De la colección seis minutos para la medianoche.
Hipnosis
“Puede fallar”
Juan José del Pozo.
Tusam.
Todos aquellos que me conocen saben de mi temprano interés en la parapsicología y en especial el hipnotismo. —Dijo mientras llenaba las copas con un rojo malbec. —Mi padre, Rafael Crux fue diplomático de carrera, y a lo largo de su vida tuvo destinos en Puerto Príncipe, Rabat, Bombay solo por mencionar algunos. —Continúo— Durante mi niñez he conocido lugares tan fascinantes como extraños viviendo un poco acá y otro allá, donde sea que fuese ese allá.
Las dos parejas de amigos escuchaban atentas sentadas alrededor de una gran mesa ratona que ocupaba un espacio central en el living de Pablo. Un departamento antiguo pero cálido, ubicado en el centro porteño en el que una vez por mes se encontraban para cenar y contar sus historias.
Afuera la noche estaba cubierta de pesadas nubes y un frente de tormenta avanzaba en silencio. El viento no había dejado de soplar desde que el sol comenzó a ocultarse y la tensión eléctrica parecía flaquear cada vez que un relámpago recorría los cielos.
Imaginense que siendo un mocoso, con tiempo libre y acceso a libros de toda clase me convirtieron pronto en un pequeño ratón de biblioteca como quien dice. —Dijo pasando su mano por el cabello entrado en canas.
—¿Algo así como “Firmin”, el personaje de Savage? —Preguntó Violeta mientras se aferraba al brazo del anfitrión de la casa.
—Supongo que sí, pero yo no me los comía —Respondió con una sonrisa— ¿Saben? Es increíble la cantidad de volúmenes que albergan las embajadas. Enormes mansiones, con numerosas habitaciones y viejos despachos, muchos de los cuales están repletos de regalos traídos por mandatarios de todas partes del mundo. Ediciones incunables y por supuesto todo tipo de literatura local que descansa sobre anaqueles olvidados.
— Debe ser apasionante descubrirlos ¿No? —Agregó Violeta.
—Para los que nos gusta la lectura, si. Por ejemplo, recuerdo con nostalgia la biblioteca de Manila, con sus pisos de roble oscuro y los estantes curvados al medio por el peso de todo ese conocimiento. Allí conocí a Mervyn quien me ayudó primero con algunas traducciones y tiempo después, se convirtió en mi maestro en las artes mal llamadas oscuras.
—¿Mervyn?, ¿El que fue chofer de tu papá? —Interrumpió el dueño de casa.
—El mismo, aunque en aquella época, se ocupaba de todo tipo de asuntos.
El timbre sonó dos veces y Pablo se levantó para abrir la puerta. Enseguida, debajo del dintel apareció Claudio quien entró resoplando con las mejillas enrojecidas y algunas gotas de sudor que caían hacia la frente desde la calva brillante.
—¿Gordo, que pasó?
—No anda el ascensor, o se quedó abierta la puerta en el octavo, que se yo. Casi me desmayo.
—Pasa, sentate que parece te va a dar un infarto. ¿Porque no me llamaste?
—Ya te pareces a mi cardiólogo. No importa, ya estoy aca.
—Bueno, dale entra que hoy vino a cenar mi amigo, el Doctor Edgardo Crux y nos está contando sus inicios en el oscurantismo. —Dijo con un tono socarrón abriendo grande los ojos.
Claudio dió un paso al costado de la recepción, donde se quitó la chaqueta de cuero, dejando ver sobre el lateral derecho de su cuerpo una sobaquera negra de la cual colgaba un revolver plateado. Hizo lo mismo con el arma, que acomodó en el perchero para luego poner su ropa encima.
Posteriormente entró a paso lento, recorriendo con la mirada a los presentes. Saludó con un beso a las mujeres, y abrazó fugazmente a Martín. Luego estrechó cordialmente la mano a Edgardo a quien se presentó diciendo:—Claudio García, un servidor— Tras ello se dejó caer pesadamente en un mullido sillón, no sin antes servirse una buena copa de vino.
—Ahora, sí, estoy listo —Dijo pasando los dedos por encima de sus labios como si alisara un bigote invisible —¿Qué es eso del oscurantismo doc?
—Tenele paciencia —interrumpió Pablo— Lo que pasa es que Claudio es Sargento de la Federal, y no puede evitar investigar todo.
Edgardo sonrió al tiempo que cruzaba una pierna sobre la otra. —Por favor, no creas todo lo que dice este zoquete. Le gusta escuchar mis historias, pensando que soy una especie de gurú o chamán, y la verdad que nada más alejado de eso. —Hizo una pausa— Les contaba sobre mi interés en el poder de la mente, y aunque en el día a día trabajo en el hospital, confieso que algunas veces debí utilizar ciertas técnicas con algún cliente en mi consultorio.
—No jodas. —Dijo Martín.
—Claro, sobre todo cuando les paso mis honorarios fuera de la prepaga.
Los presentes soltaron una carcajada distendida, en tanto que María regresaba de una rápida incursión a la cocina cargando en sus manos dos pequeñas bandejas con aperitivos.
—Prosiga maestro. —Dijo Pablo.
—¿Y alguna vez viste algo raro? —Interrumpió Violeta que permanecía atenta a la conversación.
—Bueno ¿Raro como que? —Preguntó el médico.
—No sé, un fantasma, un demonio algo así.
Edgardo alzó las cejas, e inclinó ligeramente la cabeza hacia un costado. Hizo una mueca con sus labios antes de responder, como si estuviera escogiendo las palabras adecuadas.
—Bueno, he visto cosas difíciles de explicar …quizás debería llamarlas energías….para que se entienda….
Se hizo un breve silencio como si esperaran que continuara hablando. Pero fue Martín el que continuó el interrogatorio mientras agarraba unos snacks:
—Entonces vos que sabes… ¿El juego de la copa es real o es mentira?
—Algunos dicen que es una forma para canalizar energías, en mi opinión de lograr algún contacto y entablar una conversación, las respuestas obtenidas serían difíciles de interpretar.
—¿Porque no lo intentamos? ¿Se animan?— Preguntó Pablo frotándose las manos.
—Si, por qué no. —Replicó Maria.
Edgardo se llevó nuevamente la mano a la cabeza y rápidamente intentó salir al cruce. —No se puede amigos, parece que todas las copas están llenas.
Las dos parejas volvieron a reír, menos el sargento que contemplaba en silencio la situación sentado justo frente al doctor.
—La mía no. —Dijo apurando de un sorbo el resto de vino.
—No, no, sabrán disculpar, la verdad es que me interesa mucho el tema, pero no soy un médium ni nada parecido. Digamos que está fuera de mis aptitudes.
—La verdad es que yo no creo en nada de esas cosas —Agregó Claudio mientras volvía a llenarse la copa hasta el borde. —Es decir, para mí y sabrá disculpar mi escepticismo doc, pero son todos cuentos.
En ese momento, una súbita rafaga de viento abrió de par en par la ventana del comedor. Las blancas cortinas de voile comenzaron a flotar en el ambiente describiendo imaginarias olas. Rápidamente Violeta se incorporó y cerró una hoja sobre la otra, girando el viejo picaporte de bronce en forma de “T” en el instante que el sonido lejano de un trueno hacía reverberar los cristales. —Me parece que se viene flor de tormenta.— Murmuro por lo bajo.
—Bueno Claudio —respondió Edgardo— he presenciado situaciones que no podría explicar, pero en ese tema soy tan espectador como vos, salvo que con otro tipo de conocimiento. Aunque como dije, a mi me atrajo el poder de la mente, la hipnoterapia, la sugestión, en fin, una serie de cosas que pueden llegar a ser bastante intensas.
—¿Es verdad que si no queres ser hipnotizado no te pueden obligar? —Volvió a preguntar Martín.
—Hay gente más propensa o sensible que otra, pero con la técnica adecuada y tiempo suficiente, casi todo es posible.
—Ver para creer. —Dijo Claudio, mirando a Martín que asentía con la cabeza.
—Bueno, si alguien se ofrece como voluntario podríamos hacer un pequeño ejercicio. —Desafió Edgardo, haciendo sonar los dedos de sus manos.
—Si me encanta —Dijeron las chicas casi al unísono.
—Yo creo que el último que llegó tiene todos los números del sorteo. — Manifestó Pablo tapándose la boca con una mano y llenandole la copa de nuevo.
—No, no, no muchachos, esperen que yo estoy bien tomando mi vinito tranquilo, déjenme ver cómo es la cosa y después me lo pienso.
—Arruguetí. —Dijo Pablo.
—¿Quien?
—¿Quien va a ser?— Insistió.
—Yo me ofrezco. —Interrumpió Violeta levantando el brazo en alto como si estuviera en el colegio.— como siempre las mujeres somos más valientes que los hombres.
—O inconscientes —Aportó Claudio.
—Shhhh …¿Estás segura amor?
—Si, obvio. Además estas vos, no vas a dejar que me haga hacer nada muy ridículo ¿no?
—No, no…claro que no…nunca… Aunque pensándolo dos veces ¿Edgardo podrías hacerla fanática de Racing?
—Los mato. A los dos.
—Ok, ok. Fue solo una sugerencia. —Dijo tomándola de las manos y besándola en la frente.
—Bien, entonces ¿Qué hago?
Edgardo mientras tanto había sacado una pesada lapicera negra del interior de su chaqueta y escrito unas cuantas palabras sobre una servilletas de papel. Luego comenzó a garabatear algo sobre la palma de su mano.
—No mucho Violeta, solamente relajate donde estas sentada, respira profundo y tratá de no pensar en nada. Por otra parte, chicos es muy importante que el resto permanezca en silencio, y que apaguen sus teléfonos móviles por favor.
—Bien, bien. —Respondió ella mientras se acomodaba entre dos almohadones y llevaba la cabeza hacia atrás inspirando profundamente.
Lentamente se levantó y dió unos pasos hasta llegar a sus pies. Allí se inclinó apoyando una rodilla en el suelo. Luego tomó la Mont Blanc y empezó a hacerla girar entre sus dedos, como si fuera una suerte de prestidigitador. La pasaba del índice, al medio y de allí al anular, para dar una vuelta por el meñique y volver a empezar. Al cabo de unos segundos el bolígrafo parecía escurrirse entre sus dedos con cierta velocidad y destreza.
—Violeta quiero que sigas el movimiento que estoy haciendo. Que te concentres en cada giro, cada vuelta, y que pienses en el mar, en las olas cuando llegan a la playa, en la espuma, el olor… Luego voy a contar hasta cinco, y cuando llegue a uno, vas a relajarte por completo ¿Esta bien?
—Si, perfecto.
El doctor continuaba moviendo sus dedos en el aire, como si tocara un piano invisible. Luego con voz pausada, comenzó la cuenta regresiva. Cinco…estás muy cómoda pensando en el mar….Cuatro…sentis el viento en tu rostro….Tres…, el olor a la sal húmeda…Dos…., quiero que veas aquí …En ese preciso instante abrió sorpresivamente la diestra dejando caer la lapicera y mostró el símbolo que había trazado en la palma. Luego cerró lentamente su mano, y con ese movimiento ella hizo lo mismo con sus ojos.
—¿Me escuchas?
—Si, —Susurró ella tras unos segundos, e inclinó levemente la cabeza hacia el costado izquierdo.
—Bien, estás parada en un jardín de intensos verdes y aromas persistentes. Es mi casa, quiero que sientas el césped en tus pies descalzos, y el perfume que te rodea —Dijo mientras entregaba una de las servilletas a Pablo…
— Mmmmm que lindo. Se siente fresco el pasto.
—Es de día y el sol está justo arriba de tu cabeza, aunque no hace calor.
—Huele rico, parecen Jazmines.
Pablo abrió los ojos al escuchar la respuesta de su novia, y dió vuelta el papel que enseñó a los presentes. Con prolija letra podía leerse flores blancas.
—A tu espalda hay una casa, quiero que camines hacia ella y la describas.
Al cabo de unos breves instantes, Violeta empezó a hablar: —Veo una pequeña construcción de tejas rojizas y paredes amarillas. Tiene dos ventanas al frente y una puerta de madera oscura. Me parece ver una chimenea también.
—Así es, quiero que camines hacia ella.
Pablo miraba a su novia al tiempo que contemplaba la casa con profusos detalles que había dibujado su amigo sobre la servilleta. Aún con la boca a medio cerrar, se los extendió a Martín, que meneando la cabeza los hizo circular por el resto de la mesa.
—Me estas jodiendo — Susurró María sin poder ocultar su sorpresa.
—Una de las ventanas está abierta. Siento olor a maní tostado con azúcar.
Edgardo alzó las cejas y cruzó el dedo índice sobre sus labios mirando a los ojos de María. Afuera comenzaba a llover con intensidad.
—Hay un bosque cerca de la casa. —Dijo Violeta —Parecen pinos, aunque son enormes. El viento mueve sus ramas… es un sonido tan… tan bello.
Claudio observaba acariciando repetidamente el mentón con su mano. Luego se inclinó sobre la mesa para servirse algo más de vino, y con el codo golpeó la copa de Pablo que cayó rodando por el suelo. En unos instantes la alfombra color arena, se tiñó de un rojo profundo.
Edgardo volteo inmediatamente, con el ceño ligeramente fruncido observando a los presentes..
— Perdón. —Dijo observando a Pablo primero y luego al doctor quien lo reprendió con la mirada.
—Algo se mueve en el bosque.
—¿Algo? ¿Algo como qué?—Preguntó Edgardo al tiempo que empezaba a frotaba la yema de sus dedos contra el pulgar haciendo movimientos circulares.
—Si, hay un camino entre los árboles. A la distancia me parece ver algo que se mueve. Desde aca no alcanzo a ver bien que….podría intentar acercarme…
—Violeta, quiero que vuelvas la mirada hacia la casa y que camines hacia ella.
—Es que ese sonido… y el bosque…
—Ahora Violeta, concéntrate en la casa y sus paredes.
Hubo un minuto de silencio que pareció interminable. María buscó con su mano a Martín de forma inconsciente, y éste la estrecho entre las suyas.
—Si, creo que es mejor volver… —dijo finalmente con voz serena.
Un rayo iluminó el cielo de Buenos Aires. Las luces parpadearon dos veces y por un instante todos se buscaron con la mirada. Los únicos que se mantuvieron impávidos, fueron Edgardo y Violeta que tenía los ojos cerrados.
—Quiero que veas por la ventana abierta, y busques una vela pequeña.
—¿Roja?
—Esa misma. Ahora quiero que soples y la apagues. Cuando eso suceda, te sentirás plena y satisfecha. Descansada y con energías renovadas. Luego voy a contar hasta cinco, y despertaras recordando sólo el olor a la garrapiñada. Despertaras en tres, dos, ahora, abrimos los ojos. —Dijo chasqueando sus dedos.
Violeta se desperezó y recorrió la habitación con la mirada. Edgardo la contemplaba con serenidad. —Bienvenida.
—¿Que paso? ¿Que me perdi?
—¿No te acordas de nada? —Preguntó Martín.
—¿Acordarme de que? Me quedé frita.
—Bailaste desnuda arriba de la mesa y tiraste el vino. —Dijo Pablo aún incrédulo.
Sus ojos marrones parecieron encenderse y no dudo en darle un golpe de puño en el brazo y dirigir una mirada furtiva a Edgardo, quien solo guiñó un ojo cómplice.
—No le hagas caso ¿Estás bien? —preguntó María abrazándola por los hombros.
—Nunca me sentí mejor. Es como si hubiera dormido doce horas seguidas. Lo único que me dieron ganas de comer maní tostado.
Todos soltaron una risa algo exagerada, mientras aplaudían con una suerte de aceptación y quizás nerviosismo.
—¿Que pasa? ¿Dije algo gracioso?
—Nada mi amor. —Aseguró Pablo mientras la besaba en las mejillas.
—¿Pero cómo puede ser? ¿Como hiciste eso? —preguntó María.
—Bueno, la mente es un mundo apasionante…
—Perdón doctor, pero me sigue costando trabajo creerle, será defecto profesional vio, pero no lo compro. —Interrumpió Claudio — Yo no tendré muchos estudios en su campo, pero tengo horas de barrio.
—Bueno, a ver Sherlock, como explicas lo de la flor —Dijo Martín.
—No estoy muy seguro aún, pero presiento que es como ese juego donde el presentador te pide que pienses en un animal con la letra E, un color con la letra A y un país con la letra D para luego desafiarte y decir ¿no estarás pensando en irte a cazar elefantes azules a dinamarca no?
—Algo de sentido, tiene. —Asintió Martín— ¿Pero flores blancas y jazmines?
—Pues se me ocurren que si te piden que pienses en flores, seran rosas o jazmines.
—Buen punto.
—¿Y la casa? — Preguntó María.
—¿La casa? vamos chicos que yo mismo para ingresar a la academia cuando me hicieron el test psicológico dibuje algo parecido. El doctor es bueno, lo admito, la sugestiono a Violeta con una escena, y la noche de tormenta contribuyó con la atmósfera. Confieso que aún no descubro lo de la garrapiñada, quizás será porque hay maní en estos platitos —Dijo señalando con un dedo y bebiendo un profundo sorbo de Malbec.
—¿Y la vela roja? —Insistió Martín.
—Él dijo hay una vela, ella refirió una roja, y el afirmó que era esa misma. A mi modo de ver, es una ilusión perfecta. Podría haber dicho la naranja o la verde, pero imagino que habría ocurrido lo mismo. ¿Qué opina doc? ¿Como voy? — Preguntó con un brillo intenso en sus ojos celestes.
Edgardo permanecía en silencio escuchando las deducciones de Claudio, mientras pasaba el dedo anular por el borde de la copa una y otra vez. Todos parecían analizar su versión con lo que acababan de presenciar, excepto Violeta, que miraba hacia un extremo y el otro de la mesa como si fuera un partido de tenis.
—Bueno, creo que el oficial me ha descubierto. Yo soy bueno, pero él es mejor.
—Ja! lo sabía, —Dijo Claudio golpeando con la palma de su mano el apoyabrazos. —Caso resuelto, ahora ¿Podemos pedir unas pizzas?
—Hay algo que aún no me cierra, entre lo que vimos, y la versión de Claudio —Agregó Pablo quien había permanecido pensativo. —Violeta dijo que le pareció ver algo en el bosque, y me pareció que hubo un gesto de sorpresa en Edgardo, lo conozco, no pudo disimularlo. ¿Me equivoco?
—Parte del show —anticipó Claudio— Sin ofensas eh doc. Pero así es como funciona o se hace creíble la historia.
—Bueno, parece que Claudio lo ha resumido todo muy bien. —dijo Edgardo— Creo que mejor pedimos unas pizzas.
—No se ponga así doc, no quiero hacerlo sentir mal. Pero le dije, no creo en estas cosas. —Agregó bebiendo todo el alcohol que quedaba en su copa. — ¡Venga!, estoy listo. Pruebe conmigo.
—No, no hace falta Claudio.
—No, no insisto. Ud. dijo que con la técnica y el tiempo suficiente, todo es posible. Ya vi como es, así que estoy listo.
Violeta apoyó la cabeza contra Pablo quien empezó a revolverle el cabello, en tanto que Martín observaba los dibujos plasmados en las servilletas.
—Creo que voy por unos sandwiches a la cocina. —Dijo María.
—No, no, está bien. No te vayas María, vamos a probar suerte con el Sargento. —Replicó Edgardo.
—¡Excelente! ¿Me relajo entonces? ¿Así? —Preguntó Claudio abriendo sus piernas y brazos al tiempo que tiraba la cabeza hacia atrás y ponía los ojos en blanco.
—Siempre el mismo salame. —Dijo Violeta entre risas.
—Bueno, pero voy a usar otra técnica con vos.
—Si, si no hay problema Doc, pruebe la que más le guste.
Edgardo se levantó y se mantuvo de pie frente a Claudio que lo miraba desafiante. Apoyó los dedos de sus manos a la altura de la sien y con sus pulgares presionó suavemente entre medio de las cejas al tiempo que murmuraba unas palabras difíciles de entender. Pronto las venas azuladas de la cabeza se fueron dibujando haciéndose cada vez más visibles. En ese momento, Edgardo paso la yema de sus dedos por el rostro del Sargento, quien inmediatamente cayó en un profundo sueño.
—Claudio, ¿Podés escucharme? —Preguntó Edgardo dando un paso hacia atrás.
—Si. —Respondió con una voz serena.
—¿Podrías describir el lugar donde te encuentras?
Hubo un breve silencio, interrumpido por un fuerte trueno que retumbó sobre sus cabezas lo cual produjo un escalofrío en todos los presentes excepto en el médico y el policía. No había dudas que la tormenta estaba pasando por encima de la ciudad en dirección al río. Probablemente, un fuerte temporal habrá de azotar las costas vecinas.
—Es un bosque, bastante frondoso. Definitivamente son pinos, de unos diez metros de altura. Sus ramas son gruesas y tupidas, lo que ayuda a generar una gran sombra en la base. El piso está repleto de esos frutos marrones en forma de conos y hojas como agujas.
—Ni hipnotizado, puede dejar de hablar como poli— Dijo Pablo.
—¿Algo más? ¿Solo árboles?
— Estoy en medio de lo que parece un camino de tierra, se pueden ver dos huellas paralelas algo más profundas como si fueran surcos que se pierden en el horizonte.
—Muy bien, hace calor y el sol del mediodía ilumina con sus rayos por todas partes. Quiero que busques una casa.
—No. —Dijo en tono seco.
—¿No?
—No hace calor, sino más bien…frío. Además, está anocheciendo.
— Claudio, quiero que observes con cuidado ¿Ves alguna construcción cercana?
—El viento empieza a soplar. Me golpea el rostro. Puedo oler a pan caliente y además ese sonido, es tan ….intenso….hermoso.
Edgardo observaba a Claudio que abría y cerraba sus fosas nasales como si realmente estuviera percibiendo una fragancia que ellos no podían sentir. Pronto advirtió cómo se ponía la piel de gallina en sus antebrazos y se le erizaban sus pelos.
—Hace frío.
—Claudio, quiero que camines hacia el lugar del que proviene ese aroma. Es mi casa, allí hace calor. Pero ahora, quiero que apresures la marcha.
— Bien.
Violeta se aferraba al brazo de Pablo, mientras que María no dejaba de masticarse las uñas de la mano como si estuviera viendo una película de suspenso. Por su parte, Martín, era el único que parecía sereno bebiendo una copa de vino.
—Encontré la casa.
—Muy bien, quiero que la describas y que camines hacia ella.
—Es pequeña, la puerta de entrada es de madera, y parece estar reparada. Las ventanas del frente están tapiadas y en el techo, que alguna vez habrá sido rojo, crecen plantas de un verde pardo. Sobre un costado se encuentran los restos de lo que pudo haber sido una chimenea de ladrillos. Muchos de ellos están partidos y de un color negro. Hay una veleta de hierro oxidada, en un extremo el cuerpo de un conejo sin cabeza, y en la otra, una flecha retorcida. Quizás, la derrumbó un rayo. —Dijo Claudio.
—Doc., esto me asusta un poco. —Susurró María al tiempo que Edgardo levantaba una mano sin dejar de observar a Claudio.
—Bien, quiero que busques dentro de la casa algún objeto que te resulte familiar, y que lo sostengas fuerte en tu mano. Luego contaré hasta cinco y te despertaras. ¿Entendido?
—Hay algo más en el bosque. —Respondió Claudio— Puedo verlo a la distancia….camina en dos…no en cuatro patas… parece que está olfateando el aire.
—Claudio, quiero que me escuches y te concentres … necesito que entres a la casa y que encuentres…
—Se detuvo. Creo que mira hacia acá.
—Claudio quiero…
—No sé qué clase de animal puede ser, tiene un hocico grande y alargado, sus orejas son pequeñas y puntiagudas, creo que…..si, me vio…se acerca.
—Claudio, quiero que entres a la casa y que cierres la puerta. ¿Me escuchaste? Quiero que te metas adentro y trabes esa puerta. Ahora.
Durante unos segundos todo fue silencio. La lluvia continuaba azotando los cristales, y el ulular del viento se filtraba por debajo de las puertas y ventanas. La luz parpadeó dos veces y bajó significativamente la tensión.
Claudio permanecía inmóvil, pese a lo cual su pecho parecía subir y bajar a gran velocidad. Tenía el ceño fruncido, y cada vez que exhalaba un vapor blanco parecía salir de su boca.
—Edgardo creo que deberíamos terminar esto… si llega a ser una joda del gordo…—Susurro Pablo intentando racionalizar la situación.
—Si, si —Asintió él doctor. — En eso estoy.
—Entré. —Dijo Claudio con tono agitado. —Necesito trabar la puerta con algo….este lugar parece abandonado, como si se hubiera quemado.—Había un tono jamás oído en él. Los nudillos se habían puesto blancos, y los dedos aferraban el apoyabrazos con fuerzas. Todos sus músculos estaban tensos.
—Claudio, quiero que busques un objeto familiar, el que sea.
—Está del otro lado —prosiguio el policía relatando— ….puedo sentir su jadeo espeso…y ese olor acre… —Su voz sonaba agitada y podian verse todas las venas de su cuello como si estuviera haciendo un gran esfuerzo.
—Claudio…
—Quiere entrar. Esta empujando la puerta….no puedo dejarlo pasar….es fuerte….nose si aguanto…no……no…hijo de un gran pu… — Y tras pronunciar esas últimas palabras, su cuerpo se aflojó por completo.
—¿Claudio? ¿Claudio? —Preguntó Pablo. —¿Que pasa Edgardo? ¿Es normal esto? Edgardo….
Pero el doctor ya estaba sobre el cuerpo del sargento, tomando el pulso y meneando la cabeza. Luego apoyó la oreja en el pecho y esperó.
—¿Que pasa? —Preguntó Violeta.—Esto no es gracioso Claudio, mas vale que te levantes ahora…
—Sufrió un paro cardíaco- —Dijo Edgardo.
—¿Que?, ¿Que decis? —Preguntó Martín.
—Rápido, rápido, ayúdame —gritó el doctor, tomando a Claudio por las axilas para acostarlo en el suelo —No se queden ahí.
Pablo dio un salto y lo tomó de los pies, ante la mirada atónita de las mujeres. De un tirón Edgardo le abrió la camisa y apoyó sus manos sobre el pecho haciendo presión con ellas— Uno, dos, tres —Dijo en voz alta, para luego suministrarle oxígeno por la boca.
María rompió en un llanto nervioso, mientras el doctor intentaba reanimarlo. Al cabo de unos diez minutos, los movimientos se hicieron más pausados, y con el último trueno, finalizó las maniobras de resucitación.
—Está muerto.
— ¿Pero como? ¿Cómo puede ser?
—Su corazón, no resistió, nose…
— ¿Cómo que no sabes? sos médico.
—¡Que no se!, Que se murió, que pueden ser mil cosas ¿Esta bien?
—No. bien no está, no ves que está muerto. —Dijo Martín tomándolo por el brazo a Edgardo.— Algo tenemos que hacer.
—No puedo hacer nada más. —Afirmó Edgardo.
—Deberíamos llamar a la ambulancia o al 911.—Dijo Pablo mirando el cuerpo de su amigo.
—Se fue.
Los cinco se quedaron impávidos buscándose mutuamente con la mirada. Nadie había reconocido la voz, o realmente no quisieron hacerlo.
—La cosa esa, se fue. —Repitió Claudio con una voz opaca. — Creo que ya no está.
Edgardo dió un paso hacia adelante, ante la mirada desconcertada de las parejas. —No puede ser…si estás… —Dijo por lo bajo.
—Claudio, ¿Estás ahí? —Preguntó Pablo intentando sonar sereno.
—Se marchó. La bestia es fuerte, pensé que no podría, pero logré trabar la puerta con el taco de mis botas. No sé cuánto resistirá. Tengo mucho frío. Ya casi no queda luz.
—Edgardo hace algo — Inquirió Pablo.
El doctor tomó una copa de vino vacía, y acercó el cristal a la nariz de Claudio que yacía sereno sobre el suelo, con la cabeza hacia un costado. Espero unos segundos, sin éxito. No la había empañado. Luego buscó el pulso, y por unos instantes aguardó esperanzado sentir el bombeo de su corazón. Pero nada de eso ocurrió.
—Llamemos a emergencias, no nos quedemos así. —Dijo Violeta con voz trémula.
—Es inútil….sé que esto es muy difícil de entender….pero su cuerpo dejó de funcionar…. y su energía, quedó en ese limbo, entre los vivos y los muertos.
—¿Que? ¿Cómo podés decir algo así? ¡Algo tenemos que poder hacer! —Exclamó Martín. —Llama a ese Maestro tuyo Merlin, Melvin, o como mierda se llame y que haga algo, no podemos dejarlo así…..
—Por favor, calma todos. Calma. —Dijo Edgardo llevando sus manos a la cabeza—. Necesito que nos serenemos. Esto es algo que no debería haber terminado así, pero habría sucedido de todos modos, acá, en el trabajo o camino a su casa, ¿Me entienden?. Ahora lo que tenemos que hacer es intentar ayudar a Claudio a seguir su camino, no hay nada que podamos hacer por este envase, por su cuerpo físico ¿Me siguen?
Los presentes se miraron con miedo e incomodidad. Pese a lo cual asintieron con la cabeza.
—Lo primero que tenemos que hacer es…
—Volvió, puedo sentir ese olor agrio a sudor seco —Susurro Claudio desde el suelo. Su voz era lánguida y opaca, aunque podía advertirse cierto temor. — Por favor amigos…está forzando las maderas de la ventana…no sé cuánto resistirá…puedo ver sus garras intentando romper….y ese sonido que produce con su respiración… .
—Claudio quiero que busques una luz, una estrella en tu corazón, un brillo algo que esté cerca tuyo.
—Entró….por favor….. no.. no…no!!!! exclamó.
—Claudio. ¡Claudio! ¡¡¡Claudio!!!
Un chispeo se sintió en el aire, y un estruendo estalló en el firmamento. Una descarga a tierra de la naturaleza provocó un grito sordo de María quien no paraba de morderse los labios hasta el punto de hacerlos sangrar. Las luces y la habitación quedaron sumidas en profundo silencio y total oscuridad.
Edgardo sacó su celular e iluminó a su alrededor. Violeta estaba agarrada de Pablo, quien intentaba incorporarse. —Voy por una velas —Susurro.
—Voy con vos—respondió ella sin soltarlo de su mano.
Martín encendía el flash de su móvil para usarlo como linterna e iluminarle el camino. Pegada junto a él, María se colgaba de su brazo. El único sonido que se percibía era el del agua cayendo con fuerza y constancia.
Al cabo de unos breves minutos, Pablo regresó con dos velas una en cada mano, y Violeta lo mismo. Dejaron una sobre la mesa y otra le dieron a Edgardo, quien buscó a Claudio inmediatamente.
Para su sorpresa el oficial ya no estaba acostado sobre la alfombra, sino sentado con sus piernas extendidas y su cabeza mirando hacia abajo con el mentón clavado al pecho. Los brazos colgaban flácidamente a los costados con las palmas de las manos abiertas apuntando hacia arriba. No se advertía ningún movimiento en su cuerpo y el miedo, por usar una palabra, acobijó a todos los presentes.
Las luces de los relámpagos parecían los flashes de una fiestas. Solo que ninguno de los presentes se animaba a decir nada.
Finalmente, fue Edgardo el primero que decidió romper el silencio.
—Claudio, podes escucharme…. Claudio…¿Me oís?
Lentamente el sargento irguió su cabeza hacia el frente y luego volteó el cuello en dirección al médico hasta alcanzar un giro cuanto menos inquietante. Conservaba sus ojos cerrados y no había ningún síntoma de respiración.
—Claudio…
Sin embargo, Claudio no respondió. Tan solo se limitó a sonreír con una mueca forzada que mostraba unos dientes blancos y parejos. Luego abrió sus ojos, y estos eran de un negro aterrador. No quedaban vestigios de aquel celeste vivaz y encendido que desafiara al doctor unos minutos atrás. En su lugar, solo había unas cuencas oscuras, sin expresión ni brillo. Giro su cabeza como si fuera un faro, recorriendo con su mirada inexpresiva a cada uno de los presentes.
Finalmente, abrió su boca y unos sonidos ásperos con un acento difícil de reconocer produjo una descarga de adrenalina en todos los que pudieron escucharlo. Era un idioma antiguo y en desuso del cual solo una frase pareció Edgardo entender:
—Al fin, encontré la puerta.
FIN




Mabel
Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía
gmarcelo
Muchas gracias Mabel!