundo podía decir que fueron buenos tiempos, ya que  me sentía solo, no era una soledad familiar sino una soledad de estima, la cual no se podía mitigar tan fácilmente.

Tenía a mis mascotas las cuales me acompañaban y jugaban conmigo, eran dos perros callejeros que, por decirlo así, se fueron a regalar donde yo vivía. A uno le puse Sansón y a otro Terry, a este último le había puesto antes Yoli, pero mi mamá me obligó a cambiarlo porque ella se llamaba Yolanda.

Una mañana los dos amanecieron muertos, no sabía porqué. Mi madre se preocupó porque pensaba que esos perros estaban infecciosos, de inmediato los envolvió en bolsas de plástico y los llevó al camión de la basura. Esa fue la última ves que los vi, por el vidrio empañado de mi ventana y el de mis ojos.

Un día mi padre me trajo un judas, un muñeco rojo con forma de diablo, como se acercaba semana santa abundaban mucho esos muñecos. Pero este era muy especial, es decir, la forma de su cuerpo y su mirar me intimidaba ya que en cualquier posición que se encontrara sus ojos parecían observarme, tenía una sonrisa burlona y sus cejas parecían ascuas.

Cierta noche me fui a dormir temprano, eran como las ocho, le dije a mi mamá y no se porqué razón que me trajera al judas. Ella lo hizo, lo puso encima de la máquina de coser que estaba enfrente de mi cama.

Mis ojos se cerraron de sueño, mirándolo y con la sensación de que el judas me observaba, fue precisamente cuando comencé a soñar.

Me encontraba en el comedor, en la mesa había una vela encendida, su luz tenue me transmitía tranquilidad. Entonces sentí que alguien me empujó, al voltear grité de miedo, era el judas mismo quien estaba ahí riéndose, abría y cerraba los ojos como queriéndome convencer de lo que veía.

De sus pequeñas manos salieron unas uñas blancas, tenía la intención de rasguñarme. Quise correr pero mis piernas no me obedecieron, sentí una gran desesperación, grité de nuevo y entonces el judas dijo:

–       Vengo por tu alma Sebastián.

Su voz era gruesa, parecía que gruñía cuando hablaba, asustado le dije:

–       Yo me porto bien, soy bueno, ¿por qué me molestas?

–       Porque eres muy débil

–       ¿Quién eres?

–       Mi nombre es Deimos,“el recolector”

–       ¿Recolector?

–       Recolector de almas

De nuevo intenté correr, pero cuando le di la espalda sentí una punzada en mi brazo, él me había encajado sus uñas, fue el dolor tan agudo que grite. Deimos parecía extasiarse con mi miedo.

–       Sebastián , no lo hagas difícil, quieras o no me llevaré tu alma.

Por un momento pensé que esto no era mas que un sueño, comencé a pensar en algo agradable para que esa pesadilla se convirtiera en algo apacible. Pero aquel demonio aparentemente me leyó mis pensamientos porque me dijo:

–       ¿Quieres jugar a las escondidas?. Está bien, te daré ventaja, contaré hasta treinta y luego iré por ti.

Sonreía enseñándome sus colmillos blancos y fue cuando le dije:

–       ¿No harás trampa?

–       No, pero si te alcanzo el sufrimiento no se comparará en nada con el dolor físico.

–       No puedo moverme, siento las piernas pesadas.

–       Eso ya no es problema.

En ese instante sentí mis piernas liberadas, sin pensarlo mas comencé a desear, quería poder volar y así fue, por la ventana salí volando. Era de noche así que comencé a desear que fuera de día, de un momento a otro de la oscuridad surgió la luz del día. Pensé en un campo, no, en un bosque donde nunca me pudiera encontrar. Mejor aún, ser un conejo y esconderme en una madriguera, me sentí distinto y vi que así había sido. Era un conejo de color café, inmediatamente me escondí, me sentía seguro, confiado en que nunca me localizaría.

Pero no fue así, miré al cielo y divisé un punto rojo, con espanto me di cuenta que era Deimos. Su carcajada se oía como un trueno. Pensé que tal vez no me había visto, mas de nuevo me equivocaba porque él gritó:

–       ¡Sebastián, eres un tonto al querer burlarme así, pues para un conejo tengo un cazador!

Se precipitó hacia mí, como una portentosa águila, la luz no se reflejaba en su plumaje negro. No tenía tiempo así que quise ser humano nuevamente, quise estar donde hubiera mucha gente.

Entonces sentí que la respiración se me iba, Deimos me había atrapado, me tenía sujetado del cuello, creí que me iba a asfixiar.

–       No puedes contra mí, tu miedo es mi fuerza y tu tristeza mi regocijo. Pero voy a ser justo contigo, te daré la oportunidad de que te enfrentes a mí.

En algo tenía razón ese demonio, mi miedo me paralizaba y eso era algo provechoso para él porque al soltarme volví a huir. Esta ves quise estar en un lugar sagrado para mí, en una iglesia, aquella donde mi madre me llevaba, inmensa y soberbia, el lugar idóneo para la fe que yo ostentaba.

Vi el templo solitario, con muchas imágenes que representaban a santos, ahora sí estaba seguro de que Deimos no se atrevería a entrar ahí. Al ver en el altar a Cristo crucificado me llenó de tranquilidad, me sentía protegido.

Oí un grito, era de ira, pensé que el demonio estaba enojado porque no podía pasar, así que para no ponerme nervioso observé las figuras de madera, los lienzos, los adornos dorados donde se asomaban caritas de niños con alas, el techo estaba igualmente adornado con figuras santas. Los vitrales de vivos colores tenían imágenes de ángeles imponentes.

Uno de esos vitrales me impresionó, parecía que era San Martín Caballero, montado en un caballo, con la espada desenfundada.

Escuché un chasquido, un vitral fue hecho mil pedazos, Deimos estaba dentro. Sonriendo irónicamente me dijo:

–       No puede detenerme una iglesia ni mucho menos una cruz.

Quería llorar de la desesperación, me sentía perdido, pero algo sucedió, para mí era como un milagro, las figuras de los santos comenzaron a cobrar vida, de los vitrales salieron ángeles armados con inmensas espadas, todos me rodearon para protegerme, no podría Deimos con ellos.

Pero entonces ese demonio comenzó a atacarlos, con sus poderosas garras les arrancó las alas y rompía con mucha facilidad las espadas de los ángeles, decapitó de un solo golpe a muchos de ellos y lo mismo hizo con los santos. En medio de esa matanza solo quedamos Deimos y yo.

Miré a mi derecha y vi un lienzo de un hombre rodeado de leones, eso me dio una idea, quería estar rodeado de una manada de ellos y así fue, eran grandes y de abundante melena, Deimos riéndose se aproximó a mí. Les dije a los leones que lo atacaran, no me obedecieron, es mas, le abrieron el paso y nuevamente me tomó del cuello y Dijo:

–       Tus temores serán tu tortura.

De inmediato me llevó volando a una torre inmensa, llegaba literalmente al cielo porque las nubes cubrían la cima.

Yo le tenía miedo a las alturas y Deimos lo sabía, cuando llegamos a la cúspide de aquella torre me dijo:

–       Vas a morir.

Me arrojó al vacío, sentía la precipitación de mi cuerpo por la velocidad con que caía, la sangre concentrarse en mi cabeza, no podía respirar, no podía gritar, me acercaba mas al suelo. Veía los techos de las casas, me aproximaba mas y mas a ellas, cerré mis ojos esperando un desenlace.

Llegué al suelo finalmente, no fue tan duro el golpe, solo la sensación, estaba contento pensando que ya había terminado. Me fijé que estaba dentro de una fosa, junto a mí había un cráneo, lo que me llegó a la mente es que ya había muerto, que nada podría afectarme. Me incorporé para ver si podía salir, pero estaba muy alto, vi de nuevo el cráneo y le di una patada. Ese fue mi error.

De su interior salieron muchas moscas grandes, negras y de asqueroso aspecto. Su zumbido me molestaba, se me pegaron en la cara, se me metía en las fosas nasales, en los oídos y al intentar gritar se introdujeron muchas en mi boca sintiendo en mi paladar sus patas y sus alas en movimiento.

Con las manos intenté matarlas pero el solo tocarlas me causaban repugnancia. Podía ver a Deimos riéndose diciendo:

–       ¿Te molestas por unas pequeñas moscas?, no has visto nada.

Sus ojos comenzaron a salirse, se hicieron grandes, le salieron patas negras y unas alas membranosas, se había convertido en una gigantesca mosca.

Comenzó a zumbar, no lo soportaba, ni siquiera verlo, se dirigió a mí, sentí desmayarme. Cuando abrí los ojos me vi en un callejón, había mucha basura, no sabía dónde me encontraba.

Deimos estaba ahí mirándome, sus palabras fueron violentas:

–       No habrá dios sobre la tierra que pueda ayudarte, ni cielo donde te puedas refugiar.

Oí a unos perros, voltee y vi que se dirigían hacia mí ladrando, babeando y hambrientos, corrí lo más que pude, escuché el sonido de sus patas, sentía que alcanzaban. Mis piernas nuevamente me pesaron, no podía moverlas. Uno me mordió el brazo, otro la pierna y uno mas la cara, sus colmillos rasgaban fácilmente mi piel, el dolor era inmenso.

–       ¡Ya no, por favor, si quieres mi alma tómala, no me hagas sufrir mas!

El fríamente me respondió:

–       Aún no termino.

Se transformó entonces en mi padre, ya no estábamos en la calle, sino en casa, me miró y dijo:

–       ¡Sebastián no haces la tarea, te portas mal en la escuela, haces enojar a tu mamá!

Se quitó el cinturón, era grande y de cuero, olvidé que era Deimos y pensé que realmente era mi padre.

–       ¡Papá no me pegues, te juro que me portaré bien!

Comenzó a azotarme con el cinturón, no era el dolor del golpe lo que realmente dolía, sino por el buen padre cariñoso y comprensivo con todos, menos conmigo. Cuando terminó me dijo:

–       ¡Tú no eres mi hijo, no te quiero y me avergüenzo de ti!

Me sentí solo, las lágrimas recorrían mi rostro, mis fuerzas para huir se habían acabado, así que le dije a ese demonio:

–       ¡Deimos, mátame ya!

–       No, aún falta lo mejor.

¿Qué seguiría?, ya me había torturado, ¿no le era suficiente?.

–       ¿Sabes?, tus estúpidas mascotas defendieron tu insignificante alma hasta el fin.

–       ¿Tú los mataste?

–       Sí y disfruté su lenta agonía principalmente al último, me refiero a ese al que llamabas Terry. No sabes el éxtasis que sentí al arrancarle el último suspiro, el último vestigio de su innecesaria existencia.

Sentí de pronto algo indescriptible, era un sentimiento que me liberó y me hizo sentir vivo, ya no tenía miedo, tenía la necesidad de acabar con ese ser para que ya no hiciera mas daño.

Miré a Deimos y dije:

–       ¡No te llevarás mi alma!

–       Aún tienes fuerza para gritar, pero realmente eres un miedoso.

–       ¡No te tengo miedo!

Sentí que mis miembros me respondían, me sentí vigoroso y vivo, me incorporé, ahora iba a saber que tan lejos podía ir, sorpresivamente me tomó del cuello, quería asfixiarme, pero con mi fuerza le comencé a golpear la cara. El solo se reía de mí y eso me enfureció. Le di una patada en el estómago, eso hizo que Deimos me soltara, se inclinó por el dolor y comenzó a gritar:

–       ¡Me has lastimado, nunca volverás a despertar!

Vi como se transformaba en un perro negro, comenzó a ladrar e intentó morderme, pero ya no le tenía miedo, deseaba ser un gigantesco bisonte, como una vez lo vi en un libro. Y así fue.

Sin pensar corrí a gran velocidad hacia él, no le quite la mirada de encima, lo envestí en una forma tan violenta que hice que se tambaleara. No me quedaba duda, podía derrotarlo.

Se convirtió entonces en una gran mosca, aquella que antes me había asustado, quería escapar ese demonio y yo no se lo iba a permitir. Me convertí en una gran avispa y volé hacia él, no era tan rápido Deimos, no para mí. Lo perseguí cruzando la ciudad y el campo, hasta que lo alcancé, lo tomé entre mis patas y con el aguijón que poseía se lo encajé en el costado. Escuche un alarido, era por la herida que le causé.

Deimos tomó de nuevo su forma y me dijo:

–       ¡Ni un humano me había humillado de tal forma, mucho menos un niño, ten por seguro que ahora si te mataré!

Yo tomé mi forma humana nuevamente y sin hacer caso a lo que me decía, me abalancé hacia él, lo tomé del cuerno y dije:

–       ¡Soy el más fuerte del mundo!

Se oyó un gran crujido, le había arrancado el cuerno izquierdo. Deimos no podía creerlo, un niño lo había derrotado.

Empecé a notar que a nuestro alrededor comenzó a desvanecerse, todo se volvía irreal. Deimos desesperado me dijo:

–       ¡Devuélveme mi cuerno, por favor, no te volveré a molestar!

–       No.

–       ¡Ten piedad de mí, devuélveme mi cuerno, al despertarte moriré con tu sueño!

–       Adiós.

–       ¡No!

Dio un fuerte alarido, él también se desvaneció, al abrir mis ojos miré los rayos del sol entrar por mi ventana, pensé que todavía estaba soñando.

Me paré y busqué al judas que estaba encima de la máquina de coser, sorprendido me di cuenta que le faltaba el cuerno izquierdo. Le pregunté a mi hermana y a mis padres si ellos lo habían roto, solo encogieron sus hombros. No sabían nada y no volví a preguntar, pero algo cambió en mi, porque ya no tuve miedo y desde ese momento vi el mundo de distinta forma.

 

Fin

Comentarios

  1. Mabel

    17 enero, 2018

    Muy buen Cuento. Un abrazo Roberto y mi voto desde Andalucía

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