El aerolito

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Era un día sorprendentemente soleado. Aquel brillo y resplandor que se detectaba allí donde quiera que uno posara la mirada era realmente sorprendente. No se había visto nunca tamaño fenómeno y pensé, o mejor dicho, tuve la impresión de que algo estaba por suceder, si es que no había sucedido ya. ¿Qué podría significar? ¿Lo percibían los demás de la misma forma que lo percibía yo? Por sus caras, por sus expresiones podría creerse que sí. Todos llevaban reflejado en la mirada la extrañeza, la expectación. ¿Por qué provocaba tanta inquietud un día sorprendentemente soleado? ¿Era inquietud lo que sentíamos o era, simplemente, temor a lo desconocido? ¿Acaso no es lo mismo?

Andaba por la calle, observándolo todo con verdadera aprensión, víctima de tales cavilaciones. Era extraño. El calor no era intenso, ni insoportable. Al contrario, era más bien agradable y de pronto ocurrió aquello. Era increíble y al mismo tiempo siempre había estado en la mente de todos. Lo vimos descender lentamente rodeado de un resplandor, a modo de un sol caído. ¿Por qué se me ha ocurrido tal expresión? ¿Acaso he visto un sol caído alguna vez? Aún así lo he imaginado muchas veces y lo que estaba observando coincidía punto por punto con el fruto de mis fantasías. ¿Coincidiría con las fantasías de los demás?
Y aquello acabó perdiéndose de vista. ¿Dónde caería? Corrimos todos hacia el lugar donde parecía que tenía que precipitarse, sin pensar que aquel lugar podría hallarse a muchos kilómetros de distancia. Pero también podía estar a pocos metros, unas calles más allá, pasado el puente, o tras la montaña que rodea la ciudad a modo de muralla impenetrable. Corrimos todos inútilmente. Nada encontramos. Sin embargo, el clima de inquietud, de extrañeza y de expectación, seguía latente en el ambiente y la gente se fue retirando hacia sus casas, ansiosa por ver el noticiario. Supongo que las calles quedaron inusualmente desiertas a tal hora del día pero, yo tampoco me quedé para comprobarlo. Encendí el televisor y esperé anhelante a que se hiciera alguna alusión a lo acontecido pocos minutos antes. Sin embargo, las noticias aún no habían empezado. Cuando por fin sonó la sintonía del Avance Informativo, pude satisfacer, en parte,  mi curiosidad e inquietud al escuchar que, un enorme meteorito, se había precipitado sobre una montaña de la que ya no quedaba nada. Por suerte no había que lamentar pérdidas de vidas humanas. Sin embargo, los primeros expertos que se habían acercado a la zona para examinar el fenómeno habían tenido que retirarse con precipitación, dada la extraña atmósfera que se respiraba en su proximidad. Esto había provocado gran alarma y ya se estaban realizando los primeros análisis para conocer la composición de los efluvios que exudaba la extraña piedra meteórica que había invadido nuestra atmósfera. Por el momento parecían no extenderse más allá del extrarradio de lo que fuera una conocida montaña muy transitada en días festivos por ciclistas, jinetes y excursionistas. Llegado a este punto, el noticiario desvió la atención de los espectadores hacia otros temas y apagué el televisor, dispuesto a reflexionar sobre lo que había visto y escuchado. Aquel sol caído ¿Era un meteorito? Hasta entonces no se me había pasado por la cabeza tal explicación. ¿Por qué había imaginado otra cosa? ¿Qué habían creído ver los otros? Yo pensé más bien en una enorme nave espacial, o en algo vivo que tenía unos inmensos ojos que me observaban, a mí. ¿Y a los demás?
No podía quedarme allí quieto, sin hacer nada. Tenía que volver a la oficina y, sin embargo, no podía resignarme a seguir la rutina de siempre. Algo me impelía  a tratar de averiguar lo que fuera por mí mismo. No obstante, las obligaciones pudieron conmigo y me guiaron de vuelta al trabajo. Desde allí, mi mente viajó hacia el aerolito, ansioso por ver con mis propios ojos el inusitado fenómeno.

La noche se cernía sobre la ciudad cuando dirigí mi vehículo hacia las afueras de la urbe. Me encontraba prácticamente solo en la carretera, puesto que siempre rehuyo las autopistas, nudos que enturbian la vista y todo sentido de la orientación. Nada hay más seguro que un solo camino de ida y vuelta. Los cruces y las revueltas son barreras que hay que evitar en la vida. Mi abuela siempre lo decía. No permitas que nada se interponga en tu camino, nada que no desees que se interponga para ayudarte a avanzar de forma más segura.
Y así avanzaba yo aquella noche, lento pero seguro, por una carretera plagada de curvas que, de forma sucesiva, subían y bajaban.  Una vez dejé atrás la sierra, que con sus suaves lomas amurallaba la ciudad, me encontré devorando kilómetros en campo llano, directo hacia la desaparecida montaña horadada por la piedra meteórica que yo, sin profesionalidad alguna acerca del tema, me proponía investigar. Y allí estaban los especialistas, a los que no quise acercarme por si acaso me descubrían y me obligaban a marcharme con el auxilio de alguna autoridad.
Por la radio había escuchado las últimas noticias. Los extraños efluvios habían desaparecido por completo y el aerolito iba perdiendo rápidamente las elevadas temperaturas que había alcanzado en el transcurso de su viaje, al entrar en la atmósfera terrestre y estrellarse.
Cuando descendí del coche, después de dejarlo bien a resguardo de toda mirada indiscreta, pude comprobar que, realmente, aquella piedra meteórica desprendía mucho calor, pero no el suficiente como para mantener apartado a ningún ser viviente. Al contrario. No tardé en darme cuenta de la presencia de dos perros y una lechuza que, atraídos por la acogedora temperatura, se iban aproximando más y más, sin ningún miedo, al aerolito. Yo seguí sus pasos. Descendimos por entre las rocas y la tierra revuelta, blanda, que circundaba a aquella piedra procedente del espacio exterior.
No sólo era calor, un acogedor calor, lo que emanaba de aquella piedra. ¡Despedía luz! Una luz más intensa cuanto más te acercabas a ella. Cuando pude tocar el meteoro con mis propias manos sentí una intensa sensación de placer y deseé más, mucho más. De pronto, se abrió el aerolito ante mis ojos como si de una fruta madura se tratara y sin pensármelo dos veces me aventuré hacia su interior, con la cabeza llena de sensaciones placenteras y temores ante lo desconocido, temores aplacados, sin embargo, por un sentimiento de necesidad y seguridad en mi elección, dispuesto a afrontar todos los contratiempos que se presentaran, por terribles que parecieran. Seres agresivos, sangre, muerte… Podría encontrarme con todo eso y más. Quizá perdiera mi vida allí. ¿Me importaba? ¿Qué había sido de mi vida hasta entonces? Ni lo sabía y ahora necesitaba saberlo, necesitaba más e intuía que en el interior de aquella roca llegada del espacio encontraría muchas respuestas y no precisamente el tipo de respuestas que esperaban encontrar los científicos que, a pocos metros del lugar, trabajaban con modernos y potentes equipos de investigación. Todo lo que me rodeaba se me antojaba extraño y al mismo tiempo muy familiar. Me encontraba avanzando por una especie de pasillo estrecho cuando algo salió a mi encuentro. ¿Un ser? ¿Una criatura viva? Ni aún ahora puedo precisar qué era. Era algo y hubo otros algo. Algo que exigía, que me dificultaba y al mismo tiempo me allanaba el camino.

Por fin llegué al centro, a lo más hondo ¿De qué? Tan sublime, tan magnífico era lo que me rodeaba que perdí la noción de todo para llegar a saberlo todo, todo lo que quería o necesitaba saber. Por dónde salí, ya ni me acuerdo. Ni siquiera recuerdo como llegué a casa. Me encontré sentado delante del televisor, mirando las noticias una vez más. Un meteorito había caído en el fondo del mar y un equipo de submarinistas se disponía a sumergirse en las oscuras aguas marinas para llevar a cabo todas las investigaciones que fueran necesarias.

(Narración extraída de Mil y un interiores)
Autor: Maite Mateos

https://maitemateos.wordpress.com/

Comentarios

  1. Mabel

    16 marzo, 2018

    ¡Excelente! Un abrazo Maite y mi voto desde Andalucía

  2. angrey

    16 marzo, 2018

    Fantástico Maite , muy entretenido. Me gusta

  3. GermánLage

    16 marzo, 2018

    Entretenido, sí; bien narrado también; pero sorprendente. Ese final no me lo esperaba, Maite; pero, claro, eso es la literatura: imaginación creativa. Excelente.
    Un cordial saludo.

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