Al salir de una apretada curva con el rabillo del ojo lo divisé: el auto negro de modelo antiguo que me había sobrepasado tan solo un par de kilómetros atrás, yacía al final de una pendiente larga y pronunciada. Cuando me sobrepasó, dos minutos antes, alcancé a ver al par de chiquillos, con sus caras infantiles y redondas, que desde el cristal trasero me hacían muecas burlescas, inocentes y divertidas.
Su pasaje de ráfaga me había sobresaltado y me había hecho reducir la velocidad de manera instintiva. Ahora, aquel auto negro de modelo antiguo se columpiaba en el extremo de la pendiente, sostenido apenas por un delgado matorral que le impedía caer en el abismo. No pude evitar el pensar que bien podía haber sido yo el que se encontrara en dicho dilema.
Sin pensarlo dos veces me detuve y bajé corriendo la cuesta con la esperanza de poder ayudarles a salir del auto antes de que se desapareciera en el vacío. Debido a lo empinado y pedregoso del terreno tardé unos tres o cuatro minutos en llegar hasta ellos. Sin embargo, y para mi soberana sorpresa, cuando logré alcanzarlos y abrir la puerta trasera del auto, en el interior no encontré a nadie. Los pasajeros habían desaparecido.
Confundido y perturbado ante aquel descubrimiento dudé unos segundos, en tanto que el auto se desprendía de los arbustos y se lanzaba en caída libre los ochenta metros que lo separaban del río. En seguida traté de buscar ayuda por mi celular, pero los números de emergencia no respondieron.
Regresé a la carretera y enfilé hacia el pueblo más cercano, reflexionando sobre aquel insólito suceso. Al llegar a la siguiente población me estacioné en una cafetería y pedí un café. La señorita que servía las mesas notó mi turbación y no tuvo empacho en preguntarme qué me pasaba. Le conté mi extraña aventura y con toda tranquilidad me dijo: “Ah, entonces usted es el tercero en lo que va del año”.
― ¿Cómo dice? ¿El tercero en qué, señorita?
―El tercer advertido, señor. Todos vienen y cuentan lo mismo: un auto negro, con dos niños burlones, que los sobrepasa en la llamada “Curva de los muertos”; reducen la velocidad, y se salvan de caer al río. Bueno, los que la reducen, porque los que no lo hacen terminan en el fondo del abismo, al igual que aquella familia hace más de quince años…





Gemma
Muy interesante, me hubiese gustado seguir leyendo… Un saludo
VIMON
Muchas gracias, Gemma, pero si te gustan este tipo de relatos tengo un libro ya publicad “Tánatos, relatos sobre la Muerte” que se puede conseguir en esta dirección electrónica: https://www.bubok.com.mx/libros/195284/Tanatos-Relatos-sobre-la-muerte
Luis
Buen fragmento de terror, justo con el cambio de rumbo preciso. Un saludo y mi voto Vimon!
VIMON
Gracias por tu visita y comentarios, Luis. Saludos.
Mabel
¡Impresionante! Un abrazo Vicente y mi voto desde Andalucía
VIMON
Gracias, Mabel. Un abrazo.
Esruza
¡Asombroso y escalofriante relato!
Mi voto y un abrazo Vimón
VIMON
Me alegra que asó te lo parezca, Esruza. Muchas gracias por tu visita y un abrazo.
Miriam Martín de Rojas
Me atrapó y lo leí de un tirón. Manteniendo la intriga todo el tiempo. Me ha gustado. Un saludo y mi voto 😉
VIMON
Me alegra que te haya atrapado el relato, Miriam. Gracias por pasar y un abrazo.
ginimar de letras
Estupendo relato Vimon. Me encantó. Un abrazo 🙂
VIMON
Muchas gracias, Ginimar. Saludos.
Patricia A Galeano
Muy bueno, Vimon! Mi voto, para vos!
VIMON
Mil gracias, Patty. Saludos.
Beatriz-Alvarez-Tostado
Me parece muy bueno este interesante relato que más se asemeja a una leyenda urbana . Mi feliciación junto con mi voto y un regio abrazo.
VIMON
Muchas gracias, Betty, y un abrazo regio.