Estigmatizados, temidos, perseguidos y no lo saben. Así tienen que vivir, lastimados por los comentarios dañinos, tendenciosos. Por quienes no los conocen de cerca, pero se atreven a señalarlos como un peligro público.
Ellos no tienen la culpa pues responden a unos genes propios, a una herencia centenaria que nació de su mezcla, pero son leales, fuertes, decididos, nobles. No se amilanan ni asustan porque se tienen confianza, son orgullosos y poderosos, por eso no se rinden fácilmente y resisten al dolor.
En algún momento fueron el orgullo de un país, un símbolo nacional, merecedores de postales patrióticas que los identificaban con el sentir de todos. En ellos se resumía la idiosincrasia de un pueblo que los había adoptado por respeto, simpatía y probada valentía.
Eran unos expertos en las tareas diarias que se les encomendaban, humildes, sencillos, incansables trabajadores en busca de cariño y cuidado. Excelentes compañeros de la infancia y parte integral de la familia. Eran perfectos, soñados.
De pronto, sus virtudes se fueron quedando en el olvido y dejaron de ser los preferidos. Sin saber cómo, empezaron a ser abrigados por la falta de escrúpulos de quienes debían guiarlos. Sus condiciones invitaban al deleite ilícito de verlos pelear en las arenas clandestinas, divirtiéndose con la audacia, las cualidades físicas y temerarias en cada ataque, olvidándose que no son pendencieros, para eso no nacieron.
Se ligaron con el mundo oscuro de las drogas, de las leyes del crimen y la maldad sin pedirlo porque de eso no saben. Aprendieron a cuidar caletas ilegales por su lealtad innata, es lo único que entienden; a defender criminales que no son otra cosa que la luz de sus ojos.
Con el paso de los lustros fueron señalados como villanos, perseguidos y prohibidos. Los convirtieron en los peores malhechores de las razas con el rótulo de malos y sangrientos. Luchando son temerarios, pero no lo hacen por vocación más si por educación de sus propietarios. Gente irresponsable que los ha transformado en herramientas de defensa cultivándoles la violencia, abusando inmisericordemente de ellos, agrediéndolos, torturándolos.
Ellos no son malos, no, no lo son. Son fuertes y vanidosos, confiados de su potencia, pero leales cuando se les trata con el respeto y el cariño que merecen. Así lo probaron a comienzos del siglo XX y ellos no han cambiado, sigue siendo la misma especie. Lo que ha cambiado es la memoria del hombre y la tendencia maleva de sus cuidadores y el ambiente donde quieren formarlos. Ellos no son malos, no, no lo son, los malos, como siempre, seguimos siendo los hombres, sus guías, y nuestra maldita tendencia a la destrucción. Elllos, por su parte, pertenecen a una raza bautizada como Pit Bull.




Luis
No sé, yo no me atrevería demasiado a llevarlos encima. Un saludo-.
Geniale
Luis, he criado tres. Los conozco de cerca, mis hijos sus mejores amigos. Adorables, juguetones, pero fuertes y terrioriales. Tan bravos como cualquier raza mayor, simplemente necesitan que les guíen por donde deben caminar. Por allí irán, siempre confiando en su alfa, en lo que le muestres. Gracias por compartir.
Lady Hawk
Gracias por hablar por ellos, de acuerdo con tu escrito, los malos no son ellos, mi voto.
Geniale
Gracias Lady, un abrazo en la distancia.
Mabel
Es según como cries al animal, lo mismo que las personas, no por eso van a ser todos iguales. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido
Geniale
Gracias Mable por tu tiempo y tu voto. Un ciber abrazo y olé.
Ilian
Qué agrado leer sobre temas distintos y poco apuntados en la literatura. Saludos y mi voto!
Geniale
Gracias IIian, un abrazo.