El último poema

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El otrora insigne escritor no entendía el mundo moderno. Por una serie de circunstancias ajenas a su voluntad había estado durante muchos años sin juntar dos letras, y cuando volvió no contaba para nadie.

Es verdad que en ciertos sectores se idolatraba su pasado pero, nadie quiso publicar ni uno solo de los escritos que había compuesto a lo largo de este siglo. Era rechazado sistemáticamente por todas y cada una de las editoriales que los recibían. Como sospechaba que no le tomaban en serio por ser quien era, comenzó a enviar sus textos bajo seudónimo pero, aún así no le permitían publicar. A pesar de todo, él no podía dejar de escribir, no era nada sin hacerlo. La forma en que los pulmones trabajan sin la intervención de la voluntad (ésta sólo puede influir durante un corto período de tiempo), era algo similar a lo que le ocurría con el proceso de creación de historias. Los estímulos externos que recibía eran el oxígeno que inspiraba, y luego los exhalaba en forma de combinaciones de palabras que previamente se habían formado en su interior.

 

El hecho de que los relatos siguiesen brotando, y fuesen plasmados en un papel, no era suficiente. Él pensaba que una historia no existe mientras no sea recibida por otra persona, así que mientras sus composiciones no fuesen publicadas no podría sentir paz. Sabía que aún atesoraba dentro de sí la mejor parte de su esencia como ser humano y ésta debía ser compartida con el mundo. Deseaba ser inmortal.

 

Observando las costumbres actuales de la juventud, casi por casualidad, descubrió un nuevo lugar donde poder plasmar lo que le bullía y que ese bullir le pudiese llegar a otras personas. Se creó un perfil en una red social. Este método de escritura tenía sus limitaciones: no más de ciento cuarenta caracteres por publicación. También tenía el inconveniente de que no vería impresas las letras que había pergeñado aunque, por otro lado, está nueva forma de creación le daba la oportunidad de dirigirse a millones de potenciales lectores y sobre todo, era una manera de dar rienda suelta a su alma. Además, le pareció algo magnífico que cualquier persona pudiese ser leída por la humanidad sin la necesidad del odioso juez-verdugo editorial que decide quien vive y quien no, amén de la maravillosa libertad de hacerlo sin el censor de turno mutilando, en el mejor de los casos, el texto.

 

Así pues, cambió pluma estilográfica por teclado y comenzó a expresar lo que sentía, lo que pensaba, lo que añoraba y lo que soñaba, de forma que su desbordante imaginación y su depurado estilo hacían brotar maravillosos textos miniaturizados mejores aún, si cabe, que los pretéritos.

Sin embargo, algo extraño ocurrió. Uno de los usuarios de la red social bastante valorado por la masa se sintió agraviado por una expresión de uno de sus escritos y a rebufo de la altisonante queja llegaron treinta o cuarenta cuentas igual de ofendidas. Al publicar un segundo texto sucedió lo mismo, y así pasó con el tercero y el cuarto. Algunos le llamaba xenófogo, otros demagogo, los de más allá homófogo, los de más acá maricón, o machista, o comunista, o fascista…

Intentaban ofender por haber sido ofendidos (no entendía muy bien por qué), y en ocasiones lo conseguían.

-¿Homófogo yo?  -pensaba- ¿con lo que he tenido que aguantar por culpa de mi homosexualidad? ¿Yo fascista, que me dejé la vida en la lucha? de verdad que no entiendo lo que le pasa a la gente de hoy-.

Los maravillosos textos de don Federico no encontraban lectores con la suficiente sensibilidad en el presente y eso le desesperaba.

A pesar de que lo único que le mantenía atado a este mundo era la literatura, estaba pensando en tirar la toalla, en dejar de escribir definitivamente y renunciar a todo, pues no era plan andar enfadadando y enfadado sin saber muy bien por qué.

 

Entonces, de repente y sin avisar, mientras navegaba sin velero, ni brisa, ni oleaje, descubrió otra red social que opositaba a revista literaria. Sus usuarios eran gente que escribía cuentos, poesía, artículos o lo que se le pasase por la imaginación sin ser vilipendiados por ello. Es cierto que no todas las obras eran de una calidad excelsa pero, bien quisiera algún famoso juntaletras actual tener la mitad del talento que tenía alguno de los que allí publicaban. Con mayor o menor técnica todos ellos esbozaban su alma en la obra, y en literatura el alma son los hilos con los que un buen escritor teje un gran texto.

-Este es el sitio donde he de vivir eternamente- pensó.

 

Así pues, el fantasma del maestro García Lorca compuso y publicó su último y más hermoso poema. Es la obra donde plasmó la esencia de su ser, los versos que le harán inmortal por los siglos de los siglos, la quintaesencia de un escritor.

Imagino, estimado lector, que le encantaría leerlo. Si mi suposición es correcta no es necesario que lo busque muy lejos de aquí. Entre las cientos de publicaciones de falsaria se encuentra, bajo seudónimo, la mejor de las obras de don Federico esperando a ser descubierta y disfrutada como merece.

Ánimo en la búsqueda y tanto si la encuentra como si no, disfrute del camino.

 

 

 

“Quiero dormir un rato

un rato, un minuto, un siglo,

pero que todos sepan que no he muerto;

que hay un establo de oro en mis labios;

que soy el pequeño amigo del viento del oeste;

que soy la sombra inmensa de mis lágrimas” 

 Federico García Lorca. 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Gian

    Gian

    5 febrero, 2018

    Me he que dado sin palabras. Impresionte. Eres muy bueno narrando. Por supuesto tienes mi voto.

  2. LOUISE

    5 febrero, 2018

    Ya lo comenté antes de que añadieras el poema de Lorca, quise releerlo pero me quedé con las ganas… De nuevo mi enhorabuena. Saludos!

  3. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    5 febrero, 2018

    Muy buen Cuento. Un abrazo Charli y mi voto desde Andalucía

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