Caos (Capítulo 12)

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Necesito aferrarme a ella para no perderme en el caos.

Necesito aferrarme a ella para no perderme en el caos”.

 

Alain repite para sí continuamente dichas frases, preso de una tarde otoñal con los pies en el rompeolas, entre la arena firme y los vaivenes hipnóticos del agua. Aunque el mar esté tranquilo, jamás cesa de moverse, siempre le llama. Últimamente siente que todo él se ha transformado en anzuelo, la marea se convierte en un garfio suave con punta afilada de espuma, cuya obertura casi logra agarrarlo por la cintura y le arrastra hasta el fondo, y se observa a él mismo perderse en la inmensidad, sin saber cómo volver, quizá sin desear volver, sumergiéndose en las profundidades, haciendo azul su vista, luego negra, al final añil oceánico, después nada. Se acabó Alain: ya no habrá más Alain. Se lo llevó el agua, desapareció sin dejar más rastro que aquello que no era más que un baladí y no representaba el mayor peso, el menor significado: ropa, zapatos, alguna joya. Dirán que se deshizo de toda la carga, de toda una vida, de los lastres alojados sobre sus espaldas. Los titulares y carteles escribirán: missing. Se busca. Cerrado por derribo. Sólo pudimos encontrar su ropa. Adiós, Alain, adiós, buen viaje. Desapareció sin más. Cuánto tiempo tardaste en decidirte.

 

Más allá de sus autodestructivos pensamientos, descubre que la tierra aún le llama. Todavía tiene cosas que hacer por aquí antes de darse por entero a las olas bravas, a las cuales se expone voluntariamente, ofreciéndose como manjar, helándose la piel y retándose con ellas. Algún día, piensa, les seguirá la corriente. Pero ahora no: ahora no.

 

Necesito aferrarme a ella para no perderme en el caos.

Necesito aferrarme a ella para no perderme en el caos”

 

Observa su alrededor: la playa de Brighton es inmensa. Su arena es áspera, desagradecida, dunas que descienden hacia el mar, que le invitan a entrar, formada por esas pequeñas piedras típicas de la costa británica.

 

La playa es inmensa, pero en esta época del año está desierta: en su declaración de intenciones, Alain ya advirtió que en la temporada estival se guardaría bien de acudir a visitarla. Es la inadaptación, de la cual no consigue desprenderse cuando no tiene más opción que mezclarse con la gente. Sin embargo, le concede su intimidad y sus secretos con absoluta fidelidad el resto del año.

 

La playa de Brighton es gigantesca pero Alain, día tras día, se refugia en el mismo rincón adoptado como suyo, adentrándose en el mismo lugar cercano al espigón. Allí es donde el agua y él rugen con más fiereza en las cavidades rocosas, ambos al unísono, donde se le resta espacio al mar y éste monta en cólera reclamando su estatus, y le bautiza una y otra vez, con una suerte de renovación que le trae de vuelta a la vida.

Está la arena, está él, está la marea que va creciendo con furia, están las rocas que se alzan, está el espigón, está la luna que se eleva y se pavonea en su reflejo, está la pasarela vallada , y ahí arriba está ella. Ha saltado la valla y se ha sentado en una de las rocas de ángulo geométrico sin clasificación, su punto de equilibrio, como siempre durante meses. Marine, su nombre más adecuado no podía ser, piensa Alain que el océano debió crearse pensando en ella. Marine, como Poseidón pero en mujer, la calma en los momento de ardor.

 

Necesito aferrarme a ella para no perderme en el caos.

Necesito aferrarme a ella para no perderme en el caos”

 

Llevan meses mirándose en la distancia, los dos en su respectivo cobijo. No es por timidez o falta de atrevimiento que no aproximan más pasos. Se acompañan en la lejanía, los kilómetros físicos no dejan de ser un mero hecho circunstancial, y así ya les es suficiente. Si alguien les preguntara: ¿Alain, te sientes lejos?, Marine, ¿Por qué no os acercáis más?, ellos contestarían a la par: “¿Lejos, más cerca? Pero si no podemos estar más adentro el uno del otro”. Aunque claro, eso es algo que únicamente ellos dos pueden sentir, percibir, comprender, y pese a que lo intenten explicar, todos los demás les mirarán siempre con un gesto de asombro y cara de no entender nada. Les tomarían por locos. El resto del mundo cree en la intimidad física, pero no valora la magnitud de la espiritual. Y sin darse cuenta, Alain y Marine llegaron a ella, de veras la sienten. Así se miran, uno abajo, la otra arriba, siempre en el mismo lugar, amparados por la brisa, sin decirse nada y leyéndose de fuera adentro, durante días, semanas y meses.

 

Necesito aferrarme a ella para no perderme en el caos.

Necesito aferrarme a ella para no perderme en el caos”

 

Hoy Alain acusa el agotamiento y la rebelión de la conciencia, está superado por los acontecimientos, por los cambios y el ritmo de los días predecesores, de las horas anteriores. Alain teme perderse en el caos, algo que le espanta a lo sumo. Dotado de una vasta cultura, de la que jamás alardea y nadie sabe nada, Alain piensa en el caos como en la más poderosa de las amenazas.

 

Del griego, la definición de caos es el espacio que se escinde, la hendidura, la grieta de la caverna, abrir una herida latente. El caos que gesta monstruos y deidades, sin diferencias, revuelto de noches y días, sin la guía de Chronos. Es un inmenso y gran vacío: no hay agua, no hay fuego, ni tierra ni aire. El caos es la nada como valor absoluto, en él no hay nada, nada que se pueda amar, nada que se pueda describir, nada que se pueda odiar. Perdición, soledad, exposición. No hay inicio, no hay fin, ni por qué, ni se acabó, ni hasta aquí, ni decisión. Sólo hay un silencio interminable que se recorre a sí mismo, que no se extingue, que condena.

 

<Pisa Alain, pisa en la arena firme antes de zambullirte en el caos>.

 

Alain cree haber puesto una pierna en su interior, tiene otra que aún se salva desde la otra perspectiva del mundo. En cuanto dé un paso equivocado, se perderá en el silencio, en la nada, en el caos. Y jamás podrá salir. No se puede huir del caos, una vez sucumbes a él. Su caos personal lleva una semana acechándole tras la nuca, susurrando a los lóbulos de sus orejas, lamiéndole el cuello, tendiéndole la mano, abrazando sus debilidades; su caos le está arrastrando, igual que el garfio del océano le ciñe la cintura y le impulsa para sus adentros.

 

Observa a Marine y piensa, con el susto dentro y la serenidad afuera, <necesito aferrarme a ella, urgentemente, para no perderme en el caos>. No sois capaces de imaginar lo que pesó su brazo levantado, el esfuerzo de llamarla, su mano saludando e invitándola a bajar a su lado. La sonrisa forzada en la lejanía mezclada con las ganas de llorar, tragándolas. Le pidió con todas sus fuerzas, por telepatía, que no le diera una negativa: hoy no. Y ella no le falló.

 

Marine desapareció unos instantes hasta dar la vuelta, con las sandalias en la mano saltó la valla, recorrió el espigón, bajó unas escaleras endebles y caminó entre arena levantada y brisa otoñal hacia su orilla. Cuando Alain la miró, vio su color de ojos cambiante mimetizado con el mar, el azul grisáceo de motas verdosas. Emulando una sonrisa, apartando la cara y enfocándola en las olas, cada vez más altas y violentas, cortó el silencio:

 

Aquí abajo no parece tan fiero.

Nunca lo es: sólo se rebela a veces. ¿Un día duro?

Ahora respiro. ¿Y el tuyo?

Ha mejorado. Ahora ya no lo es.

¿Te llevo a casa?

Cinco minutos más, por favor.

 

Los cinco minutos se convirtieron en veinte. Alain y Marine son inmunes a los silencios incómodos, practicantes asiduos del mutismo, y les basta con esa sonoridad que contiene todos los ruidos del agua, que embiste contra ellos y suma escalas, sinfonías y frecuencias nunca antes escuchadas.

 

Alain, que antes se sentía como si estuviera realizando equilibrios sobre una loza tambaleante rodeado de toda clase de peligros, en constantes y enérgicos movimientos, que pretendían desestabilizarlo y hacerle caer, ahora siente la seguridad de la tierra sólida. Está apartando el paso en falso, la pierna perdida en el caos, para volver a encontrar su rumbo.

 

Fuera de la playa y de lo rocosa de la costa, ya de noche, mientras conduce al lado de Marine, -Marine, con su nombre oceánico y sus ojos aguamarina-, con el reflejo de semáforos y el alumbramiento de faros ajenos, no cesa de repetirse: <Necesito aferrarme a ella para no perderme en el caos>.

 

************

 

El caos por el que hoy aboga Alain firmaba sus primeras iniciales, selladas con el puño y la letra de Curt McNeill, quizá dos, cuatro o seis días antes de ese atardecer marítimo.

La comunicación basada en el secretismo entre Curt y Alain durante esa semana fue continua, desesperante y asfixiante; tan al límite de la fuerza vital, tan flanqueados por la línea que rebasa el bien del mal y de una intensidad tan extenuante que les acabó agotando mentalmente.

 

Primero fue el encuentro con Dwayne en la antigua refinería.

 

Casi inmediatamente después, Curt y él se reunieron; todo se aceleraba porque el tiempo jugaba en su contra. Palabras que no podían fallar y que no lo hicieron en la memoria de Alain, grabadas en un magnetófono y guardadas bajo llave por Curt en un escondrijo recóndito, excluyendo todo lo que pudiese encontrarse, verse, escribirse y leerse, escuchadas con atención una y otra vez por el vikingo. Obviamente, éste no poseía una retentiva tan aguda y se esforzaba, sin éxito, por no olvidar ni el nombre ni los apellidos del primer policía sobornado; cuando Alain comenzaba a enumerar el segundo de los distribuidores, ambos se mezclaban en su memoria. Al final, cuando aludía a los consumidores de diferentes zonas, ya había perdido la cuenta de todos los anteriores. Curt y Alain llegaron a dormir con esas identidades retumbando en su cabeza, les visitaron en sueños, les ponían cara y cuerpo en sus pesadillas de madrugada, les memorizaban con ahínco según su imaginación.

 

Curt ordenaba como un emperador, a veces por el placer de hacerlo sin tener muy claro la intención de sus acciones o los motivos que le empujaban a declarar esos mandatos sin tiempo a réplica. Se imponía como quien proclama un decreto ley irrevocable. Exigía obediencia con la mirada y con entonación tajante. Alain acataba, reticente y dubitativo en su interior, sabiéndose seguido y secundado por todo un equipo fiel que quemaría sus manos por él, esperando descubrir dónde le llevaría todo eso, con cautela. Supeditado por momentos, se podría decir que siempre expectante.

Así se descubrió ejerciendo de espía discreto, pasando horas en terrazas y cafés al aire libre, recorriendo sigiloso las calles, reproduciendo las pisadas de tantos hombres y mujeres que vivían en la ingenuidad enfrascados en sus rutinas y que mantenía en el punto de mira.

 

Siguió a los vendedores que tenía Dwayne a su disposición; pronto entendió que tal entramado funcionaba como una jerarquía inamovible y estricta, con la severidad de una planificación imperial romana. Las zonas se dividían en norte, sur, este y oeste. Cada zona era capitaneada por un distribuidor designado por alguien superior, y cada uno de ellos se había ganado su pan con proezas censurables que le otorgaron a pulso el derecho a ostentar aquella posición. Usurpar al distribuidor requería de tácticas y técnicas casi bélicas, anticipándose a los acontecimientos y viviendo de probabilidades inciertas, con el cálculo previsor de numerosas bajas antes de que se produjeran, subestimando los triunfos para no creérselos en demasía, con el premio que conduciría a un cambio forzoso y extremista que funcionaría como un reset, un reinicio del mundo. El reset que equivalía al caos, a la nada. El cambio desordenado que dicta un orden posterior, barriendo todo lo antes conocido. El punto de inflexión lo marcó la desaparición forzosa de Dwayne: a partir de ahí, la revuelta incierta. Dwayne hizo suya toda la zona este que ahora restaba huérfana, a la espera de una virulenta adopción, y Curt se erguía como el postulante idóneo, el más feroz.

 

Supo de los cuatro distribuidores, de los camellos que trabajaban para Dwayne ejerciendo las veces de un mando intermedio, de la mayoría de sus respectivos clientes, de dónde recaudaban los ingresos. Con la muerte de Dwayne, la mayoría andaban desorientados, sin nadie a quién rendir cuentas, tramando posibilidades de ascenso y golpes maestros que aplicar, conciliándose con algunos y desconfiando de todos, sobornos y promesas de político populista vendidas a los más necesitados. Guerra fría, lo llaman algunos. Supo de sus residencias diurnas y nocturnas, los emparejados, los cabezas de familia, los que disponían de amantes, los solteros, los que frecuentaban amores de pago, los locos y los cuerdos. Apuntó mentalmente flaquezas y conductas, caminos asiduos y proceder repetitivo. Se sintió un halcón rapaz al acecho.

 

Siguió a los miembros de la autoridad que patrullaban en la zona ahora vacante. Uniformados y vestidos de civiles. Les siguió los pasos, observó cómo sucumbían a los sobornos, pura rutina ilegal que ejercían como costumbre en esas zonas. El tiempo les había hecho descuidados, y ya casi ni fingían. Alain pronto comprendió que las muertes de Dwayne, de Cynthia y del pequeño fruto de la unión de ambos, quedarían archivadas y después serían traspapeladas. Luego extinguidas y finalmente sepultadas y olvidadas. Los policías, tras la barbarie y su vuelta de espaldas a la misma, esperaban el cambio, la sucesión y un aumento en su tajada, una renovación de condiciones. Alain intentó descubrir secretos, vicios ocultos, pero a parte de lo ya supuesto no vio nada reseñable o indigno. Todo encajaba en la normalidad. Los siguió de camino a sus casas, acompañando a sus hijos al colegio y al supermercado a sus mujeres, al restaurante dónde almorzaban juntos, idas y vueltas a las comisarías, las copas en los turnos nocturnos, cotidianidad sin sorpresas. No descansaba, durante esos días Alain apenas durmió: le embargaba la obsesión, la necesidad de acabar rápido todo ese entresijo al que no encontraba el placer, que le sabía agrio; de alguna manera le atormentaba, como si avistase el devenir de algo malo.

 

Y al cuarto día, por la mañana, cuál fue su sorpresa cuando avistó al grupo principal de policías corruptos con sus bolsas de deporte, fichando en un gimnasio céntrico de lujo peculiar por sus cristaleras abiertas al mundo, todo él un espejo regalado a las calles y sus transeúntes. Vio al grupo de hombres obedeciendo las directrices de un inconfundible y codiciado entrenador deportivo, ya famoso por los alrededores. Le pareció alto, rubio, gestos y poses que le resultaban familiares.

Al dejarse casi los ojos intentando encuadrar aquella figura que tanto le sonaba, acabó cerciorándose de que ese entrenador no era ni más ni menos que Mick.

 

¿Qué podía hacer ahora? ¿Callaba? ¿Lo inmiscuía en asuntos turbios? ¿Lo creería inocente, ignorante de todas las tramas que iban brotando a su alrededor? ¿Sería Curt tan indulgente como entonces parecía él? Se encendió un cigarro mientras reordenaba todas las cuestiones, y avistando las sombras, casi desfiguradas pero inequívocas, allá a lo lejos en una sala de aparatos de gimnasio, sopesó cuál sería el paso siguiente. No podía ser en falso. Se le pasaron horas pensando y creando relaciones, intentando ver más allá de lo meramente visible, diseccionando la información, mientras el caos le ensombrecía medio cuerpo.

 

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Luis

    Luis

    1 febrero, 2018

    Muy bien escrito; de raíz afilada y con una superior autonomía que muestra a las claras tu espacio y tu densidad como autora. Me gustó mucho. Un saludo y mi voto!

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    1 febrero, 2018

    ¡Excelente historia! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  3. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    2 febrero, 2018

    Ayer tocó viaje, y, en consecuencia, comentario retrasado. No importa; el disfrute de la lectura es el mismo. Un pasaje (o dos) mpecable, Esteff.
    Un abrazo.

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