Un sueño lúcido

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Puestos a perder nuestra esencia, convirtámonos en plantas y arrelemos entonces nuestros pies al lugar de donde venimos. Total, vegetales ya lo somos. Es interesante plantearse el funcionamiento de las cosas. Y hablo en general. Plantearse el funcionamiento de todo es tarea pendiente. Yo me pregunto por qué, si somos la éspecie más inteligente del planeta, nos odiamos, luchamos y nos matamos por razones tan estúpidas y banales como pueden ser la separación por fronteras. Curiosamente, yo, ser humano, no puedo entender tal calamidad y decido mantenerme al margen de la éspecie que lo está contaminando todo con su sangre. Yo, que supuestamente también formo parte porque tengo ciertas características, tanto físicas como psicológicas, que me definen y determinan como anthropos, tengo que reconocer que no entiendo la lógica de muchas de las acciones que mis compañeros de éspecie llevan a cabo. Es entonces cuando yo, gracias a mi capacidad racional, pienso que no pertenezco a este grupo de seres y entro en una crisis existencial. ¿Qué soy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué sentido tiene continuar con esta farsa? Y es en ese momento, justo en ese, ese que… sí, justo ese, que decido ser coherente y acabar con dicha patraña que es mi vida.

 

Pido a lo ateos que os sentéis si es que estáis plantados o que simplemente adoptéis una posición cómoda para encajar la noticia que os voy a dar: teníais razón. Todos aquellos que no os creyeron en su momento vendrán a llamar a vuestras puertas, a pediros disculpas y a preguntaros cómo, oh grandes seres racionales, lográsteis llegar a tan sabio pensamiento y conclusión verdaderos. He muerto y aquí no hay nada. A no ser que haya un camino por donde se llega al cielo que, de cualquier modo, tampoco podré tomar por culpa de mis inclinaciones durante el período de tiempo que estuve en eso que solía llamar vida. Pero no creo que exista ningún sendero que lleve hasta dicho punto así que me mantengo en pie con mi sentencia de que los ateos tenían razón. No soy capaz de imaginarme las repercusiones que tendrá en la tierra el hecho de que alguien haya podido comprobar que no existe nada de lo que durante tantos siglos se ha proclamado en las iglésias, mezquitas, libros sagrados, escuelas y hogares. Termina el luto para que pueda florecer.

 

Aquí, en la muerte, tengo que deciros que se está mucho más tranquilo y en paz. Puede que sea porque no hay más de esos seres llamados humanos por aquí deambulando. Aunque puede que estén y no me los haya encontrado porque este sitio es verdaderamente grande. No os podría decir una medida exacta porque me es impossible. No es que sea mala calculando la distancia, la superfície y esas cosas, que también. Es que aquí, en la muerte, está todo oscuro. A decir verdad, no puedo ver ni la palma de mi mano. A lo que iba, no sé ve absolutamente nada pero sé que es un terreno enorme porque se puede sentir el eco del vacío y he caminado unos cuantos quilómetros y no he conseguido tropezar con nada, cosa extraña en mí. No sé a quién pretendo engañar, si aquí, en la muerte, no importa. No me he movido de donde estoy desde que he llegado porque me ha dado palo. ¿Quién se iba a creer que yo, yo!?, habría andado unos quilómetros? Es gracioso en cierto modo. Ahora tendré que acostumbrarme a reír de mí porque si no no sé dónde voy a encontrar la diversión, porque de entre la oscuridad, de verás, lo dudo.

 

Tanto pensar que ni me había dado cuenta que iba como dios me trajo al mundo. La muerte se había llevado mi vida pero con ella también mis pertenencias que, por no tener, no tenía ni ropa. Tampoco me hace falta, pensé. Ya sé que os habéis dado cuenta de la incongruencia de la primera frase “como dios me trajo al mundo”. Ahora sé que dios no me trajo al mundo. Era para comprobar si ya estabáis interiorizando la idea de que dios no existe.

 

Les mantendré informados, pensé en un primer momento y después, ¡oh dios mío!, ay, perdón, después tuve una revelación. ¿Por qué tengo que seguir comunicado con los humanos si lo que quería era perder cualquier tipo de contacto con la vida y la gente? Y entonces fue cuando comprendí. Por eso cuando muere alguien difícilmente este vuelve a comunicarse contigo, porque ya estaba hasta los cojones de la vida y ahora que ha obtenido la soledad y tranquilidad no renunciará a ellas. No los estaba juzgando para nada. Me sentía muy comprendido después de las palabras que yo mismo acababa de pronunciar. Tengo que aprender también a valerme por mi mismo en todos los aspectos.

 

Por fin, ha llegado el momento, de dejar a un lado la pereza y salir a echarle un ojo al terreno. Difícil tarea porque, aunque mis ojos se habían acostumbrado ya ligeramente a la oscuridad, seguía sin ver más allá de mi nariz. De todas formas, echar un ojo era solo una forma de hablar. Estaba decidido a emprender el viaje que ya tan prono estaba retrasando por estar pensando lo que estoy pensando, una de mis típicas auto-excusas. ¿Véis cómo soy imbécil? Igual sí que pertenecía a la éspecie humana entonces. Los primeros pasos que di fueron un poco en falso. El miedo corría por mi cuerpo y no podía evitarlo. Si alguien sabe cómo se hace, por favor, que me lo haga saber. El hehcho es que, aunque sabía que en ese lugar no había nada ni nadie más que yo, la oscuridad me hacía mearme en las bragas. Tragué saliva. Casi me atraganto. Me puse firme y pisé fuerte por donde andaba. A la que di veinte pasos ya empecé a aburrirme de tanta inmensidad, oscuridad y vacío. El viaje a la aventura se estaba conviertiendo monótono. Casi que me vuelvo a sentar, pensé, organizo mis ideas, observó qué ha cambiado en mí, vuelvo a organizar mis ideas, intento alcanzar alguna sensación y analizo la reacción de mi cuerpo, es momento de organizar la ideas y ya, después, me muevo para ver qué hago. Tardé cinco minutos desde que empecé a organizarme las ideas y terminé organizándome las ideas. No he tenido tiempo de descansar, me dije. Así que me tumbé un rato.

 

Es el sueño más lúcido que he tenido nunca. Jamás había podido controlar un sueño de esta manera. Pensaba, incluso, a pesar de los gatos rosa, los duendes y mi hermano en la cárcel, que parece que hubiese vuelto a la vida. Era la primera vez desde que estaba aquí, en la muerte, que conseguía sentir alguna cosa. Lástima que solo fuera un sueño, pero el hecho es que parecía tan real que pensé que igual había podido transportar mi consciencia hacia otro lugar fuera de mi cuerpo y experimentar así ese tipo de sensaciones producidas por las visiones que tenía. Sin embargo, cada segundo que pasaba me notaba más relajado, entrando com en un sueño profundo del que no quería salir jamás. Notaba con mis ojos como la oscuridad se convertía en luz y mi cuerpo se fundía entre el vacío de la inmensidad. Estaba flotando y un cosquilleo me masajeaba la nuca. Sentía como si un líquido cálido y espeso me inundase por dentro. Intentaba abrir los ojos, pero era incapaz de abandonar el estado en el que me encontraba. No podía de ninguna manera renunciar a la libertad que esto me proporcionaba. Habría querido quedarme en ese estado para siempre. Habría pagado para quedarme en ese estado. No creo que sea algo que se pueda comercializar de todos modos. Cuando decidí, después de deliberar entre mis opciones, que no quería despertarme jamás, noté que unos dedos se me clavaban en los ojos y, sin hacerme demasiado daño, me abrían los párpados para que me cegara con la luminosidad del lugar. Una luz blanca travesó a través de mis pupilas y me dolió hasta el punto que pensé que nunca más recuperaría el sentido de la vista. Igual he exagerado un poco, pero de verdad que me dolió. Unos segundos más tarde vi a la persona cuya mano se encontraba en mi cara y cuyos dedos me estaban sosteniendo los párpados. Le aparté el brazo de forma brusca. Mi trastorno era legítimo porque la idea de que me encontraba solo en aquel inmenso lugar ya había echado raíces en mí, ya había conseguido, por mí mismo, crear un sentimiento de superioridad sobre los demás en base a cuestiones que me he inventado y que me seguiré inventando por el camino.

De eso se trata la muerte, amigos míos, de no echar raíces a nada y de no dejar que las raíces se echen en ti. Ya no notas el peso porque sientes cómo te elevas por encima y por debajo de nada. Ya eres consciente de que no puedes querer nada porque no lo vas a tener nunca. Sólo dejando de echar raíces supe ser libre.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Naufragoenlaluna

    Naufragoenlaluna

    5 febrero, 2018

    Muy buen texto, me ha gustado mucho. ¿Quién ha dicho que seamos la especie más inteligente del planeta? Ah, es verdad, curiosamente nosotros mismo, los que contaminamos el aire que necesitamos respirar y el agua que necesitamos beber ¡Cojonudo! jijj Un saludo y mi voto

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    5 febrero, 2018

    ¡Excelente! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  3. Imagen de perfil de VIMON

    VIMON

    7 febrero, 2018

    Interesantes elucubraciones sobre la muerte y la libertad…

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