Memorias de un extraño

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Hasta llegar aquí, la mía había sido siempre una vida errante. Un continuo viaje en el que partía a cada nueva aventura con la misma ilusión de la primera vez. En mis singladuras, he conocido países remotos, lugares increíbles, las peores guerras y los amores más intensos. Personajes siniestros y amigos entrañables. He gozado de veladas de amor intenso, de suspiros profundos y de hastíos eternos.He pasado de las noches de abandono, que me envolvían en la oscuridad del sueño, a otras de  desvelo, en las que avanzaba con paso presto. He vivido largas temporadas de triste retiro, que me tenían cabizbajo esperando un nuevo destino y otras, en las que las misiones se sucedían sin dejarme recuperar el aliento.

Mis experiencias iniciales de los primeros años, apenas las recuerdo. Mi memoria, tan lleva de historias, acaba por fallarme y el paso del tiempo ha hecho que pierda vigor mi ya de por si apelmazado cuerpo. Fruto de una extraña maldición que me acompaña, mi paso era tanto más fugaz cuando más me interesaba mi servicio y se ralentizaba  hasta el agotamiento en las misiones  que me eran especialmente soporíferas.  Alguna vez, incluso, tuve que ser rescatado de alguna de ellas cuando estaba a punto de perderme en alguno de esos aburridos destinos.

Y en este peregrinar diverso, ahora, camuflado entre todo un ejército de compañeros con los que comparto destino sin llegar siquiera a hacer sombra al peor de ellos, he llegado a  este modesto templo del que todos hablan con esperanza. Yo, sin embargo, tengo un enorme miedo a ser descubierto. Aquí, a todos ellos, aun siendo de orígenes y extracciones muy diferentes, se les abre una segunda oportunidad y a este indigno oportunista, que ahora les habla, se aferra a cualquiera de ellos para escapar a su inminente final y poder emprender de su mano, nuevas aventuras.

Hace semanas que permanezco agazapado, escondido entre esta culta muchedumbre, observo rutinas y horarios.  Durante el día, los candidatos llegan de la mano de un tutor que los guía de manera inexorable hasta la misma entrada del templo donde la sacerdotisa los recibe. A veces llega uno solo y otras, un nutrido grupo. Es entonces que se inicia el ritual; cada postulante es objeto de un experto examen, no exento de amor, por parte de aquella mujer. Solo una experta mirada sería capaz de  detectar la inquietud invisible que la recorre en ese instante. La duda entre dar acogida en la Orden  o repudiar al candidato, la acompaña hasta el final. Ella sabe que su rechazo, implica una condena a destierro a un paraje sin futuro, donde casi con total certeza, el aspirante, fenecerá. Esa responsabilidad hace que la sacerdotisa a veces entable una secreta complicidad con los aspirantes menos dotados y los acepte en la Orden, aun a sabiendas de su incapacidad.

Una vez pasada la prueba, la mujer entabla una breve conversación con el tutor que los ha traído, cuyo contenido no llego a alcanzar, por lo bajo del tono en que se produce. Casi siembre, ella abre un pequeño cajón del que saca una cantidad de dinero que enseguida pasa a menos de su interlocutor. Esa es la señal de que todo ha ido bien y, tras el pago de la dote, el aspirante se convierte en miembro de pleno derecho de la Orden.

Hacía el final de cada tarde, cuando ha terminado la recepción, la sacerdotisa se reúne en silencio con los nuevos miembros y decide, con su criterio experto, donde alojar a cada uno sin que nunca se produzca una sola replica por parte de los allí acogidos.

Por un extraño devenir que no alcanzo a entender, todos ellos han acabado convirtiéndose en miembros únicos de la congregación. Sus vidas y sus experiencias son tan diferentes como el saber que atesoraban. Constituyen una hermandad pintoresca. Su aspecto físico es de lo mas variado, aquí se congregan los maltratados, los simplemente viejos, los inútiles con su saber trasnochado, de diversas nacionalidades e incluso alguno con extraño dialecto. He llegado a ver hasta alguno célibe en su apostolado, que ni siquiera sabía de mi existencia. La mayoría con una piel ajada, que a modo de coraza ha protegido su interior más frágil.  Todos de diferente cuna y con una misión común, evangelizar con su doctrina.

Cuando llega la noche y ella se ha retirado a descansar a su aposento, este lugar parece diferente. Le envuelve aire de vívida ensoñación que genera una ilustrada atmósfera, tan etérea como secreta. Las ideas, las ilusiones, las historias y las experiencias flotan en un ambiente que el obligado voto de silencio es incapaz de doblegar. Es un susurro que se extiende por toda la estancia. Pueden escucharse conversaciones de los temas más variados, siempre entre pequeños grupos cerrados, apretujados hombro contra hombro, sosteniéndose unos contra otra otros. Supongo que por esa estricta  agrupación por castas, e incluso, por nacionalidad y conocimiento, que ha decidido ella. Parece que la mujer cree que la lengua que cada uno conoce, limita las  posibilidades de su acción evangelizadora, y mezclarse con otros, es un acto de mestizaje prohibido. Todos, sin excepción, le procesamos a esta mujer, una absoluta obediencia fruto de nuestra más sincera gratitud.

Los días son otra cosa, una discontinua peregrinación de extraños personajes da vida al lugar. Buscadores de tesoros, viajeros perdidos, gente de economía estrecha,  comerciantes avispados, jóvenes inexpertos, curiosos indolentes, sabios camuflados y hasta  devotos fervientes, constituyen una singular procesión que, con su peregrinar,  rinde culto al lugar,  a su anfitriona y a nosotros, sus humildes discípulos.

La mayoría de las ocasiones, los visitantes abandonaban solos el lugar. Otras, las menos, se produce una extraña química entre ellos y alguno de mis hermanos. No puedo decir bien quien escoge a quien. Sin duda se trata de una atracción mutua y  cuando esto sucede, enseguida se dirigen juntos a ver a la sacerdotisa. Se produce entonces, una conversación aun más breve que la de la recepción y tras ella, una simbólica transacción económica para bendecir la unión. Dinero destinado a sufragar los gastos de la comunidad. Al finalizar el encuentro, la mujer les da su bendición. En ese instante, destella en la mirada de ella una nota de tristeza por la mar marcha de su discípulo,  almibarada por el alivio que supone tener una boca menos que mantener y sentir que su misión sigue plenamente vigente.

En estos últimos días, el flujo de visitantes que se acercan al templo en busca de alguno de mis compañeros ha disminuido drásticamente, no así el de acogida, que incluso se ha incrementado. Se nota inquieta a la sacerdotisa, que ha tenido que extremar los requisitos de admisión, e incluso, rechazar a candidatos intachables, que en otro tiempo habrían sido el orgullo de la Congregación. Esto ha traído un sentimiento de inquietud que se libera por la noche en forma de lamento, recorriendo toda la galería. La desesperación empieza a hacer mella en el ánimo de todos. Cada vez son más los que piensan que aquí terminarán sus vidas.

Está mañana, cuando ya daba todo por perdido, la felicidad vino a visitarme. Un hombre corpulento ha entrado en el establecimiento y con paso decidido se ha dirigido hasta mí… bueno, en realidad hasta el grandullón de mi compañero, que me ampara. Se ha detenido frente a él y tras mirarlo primero con sorpresa, después con incredulidad y finalmente con  manifiesta satisfacción, se han dirigido juntos a nuestra anfitriona y han cerrado un rápido acuerdo. Al hombre se le nota inquieto, con prisa, como si temiera que ella se retractara de la operación y él perdiera lo que a todas luces, le ha parecido, una magnifica adopción.

Al salir, nos encontramos con una lluvia que comienza a arreciar. Nuestro benefactor acelera el paso y esquiva con ridículos saltitos los charcos que comienzan a formarse.  Se detiene en un soportal de piedra frente al que hasta hace pocos minutos ha sido mi último hogar y allí se detiene a refugio del aguacero. Se apoya contra la pared y con avidez desenvuelve el paquete. Sus regordetes dedos recorren las páginas con celeridad, mientras su nariz casi se mete entre ellas para acomodar más su limitada visión. El ritmo de su respiración se acelera y la mía con la suya.  Siento sus dedos cada vez más cerca y escucho el ahogado silbido que hacen las páginas al pasar, acercándose. Esa sonido rítmico, que me ha acompañado en cada historia, se convierte ahora en una mortal cuenta atrás. Justo al inicio del capítulo V, donde me olvidó mi último señor, me descubre. Se detiene, me toma en su mano y me observa. Ahora, impregnado de la humedad de la lluvia, gastado por el roce las paginas y maltratado por algunos dedos poco considerados, mi frágil cuerpo ya depauperado, es incapaz de mantenerse erguido y cae rendido ante él, flácido.

El hombre me mira con determinación. Un reproche asoma en su mirada. Me hace sentir viejo e inútil y en ese instante, sin darme opción a nada, me retuerce entre sus dedos y quiebra hasta la última de mis fibras. Con un gesto de desdén, me lanza al suelo.

Por un instante me siento afortunado. El destino me regala vivir mi última y por primera vez, real aventura. Un reguero de agua me recoge en su torrente y me arrastra hasta el otro de la calle, de vuelta con mi Hermandad. La lluvia cae más fuerte y el caudal se acelera.

Un remolino me envuelve justo ante la entrada. Me envuelve en sus giros cada cada vez más cerrados. En un instante fugaz, puedo ver la entrada de aquel lugar. Es humilde y coqueto a la vez. Sobre su puerta, un pequeño luminoso parpadea con un texto que pone “TIENDA DE LIBROS USADOS RE-READ” y pienso en como habría sido de ser libro y que quizás exista la reencarnación. EL  golpe de la reja metálica de la alcantarilla, me hace casi perder el sentido y una ensoñación me envuelve; la veo a ella esperándome. Sale a recibirme. Veo como que se agacha y me recoge. Con su delicadeza habitual, me extiende sobre la palma de su mano para secarme y me recompone.

Apenas unos segundos después, recupero la lucidez suficiente para sentir como el agua descarna la última de mis fibras y yo, un humilde marca paginas, quedo envuelto por el silencio y la oscuridad.

Comentarios

  1. Gemma

    20 marzo, 2018

    Madre mía Pedro, he estado en vilo, inquieta durante toda la lectura hasta llegar al final. Impresionante. Me encantó, es un placer. Gracias y un saludo.

  2. PedroGda

    20 marzo, 2018

    Gracias por tu lectura y por tu mensaje tan efusivo. A mi me encanta que te encante. Otro saludo para ti.

  3. LOUE

    20 marzo, 2018

    Me ocurrió lo mismo, estuve intrigada hasta el desenlace, y me ha encantado tu excelente relato ! Un saludo Pedro,

    • PedroGda

      21 marzo, 2018

      Loue, comentarios como el tuyo son muy motivadores. Gracias por pararte aquí y leerme. Otro saludo para ti.

  4. Mabel

    20 marzo, 2018

    ¡Excelente historia! Un abrazo Pedro y mi voto desde Andalucía

  5. Luis

    20 marzo, 2018

    Buen relato, me ha atrapado desde el principio hasta el final, un saludo Pedro y mi voto!

    • PedroGda

      21 marzo, 2018

      Gracias por tu lectura y tu comentario Luis. Un saludo.

  6. VIMON

    21 marzo, 2018

    Un texto realmente bueno, Pedro. Te dejo el voto diez con un abrazo.

    • PedroGda

      21 marzo, 2018

      Gracias amigo Vimon, ya sabes que yo disfruto mucho con los tuyos. Otro abrazo para ti.

  7. Soni

    24 marzo, 2018

    Yo sólo prefiero escribirte puntos suspensivos…
    + la exquisitez de las palabras.
    Bss

  8. Cartapacio

    8 enero, 2019

    No pocas veces la humanización de lo material o lo animal corre el riesgo de degenerar en lo banal o lo cursi. Un marca páginas. Que en torno a semejante detalle se construya una tan colorida y rica estética del devenir -porque eso es este marca páginas, un pulso del transcurrir del tiempo- es un auténtico acto narrativo.
    Felicitaciones. Pedro.

  9. PedroGda

    8 enero, 2019

    Gracias @Cartapacio, la apreciación de tu comentario es muy valiosa para mi. Un saludo

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