La primera nevada

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Tenía ocho años la primera vez que vi nevar. Recuerdo que fue durante el entierro de mi madre, cuando ya se marchaban todos, y yo, aferrado a la mano de mi padre, miraba a la gente que se le abrazaba a él y me besaba a mí, mientras decían cosas que yo no entendía.

Estábamos en el soportal de la iglesia. Había una hilera de personas que desfilaba ante nosotros y nos hablaban, sobre todo a mi padre. Yo miraba desde abajo, pegado a él. Les evitaba, apretándome a su pierna, casi escondido. Ellos creían que les miraba, pero yo miraba el cielo. Recuerdo mi sorpresa inicial. No sabía bien que era eso que pasaba. Pensaba que nevar era algo bonito, incluso divertido. Algo totalmente diferente a aquello. Nunca habría creído que eso era la nieve. La escama fina, que se iba esparciendo por el suelo despacio, parecía polvo.

Al principio, aquellas partículas caían lentas, sin dejar rastro. Yo miraba al suelo y al cielo, al suelo y al cielo, intentando seguirlas en su camino. No encontraba el punto exacto donde aquello que caía, fuera lo que fuese, se perdía. Recuerdo que eso me distraía y me aliviaba el dolor de tripa que tenía desde el día anterior, que también era nuevo para mí.
A veces me pellizcaban una mejilla o me daban un beso o una palmadita y eso me distraía de mi pesquisa, pero en cuanto me recomponía, proseguía con la investigación. Mi cabeza le daba vueltas al asunto. No me atrevía a preguntar a nadie que era aquello, para no interrumpir tanta seriedad, pero esa duda, que pronto se convirtió en inquietud, me empezaba a asustar. Parecía que nadie se daba cuenta de lo que sucedía. Seguían con su paso lento en la fila larga, que yo a veces miraba y que parecía no terminar.

Pensé en mi madre y en que seguro que ella me lo habría explicado, y la eché de menos. El cielo tenia un color extraño, nunca lo había visto así. —Ahora, ya mayor, puedo definirlo como blanco perlado, con un cierto resplandor—. Intentaba descubrir alguna nube desmoronándose y que fuese el origen de eso que caía, pero no encontré ninguna, y eso, me asustó más.

Al mirar al suelo, vi el losado que iba hasta el borde de la cera, con sus juntas geométricas y empecé a hacer cálculos. Analizaba el dibujo de las baldosas. Recorría con mi mirada, la huella de sus uniones; desde mis pies, hasta el coche. Probaba itinerarios diferentes, como en los laberintos que resolvía con mi madre dibujando con mi lápiz favorito, el rojo. A veces, en alguna intersección me perdía y volvía a empezar de nuevo el recorrido desde mis pies. Me estaba poniendo nervioso aquello, no encontraba ningún camino que nos pusiera salvo y evitara que algo de aquello, nos alcanzara.

Mi padre seguía sin darse cuenta de lo que sucedía. La tripa empezó a dolerme más y yo me recolgué de su mano para poder encogerme a ver si se me pasaba, pero fue inútil. Los trozos que caían se hacían más grandes, y las huellas del dibujo de las baldosas, empezar a perderse. Pensé de nuevo en mi madre y sus explicaciones. Pensé en el tacto de su mano cuando cogía la mía, que me parecía más cálida. Pensé en sus besos en mis mejillas. Pensé que con ella nunca me dolía la tripa. Pensé en sus chocolates calientes y en el olor de su bizcocho. Y con cada recuerdo, me dolía más la tripa. Sin saber por qué, mi barbilla empezó a temblar y lloré. Nunca había llorado así, de esa forma. Casi en silencio, desde dentro, desde la tripa. Mis dientes castañeteaban, yo intentaba apretar la boca y pararlos, pero no lo conseguía. Me pesaba la cabeza y mi mirada se fue a mis pies y se volvió borrosa.

Ahora, sonaba un repiqueteo intenso que golpeaba el suelo y miré al cielo de nuevo mientras secaba con la manga mis ojos. Pude ver como los trozos eran más grandes y caían más rápido y, como un momento después, toda esa gente de la fila, se echaba a correr. Tapaban sus cabezas como podían y las baldosas quedaban enterradas bajo esos cascajos blancos. Ya no había caminos para salir de allí. Mi padre y yo nos quedamos solos, de pie, mirando como huían. Yo, ya había descubierto que pasaba. Lo sentí por ellos, por mi padre… Ya era demasiado tarde. El cielo se había roto y se caía.

Comentarios

  1. LOUE

    26 febrero, 2018

    Hermoso y conmovedor relato Pedro, describes maravillosamente el sentir de un niño y su interpretación de lo que le rodea, me transportaste con tu historia a su mirada interrogante al cielo. Gracias y un saludo,

    • PedroGda

      27 febrero, 2018

      Gracias Louise, celebro que te gustara. Era un pequeño reto intentar contar como vería algo así un niño, desde su mundo.

  2. Mabel

    26 febrero, 2018

    ¡Excelente! Un abrazo Pedro y mi voto desde Andalucía

  3. Gemma

    14 marzo, 2018

    Según iba avanzando en tu relato se me iba encogiendo mas y mas el corazón, me invadió la pena. Precioso y triste. Gracias Pedro y un saludo.

    • PedroGda

      14 marzo, 2018

      Gemma, agradezco mucho tus palabras y tu lectura atenta, aunque no quería ponerte triste :(. Solo es un ejercicio de escritura a modo de chapuzón breve en una situación que casi nadie sabe manejar. Otro saludo para ti.

  4. Lady Hawk

    14 marzo, 2018

    Hermoso y conmovedor relato, la angustia e incertidumbre del niño se hace palpable al punto que también te invade, un abrazo y mi voto.

    • PedroGda

      14 marzo, 2018

      Gracias por tu lectura y comentario Lady Hawk. Otro abrazo para ti.

  5. GermánLage

    14 marzo, 2018

    Un recuerdo muy preciso o una gran imaginación; en cualquier caso, un relato excelente. El dolor de tripa en contrapunto con la minuciosa observación del niño resulta ser un eficaz recurso para reforzar la tensión. Estupendo, Pedro.
    Un cordial saludo.

    • PedroGda

      14 marzo, 2018

      Germán, afortunadamente, solo imaginación. Celebro que te guste y agradezco especialmente tu comentario. Otro saludo para ti.

  6. VIMON

    15 marzo, 2018

    Muy buen micro, Pedro. Va mi voto con un saludo.

    • PedroGda

      19 marzo, 2018

      Gracias por tu lectura y tu comentario, Vimon. Otro saludo para ti.

  7. Ignorant.Walking

    25 septiembre, 2018

    El relato es de febrero y hemos terminado ya el verano… pero es un momento tan bueno como otro cualquiera para descubrir este gran texto. Me ha encantado!

  8. Arena

    8 enero, 2019

    Por favor, q bonito relato! Ví al niño y al padre, y me llegó el olor a bizcocho y chocolate… Maravillosa manera de escribir. Mi voto!!

  9. PedroGda

    8 enero, 2019

    IW, llevaba tiempo sin entrar y ahora empiezo de nuevo a retornar. Me encuentro tu comentario. Espero que tú te encuentres con mi agradecimiento.

  10. PedroGda

    8 enero, 2019

    @Arena gracias por tus palabras y por tu parada por aquí. Celebro de verdad que te guste. Nos veremos más veces, pero por tus letras.

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