Ayer, saliendo del trabajo, me crucé con un gato gris. Inmediatamente me acordé de Fidel, la mascota que tuve desde que nací hasta mis quince años. Ahora rememoro los acontecimientos que acarrearon su muerte. No pasó nada extremadamente grave, pero algunas cosas me siguen haciendo ruido, aun siete años después.
*
Mi tío Laureano era un tipo despreciable. Cada cena a la que me veía obligado a asistir en su casa, tenía que soportar, con Tinelli de fondo, sus gratuitos comentarios racistas, xenófobos, fachistas y misóginos. Laureano reunía todas las características que están mal en una persona (abunda esa clase de gente en mi pueblo).
Por todas las razones mencionadas, la gente decente tendría que haber aborrecido a mi tío tanto como yo, pero me tocó vivir en Salguero. El viejo siempre fue querido en el pueblo. La gente contaba historias sobre él. Capataz de construcción hasta sus últimos días y además, como el setenta por ciento de la población local, propietario de varias hectáreas de campo. El hecho de ser admirado y respetado incrementaba mi bronca hacia él. Pero en verdad, el motivo principal de mi aversión era otro: yo ame siempre a los gatos y el viejo, en cambio, los mataba. Todos en Salguero habían oído de la vez que ahogó en un barril de agua a las cinco crías de la gata de su ex mujer. O cuando arrojo a otro pobre felino dentro de una mezcladora de cemento por estar, según sus palabras, insoportable. Historias como esas habían varias y a la mayoría de los enfermos de este pueblo no les parecían tan graves. Siempre hubo un odio irracional hacia los gatos acá.
*
Creo que en la historia de la humanidad existió gato más extraordinario que Fidel. Yo lo adoraba. Carecía completamente de hostilidad hacia cualquier animal o humano. Se dejaba mimar por todo el mundo. Me despertaba maullando a la mañana y me esperaba en la puerta cuando volvía del colegio.
Todos sabemos que los perros suelen seguir a sus dueños hacia cualquier lugar, esperar en la puerta de los negocios y hasta irte a buscar a donde sea que estés. Mi gatito gris Fidel hacía exactamente lo mismo. No había lugar al que yo fuera que no me siguiera. Lamentablemente ese hábito terminó con su vida.
*
Era verano y hacía un calor espantoso. Mi amigo Zacarías y yo tomábamos una coca cola y fumábamos sentados en un banco de la plaza. Fidel, como siempre, correteaba cerca de mí.
Zacarías era un chico raro. Reunía las típicas características que suelen dar categoría de cancherito y galancito a los pibes de esa edad: novia linda, jugaba al futbol, tenía moto, era gracioso, lindo y bastante estúpido. Pero yo siempre percibí en él un deje medio siniestro; frases raras dichas por lo bajo. Como que escondía algo de su personalidad y no se lo mostraba al resto.
Una de las cosas que más disfrutaba hacer Zacarías era meterse con la gente. Peleaba mucho pero lo que mejor se le daba era desafiar sus propios escrúpulos. Sobrepasar los límites de la compasión para con sus víctimas. Ver que tan abusivo podía ser y hasta que nivel carecer de empatía.
Por dar un ejemplo. Yo estrenaba, a mis doce años, una raqueta nueva de tenis. Zacarías me la pidió prestada y la usó para reventar de un golpe a un pichón de gorrión. El olor nunca se quitó del encordado.
Una noche, ya de más grande, encerró a un pibe borracho que se había orinado y vomitado encima en el arenero de la plaza. Posteriormente animó a unos chicos de 3 años menos a acosar durante una hora al pobre joven en pedo. Los pibes le tiraban arena, lo meaban, escupían y tiraban vino en su cabeza. Zacarías se reía y observaba mientras tomaba su cerveza.
Ese era Zacarías: un genio con sus maldades. Mi mejor amigo en esos tiempos. Otra joyita del pueblo.
Aquella tarde de verano que tomábamos una gaseosa y fumábamos. Me llego un mensaje de texto de mi mamá que decía que íbamos a cenar en lo de mi tío Laureano. Odié el mensaje.
Ya oscureciendo me despedí de Zacarías y fui directamente a lo de mi tío. Por supuesto, Fidel me siguió.
Llegué a la casa de Laureano y observé extrañado que tenía en la puerta un recipiente con leche, Fidel se puso a tomar inmediatamente. Toque el timbre varias veces y nadie atendió así que entré por la puerta del patio que siempre estaba abierta. Cuando llegue al comedor vi que mi tío y mis viejos ya estaban terminando de comer. Al parecer yo había llegado tarde. El programa de Tinelli estaba a todo volumen y por eso no me habían escuchado.
Mi tío me criticó por la hora y dijo que no me quedaba mucho para comer pero que mal no me iba a hacer ya que “desnutrido precisamente no estaba”, en clara alusión a mi sobrepeso.
Pasaron como veinte inaguantables minutos en los que mi tío hablaba ininterrumpidamente de estupideces que ya ni recuerdo y mi papá lo escuchaba fascinado. En un momento entra Fidel por el patio y mi tío salta enseguida.
— Me sacan ya mismo a ese gato de acá. Ya ayer tuvo que sacar a escobazos a dos que se me metieron. No sé qué tiene mi patio que se me llena de gatos
Me levanté a sacar a Fidel y aproveché para avisar que volvía a casa.
— Saludalo a tu tío que mañana se va. — dijo mi papá.
El viejo forro se iba por tres días a Rosario a ver a los hijos.
Saludé y me fui con Fidel.
*
Al otro día decidí salir a correr. No quería que me vieran así que fui por el camino de tierra hasta llegar al basural. Cuando llegué y vi que había un gato muerto me di cuenta de que Fidel no me había seguido, cosa que me extrañó.
Cuando volví a casa, mamá me dio la insoportable noticia de que mi gato se había muerto. Era algo que no esperaba en absoluto. Lloré y la abracé.
Lo sepultamos en el patio, a la sombra del limonero. Fui yo el que lo enterró y cuando terminé, dejé la pala clavada justo arriba de la recién terminada tumba.
*
El póker duró bastante. Éramos siete y de a poco se fueron yendo todos. Finalmente quedamos Zacarías y yo. Claro que yo seguía deprimido por la muerte de Fidel. Me hubiese querido ir antes pero Zacarías insistió en que no lo haga.
Habíamos tomado varias cervezas y Zacarías seguía trayendo. Sus padres no estaban en casa.
Se hicieron las cuatro de la mañana.
Cuando Zacarías se aburría culpaba al prójimo por eso. Me hacía sentir que era mi responsabilidad entretenerlo con algo.
— Contate algo boludo, estoy cagado de embole.
— Creo que me voy a casa che, me estoy quedando dormido. — Le respondí.
— Sos un puto… Dale quédate, contame que te anda pasando.
Aunque parezca estúpido yo me sentía de duelo por lo de Fidel. Así que le respondí. Necesitaba hablar del tema.
Hablamos un rato largo sobre mi gato y lo triste que era perder mascotas. Fue extraño pero Zacarías no se burló de mí por estar triste. Las cervezas y la charla continuaron por varios minutos más.
Yo estaba muy borracho pero tuve un momento de gran lucidez. Una epifanía, le dicen.
— Zaca, ¿lo ubicas a mi tío Laureano?
— Si, un capo el viejo. —Dijo mientras encendía un cigarrillo.
— Mató a mi gato.
Todo cobraba sentido para mí. A Fidel lo había envenado mi inmundo tío. La leche que dejó era para los gatos que se le metían en el patio, los quería matar a ellos. Él se dio cuenta de que Fidel había tomado de ahí pero no dijo nada. ¿Qué le importaba? A él le gustaba matar gatos.
Si lo hubiese tenido a Laureano en frente en ese momento lo hubiese matado. En vez de eso, con Zacarías que también estaba muy ebrio, craneamos durante una hora. A Zacarías no le importaba Fidel, pero estaba aburrido. Teníamos un plan para vengarme y nos pareció, en aquel momento, poético y original.
— Vamos… Te llevo hasta ahí y después voy a buscar. — Dijo Zacarías tambaleándose y con las llaves de la moto en su mano.
— ¿Vos decís de ir en serio?
— SI… no seas cagón.
— Y… ¿de dónde vas a sacar los cosos…?
— Voy hasta el basural… puto, dale vamos.
Zacarías me llevo en moto a mi casa y se fue andando a gran velocidad. Me tocaba hacer rápido mi parte del plan y encontrarme con él en la casa de mi tío.
*
Lo que pasó posteriormente esa noche lo fui reconstruyendo con lo poco que fui recordando en los siguientes días. Estaba muy pasado de alcohol.
Salí de casa con mi mochila y fui caminando a los tambaleos hasta llegar a lo de mi tío Laureano. Allí ya me esperaba Zacarías con sus dos bolsas arpilleras. Al ver el contenido vomité y Zacarías se rio de mí.
— Te dije que iba a encontrar.
— ¿De dónde sacaste tantos?
— Del basural.
— Pero yo ayer vi uno solo.
— Había un par ahí y el resto los encontré por el pueblo… ¿Entramos?
— No… no puedo manipular esto yo — le dije haciendo arcadas.
— ¿Ves que sos un maricón?… Decime como entro entonces.
Le dije que por el patio, que el viejo siempre dejaba abierto ahí. Luego le di mi mochila y le dije:
— Esté colgáselo justo en la puerta de entrada. Yo me quedo de campana.
Esperé en la vereda un rato largo, no recuerdo cuánto. Me fumé como 5 cigarrillos. La propia cerveza debía ser la responsable de que yo no tuviese el menor miedo de ser visto. Desde el interior de la casa se escuchaban ruidos.
Finalmente Zacarías salió corriendo y riéndose. Nos subimos a la moto y nos fuimos.
*
Me desperté a la mañana siguiente con una resaca terrible. Lo primero que hice fue ver mi celular. Había varios mensajes de Zacarías recordando la hazaña de la noche y diciendo que no le diga nada a nadie o me cagaba a palos.
Yo tenía terror de que alguien sepa lo que hicimos pero al mismo tiempo no podía esperar a que Laureano vuelva a su casa.
Le pregunté a mi mamá si cenaríamos esa noche en lo de Laureano como todos los domingos y me respondió que no, que iba a quedarse un par de días más en Rosario.
En ese momento sentí que a lo mejor había que aprovechar que Laureano no volvía por unos días y arreglar lo que habíamos hecho. Se lo plantee a Zacarías y me dijo que estaba loco, que nos iban a ver.
Yo pasé en bicicleta varias veces por lo de Laureano, pero el miedo que no tuve a ser visto aquella noche, esta vez, se apoderaba de mí en cada intento por entrar a esa casa. Además no quería presenciar aquel escenario demente que Zacarías había armado. Terminé optando por dejar que Laureano vea el regalo que le dejamos. El espanto iba a ser mayor cuanto más tiempo tarde en llegar, y más con el calor que hacía esos días. En definitiva se lo merecía. Mató a mi gato.
Al día siguiente escuché una conversación entre dos señoras en la panadería:
— ¿Viste lo de la casa de Laureano Arregui?
— EL que lo hizo tiene que ir preso.
— A mí me contó la Bichi que fue la que encontró todo. Casi se desmaya.
Al escuchar eso supe que la venganza no salió, por lo menos no del todo. La casa de mi tío iba a estar limpita para cuando volviera de Rosario. Yo, por otro lado, iba a sentir paranoia por mucho tiempo.
*
Ahora pasaron siete años y, como dije antes, hay varias cosas que me hacen ruido. En primer lugar, rememorando los hechos, lo que hice fue bastante enfermo soy consciente de que en mi vida hice cosas todavía más enfermas. Eso me preocupa un poco.
También me angustia bastante que siempre le hayan echado la culpa a Sonia, conocida como la macumbera del pueblo, por lo que pasó.
Lo peor de todo es que mi tío murió hace 3 años y nunca pagó por Fidel.
Pienso en Zacarías, que ya no es mi amigo. Podría decirse que tiene varias cosas en común con mi tío, y por eso estoy seguro de que lo que deduje posteriormente es verdad. Lo negó cientos de veces pero él mató tantos gatos como Laureano. Y por eso lo voy a detestar por el resto de mi vida. Porque ese pibe realmente no está bien, y si lo vieran ahora sabrían porque lo digo.
Por último, siento mucho lo que vivió la pobre Bichi, la vecina de mi tío. Él le había dejado una llave de su casa por las dudas. Fue ella quien después de sentir el mal olor entró. Fue ella la que recibió el castigo que estaba destinado a aquel infame Laureano Arregui. Fue ella la que se encontró con aquella dantesca escena: con los siete putrefactos gatos que Zacarías asesinó y colgó por toda la casa y con el profanado Fidel clavado a la puerta, como esperando.




Lolo
Me gustó bastante, aunque me costó enteder el final.
Quin
Es bastante sencillo de entender el final.
PBIEDMA
Me gustó, hay demasiados Zacarías que en un momento u otro de nuestra vida, se cruzan en nuestro camino, lo importante es apartarlos de nuestro lado lo antes posible .
Mabel
Las malas influencias hay que dejarlas a un lado. Un abrazo y mi voto desde Andalucía
GermánLage
Un poco macabro, pero, literariamente, excelente, Quin. Me gusta ese tono lento, como desenfadado, con el que avanza la narración.
Un cordial saludo.
Esruza
Buen relato.
Mi saludo y mi voto
Lady Hawk
Como amante de los gatos (tengo 6) no puedo siquiera imaginar tanta crueldad, me hubiese gustado mucho que el tío Laureano encontrara la escena. Muy buen relato, lleno de intriga y realismo, te dejo mi voto.
Beto_Brom
Muy bien desarrollado el relato; posee todos los ingredientes necesarios para mantener al lector atento a la lectura.
En lo personal, detesto la violencia, y más que más los actos sanguinarios contra los animales.
Sea como sea, admiro tu maestría con la pluma, va mi voto.
Shalom