La advetencia

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Al salir de una apretada curva con el rabillo del ojo lo divisé: el auto negro de modelo antiguo que me había sobrepasado tan solo un par de kilómetros atrás, yacía al final de una pendiente larga y pronunciada. Cuando me sobrepasó, dos minutos antes, alcancé a ver al par de chiquillos, con sus caras infantiles y redondas, que desde el cristal trasero me hacían muecas burlescas, inocentes y divertidas.

Su pasaje de ráfaga me había sobresaltado y me había hecho reducir la velocidad de manera instintiva. Ahora, aquel auto negro de modelo antiguo se columpiaba en el extremo de la pendiente, sostenido apenas por un delgado matorral que le impedía caer en el abismo. No pude evitar el pensar que bien podía haber sido yo el que se encontrara en dicho dilema.

Sin pensarlo dos veces me detuve y bajé corriendo la cuesta con la esperanza de poder ayudarles a salir del auto antes de que se desapareciera en el vacío. Debido a lo empinado y pedregoso del terreno tardé unos tres o cuatro minutos en llegar hasta ellos. Sin embargo, y para mi soberana sorpresa, cuando logré alcanzarlos y abrir la puerta trasera del auto, en el interior no encontré a nadie. Los pasajeros habían desaparecido.

Confundido y perturbado ante aquel descubrimiento dudé unos segundos, en tanto que el auto se desprendía de los arbustos y se lanzaba en caída libre los ochenta metros que lo separaban del río. En seguida traté de buscar ayuda por mi celular, pero los números de emergencia no respondieron.

Regresé a la carretera y enfilé hacia el pueblo más cercano, reflexionando sobre aquel insólito suceso. Al llegar a la siguiente población me estacioné en una cafetería y pedí un café. La señorita que servía las mesas notó mi turbación y no tuvo empacho en preguntarme qué me pasaba. Le conté mi extraña aventura y con toda tranquilidad me dijo: “Ah, entonces usted es el tercero en lo que va del año”.

― ¿Cómo dice? ¿El tercero en qué, señorita?

―El tercer advertido, señor. Todos vienen y cuentan lo mismo: un auto negro, con dos niños burlones, que los sobrepasa en la llamada “Curva de los muertos”; reducen la velocidad, y se salvan de caer al río. Bueno, los que la reducen, porque los que no lo hacen terminan en el fondo del abismo, al igual que aquella familia hace más de quince años…

Comentarios

  1. Gemma

    5 febrero, 2018

    Muy interesante, me hubiese gustado seguir leyendo… Un saludo

  2. Imagen de perfil de Luis

    Luis

    5 febrero, 2018

    Buen fragmento de terror, justo con el cambio de rumbo preciso. Un saludo y mi voto Vimon!

    • Imagen de perfil de VIMON

      VIMON

      5 febrero, 2018

      Gracias por tu visita y comentarios, Luis. Saludos.

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    Mabel

    5 febrero, 2018

    ¡Impresionante! Un abrazo Vicente y mi voto desde Andalucía

  4. Esruza

    5 febrero, 2018

    ¡Asombroso y escalofriante relato!

    Mi voto y un abrazo Vimón

    • Imagen de perfil de VIMON

      VIMON

      6 febrero, 2018

      Me alegra que asó te lo parezca, Esruza. Muchas gracias por tu visita y un abrazo.

  5. Miriam Martín de Rojas

    6 febrero, 2018

    Me atrapó y lo leí de un tirón. Manteniendo la intriga todo el tiempo. Me ha gustado. Un saludo y mi voto 😉

    • Imagen de perfil de VIMON

      VIMON

      6 febrero, 2018

      Me alegra que te haya atrapado el relato, Miriam. Gracias por pasar y un abrazo.

  6. Imagen de perfil de Beatriz-Alvarez-Tostado

    Beatriz-Alvarez-Tostado

    12 febrero, 2018

    Me parece muy bueno este interesante relato que más se asemeja a una leyenda urbana . Mi feliciación junto con mi voto y un regio abrazo.

  7. Imagen de perfil de VIMON

    VIMON

    12 febrero, 2018

    Muchas gracias, Betty, y un abrazo regio.

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