El transporte bloqueado

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Aquel sueño es la experiencia más hermosa que Ana tiene por primera vez en muchos años. Ella y Naiara, quién fue su amante y compañera de lucha antes de ser torturada y asesinada, van arriba de un bote que flota a la deriva. El mar (o río, tal vez) es apacible y refleja el cielo nocturno con sus incontables estrellas. Las chicas se abrazan. El bote va a llegar en algún momento al límite, un acantilado al infinito; Ana lo sabe porque es su sueño y pide perdón por eso. Naiara le dice que sospecha que es el fin del mundo pero que no es culpa de ninguna de las dos. Se abrazan…

—Si lo del fin del mundo es cierto… — dice Ana — voy a seguir abrazándote y vamos a crear un universo nuevo para las dos.

La autora del sueño se siente feliz, hasta sonríe.

Ana venía siendo despertada cada diez o cinco minutos a causa del hambre o los golpes que los guardias daban a los asientos con sus cachiporras, al parecer encuentran divertido hacer eso. Pero esta vez el bello sueño es interrumpido por el repentino y brusco freno del colectivo. Los prisioneros no pueden evitar golpear sus cabezas con los asientos de adelante, ya que sus manos están engrilletadas o atadas a una argolla de metal clavada al suelo frente a cada uno de ellos.

Algo bloquea el transporte y los dos guardias que vigilan a los pasajeros deben salir para lidiar con el problema junto con el conductor y su acompañante.

Podría creerse que los prisioneros aprovecharán la situación para intentar escapar, pero ninguno tiene energía para siquiera pensarlo. El viaje comenzó hace cinco días, nadie comió nada desde entonces y la mayoría ni siquiera desde antes. Fueron dos los muertos por inanición y enfermedades (intoxicación, seguramente), uno muerto a causa de las golpizas de los guardias y otro fusilado. A los cadáveres los dejan tirados en el camino.

El destino de los prisioneros es todavía peor que el tortuoso viaje y ellos lo saben muy bien: van a ser conducidos a realizar trabajos forzados por el resto de sus días. Seguramente en las plantaciones. Y como si eso fuera poco, los propios guardias divulgaron el rumor de que La Corrección en persona, el infame Aldo Fuentes, está dirigiendo el Campo de la gran Selva (por la magnitud del follaje que se alcanza a ver por las ventanillas, casi con seguridad que allí se dirigen). Aldo, la Corrección, había creado y liderado en su momento un comando militar que también se conocía comúnmente como “La Corrección”, pero que oficialmente se nombró Brigada 2030*. Al parecer ahora Aldo disfruta de su ocaso martirizando, muy probablemente, a los pobres prisioneros del campo; ¿qué otra cosa podría hacer La Corrección?, nada sabe de la cosecha del café, el azúcar y otras hierbas, solo matar… matar y torturar.

  • Se utilizó el número 2030 para denominar a la brigada, ya que aquel es el año en que se “oficializa por decreto la caza y aniquilamiento de grupos rebeldes y subversivos, individuos “tercos”, indeseables y parias en pos de construir el Nuevo orden Mundial”

 

 

Los dos guardias se colocan sus máscaras para filtrar el aire y se disponen a bajar del transporte advirtiendo previamente que dispararán, en el mejor de los casos, a cualquiera que piense siquiera en hacer algo estúpido.

— Sin excepciones — dice el más gordo mirando a una madre que viaja junto a su hijo de 11 años.

La percepción del tiempo para Ana ya se hizo súper distorsionada. Ignora hace cuanto que los guardias han bajado, parece haber pasado mucho. Tanto ella como el resto de los prisioneros no emiten sonido alguno. Por lo que el espacio sonoro solo se conforma de los casi inentendibles gritos de los guardias que afuera intentan deshacerse de lo que sea que bloquea el camino, alaridos de aves salvajes y rugidos de váyase a saber que otras bestias. Se oye a un guardia gritar algo como:

— ¡Hay muchos de estos por todo el camino!

Las dormitaciones esporádicas de Ana cesaron. Metida de lleno en la realidad comienza a pensar en varias cosas: el miedo, el hambre, su familia, Naiara…

— No vale la pena pensar en ellos — se dice —es irrelevante, están muertos.

Ana piensa también en cómo será la muerte. No en que hay después de ella, ya que lo sabe muy bien: nada, sino en que tan dolorosa y lenta será.

¿Perdió realmente la esperanza?, no lo sabe. Depende de en qué depositarla. Si llega viva al campo quizás pueda organizarse, si tira varios años podría escapar, pelear de nuevo.

— ¿Pelear con quién?, ya no queda nada ni nadie por quien pelear — Se dice a ella misma otra vez — Tal vez escapar, decir nuevamente la palabra “izquierda” en voz alta y darme el lujo de suicidarme llegado el caso.

Repentinamente Ana se acuerda de un detalle que oculta a los guardias desde que subió al colectivo. Desde que salieron su temor es que lo descubran y la liquiden o muelan a golpes. Ella es de las prisioneras que ataron con soga al quedarse sin grilletes. Por supuesto que la cuerda está muy bien ajustada a sus manos pero los guardias no ataron el extremo a la argolla en el suelo. Ana puede levantarse y caminar. No, no quiere pensar en eso, si la descubren le espera algo peor que la muerte. Los guardias están delante del colectivo porque ahí debe estar el obstáculo del que se quieren deshacer. Han dejado el portón trasero abierto al salir. Ana mira al prisionero que va a su lado: un muchacho de unos 16 años. El joven observa la soga suelta de Ana.

— Tengo sed — dice temblando.

En un acto de impulso Ana libera las manos del joven. Ahora los dos se ven comprometidos. Cuando los guardias los vean desatados van a proceder y Ana va a ser responsable por lo que le pase al tembloroso prisionero. No hay opción, a la de tres van a correr. Acostumbrados a la densa oscuridad del interior del transporte, son brevemente enceguecidos por el sol al salir. Por el momento siguen vivos.

Ambos sienten la curiosidad de detenerse a ver qué es lo que bloquea el transporte pero hacerlo implicaría ser vistos y padecer todo lo que vendría después. Corren lo más rápido que pueden dejando atrás aquel infernal colectivo que poco conserva de lo amarillo que alguna vez fue. La ruta se pierde al horizonte. A ambos lados hay plantas que se extienden a una altura extraordinaria: gigantescas orquídeas y árboles de castañas. Ana dobla rápidamente hacia la derecha y el pibe la sigue.

Ya en la selva, alejados del camino el muchacho pregunta que van a hacer a continuación. Ana no sabe que responder. Están perdidos, muertos de hambre y sed.

Finalmente, luego de caminar cuarenta minutos o más, dan con lo que parece haber sido alguna vez un camino trazado por personas. Ambos consideran sensato seguirlo. Más adelante dan con una oxidada caja de herramientas tirada en el suelo. Ana dice:

— Ayudame con esto pibe — y muestra sus manos atadas.

El muchacho toma unas pinzas y lograr cortar la soga. Siguen caminando cada vez más exhaustos.

Evitan hablar entre ellos. No quieren tocar aquellos tópicos clásicos: ¿De dónde sos?, ¿cómo seguís vivo?, ¿te queda algún pariente?, ¿cuantos se te murieron?, ¿mataste a alguien?, ¿fuiste de tal escuadrón o de tal otra célula?, ¿desertor?, ¿rebelde?, etc.

Ana sabe que al hablar puede encontrar en el chico alguna afinidad ideológica o saber sobre su vida. Y ya sabe bien que formar un vínculo con alguien es verse posteriormente afectada por la inevitable muerte de ese alguien: sea por los gases tóxicos, los soldados, la corrección, el hambre. Ana está cansada de eso.

Van cerca de las dos horas de caminata. Falta poco para que se desmayen. Tanto es su agotamiento que ignoran los ruidos extraños que se escuchan en la selva.

Él cae al suelo:

— Hasta acá.

— Dale, levántate.

— Seguí vos.

Ana se acerca.

— ¿Cómo te llamas? — Le pregunta al púber.

— Benjamín.

— Benjamín, levantate Benjamín.

Benjamín intenta decir algo mientras se empieza a sacar la remera pero Ana lo interrumpe.

— ¿Escuchas no?, — Benjamín hace el esfuerzo y se percata del sonido: es agua. Ana le da la mano para ayudarlo a levantarse y corren hacia donde proviene el sonido.

Efectivamente, llegan a un arroyo en un calvero. Cuando Ana y Benjamín lo ven, lo primero que hacen es comenzar a beber desesperadamente.

Tanto el agua como los alimentos que no son de conserva han sido tóxicos más desde antes de que la guerra empiece. De igual manera, el respirar sin máscara durante todo el día, significa estar expuesto a las toxinas que invaden la atmósfera. Todos aquellos que han vivido en la clandestinidad estuvieron expuestos a alimentos tóxicos y radiación. Aunque no fueran asesinados, no vivirían más de cincuenta años.

Con la sed saciada se disponen, ahora sí, a explorar brevemente el lugar. Por primera vez lograr pasar la noche vivos les parece un hecho factible.

Detrás de unos arbustos se percibe cierto movimiento. Ana ve desde lejos que salen cinco gallos negros, de un metro de altura cada uno. Aquella imagen resulta para Ana impresionante. Le recuerda a las historias contadas sobre aquel guerrillero importante, justamente apodado “el gallo negro”, que luchó contra el Nuevo Orden Mundial y a una canción sobre él, que Naiara tocaba con su ukulele.

A pesar de su fascinación, Ana logra matar a uno de los gallos con un destornillador que anteriormente encontró en la caja de herramientas. Al fin van a comer algo.

Ya ha caído la noche y han encendido un fuego. Terminan de cenar y la breve conversación previa continúa.

Ana no quería que pasara pero conoció muchas cosas de Benjamín. El chico obviamente había nacido en la clandestinidad. Su familia era de la cuadrilla de subversivos que había combatido en la Selva Grande*. Todos habían sido masacrados excepto él y su madre. Ambos vivieron con documentos falsos en distintas ciudades y aldeas pero cuando la seguridad internacional renovó la intervención en los países pertenecientes al Nuevo Orden Mundial, las fuerzas de investigación se incrementaron y no fue difícil para La Corrección encontrarlos. La madre se resistió demasiado y le volaron la cabeza y el joven fue enviado en uno de los transportes.

— Dejame preguntarte algo — Dijo Ana. — ¿Que me ibas a mostrar antes?

Benjamín se quita la remera y le muestra su espalda. Además de tener varias cicatrices hay un tatuaje inmenso. Ana pregunta que es pero Benjamín no lo sabe con seguridad.

— Según mamá es un mapa. Me lo tatuó a mis cinco años pero no me dio más información. Supongo que será el camino a alguna base o algo. Pero ¿cómo mierda pensó que iba a poder verlo si lo tengo en la espalda?

Ana sabe que esa situación la hubiese hecho reír años atrás, cuando creía que no estaba todo perdido. Ahora ni siquiera esboza algo parecido a una sonrisa.

Ya no hablan desde hace un rato. Y los ruidos que emiten las aves nocturnas y demás fieras adquieren mayor presencia. Es tal el agotamiento que ambos ignoran dichos sonidos y se duermen.

 

 

  • En aquel momento no se llamaba Selva grande. El nombre le fue dado más adelante debido a la desmesurada crecida de su follaje y a las extrañas mutaciones que fueron presentando los animales en poco tiempo.

Después de dormir más de doce horas. Ana despierta a Benjamín y le empieza a gritar.

— ¡Ya sé que es el tatuaje, déjame verlo! —Sus sueños en la noche no fueron hermosos pero parecen haber sido epifánicos.

Benjamín se levanta bruscamente y le enseña su tatuaje.

— A partir de ahora caminas sin remera. Es un mapa de las pichiceras. — Señala un punto del mapa. — Y éste tiene que ser el calvero, el arroyo es este dibujo y esto es un gallo negro, estamos parados acá.

El joven conoce poco de las pichiceras*. Su madre le habló de ellas pero no mucho. Seguramente mucha de la información no se le otorgó para no tener nada que decir a los soldados de La Corrección si lo capturaban. Así que Ana le cuenta rápidamente antes de emprender camino.

Las pichiceras era el nombre que se le había dado a las bases militares subterráneas, devenidas posteriormente en refugios, que crearon los subversivos. En su momento contaban con alimentos, equipamiento, armas, provisiones, máscaras y demás. Las estaciones están interconectadas bajo tierra por túneles. Con seguridad las cosas habían sido saqueadas por los soldados enemigos cuando mataron a la mayoría de los que ahí se refugiaban. Pero ir hacia allí es lo más prudente que Ana y Benjamín pueden hacer, aunque sea van a encontrar un techo y un escondite, con suerte.

 

Para sorpresa de ambos, Ana y Benjamín dan con la entrada de una pichicera luego de caminar aproximadamente cinco kilómetros. En efecto, Ana tenía razón.

Lo que encuentran es un levantamiento en la tierra, como una pequeña montaña, en donde hay un gran portón de hierro abierto y quemado.

En un árbol por ahí cerca cuelgan dos esqueletos. Uno de ellos solo tiene un pantalón. El otro una camisa abierta, pantalones camuflados militares y un machete de enormes dimensiones atravesado en el cráneo. Cada esqueleto tiene atado el extremo de una tabla de madera con un grabado que dice:

Costó pero fuimos corregidos… “pichicera 6” evacuada.

Ana trepa al árbol con bastante agilidad y logra agarrar el machete, lo arroja al suelo y revisa los bolsillos del esqueleto. Adentro encuentra un encendedor de bencina y medio habano. Ana arranca la camisa del esqueleto y desciende del árbol. Con la camisa, el encendedor y un palo fabrica una antorcha y con la misma prende el habano. Ahora pueden adentrarse en la pichicera.

 

  • El nombre pichicera es creado por los subversivos en honor a una antigua novela argentina. En ella le llaman así a un refugio de desertores en Malvinas.

 

Descienden por un túnel fétido de unos doscientos metros de longitud. Y dan finalmente con la estructura. Con la poca luz pueden ver que parece ser sólida. En efecto la base fue desmantelada y nada queda de las instalaciones que había. Explorando el lugar encuentran algunas botellas vacías y una caja con una docena de latas de porotos.

Si ese es el refugio número seis entonces por lógica tienen que haber cinco más. Según el mapa en la espalda de Benjamín son nueve pichiceras en total. Pero no pretenden realizar un tour. Tienen algo de comida y pueden salir a llenar las botellas en el arroyo que está a cinco kilómetros. Eso tiene que alcanzar por el momento.

 

Pasaron casi dos semanas. El lugar se ve más habitable ahora. Entre los dos acomodaron y limpiaron el dormitorio con sus ocho camas cuchetas.

Desde hace varios días que el propósito de Ana es prolongar lo más que pueda la vida de Benjamín y cree que hasta ahora lo viene haciendo bien. Por las noches le canta canciones; tiene una hermosa voz. Le cuenta sobre el mundo antes de la guerra, ya que aunque tenía cinco años, algo recuerda de esos tiempos. Hasta le enseñó a matar a los gallos negros con el machete.

Podría decirse que la relación entre Ana y Benjamín es de una hermana mayor y un hermanito. Ella le lleva once años.

Aquel día Ana da con varios soldados en el calvero. No la logran ver y corre a toda prisa hasta el refugio.

— Hay que irnos, hay soldados en el calvero.

Cargan botellas con agua y las dos latas de porotos que les quedan en una vieja mochila que han encontrado en el refugio y se mandan por otro túnel. Al parecer este lleva a la pichicera 5.

Con sus respectivas antorchas, Ana y Benjamín recorren ya varios kilómetros de lo que parece ser un camino por un túnel hipnótico e interminable. En el trayecto cruzaron algunos esqueletos. Uno de ellos tenía una mochila con un revolver 38 con seis balas y un fusil AK-47 colgado. Lógicamente se hicieron del armamento y continuaron la marcha. Además de eso se cruzan esporádicamente con cucarachas del tamaño de nutrias. Pero al parecer son inofensivas.

Ninguno habla. Benjamín se había acostumbrado a la idea de sobrevivir varios días más, por lo que ahora está muy asustado. Ana piensa en muchas cosas, siente una angustia terrible; su proyecto de mantener al pibe con vida no puede salir bien.

Llegan a otra puerta de hierro entreabierta. Con mucho esfuerzo la logran abrir.

A estas alturas hay que decir que el rumor de que Aldo Fuentes, La tan temida Corrección, está trabajando en el Campo de la Gran Selva es real. Lejos de los combates, lejos de los interrogatorios, lejos de todas esas emociones, Aldo se aburre y hace cosas como enviar a todos los soldados que tiene a disposición para realizar un perímetro en toda la zona buscando a dos prisioneros que escaparon, gastando tiempo y recursos cuando el sentido común diría que van a ser comidos por animales o muertos de sed o hambre. Por este motivo los soldados de La Corrección reavivaron el recuerdo de las antiguas pichiceras: es lógico pensar que unos fugitivos se van a ocultar ahí. De todo esto, Ana y Benjamín no saben nada y consideran que la actividad de soldados por esa zona se relaciona con otros operativos y no con la captura de ellos dos.

Con mucho esfuerzo, Ana y Benjamín, abren la puerta. No pueden ver mucho de cómo es ese refugio ya que cuatro soldados los esperan. Inmediatamente empiezan a correr y cierran el portón de un golpe seco quedando nuevamente en el túnel. Ana se prepara para abrir fuego con su fusil en cuanto los soldados abran la puerta. Ana y benjamín escuchan un rugido ensordecedor seguido de disparos y alaridos humanos. A continuación unos paso veloces pero pesados se van alejando.

Cuando Ana y Benjamín entran nuevamente al refugio ven que lo que sea que se acaba de ir destripó, comió y descabezo a los cuatro guardias. Antes de sacar cualquier otra reflexión, Ana piensa en que tienen nuevas armas, y municiones. Lo lógico sería que se vistan con la ropa de los soldados, pero no lo hacen.

Investigan brevemente el lugar y se encuentran más problemas. Son tres las salidas a túneles que hay: una es por donde llegaron, otra sale a la superficie y la última, que va hacia la pichicera 4, está bloqueada por rocas y tierra: impenetrable.

— Tenemos dos opciones —dice Ana. —Volvemos por donde vinimos donde con seguridad hay soldados y cagamos a tiros a todos los que podamos o vamos arriba y que sea lo que Dios quiera.

Eligen la segunda opción. El túnel es más empinado que los otros. Los casi hermanos caminan con sus nuevos fusiles de asalto dispuestos a aceptar su destino. En realidad, benjamín va con miedo y no hay forma de que sepa cómo disparar llegado el caso, nunca aprendió como hacerlo.

Cuando se construyó el campo de trabajo en la Selva Grande y los caminos que conducen a él, la actividad subversiva en la zona ya había terminado y las pichiceras habían sido vaciadas. Sea por chiste irónico o por una simple casualidad, la salida de una de las pichiceras, específicamente del refugio cinco, quedó dando justo con la ruta a pocos metros de la entrada al campo de trabajo.

Ahí salen Benjamín y Ana para encontrarse con un escenario familiar. Esta vez lo ven. Se esconden detrás de una roca. No muy lejos, por el camino metido en el medio de todo aquel titánico follaje, un transporte de prisioneros está detenido, bloqueado. Más adelante el obstáculo y más adelante la entrada al campo. Esa entrada es más espeluznante de lo que uno se puede imaginar: solo por decir algo, hay picas con cabezas.

Mientras observa todo eso, Ana agradece haber tomado la decisión de escapar con Benjamín. Medita sobre lo mucho que lograron gambetear a la muerte. Quizás han burlado tanto al destino que son inmortales: ya no sabe ni lo que piensa, pero se ve esperanzada. No sabe bien porque pero así se siente.

— Simplemente es perdernos en la selva… buscar las otras pichiceras. Puede funcionar… Y sino matar a cuanto guardia o milico encontremos por ahí… Sacarme el gusto, reventarlos a balazos.

Más adelante siete prisioneros son obligados a arrastrar el obstáculo. Cuando el transporte ya puede circular se adentra al campo de trabajo hasta que se pierde de la vista de Ana y Benjamín.

Ahí al costado del camino queda la cabeza de rata, de unos cuatro metros de alto y siete de largo. Y por sobre la ruta, las huellas que van de un extremo al otro, salen de la selva y se pierden en la selva: huellas de sangre con la forma de la pata de un felino y casi la misma longitud que el transporte de prisioneros.

Ana está tranquila y eso le da tranquilidad a Benjamín. Bien sabe que tiene todas las de perder: los guardias, la Corrección, ratones gigantes y lo que sea que puede comerse a dichos ratones dejando solo la cabeza. Es consciente de todo eso pero ahora siente, por primera vez en mucho tiempo, que todavía tiene por qué vivir.

Esperan a que pasen varios minutos y se adentran nuevamente en la selva. Benjamín está preocupado porque no sabe en qué dirección fue el animal, pero no importa, ya lo averiguaran.

Ya están dentro de la selva y no parece haber peligro, la expresión de Ana es curiosa. ¡Mierda!, hasta sonríe.

Comentarios

  1. Mabel

    9 marzo, 2018

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

    • Imagen de perfil de Quin

      Quin

      9 marzo, 2018

      Muchas gracias. Que bueno que te guste. Es la primera vez que escribo este tipo de relatos así que espero poder ir puliéndome un poco.

  2. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    10 marzo, 2018

    Buen trabajo, Quin; buen trabajo. Me gustó el comienzo, me gustó la forma escalonada en que vas introduciendo al lector en el tema y en el ambiente de posguerra en el futuro y, sobre todo, me gustó la ponderación con que tratas un tema tan duro y tan complejo. Realmente me he visto atrapado por la narración y casi lamenté que se acabase tan pronto. Solo me queda, pues, felicitarte.
    Un cordial saludo de bienvenida a Falsaria.

    • Imagen de perfil de Quin

      Quin

      11 marzo, 2018

      Me alegra mucho que te haya gustado y agradezco que te tomes el tiempo de escribirlo. Escribir en prosa es algo que no había hecho antes por lo que no me animo a mostrar todavía a quienes conozco. Seguiré subiendo cuando tenga tiempo y espero poder avanzar y cuidar un poco mas los aspectos mas técnicos de la redacción para evitar los errores que tuve acá.
      Mil gracias por la felicitación. Saludos!!

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