19 de julio de 1972
Querido Nicanor,
Recibí tu carta hace mucho tiempo, pero debo confesarte que después de leerla no pude encontrar la manera correcta de responderte. No supe cómo o qué responder a tus palabras tan llenas de recriminaciones y culpas. Sé de tu sufrimiento, pero me pareció muy injusto que creyeras que disfruto de lo que te sucede. ¿Acaso no sabes que te quiero?, ¿acaso no sabes que sufro contigo este mismo destino? No quiero que me malinterpretes, pero a veces siento que todo este tiempo de encierro ha ido sacando lo peor de ti. Y yo te entiendo, o intento hacerlo, pero tus cartas me hieren, y mucho. Cada vez que recibo un sobre tuyo, aún con tu linda letra, puedo sentir cómo palpita de ira por mí. Parece que olvidaras que esta larga espera por verte libre también ha sido un encierro para mí. Tú estás encerrado adentro, y yo estoy encerrada afuera. Y es este mecer pendular de cartas, el único ejercicio de libertad que nos queda. Por eso, por lo que estas cartas significan para nosotros, lamento que hayamos llegado a esto; tú, con tus cartas que son golpes en papel, y yo, sin saber cómo volver a acercarme a ti desde la distancia.
Esta situación que nos acongoja, esta callada espera, ha sido extraña para mí en muchos aspectos. No sólo por tu nostalgia o por mi silencio, sino también por la desesperación del mundo por vernos de nuevo en la rutina acostumbrada de viejas pláticas banales. Para que me entiendas, te contaré a lo que me refiero. Hace dos semanas, mientras pasaba cerca de la oficina postal del pueblo, el muchacho que siempre me atiende estaba fumando afuera del local, y al saludarlo con una sonrisa, él me preguntó, con toda tranquilidad, por qué había tardado tanto en responder a tu carta. Me preguntó, apuntándome con su cigarro en la mano derecha, si ya habías muerto o si acaso ya te había dejado de amar. ¿Puedes creerlo? Admito que la primera vez que me abordó no supe cómo contestarle. Sus preguntas fueron demasiado directas para mí. En ese momento, sólo pude sonreírle nerviosamente, mientras continuaba mi camino a casa, sin poder dejar de pensar en el incidente. No obstante, y luego de pensarlo más detenidamente, me di cuenta de que él es ahora un miembro más de este juego nuestro. Bien sabes que él es el encargado de leer todas las cartas para el Estado, y censurar aquellas que no considera apropiadas. Pues bien, creo que tanta exposición a nuestra intimidad le ha ido acercando a mí y, de alguna manera, a ti. Su pregunta, por tanto, era tan legítima como las tuyas o las mías. Nuestras cartas son de a tres, y creo que él también se ha ido ganando el derecho a opinar y a sentir.
Pese a haber comprendido sus razones, debo reconocer que me he sentido un poco contrariada por su profundo interés en que conteste a tu carta. Sus preguntas, sus miradas, sus palabras están llenas de recelo por mi silencio hacia tu carta. Es como si mi silencio lo hiciera sentirse excluido, olvidado. Es, ¡sí!, como si él tuviera la sospecha que la ausencia de cartas entre nosotros oculta algo más profundo, algo que hemos decidido no contarle. Desde la primera vez que me lo preguntó, el muchacho no ha parado de cuestionarme todos los días. A veces tengo la sensación de que me vigila, de que me persigue, de que quiere saber a toda costa lo que siento y pienso de tu carta. Hace sólo dos días incluso vino a casa a preguntar. Yo no iba a dejar que pasara, ya sabes cómo soy con esas cosas, pero igual tuve que atenderle. Y fue algo incómodo tener que decirle que simplemente no sabía cómo responder a tu carta.
La insistencia del muchacho de la oficina postal me ha hecho recordar una obra de teatro que fui a ver hace ya algunas semanas al Teatro Libertador, ése donde siempre quisiste trabajar. Creerás que exagero, pero te sorprenderían las semejanzas que he ido encontrando entre nuestra situación y la obra del dramaturgo. La historia comienza con Ricardo, un cartero triste y pobre que ha ido olvidando, entre los buzones que visita, las alegrías de la vida. Todas las mañanas, este disciplinado cartero se levanta temprano y va caminando por todo el pueblo, en medio de una agobiante soledad, repartiendo cada carta como si fuera una pesada loza que él ha debido cargar sin saber por qué. En su regreso a la oficina postal, algunas personas lo ven y lo saludan, pero casi inmediatamente olvidan quién es, porque Ricardo posee, para su infortunio, un rostro fácil de olvidar, un rostro efímero. Y es esa misma indiferencia, ese olvido al que ha sido sometido, el que va socavando su alma hasta convertirla en un reniego profundo hacia al pueblo, y hacia su propia vida. Un día Ricardo decide que no está dispuesto a seguir siendo ignorado por los demás, así que comienza a repartir las cartas durante la noche, para evitar ser visto por ojos que sólo lo observan para poder olvidarlo. La noche es su bálsamo contra el olvido. Tú tal vez pensarás que no es así, pero creo que lo que Ricardo realmente buscaba era retomar un poco el control sobre su vida, porque, aunque en ambos casos la gente seguiría sin saber de su existencia, el hecho de trabajar durante la noche era producto de su propia decisión de querer ser olvidado. El resultado era igual de triste, pero el proceso era distinto, era una reivindicación. Para Ricardo, o mas bien dicho, para el autor, un derrotista no es lo mismo que un derrotado. Y Ricardo era un alma derrotada, pero no por eso dispuesto a aceptarlo.
A pesar de que la decisión de Ricardo parece ser un último intento por sobrellevar la soledad que le acompaña, y el olvido que le castiga, este osado atrevimiento termina por acabar, en un giro irónico de la vida, con sus escasas esperanzas. Así, una noche, mientras realiza su recorrido por el pueblo, Ricardo es poseído por una especie de espectro maligno que lo ataca en una de las calles oscuras del pueblo. A la mañana siguiente, Ricardo se encuentra en su hogar, se levanta temprano, y reparte las cartas como de costumbre. Él no parece recordar nada de lo sucedido la noche anterior, ni de su decisión de liberarse de las miradas del pueblo. Pero en cuanto la noche se acerca, Ricardo comienza a transformarse en una suerte de hombre-fantasma, dando surgimiento a su propio doppelgänger. Desde la primera noche, este espíritu maléfico manifiesta una inusitada obsesión por matar. No creas, sin embargo, que su deseo es sólo el simple hecho de asesinar. Al contrario, conforme la trama va avanzando, es fácil saber que el doppelgänger desea asesinar sólo a ciertas personas del pueblo. No es un simple instinto, es un deseo premeditado. Podría decirse incluso que la forma misma de asesinar parece contener ciertos matices artísticos. Verás, pese a que el doppelgänger utiliza toda clase de artilugios para acometer sus crímenes, una vez que las víctimas han perecido, este Ricardo maléfico coloca siempre una hoja blanca en los labios de la persona, y luego los besa, dejando la delgada capa blanca entre su boca y la de la víctima. Es un ósculo de la muerte a la ausencia de vida. Después, el demonio dobla la hoja con mucho cuidado y la guarda. Este ritual, que me pareció muy extraño al principio, lo repite en cada uno de sus ataques. Pero, como todo ritual humano, este proceso también esconde una frustración profunda de quien lo efectúa.
Mediante un breve monólogo del doppelgänger, el autor nos desvela que la razón de los asesinatos era poder extraer de las víctimas todas las ideas y sentimientos que pensaban escribir en una carta. Era, por tanto, como si el espectro maligno pudiera sacar a la luz los deseos más profundos y oscuros de la persona a la que poseyera. En este caso, yo creo, Ricardo había guardado durante mucho tiempo esos deseos de asesinar y robar ideas por dos razones. La primera era que él, harto de ser un simple intermediario entre los orígenes y destinos de cartas, deseaba tomar un nuevo rol en ese vaivén de letras. Él, por otra parte, también lo hacía porque, en sus años de oficio, había aprendido que las personas suelen escribir sus cartas procurando utilizar palabras y frases distantes, procurando expresar la cantidad más adecuada de sentimientos. Es decir, para él, las personas sólo saben escribir cartas austeras y cobardes, faltas, irónicamente, de humanidad. Al extraer las cartas del alma de las personas, el cartero buscaba extraer las cartas en su estado puro, con sus contradicciones e imprecisiones. Él pretendía salvar a las cartas de nosotros, los escritores epistolares. Y por eso realizaba el ritual con la hoja y el beso, para capturar esas cartas aún no escritas.
Creerás que me equivoco, pero considero que los deseos del cartero eran bastante comprensibles, porque lo único que él realmente deseaba era escribir cartas, y escribirlas bien. Por supuesto que su método para obtener dicho objetivo era quizás algo excesivo. Sin embargo, creo que el autor de la obra pretendía resaltar precisamente eso; de que, tal vez, para rescatar la humanidad de las cartas, era preciso sacrificar la humanidad de los autores. Como si el escribir sinceramente fuera una labor que le va socavando la vida al propio escritor. No sé si lo recuerdas, pero alguna vez, en una de nuestras cenas, dijiste algo parecido. Recuerdo que decías sentir que, en cada nuevo cuento o poema que escribías, algo de ti se despedía, algo vivo renunciaba a ti y tomaba su propio camino hacia la muerte. Eran pedazos de ti queriendo vivir una muerte distinta a la que tú, algún día, vivirás. Una muerte que tal vez para ellos nunca llegará. ¡No sabes cuánto te recordé!
Aunque la trama de la obra me gustó bastante, el final me dejó un poco confundida. Si recuerdas bien, el cartero asesinaba para extraer las cartas de la mente de sus víctimas. Pero luego, él las transcribía con su puño y letra, y las enviaba, como si de la víctima se tratara. Sin embargo, aunque el doppelgänger podía imitar la escritura de sus víctimas, también recordarás que su mayor deseo era poder tomar un nuevo rol en las relaciones epistolares que la gente tenía. Él deseaba formar parte de esa conversación que por años lo había ignorado. Él, como cualquiera de nosotros, anheló escribir y recibir cartas. Ser a veces el remitente y otras veces el destinatario. Aunque, en este caso, ese deseo era un poco distinto, porque Ricardo deseaba en realidad poder ser ambos a la vez. Y sería este deseo, el de querer ser reconocido, el que lo terminaría traicionando y exponiéndolo a los ojos de la justicia.
Así, al acercarse el desenlace de la historia, la gente del pueblo donde vive el cartero comienza a investigar los múltiples asesinatos y desapariciones. Aunque las pistas del acertijo son pocas, uno de los investigadores más jóvenes descubre una pista aparentemente insignificante en las cartas que han sido enviadas por el doppelgänger, pero la cual termina por inculpar al cartero. Supongo que ya te habrás dado cuenta de cuál fue su tropiezo delator. A mí me pareció muy curioso de cómo un detalle tan pequeño en una carta podía significar tanto. Y, sobre todo, también me recordó a ti, y cómo solías releer cada carta mía buscando esas pequeñas intenciones entrelíneas, esas pequeñas flores que no son obvias para quien no es el destinatario planeado. Ricardo, como tantos otros, no supo que una carta es un cuento íntimo con fecha de caducidad. Un cuento con personajes que se escriben entre sí, pero no a sí mismos.
Lo de la obra de teatro te lo cuento para que sonrías un poco, y también para que vieras que no te mentí cuando te dije que nuestra situación se asemeja un poco a la del cartero. Somos dos extraños que han comenzado a escribir cartas por el mero hábito del desahogo, pero siempre cuidando nuestras palabras e intenciones. Y siento que, así como el cartero, el muchacho de la oficina postal es el espectro que nos ha comenzado a cazar. Más a mí que a ti. Y me entristece mucho no saber cómo responderte. Porque, aunque lo dudes, deseo seguir siendo la ventana por la que tu mirada abandona tus ojos y escapa del encierro. Me asusta que nunca, desde que nos amamos, me enfrenté a tanto silencio entre nosotros. Por eso he decidido que no saldré de casa hasta encontrar esa carta que se me ha perdido. No te preocupes por Luisita, a ella la mandé con mamá. Así de grande es mi empeño por salvarnos de este cuento que no quiere apartarse de mi muerte, y viajar hacia ti. Y, quién sabe, tal vez también colabora un poco el miedo por evitar ser atacada de noche por un cartero de obra de teatro. Vamos, ríete mi niño, ríete solito. Algún día dejaremos de jugar a las escondidas.
Tuya, con amor,
Nicanor




Mabel
Muy buen Cuento. Un abrazo Humberto y mi voto desde Andalucía
VIMON
Excelente relato epistolar que cruza las fronteras de la metaliteratura. Mi más sincera felicitación con el muy merecido voto diez de Portada.