El país de las mujeres suicidas (Primera Parte)

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I

No recuerdo el título de la película, ni los nombres de los célebres actores y actrices que la protagonizaban, ni mucho menos qué tan vieja era. Sólo me recuerdo a mí mismo, de siete años, sentado delante del televisor, con las pupilas dilatadas por la sorpresa. Al otro lado de la pantalla, un señor de apariencia normal sufría una repentina y brutal transformación: el brillante pellejo de su cráneo se resquebrajaba, como la cáscara de un tomate demasiado cocido, y emergía en su lugar la cabeza monstruosamente grande de un reptil humanoide. Era un extraterrestre —según el narrador, cuya voz en off resonaba con la intensidad de un grito ahogado— que se había pasado media vida disfrazado de ser humano y habitando en nuestro mundo. La sola idea de que pudieran existir visitantes o invasores de otros planetas y de otras galaxias en mi propio vecindario, en mi propia escuela o hasta en mi propia casa, me aterrorizaba y me fascinaba al mismo tiempo. Durante toda la película, sin embargo, no los llamaban visitantes ni tampoco invasores, sino huéspedes. Un “huésped” era alguien que se apoderaba del cuerpo de otra persona pero sin su consentimiento.

Lo que yo llamaba casa era en realidad la pensión que mi madre regentaba. Se llamaba Pensión De Souza (en honor a Carmela De Souza, su dueña original). Un edificio lúgubre e inmenso, donde nunca entraba la luz natural. Las flores se marchitaban siempre más rápido de lo normal, dentro de sus maceteros de cerámica roja, y la inmundicia del polvo y de los bichos se acumulaba hasta en las grietas más profundas. Mi mamá se pasaba el día entero detrás de la recepción, embutida en un holgado uniforme azul que no sabía hacer justicia a las curvaturas femeninas de su cuerpo, desperdiciando todo lo que le quedaba de juventud, sonriendo sin querer y dando la bienvenida a los nuevos clientes. También llevaba los libros de contabilidad y la planilla de los empleados. Había conseguido ese empleo mucho antes de que yo naciera, cuando se resignó a la idea de que nunca se haría famosa como actriz de teatro. La clientela, en su mayoría, estaba compuesta por estudiantes de poca monta y por obreros de alguna fábrica de las cercanías. Mi madre coqueteaba con todos ellos, más por costumbre que por placer. Sentía una simpatía ilimitada por los hombres, y tal vez por eso me quería tanto y permitía que me metiera a su cama por las noches. Yo era un hombre en miniatura, según ella, y estaba allí para protegerla. Ella no tenía marido y yo no tenía padre. Ella casi nunca hablaba de mi padre, pero cuando lo hacía empleaba para ello tanto rencor y tanta rabia que siempre terminaba echándose a llorar sobre la cama, como una pequeña niña. Yo trataba de consolarla, sin ningún éxito, y me ponía a llorar también. Yo, en cierta forma, era el culpable de su sufrimiento. Mi padre me había colocado dentro de ella, la había dejado embarazada de mí, y ella había tenido que cargar conmigo durante los siete largos meses que duró mi gestación. Yo nací prematuro, contaba mi madre. Muy flaco y diminuto, casi sin carne sobre los huesos, y el médico había creído en un principio que no viviría más de dos o tres semanas, con suerte. Pero se equivocó. No sólo no me morí, sino que además gané peso y mucho color en las mejillas. Había engordado tanto, y se me había engrosado tanto la cintura, que a veces ni yo mismo me reconocía.

Mi madre y yo compartíamos una misma habitación, en el último piso del edificio, y nuestras camas estaban separadas por apenas una mesita de noche. Yo extendía una mano hacia ella, y ella la cogía con mucha suavidad entre las suyas, para que así jamás me sintiera solo o desprotegido. La veía recostada de medio lado, como un espejismo demasiado bello, demasiado perfecto, y el corazón se me encogía pensando en la posibilidad de que algún día ella no estuviera allí. En el colegio había un niño que no tenía madre. Las madres tampoco eran eternas, no vivían por siempre. La idea de que mi mamá pudiera morirse algún día me resultaba simplemente insoportable. Quedarme solo en este mundo equivalía a morirme, a desaparecer o a extinguirme como los dinosaurios. Mi papá nunca se haría responsable de mí ni de mis necesidades, porque era demasiado joven e inmaduro —según mi mamá— y además había hecho su vida en otra ciudad, con otra mujer, e incluso ya esperaba la llegada de otros niños. Yo no significaba nada para él. Nada. Muerto de miedo, me ponía a sollozar en silencio, sin despegar el rostro de la almohada. Mi mamá se despertaba, alarmada, y me acariciaba la cabeza con una ternura que yo reconocía como extraordinaria. No se trataba de aquel sentimiento natural que profesaba cualquier mamífero hembra hacia su cría, sino de algo especial, único. “Tengo miedo de que te mueras, mamá”, le decía yo. Ella soltaba algo parecido a una carcajada, pero sin asomo de crueldad, y replicaba que todos moriríamos en algún momento de cualquier forma, y claro, yo no podía hacer nada para remediarlo. “Pero estoy segura de que nunca me pasará nada”, agregaba, ya mucho más conmovida. “Porque tú siempre cuidarás de mí. Eres mi hombrecito”.

—Pero ahora le tengo miedo a los extraterrestres, mamá —dije esa vez, aterrorizado por la sensación de que podía haber un “huésped” dentro de mí.

—No seas tontito, Fabián —replicó ella—. Nada de eso es real.

Muchas personas entraban y salían todo el tiempo de la Pensión De Souza, y yo sólo me entretenía observándolos desde algún tenebroso escondite. Me fijaba en los pequeños detalles que infundían personalidad en un cuerpo o en un rostro: cicatrices, deformidades, manchas. Me gustaba esa solitaria e inútil actividad, porque me mantenía ocupado durante las tardes y noches. El atardecer caía sin demasiada fuerza, como un trazo de luz ambarina que se extendía sobre el suelo y las paredes. Mi mamá terminaba de aburrirse, acodada de mala gana sobre el tablero de la recepción, y para matar el tiempo se limaba las uñas o se ponía a leer alguna revista de espectáculos. Cuando aparecía un nuevo cliente recuperaba automáticamente su prestancia profesional, y sobre su rostro transparente se dibujaba una sonrisa lo bastante sincera como para que nadie pudiera sentirse ofendido, pero por dentro seguía muriéndose de aburrimiento y de apatía. Su reacción era otra, sin embargo, cuando el cliente en cuestión era hombre, y mejor aún si era también joven y simpático. Yo me daba cuenta de casi todo, pero jamás me habría atrevido a preguntárselo. Yo era su hombrecito, lo más parecido que ella tendría jamás de un marido.

*

Entre los numerosos pretendientes con que contaba mi madre, el señor Luciano Peralta se destacaba por sus patéticos intentos de conquistarla a través de mí. Era un señor bastante mayor, como de cincuenta años, y era calvo. Pero tenía un físico envidiable, levantaba pesas y salía a correr todas las mañanas. Se hospedaba en la pensión con regularidad. Por cosas de negocios, decía él, pero todo el mundo sabía que sólo era un pretexto para no perder de vista a mi madre. La cortejaba a la antigua, lanzándole piropos inocentones e invitándola a cenar cada vez que se presentaba la oportunidad. En un principio, ella se mostraba esquiva e indiferente, pero hacía todo lo posible para que él no se ofendiera. Pero él se ofendía, sin duda, y arremetía contra ella en tono irónico, dándole a entender que no muchos hombres se animarían a echarle flores a una mujer “con responsabilidades”. Al pronunciar esas dos palabras, se volvía hacia mí —que a menudo me refugiaba bajo la recepción para jugar con mis carritos o con mis soldaditos de plástico— y me señalaba despectivamente moviendo el mentón. Yo no era un niño en realidad, sino una responsabilidad. Mi madre nunca se tomó a pecho esos comentarios y siguió recibiendo al señor Luciano con toda la cortesía exigida por su profesión. El señor Luciano, que era mucho más astuto de lo que mi mamá pensaba, comenzó de repente a traerme regalos o a darme propinas cada vez que se aparecía por la pensión con su pesado equipaje de comerciante. Me daba una palmadita en la cabeza y me contaba que él tenía hijos de mi edad con los que yo podría jugar alguna vez.

A mi madre le hizo gracia ese repentino cambio de estrategia, y sólo por eso aceptó al fin una de sus invitaciones para cenar. Era sábado en la noche, no demasiado tarde, y ella se había puesto un vestido muy elegante y unos zapatos de tacón. La sorprendí mientras se maquillaba en su habitación, y la felicité por su aspecto.

—El señor Luciano me va a llevar a comer —dijo, coloreándose una mejilla con polvo de color melón—. Tú te vas a quedar aquí encerrado. No salgas, por favor. En el edificio hay gente muy rara y no quiero que te pase nada. ¿De acuerdo?

Yo nunca la desobedecía. Nunca. Pero esa noche estaba tan enojado por su actitud y por su manera solapada de buscarse otro marido, que salí de la habitación y deambulé como un fantasma desorientado por los recovecos sombríos de la pensión. Me fijé en las enormes manchas de humedad de las paredes, en las profundas grietas del cielorraso, en las marcas de óxido que dejaba el tiempo en las bisagras de las puertas y las ventanas. Yo era un niño solitario por naturaleza, y casi nada en el mundo me gustaba tanto como escabullirme por las distintas habitaciones, sin que nadie me observara. Solía jugar a esconderme.

Escogí la habitación más grande y ostentosa de toda la Pensión de Souza, y me oculté debajo de una mesa grande y vieja que había pertenecido a una reina austrohúngara. Decidí permanecer allí hasta que alguien viniera a buscarme. Los muebles eran todos de la caoba más brillante, y las cortinas estaban hechas del terciopelo más delicado. Guardé un absoluto silencio, y abracé mis rodillas, en un intento desesperado por sentirme en compañía de mí mismo. Me coloqué en posición fetal, sobre el suelo helado y desnudo, y me quedé dormido. Aun entre sueños, en torno a mi mente revoloteaban toda clase de imágenes distorsionadas y borrosas, como fotografías difuminadas. Cuando volví a abrir los ojos, la mirada clara de un hombre joven se asomaba sobre mí a través de unos lentes de vidrios oscuros, como los que se utilizan en días soleados. Era un huésped nuevo, según las evidencias más notorias. Yo nunca lo había visto antes, ni siquiera de paso, y además llevaba una enorme maleta en las manos. Era de complexión esbelta y atlética, con algunos músculos más o menos firmes que se destacaban contra su ropa, y su apariencia era la de alguien que nunca permanecía por mucho tiempo en un solo lugar. Era bastante joven también, pero la frondosidad de su barba y sus anteojos de vidrios oscuros le otorgaban un aire de mayor madurez. Asustado, salí de debajo de la mesa y me aproximé a la puerta.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó él.

No supe cómo responder. Enmudecí, como me sucedía a menudo.

—Pero no importa —continuó él, con aire bonachón y algo despreocupado, colocando su maleta en el suelo—. Ven acércate. Quiero conocerte…

Se colocó en cuclillas y se quitó los anteojos de vidrios oscuros. Su rostro, en efecto, era el de un hombre muy joven y bien parecido.

—¿Cómo te llamas?

—Fabián —murmuré, poniéndome más y más nervioso.

—¿Cómo? —volvió a preguntar él, esforzándose por escuchar—. No te escucho.

—Fabián. Me llamo Fabián…

—Así está mejor… Yo me llamo Saúl.

Cogió una de mis manos, con brusquedad, y prácticamente me forzó a que lo saludara con un apretón. Como si yo también fuera un hombre adulto.

—¿Quieres que te enseñe algo? —me preguntó.

Me ruboricé, lleno de vergüenza por lo que podría ocurrir. Mi mamá me había dicho muchas veces que ningún adulto que hiciera preguntas como ésa a un niño podía ser buena persona. Pensé en echarme a correr, en abandonar la habitación y desaparecer como humo entre las sombras del pasillo, pero él me obligó a permanecer a su lado.

—No te preocupes, no es nada malo —me explicó, abriendo su maleta y metiendo una mano por allí—. ¿Qué clase de tipo crees que soy?

Rebuscó entre varios montones de objetos menudos, y extrajo algo que de inmediato llamó poderosamente mi atención. Era una esfera de cristal —ni muy grande ni demasiado brillante—, en cuyo interior era posible entrever las facciones de un rostro diminuto. Unos párpados que parecían abrirse sin esperanza, una nariz redonda y pequeña, una boca roja y húmeda. Nunca había visto nada semejante en toda mi vida.

—Es un niño como tú —dijo Saúl—. Pero no pudo vivir por mucho tiempo.

—¿Está muerto? —inquirí, horrorizado.

—Desde hace varios años…

—¿Qué le pasó?

Saúl esbozó un gesto como de tristeza, y dijo:

—Digamos que no tuvo mucha suerte. No le dieron tiempo para crecer. Su madre era una mujer muy mala y no lo quería.

—Pobrecito —murmuré, y Saúl me acarició la cabeza.

*

Mi madre y el señor Luciano empezaron una relación. Yo lo percibí un día, cuando mi madre despertó mucho más contenta que de costumbre. Abrió de par en par la ventana de nuestra habitación y me dijo que a partir de ahora yo tendría papá. La noticia no me sorprendió ni un poco, pero sí me sentí molesto y hasta destrocé un plato contra el suelo. El señor Luciano, incluso, llegó esa misma noche a dormir con nosotros, y yo tuve que retirarme a un cuarto desocupado para que ellos estuvieran a solas. Prendí el televisor, a muy bajo volumen, y me quedé dormido viendo una película sobre una mujer que lloraba todos los días. Me desperté a las dos de la mañana, perturbado por los murmullos provenientes de la habitación de mi madre. Murmullos que degeneraban en leves gemidos, e incluso en sollozos o risas. Me tapé ambas orejas para no escuchar. ¿Qué le estaba haciendo el señor Luciano a mi mamá? Traté de tranquilizarme. Me levanté de mi cama, y traté de ignorar a consciencia los ruidos de mi madre y de concentrar toda mi atención en los otros sonidos que se oían de noche en todo el edificio. Como canicas que rodaban en el suelo, pisadas que se detenían misteriosamente en mitad de las escaleras, cascabeles que tintineaban a una hora determinada. Eran señales que me permitían atisbar una realidad que no era mía e imaginar cómo era la vida cotidiana de todas esas personas que deambulaban a diario por los gélidos pasillos del edificio. Yo los saludaba todos los días, sin excepción alguna, y ellos me saludaban a mí con la misma buena educación. Pero nadie me conocía en realidad, y yo no conocía a nadie tampoco.

En esos días, por otro lado, me acostumbré a visitar la habitación de Saúl con la misma frecuencia que tenía el señor Luciano para visitar la habitación de mi madre. Él me recibía siempre con los brazos abiertos, me enseñaba cosas interesantes acerca de su oficio y me maravillaba con las innumerables historias que guardaba en la cabeza. Estudiaba Medicina en la Universidad Estatal, y para sostenerse practicaba abortos a mujeres desesperadas. Yo tenía apenas una muy vaga idea acerca de lo que significaba esa palabra, pero no me atreví a pedirle que pusiera una solución mi ignorancia. Me dijo que parte de su trabajo consistía en coger unas tenazas muy grandes de hierro y arrancar de cuajo a los niños desobedientes que no querían abandonar por las buenas el vientre de sus madres. Me mostró incluso las tenazas, sosteniéndolas con una deferencia exagerada, y les sacó brillo pasándoles un trozo de gasa remojado en alcohol. También me mostró algunos frascos (todos muy parecidos al que vi el día que nos conocimos), y me dijo que había bautizado a cada feto con un nombre único y especial, para que así no los confundiera en la memoria. Había uno que se llamaba Kurt, en honor a un antiguo cantante de rock, y otro se llamaba Vivaldi, y el más cabezón se llamaba Nostradamus. Yo me quedaba fascinado, observando a esas exánimes criaturas que flotaban dentro del frasco lleno de formol.

—Tú podrías haber sido uno de ellos —me dijo Saúl una vez, ya cuando llevaba tres semanas como huésped de la Pensión De Souza—. Tu mamá es una puta.

—¿Una puta? —dije yo, desconcertado.

Había oído esa palabra algunas veces antes, pero no conocía su significado. Aunque intuía, claro, que se trataba un insulto bastante grave.

—Quiero decir que se acuesta con todo el mundo —precisó Saúl, mientras frotaba con un trapo el frasco de Nostradamus—. ¿Acaso no lo sabes?

—No, no lo sabía…

—Apuesto a que ni siquiera sabes cómo se llama tu padre.

Negué con la cabeza, cada vez más incómodo.

—¿Lo ves? —continuó Saúl—. Sólo una puta puede embarazarse de un hombre que ni siquiera conoce.

Ese día me sentí humillado por primera vez en mi vida. ¿Mi mamá era una puta y yo era el hijo de un desconocido? ¿Cómo no me había enterado antes?

Cuando se lo comenté a mi mamá, ella se puso blanca como un papel. Estábamos solos los dos, cenando en el diminuto comedor de nuestra habitación. Yo estaba vestido con mi pijama, y ella con un blanco camisón de organza.

—¿Quién te dijo eso? —me preguntó, alarmada.

—El nuevo huésped —respondí, candorosamente—. El que ha ocupado la habitación más grande. El que tiene lentes y barba…

Mi mamá se llevó otro bocado de ensalada a la boca, tratando de adivinar quién era el tipo aquel que había hablado de ella en esos términos.

—Ni siquiera sabía que alguien hubiera ocupado esa habitación…

—Se hospedó de noche, cuando tú estabas cenando con el señor Luciano —dije, con la cuchara a la altura de mi boca—. Lo atendió Lucy. ¿No te dijo?

Lucy era una muchacha de veinte años, bastante inexperta y estúpida, que atendía la recepción de noche. Era igual de coqueta que mi madre, pero en su manera de insinuarse a los hombres no había el más ínfimo rastro de elegancia o de astucia. Se acostaba con todos, hasta con los tipos más desagradables, y nadie la respetaba por eso.

Indignada, mi madre me cogió de la mano y me llevó hasta la habitación de Saúl. Tocó la puerta una y otra vez. Era muy tarde ya, más de las once de la noche. Le advertí que Saúl se acostaba temprano porque se levantaba todos los días a las seis de la mañana. Ella no me hizo caso y continuó aporreando la puerta. Al cabo de varios intentos más, la puerta se abrió con un chirrido y apareció Saúl. Estaba en calzoncillos, con una toalla alrededor del cuello. Mi madre se espantó, y cogió con mucha más fuerza mi mano. Detrás de Saúl se asomó Lucy, que estaba igualmente en paños menores, con sólo una camisa de él encima.

—¿Dígame? —inquirió Saúl.

Mi madre tartamudeó, nerviosa, antes de decir:

—Escúcheme bien, caballero. Le prohíbo que vuelva a acercarse a mi hijo.

Desconcertado, Saúl le respondió:

—Nunca me he acercado a su hijo. Es él el que se ha acercado a mí.

—Eso no tiene importancia —replicó mi madre—. Lo único que me importa es que la mente de mi hijo permanezca limpia, como la de cualquier otro niño.

Saúl echó una carcajada. Se rascó primero el lomo de la nariz, despreocupadamente, y con esa misma mano se rascó el bulto de sus genitales.

La mano de mi madre se soltó de la mía y me cubrió los ojos. Por entre sus dedos, vi que Lucy acariciaba la espalda de Saúl con lascivia.

*

Saúl no dejó de hablarme, por suerte. Nunca había sido rencoroso, aunque tenía sobrados motivos para serlo, y entendía que nadie me había enseñado nunca a no ser un soplón. Me dijo, sin embargo, que no podíamos vernos más, porque él no quería tener problemas con mi madre. Ya tenía problemas con demasiadas mujeres, comentó. Además, mi mamá tenía toda la pinta de ser una mujer muy brava a la hora de defender a su retoño, agregó con algo de sorna, entornando los labios. Me acarició la cabeza, desordenándome el pelo, y continuó con su camino. Lo vi alejarse a través del pasillo oscuro, con su gastado pantalón de jean y su bata blanca de estudiante de Medicina, y se me estrujó el corazón. Él era lo más parecido que yo tendría jamás de un verdadero padre, no quería perderlo. Él me quería muchísimo, yo estaba seguro de eso, y a su manera buscaba lo mejor del mundo para mí.

El alejamiento de Saúl hizo que me encerrara aún más en mi burbuja. Yo nunca había tenido amigos, nunca salía a jugar a la calle con los otros niños, y mi aspecto desmañado y mi incipiente gordura atraía la atención de los abusivos. En el edificio había un niño mucho más grande y alto que yo, que se llamaba Edilberto. Era nieto de los dueños de la Pensión. Asistía al mismo colegio que yo, pero a un grado superior (yo estaba apenas en primero de primaria), y siempre aprovechaba la hora del recreo para jugarme bromas o simplemente para empujarme. A veces lo hacía también entre los pasillos más sombríos de la Pensión de Souza, a espaldas de su madre, que tenía fama de santa y que se habría escandalizado si se enteraba que un hijo suyo andaba cometiendo maldades. Yo trataba de defenderme como había visto que hacían los personajes de la televisión, levantando los puños ridículamente y amenazando a mi agresor con contárselo todo a algún adulto responsable, pero Edilberto se cagaba en todo, según sus propias palabras, y no tardaba en derribarme al suelo otra vez aplastándome con todo el peso de su cuerpo. Una de esas veces, Saúl alcanzó a presenciar el espectáculo. Pero se mantuvo escondido en las sombras, sin intervenir. Después de que Edilberto se marchó, él salió a mi encuentro sin ningún rastro de ternura, sin intención de abrazarme o consolarme por lo sucedido, y me propinó una bofetada que me lanzó otra vez al suelo. Me fui llorando donde mi mamá, y le conté todo lo que me había hecho Edilberto. Ella se limitó a secar mis lágrimas, mientras me explicaba que no podíamos quejarnos de él porque era nieto de las personas que le pagaban su sueldo cada mes.

Al día siguiente, desafiando la voluntad de mi madre, Saúl me sacó a pasear a la calle y dijo que me enseñaría a comportarme como un verdadero hombrecito. Mientras íbamos caminando lentamente uno junto al otro, sin que él pensara siquiera en tomar mi mano, me enseñó cómo los adultos se movían y desenvolvían en un entorno lleno de tentaciones y de libertinaje. Me enseñó cómo era un burdel por dentro, con sus lámparas de ardiente luz roja y sus mujeres desnudas que bailaban encima de una tarima, y él señaló a los hombres que gritaban y que lanzaban dinero. “Mira bien a esos pobres diablos”, me dijo. “No tienen otra manera de conseguir a una mujer que pagando por ella”. Me enseñó también a defenderme de los abusivos y a comportarme como un abusivo con aquellos que eran más débiles que yo. “Tienes que conocer tus fortalezas y aprovecharte de las debilidades de los demás, sólo así lograrás sobresalir”. Me enseñó, por último, a no tener miedo. Estábamos en un parque, y él de pronto me cogió de las axilas y me lanzó al aire con fuerza, como si fuera mi padre y estuviera de buen humor. Pero la cosa se puso fea para mí cuando empecé a sentir náuseas. Saúl me dejó otra vez en el suelo, y vomité, arrodillado sobre el pasto. “Nunca tengas miedo de verte mal ante los demás, es el peor miedo que existe”.

Yo aprovechaba también para forjar mi propia concepción acerca de la hombría. Un hombre era alguien que podía ser agresivo algunas veces, sólo cuando las circunstancias lo obligaban, pero también podía ser tan amable como para encariñarse con un niño ajeno y llevarlo a pasear aun en contra de la voluntad de la madre. Saúl era un hombre que estaba dispuesto a pasar muchísimo tiempo conmigo y a enseñarme cosas importantes. Era hosco, agresivo y de respuestas brutales, pero aun así era el único hombre al que yo podría tolerar como esposo de mi madre. Nunca entendí cómo llegué a esa conclusión.

—¿Tú tienes esposa? —le pregunté una vez, mientras caminábamos sobre el puente que atravesaba el río más cercano.

Él iba detrás de mí, con las manos en los bolsillos de su pantalón. Se había puesto sus lentes de vidrios oscuros, y llevaba un humeante cigarrillo entre los labios.

—Gracias a Dios, no —respondió.

—¿No te gustan las mujeres acaso? —dije yo.

Aunque, claro, nadie me había dicho que a un hombre podían no gustarle las mujeres. La homosexualidad no existía para mí. Ni para mi madre, por supuesto.

—Me gustan, sí. Pero nunca me casaría con una mujer. ¿Y por qué tanta pregunta? No me digas que estás pensando que tu mamá y yo podríamos…

Emitió una risa burlona, pero se contuvo antes de provocar que yo me ofendiera. En detalles como ése yo podía percibir que él me quería.

—¿No te gusta?

—Es una mujer muy guapa, pero me sentiría raro.

—¿Raro por qué? —insistí.

—Porque tú has estado dentro de ella —dijo Saúl—. Saliste de ella.

—¿Y eso qué?

—Lo entenderás cuando seas mayor.

Me obsesioné a tal punto con esa última conversación, que me pasé varios días dando vueltas en mi habitación, tratando de entender a qué se refería Saúl. En el colegio me habían enseñado que los niños salían por la vagina de las mujeres, pero antes de que eso ocurriera los hombres tenían que hacer algo. No sabía qué. No tenía siquiera una idea. Busqué en una enciclopedia que mi mamá guardaba en el último cajón de su ropero, y descubrí, asqueado, que el hombre debía de introducir su pene antes en la vagina.

A la caída de la noche, volví a visitar la habitación de Saúl. Lo encontré dormido sobre su cama. Estaba desnudo, pero lo cubría una frazada de recuadros azules y verdes. Me había dicho alguna vez que sufría de un sueño muy pesado y que era muy difícil que se despertara de repente. Aproveché esa circunstancia para recostarme a su lado y para observarlo a mi antojo, desde la cabeza hasta los pies. Su cuerpo no era muy grande, ni muy peludo, y sus miembros parecían muy bien proporcionados. La corta barba que bordeaba su mentón era igual de ensortijada y áspera que el vello que cubría parte de su pecho. Coloqué una mano sobre ese pecho, sintiendo de golpe el latido desbocado de su corazón. Alcé la frazada sólo un poco, y me asomé por allí, sin pensar siquiera en aquello que podría encontrar. Su pene tampoco era demasiado grande, y estaba rodeado de vellosidad áspera y apelmazada. Por primera vez sentí que había un huésped muy oscuro dentro de mí.

—Quédate quieta —me dijo él de pronto, abrazándome.

—Está bien —murmuré, lleno de miedo y vergüenza.

—Ven aquí, ayúdame un poco con esto…

Me quedé petrificado cuando él me cogió de una muñeca y me obligó a tocarlo. Sentí que su miembro se endurecía bajo mis dedos, como algo vivo.

—¿Así está bien? —le pregunté.

Él volvió a hundirse en el sueño y a fantasear, probablemente, con mujeres de senos muy duros y con traseros que desafiaban la ley de la gravedad.

—Así está bien —respondió él, cada vez más dormido—. Así está bien…

Me quité su pesado brazo de encima, tratando de que él no lo percibiera, y me levanté de la cama. Por suerte, estaba descalzo y logré deslizarme hasta la puerta en silencio. Abrí la puerta y salí al pasillo, que estaba inmerso en una penumbra intensa.

Al llegar a mi propia habitación, me masturbé por primera vez y soñé con un hombre desnudo también por primera vez. Estaba confundido, ofuscado.

*

Mi madre y el señor Luciano parecían cada vez más enamorados, más felices y contentos el uno con el otro. El señor Luciano había traído a nuestra habitación gran parte de sus objetos personales: su cepillo de dientes, su ropa íntima, sus sandalias y hasta la toalla que utilizaba para salir de la ducha todos los días. Mi mamá estaba encantada con ese nivel de intimidad, porque sus relaciones con los hombres rara vez solían llegar hasta ese punto, y todo el día andaba recordándome que ahora el señor Luciano era mi papá. “Tienes que respetarlo en todo momento”, me decía, para luego besarme en la frente. “Tienes que empezar a amarlo y ya verás lo fácil que es vivir con él”. Yo ni siquiera lo intentaba. Por las mañanas, el señor Luciano me alborotaba el pelo cariñosamente, me daba los buenos días y enseguida tomaba asiento frente a la mesa, para que mi mamá le sirviera el desayuno. Cogía su periódico del día, abriéndolo en la sección de Negocios y Economía, y se sumergía en una lectura atenta y muy crítica, sin dejar de notar los errores ortográficos de algún practicante de periodismo. Era cruel a su manera, sin demostrarlo abiertamente, y muchos de sus comentarios tenían el efecto de un dardo envenenado. Yo no le tenía miedo, pero tampoco me simpatizaba. Lo saludaba con apatía y me concentraba también en mis propios asuntos.

Pues bien, esa idílica relación duró mucho menos de lo que yo hubiera deseado. Las cosas se dieron de un momento a otro, y no supe cómo reaccionar, ni qué decir. Un día, de regreso del colegio, los encontré discutiendo a los gritos. Mi madre estaba histérica, como nunca antes la había visto, y las abundantes lágrimas se habían encargado de transformar el suave maquillaje de su rostro en una grotesca máscara de payaso. El señor Luciano estaba mucho más tranquilo, y hasta sonreía con el mismo sarcasmo cruel que empleaba en contra de los ineptos y los estúpidos. Era una escena deprimente.

Al verme, mi madre corrió hacia mí y me abrazó con mucha fuerza.

—¡Cállate! ¡Cállate! —gritó, dirigiéndose al señor Luciano.

—Él tiene derecho a saberlo —replicó él, sin un ápice de rabia.

—¡Cállate!

—No siempre será un niño, Miriam. No siempre podrás…

Mi madre, entonces, se apartó de mí y arremetió en contra del señor Luciano con uñas y dientes. Parecía realmente decidida a herirlo. Me asusté en serio.

—No seas idiota —la rechazó el señor Luciano con una fuerte bofetada.

Ella cayó al suelo, de rodillas. De sus labios pendía un hilo de sangre.

Todo ese bullicio de gritos y golpes atrajo la atención de los otros empleados y de los huéspedes de la Pensión de Souza. De entre todos ellos, Saúl emergió como una presencia muy potente y muy protectora. Estaba mucho más presentable que en otras ocasiones, con su bata blanca de estudiante de Medicina y su parafernalia de instrumentos quirúrgicos. Se había afeitado la barba, por eso se le veía mucho más joven, y en vez de las gafas de vidrios oscuros llevaba unos anteojos comunes y corrientes.

—¿Qué carajos ocurre aquí? —dijo, con un vozarrón aguardentoso que no calzaba del todo con su aspecto desmañado e inofensivo.

—Ese señor quiere matar a mi mamá —chillé, aunque sabía que no era cierto.

El señor Luciano trató de dar una explicación, trató de decir que ella había empezado con la violencia y con los insultos, pero no tuvo tiempo de decir mucho más que eso. Saúl se le fue encima y lo derribó de un solo puñetazo en el rostro. Lo amenazó con volverle a pegar en toda la cara, con todas sus fuerzas, y el señor Luciano no tuvo más remedio que rendirse. Lo oí, incluso, pedir misericordia con un hilillo de voz, como un cobarde.

Mi madre y yo nos sentimos a salvo por fin.

Comentarios

  1. Lourdes

    6 febrero, 2018

    A salvo?? pobre niño, no sabe la que se le viene encima!! Me encanta como has descrito la inocencia del niño, y el ambiente en el que le ha tocado vivir.
    Un saludo

  2. Imagen de perfil de Luis

    Luis

    6 febrero, 2018

    Muy buena historia, saludos y mi voto, Gabriel-.

  3. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    6 febrero, 2018

    ¡Excelente! Un abrazo Gabriel y mi voto desde Andalucía

  4. Imagen de perfil de Mariel

    Mariel

    6 febrero, 2018

    Me encantó. Espero con ansias la continuación. Saludos

    • Gabriel

      7 febrero, 2018

      Qué bueno que te haya gustado. Se trata en realidad de un cuento largo, lo dividí en tres partes de similar extensión para que no se haga tan pesado de leer. Saludos!

  5. Esruza

    9 febrero, 2018

    Interesante cuento, espero lo que sigue para saber por qué hablas de mujeres suicidas.

    Mi voto para el 10

    • Gabriel

      10 febrero, 2018

      Gracias 🙂 Ya subí la segunda parte y la tercera aparece mañana

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