Capitulo IV de «Las garras del tiempo»

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Gabriel y yo hemos pasado la tarde alternando nuestra estancia entre la oscura sala de estar y el soleado jardín, entrando y saliendo, paseando a ratos y sentados la mayor parte del tiempo.

Sigo incómoda, muy incómoda, con este antiestético atuendo que no se quién me ha puesto por la mañana, cuando yo estaba tan sedada que no pude impedirlo. Por otra parte, tampoco sé dónde está mi ropa, la que traje en aquella maleta tan grande. Gabriel me dijo que ha de estar en el armario, colgada y debidamente ordenada, que las cuidadoras estas de la bata blanca se ocupan de todo aquí, hasta de los más mínimos detalles. Lo desconozco pues, de momento, no he tenido tiempo de revisar el armario. Este fue un día lo suficientemente ajetreado como para no reparar en esos detalles que, aunque importantes para mi, bien pueden esperar un poco más, hasta que me haya acomodado en este lugar y encuentre mi sitio entre tanta gente extraña.

Esta tarde pude comprobar que a él, aunque en principio se las dio de dicharachero, en realidad le gusta más escuchar que hablar. Lo mismo me ocurre a mi, y por eso nuestra recién estrenada amistad ya corrió el riesgo de irse a pique durante el primer paseo de esta tarde, cuando corrían los minutos sin que ninguno de los dos abriera la boca para pronunciar palabra y aquel paseo se presentaba más aburrido que un partido de ajedrez por la radio. Afortunadamente, y sin que interviniese voluntad alguna, no al menos por mi parte, se fue imponiendo una especie de calculada alternancia en la que mientras uno hablaba, el otro escuchaba. Entre una intervención y otra solían mediar varios minutos de precavido silencio antes de que los papeles se intercambiasen automáticamente.

Se habló de casi todo, menos de política, por ser esa una materia que yo hace tiempo he decidido anular en mi catálogo de posibles temas de conversación. No quiero pronunciarme sobre ese asunto desde aquella Nochebuena en la que compartí mesa y mantel con unos familiares de la bruja, residentes en Cataluña, descendientes de castellanos, independentistas hasta la médula y absolutamente convencidos de que hasta aquel tierno cordero lechal —castellano— que degustábamos y la sidra —asturiana— que tomábamos entre bocado y bocado, había sido pagado gracias a la indecente sobrecarga de impuestos con la que el autoritario Gobierno español ahogaba al indefenso pueblo catalán. La cena, como no podía haber sido de otra manera, acabó como el rosario de la aurora, con dos bandos enfrentados para ver quien alzaba la bandera de la razón en aquel paso estrecho que no conducía a ninguna parte ni sería tenido en cuenta por nadie que no estuviera sentado a aquella mesa. Desde aquel día, aquella noche para ser más exactos, mis labios quedaron definitivamente sellados en lo que a temas de política nacional se refiere.

Y seguramente vosotros os estaréis preguntando por qué soy capaz de recordar con tanta exactitud los hechos que acontecieron en un pasado ya lejano y, sin embargo, carezco de la retentiva necesaria para memorizar ese otro pasado tan reciente que justo acabo de dejar atrás. Pues, sencillamente, no encuentro respuesta para esa cuestión, como para tantas otras. Eso mismo necesito y quiero yo saber. Me gustaría averiguar por qué los anclajes de mi memoria se aferran al ayer con garras de acero y, en cambio, envuelven el hoy con manos de gelatina.

De todas formas, hay momentos en la vida que, aunque en principio parecen carecer de importancia, logran pegarse a la memoria como sanguijuelas y terminan por hacerse impermeables al paso del tiempo.

Ahora ya ha transcurrido la tarde y estamos de nuevo sentados a la mesa, aguardando la cena.

Al igual que ya ocurrió durante el almuerzo, el murmullo en el comedor es ensordecedor y yo me siento incómoda al considerarme el centro de todas las miradas y comentarios.

— Son figuraciones tuyas — asegura él cuando le comento lo intranquila que me encuentro en esta situación.

— No lo creo. Cuando entramos, nos estaba mirando todo el mundo.

— Miraban hacia la puerta porque están esperando que aparezcan los carros de la comida. Si tú te colocas en su punto de mira, es normal que te miren.

Puede ser pero, aún así, la explicación no me convence del todo. Yo siento todas esas miradas pegadas como lapas a mi cogote. Incluso puedo sentir cómo me pellizcan, obligándome a no parar quieta, a mudar la postura a cada segundo.

De todas formas creo que, aunque toda esta gente pasara de mi, yo igualmente me movería como rabo de lagartija, pues no me encuentro cómoda en esta silla tan incómoda, tan dura, sin cojín donde desparramar mis posaderas con total despreocupación, con miedo a no conseguir levantarme después porque se hayan quedado entumecidas al contacto con esta madera tan dura como el pedernal.

— La próxima vez entraré por la ventana — digo, justo en el momento en que una “bata blanca” se acerca a nuestra mesa y deposita la medicación junto al vaso de agua que cada uno tenemos al lado del plato.

Me acabo de percatar de que a los dos nos suministran idéntico tratamiento: una pastilla rosa y otra blanca para cada uno, exactamente iguales en tamaño, forma y color. Debo suponer, pues, que padecemos males gemelos. Y me alegro mucho, aunque esto pueda parecer un tremendo disparate y esté yo segura de que en realidad lo es, pero en las pocas horas que llevo conociendo a este hombre han sido muchas las veces en las que me ha asaltado la agradable sensación de haberle conocido mucho antes de ahora. En otra vida, quizá; porque en esta, sin embargo, no recuerdo haberlo hecho.

— Marina, ¿a qué estás esperando para tomar las pastillas? — pregunta esta cuidadora, o camarera, o lo que sea.

Yo miro a Gabriel y él me hace un gesto de “adelante” levantando un poco la barbilla hacia mi al tiempo que mete una de sus grageas en la boca.

A mi no me hace ni pizca de gracia tragarme algo que no sé exactamente para qué sirve, que efectos provocará en mi organismo, si beneficiosos o perjudiciales, o quizá nulos. Pero esta cuidadora es implacable, tanto que, al ver que yo no reacciono, es ella misma quien agarra el vaso, lo llena de agua, coge una pastilla y me la acerca a la boca junto con el vaso de agua. Me apresuro a tomar todo por mi propia mano antes de que también me agarre del pelo para levantarme la cara, me tape la nariz para obligarme a abrir la boca y me fuerce a tragar todo de golpe. A juzgar por la determinación que denotan sus gestos, esta es capaz de eso y de mucho más.

Finalmente, ambos tomamos las pastillas bajo la estricta supervisión de la cuidadora, o camarera, o lo que quiera que sea esta mujer que clava en nosotros sus escrutadores ojos y que no se da por satisfecha hasta que comprueba cómo nuestros gaznates se hinchan para abrir la compuerta de deja el paso libre al trago de agua que arrastrará las grageas por el desfiladero de nuestras gargantas.

Sospecho que en una de estas píldoras viaja el potente tranquilizante encargado de mantenerme sumida en este estado de perpetuo atontamiento, y se lo comento a Gabriel tan pronto la mujer nos deja para seguir repartiendo medicación entre los presentes.

— No lo creo. Yo tomo lo mismo que tú pero no tengo esa sensación de atontamiento — responde él, muy seguro de la certeza de sus palabras.

Entonces será que yo soy tonta por naturaleza, pienso yo. ¿Qué otra conclusión puedo sacar?

Terminada la cena y con el toque de queda ya próximo, Gabriel se ofrece para acompañarme hasta mi habitación.

— Una mujer como tú no debe andar sola a estas horas y por estos lugares, tan transitados por hombres deseosos de compañía, con camas por todas partes…

— Con cuidadoras, enfermeras y demás personal supervisando cada uno de nuestros movimientos… —interrumpo yo.

— A esas se las puede despistar muy fácilmente — asegura él.

Su mirada pícara no me deja duda alguna al respecto de que ya las ha despistado más de una vez para colarse en cama ajena.

Eso no me gusta.

No sé exactamente por qué, pero no me gusta nada.

También sé que a poco que ahonde en mis confusos sentimientos me encontraré con la respuesta correcta, pero ahora no es momento de ponerse a escarbar tan hondo.

— ¿Lo has hecho muchas veces? — pregunto yo, haciendo caso omiso al sentido común y temiendo la respuesta que pueda recibir.

— ¿El qué?

— Despistar a las cuidadoras en mitad de la noche.

— No es necesario despistarlas. No andan por ahí sino que se retiran al cuarto que tienen para pasar la noche, y allí duermen o cuentan chistes, o lo que les de la gana, mientras los demás dormimos, o ellas creen que dormimos.

Hummm…, este hombre está resultando ser más Don Juan que el propio Tenorio. ¿Qué podría andar él haciendo por ahí a altas horas de la noche si no es visitar la cama de alguna amiga?

— ¿Padeces insomnio?

— ¿Cómo dices?

— ¿Que si padeces insomnio?

— ¿Por qué lo preguntas?

— Porque, si no fuera así, pasarías la noche durmiendo en tu habitación y no transitando por los pasillos.

— Eso va por temporadas. Hay temporadas que si, y temporadas que no.

Y yo creo que la temporada no sigue el ritmo de las estaciones sino de la presencia o ausencia de amigas con las que compartir velada.

Aún así, sabiéndolo un picaflor cualquiera, acepto que me acompañe hasta mi cuarto, y emprendemos la marcha hacia la izquierda. También podríamos dirigirnos hacia la derecha, a mi me hubiera dado lo mismo, pues no tengo ni idea de cuál es la dirección correcta para llegar allí. Sin embargo, él parece saberlo a la perfección y me guía hacia la izquierda. Yo le sigo.

Él camina en silencio, a mi lado, comportándose como un galante caballero que cede el paso a una dama en todos y cada uno de los accesos que nos encontramos de camino. Y son muchas las entradas y salidas que nos salen al paso. Muchas más de las que debieran, creo yo, pues no recuerdo que hubiera que atravesar laberinto alguno para llegar desde el comedor hasta mi habitación, y viceversa.

— ¿Seguro que es por aquí? Es la segunda vez en pocos minutos que pasamos por esta sala.

Lo recuerdo muy bien porque he visto una novela encima de una de las mesas y he sentido tentación de cogerla para empezar a leerla esta misma noche. No es mía, pero creo que su dueño tampoco le presta la atención que debiera, así que bien merece toparse con su ausencia cuando regrese a buscarla.

Estoy viendo que todas las habitaciones tienen un número estampado en letras grandes y negras, colocado sobre el alfeizar de la puerta. Justo acabamos de dejar atrás la 121, pero yo no sé cuál es el número de la mía. No es que lo haya olvidado, es que nunca lo he sabido porque hasta ahora mismo no había reparado en este pequeño detalle.

— Aquí hay tres plantas con sus correspondientes habitaciones, pasillos, baños y salas. Conozco a Pilar y conocía también a Flor, hablaba con ellas en el comedor y en los espacios comunes, y creo haberles escuchado que estaban en la primera planta, pero jamás estuve en su habitación — añade Gabriel mientras vagamos perdidos por los pasillos.

¡Menos mal que ellas no han estado entre las elegidas!

Quizá sean muchas las interesadas y muy pocas las elegidas, pienso yo, más optimista que un obeso en su primer día de dieta.

Finalmente, ya mareados de tanto dar vueltas sin ton ni son y de asomarnos a todas las habitaciones hasta ver si en alguna de ellas encontrábamos a Pilar, optamos por preguntar a la primera “bata blanca” que se nos cruza en el camino, aún a riesgo de ser considerados tontos de remate.

—Todo de frente, luego a la izquierda, habitación 103.

En mi memoria, tal información durará un suspiro. Espero que en la de Gabriel se retenga el tiempo suficiente para llegar a destino.

Así fue.

La puerta está cerrada y, por lo tanto, no vemos a Pilar, pero el número que hay sobre el marco no deja lugar a equívocos.

Yo iba a entrar directamente. De hecho ya tenía la mano posada sobre el pomo de la puerta pero, de repente, me detengo, me giro y me coloco de espaldas a la puerta y de cara a Gabriel. Hago esto porque estoy segura de que es lo que pega aquí, en este momento: despedirse con amabilidad y dar las gracias por el ameno entretenimiento y la agradable compañía prestados a lo largo de toda la tarde. Pero en realidad preferiría obviar el trámite. Para hoy han sido emociones más que suficientes y no quiero enfrentarme al casto beso de despedida que también pegaría aquí, en este momento y en la mejilla. No es que no lo desee, es que prefiero posponerlo para un poco más adelante, cuando haya más confianza, cuando no me tiemblen tanto las piernas.

Pero él también hace lo que pega en este momento: toma mis manos entre las suyas, me mira directamente a los ojos y sonríe. Sus ojos marinos se han vuelto grises en la oscuridad del pasillo. Sus manos son cálidas, suaves, y acarician las mías con ambos pulgares. Pero yo tengo el corazón al galope, soy incapaz de mantener mis manos quietas y de disfrutar como es debido de estas caricias regaladas.

Tampoco puedo tranquilizar las piernas.

Mucho menos la mirada.

Un pasito hacia delante, otro hacia atrás, hacia un lado, hacia el otro. La vista enfocando hacia la pared de enfrente, hacia el suelo, el techo o cualquier parte que no sea aquella donde verdaderamente debiera dirigirla: a sus ojos, a su sonrisa.

Él está siendo muy amable conmigo, mucho más de lo que nadie lo ha sido en los últimos tiempos. Permaneció a mi lado durante todo el día para que no me sintiera sola y desplazada en este lugar donde soy novata. De no haber sido por su oportuna compañía creo que habría pasado el día entero llorando y sin levantarme de la cama, echando de menos a los míos y completamente negada a probar bocado.

Bien se yo que nadie da todo por nada, y por eso mismo a lo largo del día me he preguntado varias veces cuál sería la verdadera causa de su continua insistencia en mantenerse a mi lado aislándome del resto del mundo con un muro de encanto y atenciones. Insistencia que yo no he despreciado, por resultarme sumamente grata, pero que ha sido motivo de mofa en los pequeños grupos que se formaban tanto en el jardín como en las salas de estar, así como por parte de las cuidadoras y demás “batas blancas” que pululan por todas partes y que uno se encuentra en cualquier lugar.

— ¿Qué, Gabriel, ha venido una nueva, eh?

Era el comentario – pregunta más repetido.

Y él se encogía de hombros antes de continuar su, nuestro, camino. Mientras tanto, yo enrojecía como la grana y procuraba no soltarme de su brazo para no caerme zarandeada por la vergüenza que estaba pasando.

Acabo de escuchar a mi compañera toser dentro de la habitación. Ahora que lo pienso, no recuerdo haberla visto en toda la tarde. Y tampoco durante la cena. Quizá se encuentre enferma, o deprimida, o vete tu a saber. Los que estamos recluidos en este tipo de lugares lo estamos por algo y la mayor parte del tiempo lo pasamos corroídos por la dolencia de turno.

En estos medios, Gabriel me asesta un fugaz beso en la mejilla, se despide con un simple hasta mañana y a continuación se marcha por donde hace unos minutos hemos venido. Y yo que, inconscientemente había estado tejiendo algunos sueños románticos — que me besaba en la boca, que quedábamos para mañana… — para intentar convertirlos en realidad justo a continuación, antes de que él se marchase a dormir, me he quedado aquí, ante la puerta, con un palmo de narices y sin saber qué hacer.

Finalmente decido entrar en la habitación, ¿qué otra cosa puedo hacer?, no es plan de perseguirlo a través del pasillo para exigirle que cumpla con las expectativas que secretamente yo estuve forjando. Por otra parte, mis expectativas en el día de hoy están cambiando más que un camaleón en una piscina de bolas, y no sé si sería posible darles satisfacción alguna, ni completa ni parcial.

Entro en la habitación sonriendo de oreja a oreja y con la mirada extraviada, como una auténtica gilipollas.

Encuentro las luces encendidas y a mi compañera sentada en la cama con la espalda apoyada contra el cabecero. Las mantas le tapan hasta el abdomen y en la parte de arriba viste algo tan trasnochado como una mañanita de esas que se ponía mi abuela para no coger frío mientras tomaba el desayuno en la cama.

— ¡Vaya con la mosquita muerta!

Me recibe con tan desagradable frase, a la que yo no concedo respuesta ni pregunta alguna.

A esta se le ha ido la olla completamente. Tal vez lleva todo el día aquí recluida, maquinando sabe Dios qué; porque cuando uno se encierra en sí mismo y empieza a dar vueltas a la cabeza, de ahí puede salir cualquier cosa.

Y la cosa quizá no hubiera quedado ahí de no ser porque, justo al terminar de soltar el improperio, sufrió un acceso que tos que ya dura al menos diez minutos. Es una tos ronca, persistente, que parece arrancar desde las mismas entrañas y que amenaza con ahogarla.

Yo, nerviosa y sin saber cómo ayudarla, pulso el botón rojo que hay a la cabecera de su cama, para requerir la presencia de alguien en nuestro cuarto.

Segundos después entra una mujer de bata blanca. Aquí todas la llevan y yo sigo sin distinguir las limpiadoras de las enfermeras, médicas, o lo que quiera que haya aquí. Pero esta parece una médica, o al menos enfermera, porque con mucha decisión le suministra algo que paulatinamente va apaciguando su tos.

— A dormir, Pilar. Acuéstate debidamente e intenta descansar. Verás como ahora te encuentras mejor — dice, ayudándole a apoyar la cabeza sobre la almohada y arropándola como si fuera una niña.

Estas enfermeras también saben ser cariñosas y maternales cuando les da la gana.

Yo creía que ahora, ya relajada y sin esa tos tan molesta, se echaría a dormir como un ceporro pero, lejos de eso, se incorpora de nuevo, otra vez apoya la espalda contra el cabecero y vuelve al ataque.

— No ves que Gabriel es un picaflor, que siempre va detrás de la última que llega. Claro, tú no puedes saberlo porque has sido la última en llegar y seguramente piensas que va detrás de ti porque eres especial. Pero nada de eso, antes de ti hubo muchas otras, docenas diría yo. Y después de ti habrá también muchas otras, todas las que vayan llegando nuevas.

Por suerte, la enfermera, o lo que sea, ya ha salido de nuestra habitación en pos de otras urgencias que requerían su presencia en otro lugar; de lo contrario, me hubiera muerto de vergüenza si mi compañera hubiera soltado esta frase en su presencia. Se supone que aquí estamos para curarnos de algún tipo de mal, y que ese mal y su curación es lo que debería acaparar toda nuestra atención, no los amoríos. Pero los amoríos, inevitablemente, surgen en todo tipo de lugares. Yo creo que hasta en el infierno el amor está presente de alguna de las maneras.

De todas formas, me he quedado de piedra con el comentario y a la mente, como ráfagas, me llegan retazos de frases escuchados aquí y allá a lo largo de la tarde, frases en las que las palabras “nueva” y “Gabriel” siempre iban juntas.

Yo soy la “nueva” y Gabriel es “Gabriel”.

Es cierto que mi vanidad lleva toda la tarde repitiéndome que soy alguien especial para él y que por eso me ha acompañado durante todo ese tiempo. Y ahora esta esmirriada, esta marmota dormilona, acaba de tirarme del pedestal donde yo solita me había subido y donde tan a gusto me encontraba.

Y duele.

Duele muchísimo.

Duele no ser especial para alguien.

Duele el tiempo caduco, aquel que sólo se prolongará hasta que llegue otra más nueva que yo que, seguramente, será muy pronto. Soy una mujer con fecha de caducidad.

— ¿Él también fue detrás de ti cuando llegaste aquí? — quiero saber a pesar de todo.

Ella duda un poco antes de contestarme y eso despierta mi recelo. He formulado una pregunta bien simple, que se contesta con un si o un no, que no requiere reflexión alguna. No hay motivo, pues, para tanta cavilación. Pero, por otra parte, también es una cuestión difícil de responder. Si ha estado con él y ahora ya no está, eso quiere decir que él la ha dejado por otra más “nueva”, y eso a ella le habrá resultado un hecho difícil de digerir y mucho más de reconocer. Por otro lado, si él nunca estuvo con ella, pese a tener costumbre de catar a todas las nuevas, eso significa que ella es de las pocas que no le ha gustado, lo cual también resultaría muy hiriente para su orgullo femenino y no querría reconocerlo de ninguna de las maneras.

— Si, yo tuve mi tiempo como casi todas las demás. Fueron pocas las que hasta el momento lo rechazaron, porque hay que reconocer que atractivo no le falta.

Todas, según ella, caen como espigas de trigo ante la guadaña de su encanto personal. ¡Qué horror! ¡Y yo creyéndome especial durante toda una tarde!

Como un globo al ser pinchado, mi orgullo se desintegra en el aire en apenas un segundo.

La respuesta me ha dejado helada pero, pese a ello, o quizá por ello mismo, necesito saber más.

— ¿Y cuánto tiempo duró? Quiero decir… ¿cuánto tiempo estuvo contigo?

Ella medita la respuesta durante un buen rato. Esta vez vamos a permitirle que dude un poco, porque la relación bien pudo durar cinco meses, o cuatro y medio, o seis. No es fácil medir el tiempo en un lugar donde tiempo es precisamente lo que sobra y, además, transcurre tan lento. Una semana aquí puede parecer un mes en cualquier otra parte.

— Una semana, más o menos. Luego llegó Mariola y la prefirió a ella.

¡Una semana! ¿Tan solo? Cuento con los dedos porque mi cabeza ya no da más de si. Ya ha transcurrido un día. Me quedarán seis o siete días más, como mucho.

Tampoco sé quien es Mariola ni cuantos puestos está por delante de mi en la lista. Conocer ese dato me proporcionaría una cifra exacta con la que hacerme una idea de la cantidad de mujeres que han ido desfilando por su vida. Pero tampoco muy exacta, ahora que lo pienso, porque Mariola ya habrá tenido muchas predecesoras, entre ellas mi compañera.

— ¿También a ti te besaba? — sigo preguntando, aunque algo por dentro me esté diciendo que ya sé demasiado, mucho más de lo que en realidad desearía saber.

Mi compañera se queda perpleja y me mira de una forma rara, desconcertante. No sabría explicar qué es lo que estoy viendo en esa mirada pero yo juraría que son celos. Apostaría lo que fuera a que a ella no la ha besado, ni siquiera en la mejilla.

— ¿Estás loca? ¿Es que a ti te ha besado?

Asiento

— Como os pillen, os castigarán. Y muy severamente.

Pura envidia cochina.

Sofoco inmediatamente el ataque de risa que me están provocando tan exageradas advertencias. ¡¿Nos castigarán?! ¿Con qué? ¿Es que puede existir mayor castigo que permanecer aquí encerrada, levantándome al amanecer; desayunando, almorzando, merendando y cenando a una hora concreta, siempre la misma, sin exceder ni un segundo; y acostándome a la misma hora que las gallinas, sin nada que hacer en medio, ni libertad para decidir sobre el propio destino?

— Pero…, ¿te ha besado o no? — insisto.

— ¡Por supuesto que no! ¿Por quién me has tomado?

<Por la virgen María no, por descontado> pienso y me callo.

¡Vaya con la puritana, que a estas alturas de la partida se espanta si la besa un hombre!

En fin…, me meto en la cama, apago la luz y me dispongo a dormir, muy segura de que mañana será otro día y de que lo invertiré lo mejor que pueda.

— Marina, ¿me escuchas?

Estaba a punto de traspasar el umbral que me llevaría directamente al sueño cuando escucho su voz, apagada en el tono pero urgente en las propias palabras. ¿Qué tripa se le habrá roto ahora? Mejor será que no le responda porque seguro que su cabeza ha dado otras cuántas vueltas más de tuerca y ha caído en la cuenta de que sus advertencias con respecto a Gabriel han sido muy pocas y que debería ampliarlas inmediatamente.

— Marina, por favor, tienes que escucharme.

Insiste.

Yo me hago la dormida.

Ella se calla.

Transcurren unos cuantos minutos más y me vuelvo a encontrar a las puertas del sueño.

— Marinaaaa…

— ¿QUÉEEEEE? — grito yo.

— En mi armario hay una carta…

Noto que habla con mucha dificultad, que se encuentra fatigada y que su voz se entrecorta lo mismo que si acabara de correr una maratón. Y también emite sonidos guturales parecidos a los de las cañerías cuando se atrancan.

Mi sueño ha levantado el vuelo repentinamente y ahora, en vez de somnolienta, estoy intrigada porque resulta que no me ha despertado para amonestarme nuevamente sino para hacerme partícipe de algo mucho más serio e importante para ella. O eso creo yo, juzgando la urgencia con la que me habla y la insistencia que pone en que yo debería escucharla. Por su tono de voz da la sensación de tratarse de un asunto de vida o muerte, aunque después, seguramente, no será para tanto.

— Intentaré enviarla mañana mismo pero, si no puedo hacerlo porque algo me llegara a ocurrir durante la noche…

Otra parada para recuperar el aliento. ¡Dios mío! Más misterio, nuevos secretos, ¿por qué temerá no llegar a ver el día de mañana?, ¿qué podría ocurrirle mientras duerme en su cama? No me atrevo ni a preguntar. El temor a la respuesta es más fuerte que esta morbosa curiosidad que puja por hacer preguntas. Yo creo que está exagerando o quizá delirando pero, aún así, siento auténtico interés por el asunto.

— Si algo me llegara a suceder…, envíala tú. Hace algún tiempo que la escribí pero no me atreví a mandarla porque no quiero causar preocupación a la persona que más quiero en este mundo.

Lo que yo me temía: está exagerando. Si hace tiempo que la escribió no será tan importante, de lo contrario ya la habría enviado ella misma. ¡Y me lo dice ahora a mi! A las tantas de la noche y con ese tono de voz confidencial que ella usa para acrecentar la importancia del asunto. Porque están las luces apagadas y no puedo verle la cara, pero juraría que incluso está barriendo la habitación con la mirada, no vaya a ser que se nos haya colado algún espía aquí, algún infiltrado que se pasea por ahí con la bata blanca, que friega suelos y sirve desayunos pero cuya única misión en este lugar es descubrir dónde se esconde tan importante misiva, para apoderarse de ella y entregarla a los Servicios Secretos del Gobierno.

Aun así, es extraño que no la haya enviado cuando la escribió. ¿Por qué no lo habrá hecho? ¿A quién querrá proteger? ¿Por qué habría de preocuparse alguien caso de leer lo que hay escrito en esa carta?

¡Al diablo el miedo!

Ya no puedo más. Necesito saber. Porque si ella está en peligro, es muy probable que yo también, aunque ahora mismo me parezca una tontería el sólo hecho de creer que exista alguien interesado en tomar conocimiento de lo que pueda escribir esta mujer.

— ¿Qué podría llegar a pasarte? ¿No te encuentras bien?

— Esta noche, antes de que tu llegaras, me visitó el doctor Tudela…

— ¿Y no te encontró bien? — pregunto yo, acojonada.

— Me puso una inyección y no me dio más explicaciones.

— Mujer, será que te han cambiado la medicación. Eso tampoco es tan grave, quizá no te iba bien la que tomabas hasta ahora y decidieron sustituirla por inyecciones…

Yo intento quitarle hierro al asunto. La verdad es que me parece absurdo lo que esta mujer está diciendo. Se supone que aquí estamos para curarnos y dado que, además, pagamos una buena pasta para ello, no creo que se les pase por la cabeza enviarnos al otro barrio a base de inyecciones, porque así matarían la gallina de los huevos de oro, se quedarían enseguida sin clientes y se irían todos derechitos a la calle, doctor como le llamen incluido.

— Desde que me pinchó me encuentro fatal. Me faltan las fuerzas, es como si me hubiera vuelto de mantequilla. Yo sé que algo raro me está pasando y temo no llegar a mañana.

¡Qué exagerada!, pienso y, no obstante, siento una punzada de miedo. Me extraña mucho el hecho de que ella responda enseguida a mis preguntas, que no necesite pensar nada las respuestas. Eso espanta mis dudas acerca de su sinceridad pero, en cambio, sí que tengo la sensación de que me está ocultando algo; que si bien no me está mintiendo ni alarmando en vano, las palabras que no dice son las que en verdad importan, las que a mi realmente me están aterrando.

— ¿Qué te dijo el doctor exactamente? ¿Alguna justificación de por qué te ponía esa inyección?

— Nada de eso. Llegó, me dijo que arremangara la manga del camisón y me inyectó. Sin más.

Nada tendría de extraño que la visitase el médico y tampoco que le pusiera una inyección. Sólo Dios y él sabrán por y para qué lo ha hecho. Lo verdaderamente extraño es que ella tema por su vida justo después de tal visita.

— ¿Qué te ha dicho? ¿Te ha dado malas noticias?

Me da la callada por respuesta.

— ¿Te ha pronosticado alguna enfermedad?

Sigue más callada que la h.

— ¿O tú ya sabías que la tenías y él te comunicó que se ha agravado?

Muda como una tumba.

Ya le he formulado la misma pregunta de varias formas diferentes y no se me ocurre ninguna otra manera de volver a preguntar lo mismo.

— Vamos a dormir. Ni a ti te va a suceder nada durante esta noche, ni va a ser necesario que sea yo quien envíe esa carta porque tú misma podrás hacerlo mañana — concluyo, ya cansada de tantas cavilaciones y de tanto misterio porque lo único que estamos haciendo es enredarnos en nuestra propia tela con demasiadas conjeturas y pocas evidencias.

Me doy la vuelta en la cama para acomodarme mejor e intentar dormir, pero van pasando los minutos y compruebo que no tengo demasiado éxito en el empeño, ni parece que lo vaya a tener en un plazo breve de tiempo. En mi cabeza se columpian las incomprensibles palabras que acabo de escuchar, e intento desterrarlas sin contemplaciones pero no lo consigo. Vuelven una y otra vez.

Es curioso lo que me está ocurriendo, estas palabras que me esfuerzo en alejar de mi mente no se quieren marchar de ninguna de las maneras; en cambio, otras que intento recuperar con toda la insistencia de que soy capaz, no acuden ni con señuelo.

Cambio de postura mil veces y van pasando las horas sin que el sueño me visite. En cambio ella se ha quedado dormida como un bebé. Ronca mucho, muy seguido y muy fuerte, tanto como una Harley Davidson. Su respiración suena entrecortada y emite gran cantidad de sonidos guturales mezclados con algún que otro lamento. Su sueño es de todo menos apacible hasta que, en algún momento de la noche y de improvisto, desaparecen todos esos ruidos y el sueño me vence también a mi.

 

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