Tus ideas cada vez son más confusas, cada escapada de lucidez la aprovechas para llegar a eso que llamabas recuerdos, y por desgracia, no haces más que encontrarte con la misma mancha lechosa que se expande desde las notas de tu infancia hasta hoy. Deshaciendo por pedacitos tus conversaciones de antier con la vecina, tus recetas de cocina y secretos de jardinería.
Ayer trataste de comerte la pasta de dientes y constantemente me preguntas mi nombre, si te dijese uno distinto cada vez, ni siquiera lo notarías. No podrías recordarlo al día siguiente y de todos modos no importa, es algo tan insignificante comparado con que hayas olvidado donde está papá, quien fue y porque la gente se entristece cada que hablamos de él.
Por lo menos aún recuerdas quien soy, mi nombre no, pero sabes que soy tu hija.
Vienes y me lees una a una las notas que te dejé. Dices que son las pistas que te dejan en la casa y que son lo único que te permite saber a donde ir. Hasta cierto punto te parece emocionante. Las guardas con recelo y solo las lees para reírnos juntas. Pero son tuyas.
Ahí muestras que eres consciente de que te falta algo, que empiezas a tener miedo de dejarnos al abandonar tu yo. Y sólo agradeces que te auxilien en la memoria.
Si te dijera quien las escribe, lo arruinaría. Por qué en el fondo presiento que eso es lo único que no podrías olvidar. Y realmente no puedo hacerlo si esto es lo que más nos mantiene juntas.
Ayer intenté algo.
Te dejé en la mesita de noche la historia de un hombre que pudo salvar a muchísima gente de un altercado. Aquél hombre prácticamente había dado su vida por procurar la de los inocentes. Él y su equipo se enfrentaron a quienes jugaban con vidas por dinero y al final el gobierno oscureció su caso dejándolos como anónimos rebeldes.
Te encontré despertándote antes de mí. Estabas parada junto a la única fotografía que teníamos de papá con su uniforme. Me dijiste que las vidas de quienes debían gratitud eran muy valiosas, y que agradecías con el corazón que él fuera tu esposo.
Al día siguiente, llevamos flores a la iglesia y me dijiste que había que ir un día de estos a visitar la placa que habían puesto en su honor para asegurarnos de que le estaban dando mantenimiento.
Empecé a creer que el tiempo borraría poco a poco lo que habías logrado reconstruir. Pero entonces seguí intentandolo.
Ahí estaba hasta la madrugada tratando de sacar jugo a esa escritora que creí haber perdido desde muy joven. Quería contarte todo lo que sabía y sabíamos juntas, teníamos que ir abarcando cada detalle y al mismo tiempo tomar aspectos variados de tu vida para que fuera tomando forma y ninguno fuera evento aislado.
Me sentaba a escucharte cuando las leías y recobrabas tu vida. Cuando me contabas cosas que ni siquiera yo sabía, de lugares y momentos en que no había nacido. Y ahí estabas de nuevo tú frente a mis ojos.
Te dejé tantas notas anónimas.
Y por fin
descubrí que mis letras te habían curado.



Leonel Insfrán
Esta es la clase de relato que amo. Una piña y una caricia al mismo tiempo, lleno de alma, lleno de dolor y de amor. Me encantó!
Angeles C
Precisamente es lo que intentaba transmitir. Me gustan los relatos agridulces.
Gracias!
Mabel
Muy buen relato. Un abrazo Angeles y mi voto desde Andalucía
Ari
Minuciosa con los detalles, me gustó.
viky
Me gusto , mi voto desde Chile para ti Angeles
Lady Hawk
Conmovedor relato, una mezcla de sentimientos. Me recordó esta hermosa novela de Fredrik Backman, «And Every Morning the way home gets longer» un abrazo y mi voto.
Endika
Increible….precioso….simplemente maravilloso!
Eddy Sayritupa
mezcla de sensibilidades