Misión arcángel

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Cristales rotos perforaban mi cerebro. Mis pensamientos revoloteaban convertidos en polvo de estrellas. Una luz cegadora en mi interior y al abrir los ojos tan solo oscuridad. Me he abierto la cabeza, fue el primer pensamiento que pude recomponer, mientras recogía del suelo mi cuerpo desmadejado e intentaba ponerme en pie. Un intenso dolor en la nuca señalaba el punto exacto donde había recibido el golpe. Mis dedos se impregnaron de una sustancia viscosa. La olí, era sangre, no mucha, y empezaba a secarse. Nada grave. ¡Los animales! Recordé con un pinchazo de angustia en el pecho. Tengo que ver cómo están. Me orienté con facilidad por la cabina principal de la nave. Tras varios meses en el espacio la conozco como mi propia casa. Algunos objetos caídos dificultaban el paso. Tanteé con las manos la pared y bajo la fría seguridad que me proporcionaba su contacto continué mi avance hasta dar con el acceso al sótano.

En cuanto abrí la puerta las sombras se poblaron de quejidos y movimientos nerviosos. Bajé la escalera con cuidado y enseguida me golpeó el intenso olor a establo. Creo que nunca podré acostumbrarme del todo al aroma a tristeza y miedo que despide un animal encerrado. Aunque limpie los desechos a diario persiste el hedor, impregna las tablas de madera que cubren el suelo e incluso las paredes de acero; un tufo que enraíza en pieles y plumas y hace nido en mi nariz. La humedad agridulce en los labios sabe a tierra abonada con gas. Al tocar suelo firme resbalé y caí de espaldas sobre un charco de agua. Me reí de mi torpeza. Como es lógico, todos los bebederos se han volcado. Luego lo fregaré.

Me dispuse a inspeccionar uno por uno los cubículos de los animales. La oscuridad era total y estaban asustados pero me conocen y el sonido de mi voz los tranquilizó. Algunos acudieron buscando el contacto de mi mano. Húmedos hocicos y flácidas lenguas tanteaban mis dedos en busca de comida. Colmillos dulcificados y garras acariciadoras niegan su instinto más básico con la esperanza de recibir una pequeña muestra de cariño o de pan. Yo aproveché para contarlos. Uno y dos de cada. Tanteaba en los rincones para dar con los más tímidos. Engañaba con comida a los que estaban realmente asustados. Aunque no hubiera sabido de memoria la ubicación de cada especie los hubiera reconocido por el tacto. El pelaje es sedoso como arena mojada en unos, áspero como corteza en otros. La piel desnuda revela cuerpos fibrosos como juncos, robustos como pilares, blandos como edredones de plumas. Ácidas escamas arañaban mi piel o se escurrían gelatinosas como peces entre mis manos y con tristeza recordé la fauna acuática. La belleza sobrenatural que poblaba los océanos y que ya solo se puede contemplar en antiguos documentales. Fueron los primeros en extinguirse. Montañas de cadáveres como dunas se encontraron en las playas. Yo lo vi. La boca me sabe a hierro al rememorarlo. Y se decidió poner a salvo al resto, a los que no estaban enfermos, a los que se pudo encontrar. Un macho y una hembra de cada especie viajan en una pequeña flota de arcas voladoras rumbo a un nuevo hogar. Me siento afortunado porque en mi “Arcángel” viajan los más dóciles, entre ellos los domesticados que han alimentado a generaciones de nuestros ancestros. Salvarlos de la extinción es nuestra forma de pedir perdón.

Con inmensa alegría me planté junto a la última cuadra. Parecía que todos mis pasajeros se encontraban bien, que la paja había amortiguado el golpe, o acaso el impacto se había sentido poco en esa zona de la nave. UNO. Con terror volví a la realidad. Tanteé en la oscuridad para cerciorarme. Falta uno. Un vuelco al corazón. Un nombre susurrado. Nadie responde. Éste nunca lo hace. En ese momento volvió la luz. ¡Ya era hora! Busqué a mi alrededor y lo localicé encaramado a un poste cercano secando estiradas sus alas viscosas recién estrenadas y comiendo, como es habitual, los restos de su antigua piel. Me miró alternativamente con sus cuatro ojos, colocados estratégicamente en diferentes puntos del cráneo. Buscaba las golosinas y le tendí una. Proyectó la lengua hasta mi mano y mi piel azul se impregnó de una mucosidad gris que me apresuré a limpiar en el pantalón. Lo acaricié y volví arriba para dar parte del accidente. Acabo de comprobar que la nave no ha sufrido daños tras la colisión y pido permiso para reanudar el viaje.

Comentarios

  1. Mabel

    8 marzo, 2018

    Muy buen Cuento. Un abrazo Ginimar y mi voto desde Andalucía

  2. Esruza

    8 marzo, 2018

    Buen relato Ginimar.

    Mis saludos y mi voto

  3. Imagen de perfil de Sosias

    Sosias

    14 marzo, 2018

    Que la suerte te acompañe por el espacio infinito de tu imaginación.

    Precioso cuento,Ginimar.

    Saludos y mi voto.

  4. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    14 marzo, 2018

    Magnífica esa permanente alusión al arca del diluvio, sin nombrarla, como precedente de ese imaginario viaje futuro con idéntico fin salvador de las especies en extinción. La hilación del texto es impecable. El resultado, perfecto.
    Un cordial saludo, Ginimar.

    • Imagen de perfil de ginimar de letras

      ginimar de letras

      14 marzo, 2018

      Eres muy amable Germán. Me anima mucho a seguir escribiendo relatos. Gracias. Un abrazo 🙂

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