Capítulo VI de Las garras del tiempo

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— Tienes que tomarte esto — me ordena esta enérgica mujerona que se encarga de nuestro cuidado durante las noches.

A la par, me está ofreciendo un vaso repleto de agua y de algo más, porque, hasta donde yo sé, el agua es incolora y, sin embargo, este líquido presenta una tonalidad parda un tanto sospechosa.

Esta misma frase ya me la ha repetido al menos otras dos veces más en este mismo minuto, y la he escuchado perfectamente en cada una de esas dos ocasiones pero, aún así, continúo con la boca bien cerrada, la cabeza cómodamente apoyada sobre la almohada y un gesto apático que ya por sí solo debería ser más que suficiente para darle a entender que no estoy por la labor de tomarme esa pócima que ella asegura me sentará tan bien que me dejará completamente relajada y me ayudará a dormir a las mil maravillas.

Hoy, no.

Precisamente hoy no puedo tomarme brebaje alguno porque después, cuando todo el edificio quede sumergido en la oscuridad y el silencio, vendrá Gabriel a buscarme y juntos nos iremos a investigar qué le ha ocurrido a mi compañera de habitación.

— Vamos, Marina, si no te tomas esto ahora mismo, el médico se enfadará mucho conmigo y me despedirán — asegura ella, esgrimiendo un gesto tan triste y empleando un tono de voz tan resquebrajado que, de no ser porque me parece voluntariamente adoptado y más falso que un billete de monopoly, conseguiría que se me partiese el alma en mil pedazos.

Alguna solución tengo que ofrecerle, no obstante, pues ya debe ser muy tarde y Gabriel no tardará en llegar. Antes de que eso ocurra debo conseguir que esta cuidadora tan perseverante se marche de aquí cuanto antes, y que además lo haga completamente satisfecha y con sentimiento de deber cumplido. Así también yo me aseguraré de que no vuelva a aparecer por esta habitación en toda la noche.

— Prefiero tomar los medicamentos en pastilla porque no me sienta bien beber tanta agua justo antes de dormir. Ya sabes, si ahora me tomo toda esa cantidad de líquido, luego me vendrán ganas de orinar y, dado que aún no me muevo con soltura en este lugar, me veré obligada a requerir vuestra ayuda, no vaya a ser que me caiga por ahí y me haga daño — pretexto yo, prácticamente asfixiada después de pronunciar todas estas palabras sin respirar.

Me salieron así, de sopetón, perfectamente hiladas unas con otras. Se ve que la necesidad agudiza el ingenio porque normalmente no tengo tanta labia.

— Este medicamento lo hay también en pastillas, ¿te viene mejor así?

Asiento con bastante desgana. Yo creía que ella optaría por dejarme quedar sin la medicación, que pondría sobre la balanza los dos casos: que yo me quede tranquila pero llame tres o cuatro veces durante la noche para que me acompañen a orinar, o que me quede algo menos tranquila pero que no toque el timbre en toda la noche. Y creía que ella elegiría la segunda opción, por mera comodidad. En ningún momento se me pasó por la cabeza que ella contara con la posibilidad de suministrarme la medicación en formato píldora.

La mujerona sonríe, satisfecha, mostrándome abiertamente esos dientes de caballo que tanto afean su rostro rechoncho. Seguidamente se marcha, presurosa, en pos de la pastilla, llevándose consigo el vaso y su contenido. Y yo me quedo aquí, pensando acerca de la manera de burlar la toma.

Ella regresa enseguida, mucho antes de lo que yo esperaba, con la palma de la mano abierta y una enorme pastilla allí depositada. En la otra mano trae un vaso de agua, incolora esta vez, para que yo tome sólo un sorbito que me ayude a tragar la gragea.

Y yo, que tenía previsto esconder la pastilla en alguna parte del paladar y escupirla tan pronto ella se marchara de aquí, comprendo que me va a resultar realmente difícil, teniendo en cuenta la dimensión de la píldora. Además, dado que las desgracias nunca vienen solas y que el destino se empeña en ofrecerlas en ristras, como las cebollas, debo poner mucho cuidado a la hora de ejecutar la maniobra si no quiero atragantarme en el empeño.

Tomo el comprimido de su mano, lo meto en la boca y empiezo a mover los párpados de arriba abajo, intentando simular que algo no va bien en mis ojos. Pretendo que la cuidadora se centre exclusivamente en ellos, en mis ojos, mientras tanto la lengua trabaja a toda prisa para esconder la pastilla.

Finalmente lo consigo. Ha quedado bien inmovilizada en la parte derecha del paladar, aplastada bajo la lengua.

La cuidadora me ofrece el agua, yo tomo un pequeñísimo sorbo, tan pequeño que no pueda arrastrar la pastilla hasta mi estómago y, después, exagero el gesto al tragarla.

La mujerona, ya satisfecha, me ayuda a acomodar la cabeza en la almohada, me arropa extendiendo la colcha hasta que me llega al gaznate, apaga la luz en la cabecera de mi cama y se marcha dejándome la puerta semiabierta. Sólo le ha faltado darme un beso de buenas noches en la frente.

Despierta como un búho, me sumerjo en una inquieta espera, atemperada con otra cosa: un pavor indeterminado a lo que pueda ocurrir, a lo que ya ha ocurrido, a lo que podamos descubrir, a lo que se nos oculte, a todo en general.

Se apagan las luces del pasillo, todas a la vez. La opacidad que provocan las luces de emergencia desdibuja el contorno de las cosas y atrae el silencio; un silencio que se escucha a la perfección.

Supongo que Gabriel ya no tardará en llegar. Quedó en venir poco después de que apagaran las luces y creo que él es hombre de promesas cumplidas, pero a mi me gustaría saber cuándo es para él “poco después”, el significado exacto de esas dos palabras. Necesito medir ese tiempo, calcular su avance, saber exactamente cuándo terminará la espera. Pero carezco de reloj y desconozco el lugar donde podría comprobar la hora. No he visto ningún reloj por ahí colgando de las paredes y supongo que eso se deberá a que, en realidad, el horario es intrascendente en este lugar, porque aquí solamente hay dos horas: el día y la noche. El día para deambular por los pasillos, las salas de estar y el jardín; y la noche para dormir después de atiborrarse de pastillas. Sin embargo, sí que llevan a rajatabla el horario de las comidas, pero nos avisan con ese timbre de sonido agudo que siempre consigue sobresaltarme y creo que, por más tiempo que pase aquí, jamás lograré acostumbrarme a tal estrépito.

Sigo esperando y tengo el alma en un puño, el corazón al galope y soy incapaz de mantener mis manos quietas bajo la sábana. La inquietud me carcome por dentro. Sólo Dios sabe lo que encontraremos esta noche, si es que encontramos algo, o si nos descubrirán antes de que podamos encauzar la búsqueda debidamente.

Quizá, incluso, amparado en la oscuridad, él se atreva a besarme otra vez.

Todo puede ocurrir en esta peculiar noche.

Al otro lado de la ventana, la luna, todavía muy llena, tiñe los objetos de la habitación con una luz cenicienta que va alimentando mi desasosiego hasta atiborrarlo de aterradoras imágenes que van emergiendo a mi alrededor. Veo el colchón donde ahora debería estar descansando mi compañera. Ahí está, perfectamente dibujado por la luz de la luna, manchado de fluidos corporales, desnudo y vacío, irradiando sentimientos de pérdida, de soledad, asegurándome que nuestro tiempo en este mundo es efímero y que nos marchamos de aquí dejando tan sólo unos pocos restos biológicos depositados en ropas que irán directas al cubo de la basura tan pronto nos hayamos ido.

Pero…, ¿por qué estoy dando por hecho que ella está muerta?, ¿por qué no consigo otorgar veracidad a esa historia de familiares contritos que han venido a buscarla para llevársela al sitio del que nunca debió haber salido?

Gabriel acaba de asomar por la puerta. No entra. No habla. Se ha quedado bajo el umbral, indeciso y callado. Yo aparco momentáneamente mis aciagos pensamientos y le hago un gesto para que se acerque. Mientras tanto me voy levantando, no sin dificultades, para sentarme en la orilla de la cama.

Soy consciente de que voy vestida con un camisón blanco algo transparente, que no es prenda adecuada para citarse con un hombre en mitad de la noche pero, aún así, no me voy a poner otra cosa porque no conviene hacer el más mínimo ruido. El remedio sería peor que la enfermedad. Mejor será incitarle a él al desenfreno que dar la campanada para que la cuidadora venga enseguida a ver qué está ocurriendo aquí. Pero al menos calzaré estas horrendas zapatillas de hombre que no sé quién ha comprado para mi.

— ¿Ya estarán todos durmiendo? — le pregunto a Gabriel.

He hablado tan bajo que él no ha escuchado nada, por eso se acerca y pega su oreja a mi boca, instándome a repetir la frase. Y yo, que acabo de sentir mil mariposas en el pecho, revoloteando entre ese embriagador perfume que he inhalado directamente de su oreja, repito la pregunta.

— Yo creo que si. En el pasillo no se escucha nada. — susurra él.

— Entonces…, ¿nos vamos ya?

— Cuanto antes. Esto es mejor hacerlo ahora, a primera hora. Después, más avanzada la noche, siempre hay alguien que llama a las cuidadoras por esto o por lo otro, y pueden descubrirnos pululando por ahí. Ellas también procuran descansar durante las primeras horas porque saben que después puede haber trabajo.

Me pongo las zapatillas y me dispongo a salir al pasillo, a la aventura.

Gabriel va delante.

Mi corazón late cada vez más acelerado.

Nos ponemos en marcha hacia la izquierda, hacia las escaleras. El ascensor, por supuesto, está vetado porque haría demasiado ruido.

Pretendemos descender hasta la planta baja, donde suponemos que pudiera haber quedado algún indicio, algún resto, o algo que nos coloque sobre el rastro de mi compañera. Allí, según Gabriel, es donde se encuentran las estancias más transitadas por los trabajadores, las que a los internos nos están vedadas. Y es allí donde, de haberlas, se supone que estarán las pruebas, los informes, los indicios, el rastro, o lo que quiera que la apresurada marcha de mi compañera haya dejado en este lugar.

Caminamos despacio, con la suerte de que la moqueta del suelo ahoga el sonido de nuestros pasos, y las tenues luces de emergencia nos amparan para continuar avanzando hacia las escaleras, que ya están ahí mismo.

El largo pasillo que acabamos de recorrer muere al pie de las escaleras, justo aquí donde la mullida moqueta cede paso a las frías baldosas que adoquinan el suelo. Pero ambos calzamos zapatillas y el ruido que nuestros pasos pudieran provocar sobre las plaquetas queda igualmente sofocado por las suelas de plástico.

Descendemos muy despacio, peldaño a peldaño, agarrados a la barandilla para evitar caídas o tropezones imprevistos e inoportunos.

Sin embargo, ha surgido un inconveniente con el que no contábamos a priori: no todo el mundo duerme.

Al menos dos personas hablan en el piso inferior, el que se encuentra justo debajo de donde nosotros estamos ahora mismo y a donde nos dirigiremos tan pronto podamos. Gabriel, que desciende las escaleras delante de mi, alza su mano derecha para indicarme que debemos aguardar momento más conveniente para seguir avanzando.

Mis piernas paran en seco, a la primera orden. Intento poner freno también a mi agitada respiración, pero no lo consigo tan fácilmente. Desciendo otro peldaño y me sitúo en paralelo con Gabriel. Él acorta distancias y me abraza. Es un abrazo reconfortante, que pretende calmar mis nervios pero que sólo consigue ponerme a temblar sin que yo sepa muy bien si debido a la peligrosa situación en la que nos encontramos o a la extrema cercanía en la que estamos.

— Parece que aún están trabajando en la cocina. Es mejor que esperemos aquí hasta que se marchen — susurra él en mi oído, tan cerca que sus labios húmedos se pegan a mi oreja.

Junto con las palabras también se cuela un aire caliente que me provoca agradables cosquillas en el tímpano.

Me estremezco.

Él me toma de la cintura y me atrae hacia sí.

Me estremezco aún más.

Tímidamente, apoyo mi cabeza sobre su pecho y me dispongo a esperar hasta que la situación se torne más propicia para nuestros planes. Entretanto, disfruto del momento. Él es mucho más alto que yo, tanto que mi coronilla sólo alcanza hasta el inicio de su cuello. Él apoya la barbilla sobre mi cabeza. Siento su respiración tanto o más agitada que la mía. Inspira fuertemente, como intentando esnifar todo el aroma que desprende mi pelo. Después exhala el aire por la boca; un aire caliente que se cuela entre mis cabellos y recorre toda mi cabeza creando una de las sensaciones más agradables que he vivido en toda mi vida. Aquí, en este momento, con el peligro merodeando, envueltos en penumbra, abrazados, aguardando no se sabe qué, ese aire que sale de su boca consigue llevarme a la ebullición y estoy sintiendo un hormigueo en algunas partes de mi anatomía que ya creía atrofiadas por desuso.

Gabriel se separa de mi y se asoma a la barandilla para comprobar cómo andan las cosas por ahí abajo. Yo subo un peldaño para no quedar en inferioridad y me asomo también.

Aquí, envueltos por la semipenumbra que nos facilitan las luces de emergencia, vemos a las dos mujeres ir y venir, entrar y salir de las estancias, pero su conversación nos resulta ininteligible por mucho que intentemos afinar nuestros oídos. Da la sensación de que están terminando su faena pues también laboran con la mitad de las luces apagadas.

Ahora están porteando dos grandes cubos de basura que acaban de sacar de una de las estancias y que pretenden dejar en el cuarto colindante, el de la limpieza, según me susurra Gabriel al oído.

— No sé quién es el iluminado que deja estas cosas en la cocina — dice alto y claro una de ellas justo al pasar por el pie de la escalera, apenas dos metros más abajo de donde nosotros nos encontramos ahora mismo.

— Están recogiendo para marcharse — musita Gabriel.

Espero que sí, pienso yo, porque hace ya un rato que mi garganta está dando señales de vida y la tos pugna para salir en cuanto le abran la compuerta. Yo mantengo los labios pegados como lapas pero el picor que siento en la campanilla y alrededores arrecia a cada segundo que pasa y no sé durante cuánto tiempo más voy a aguantar antes de comenzar a toser sin descanso.

Esta incómoda situación no es nueva para mi. De hecho se repite inevitablemente cada vez que me encuentro en cualquier lugar donde deba imperar el silencio, ya sea en el cine, en un velatorio, en una boda en el preciso momento de dar el “sí, quiero”, en alguna presentación, o en cualquier otra situación susceptible de que todo el mundo se vuelva para mirarme si empiezo a toser, para amonestarme con la mirada por impertinente, por aguafiestas, por interrumpir el importante acto. Y siempre, a pesar del bochorno y sin poder evitarlo, yo arranco a toser descontroladamente. Entonces, también inevitablemente, todos los presentes se vuelven hacia mi y me miran como si fuese una apestada porque estoy tosiendo hasta quedar exhausta, colorada como un tomate y a punto de echar el hígado por la boca, cuando debería permanecer en escrupuloso silencio y atenta a lo que quiera que allí se represente.

Se apagan las luces en la planta baja, ¡por fin!.

Las voces y pasos se van perdiendo a lo largo del pasillo que conduce a la salida.

Se escucha un chasquido en la puerta, y luego nada

Vía libre para nosotros.

Yo abro la boca y expulso todo el aire contenido. De repente, ya no me pica la garganta, ya no necesito toser para aliviarme. Siempre me ocurre lo mismo: pasa el peligro, pasa también la tos.

Me dispongo a lanzarme escaleras abajo, pero Gabriel me detiene con un fuerte apretón en la cintura. Yo, en principio, no comprendo su actitud pues esta cautela ya no tiene sentido cuando hace un par de minutos que los moros han dejado libre la costa. En busca de una explicación coherente, alzo la mirada hacia él y me encuentro con sus ojos brillando como dos estrellas en medio de la penumbra y todas las palabras enmudecen en mi boca.

Entonces, sin previo aviso, él abraza mi cintura, me atrae hacia sí con suavidad y busca mi boca para regalarme un beso tan cálido y tan largo que momentáneamente me hace olvidar cuál era el propósito inicial de esta aventura y me obliga a preguntarme por qué me encuentro a estas horas de la noche en esta escalera, semidesnuda y besando a un casi desconocido cuando debería estar cobijada bajo las mantas, como se espera de mi. ¡Ay, si la bruja me viera ahora, entonces sí que iba a decir que ando “fumada”! No, no diría eso, más bien diría que soy tan puta que deberían ponerme la etiqueta de “abre fácil”.

Su boca abierta, su lengua penetrando en mi boca con avidez, buscando mi lengua para juguetear con ella…

El beso fue de esos que te elevan unos cuantos metros por encima de la superficie terrestre y, al tocar fin, te dejan caer de sopetón para que te des cuenta de que el cielo se puede visitar a ratos pero que no está para pasarse toda la vida en él.

Ya vuelvo a estar de nuevo en la Tierra, ya él apartó sus labios de los míos para poder decirme que debemos actuar deprisa, que no hay tiempo que perder. Se comporta como si el beso que nos acabamos de dar fuera algo anecdótico, un simple accesorio de la misión principal, la que nos trajo hasta aquí, que no es otra que la búsqueda de mi compañera de habitación o, más bien, del rastro que por aquí haya podido dejar. Pero su respiración suena entrecortada, agitada por el deseo, igual que la mía. Y evita mirarme a los ojos porque quizá está turbado por el impulso que nos ha llevado a unir nuestros labios, como yo.

— Vamos a ver qué hay en esos dos cubos de basura que han sacado de la cocina— propone él.

— Habrá basura, supongo. ¿No deberíamos empezar por otra parte? — sugiero yo.

— En esta planta están la cocina, el cuarto de la limpieza, la recepción, la capilla, el despacho del Director y una sala de estar; y ninguno de esos sitios es lugar apropiado para guardar objetos o pruebas comprometedoras. Si algo hay, se habrán deshecho de ello tirándolo a alguno de esos cubos de basura, así estará listo para que lo recoja el camión e ir a parar al vertedero.

Visto así, debo reconocer que razón no le falta. Empecemos, pues, por el registro de los cubos, le doy a entender con un par de movimientos de cabeza.

Con cautela, retiramos la tapa negra, grasienta y cochambrosa que cubre uno de ellos, a la que el agua y el jabón parecen haber repudiado hace siglos. Nos alcanza de lleno el olor a óxido mezclado con naftalina que expele el interior del cubo y que, inevitablemente, me recuerda a la bruja, tan dada ella a dejar el cuarto de baño sembrado de compresas ensangrentadas por la menstruación. Arrugo la nariz y procuro contener la respiración pues ni el olor ni el recuerdo al que lo tengo asociado son de mi agrado.

Gabriel arrastra el cubo y lo coloca justo debajo de la luz de emergencia para poder examinar su contenido al detalle. Y hasta la punta de la nariz se me pone blanca cuando parte de ese contenido se presenta ante nosotros: ahí está la “mañanita” de color rosa salmón, también un camisón parcialmente ensangrentado, varias prendas de ropa interior de mujer, algunas de ellas también salpicadas de sangre; más ropa femenina que Gabriel asegura le pertenecía a Pilar porque habían sido muchas las ocasiones en las que se las había visto puestas, un cepillo de dientes con las cerdas muy gastadas, un viejo peine que ha extraviado la mitad de la púas, varias jeringuillas, pantys usados que expelen olor a pies y a sudor, también hay pantys sin usar y aún empaquetados, y dos pares de zapatillas.

Por lo que estoy viendo, Gabriel no andaba nada desencaminado cuando sugirió comenzar por donde hemos comenzado.

Me estoy mareando y ya no quiero ver nada más. Le ruego a Gabriel que deje las cosas donde estaban y que regresemos a la habitación lo más pronto posible pues temo que, de no hacerlo ahora mismo, mis piernas flojearán tanto y tan rápido que se sentirán incapaces de transportarme hasta allí. Y, si eso llegara a ocurrir, nos veríamos obligados a pedir ayuda, y nuestra incipiente investigación quedaría solamente en eso: en incipiente. Además, este inquietante hecho continuaría sin resolver y el asesino de mi compañera camparía a sus anchas por donde le viniera en gana. Porque aquí está claro que ha ocurrido algo muy gordo, algo que todos los que aquí trabajan convienen en tapar. Véase sino el engañoso comportamiento del médico y también de la cuidadora cuando ambos me aseguraban que mi compañera se había marchado con su familia. Nótese también cómo las dos mujeres que acaban de marcharse se afanaron en sacar los cubos de la cocina y esconderlos en el hueco de la escalera.

— Aguanta un poco más, sé que puedes hacerlo — me pide él.

Yo tengo serias dudas al respecto, pero continúo en el lugar, sin moverme.

Él arrastra el otro cubo y levanta la tapa para dejar al descubierto más ropa. Ropa oscura, fea, incluso deprimente diría yo, ropa burda de esa que nos ponen aquí, sin pizca de atractivo. Hay de todo, pero predominan estos chándal que no sé muy bien de dónde los sacan ni quien se dedica hoy en día a fabricar tan horrendas vestimentas.

Con la punta de sus dedos, Gabriel pinza cuidadosamente varias prendas y las levanta para dejar al descubierto más ropa. Supongo que quiere averiguar si todo el contenido del cubo es ropa, o bien hay algo más. Con la otra mano engancha otro lote de vestimenta, la levanta también y ante nuestra vista aparecen muchas más prendas, apretujadas, enmarañadas, menospreciadas y solas, como quizá también lo estén los restos corporales de la que hasta hace no mucho tiempo fue la propietaria de todas estas cosas que estamos viendo.

Va remitiendo el mareo que sentía hace unos momentos, mis ojos ya están perfectamente adaptados a las deficiencias de esta luz que nos alumbra y puedo distinguir correctamente cada uno de los objetos que contiene este hediondo cubo de basura y también los que él tiene ahora mismo en las manos. No hay otra cosa más que faldas, chaquetas, medias, camisones y, sobre todo, chándal. Aún así, aunque el mareo haya remitido en parte, yo me encuentro muy cansada, también aturdida, sobrepasada por las muchas emociones que estoy viviendo en estos días, por los acontecimientos recientes; y ardo en deseos de volver a mi cuarto, a mi cama, por eso decido descruzar los brazos y colaborar con Gabriel para terminar con esto cuanto antes.

Al igual que él, utilizo también la punta de mis dedos para levantar otro montón de ropa. Aún así, a pesar del escaso contacto con ella, siento un no sé qué al tocarla. Es una mezcla entre frío y miedo que me pone los pelos como escarpias. Es una sensación indescriptible la que en estos momentos siento, aquí, a su lado, en la penumbra, en completo silencio, como ladrones que buscan el amparo de la noche para actuar, para hurgar entre las miserias ajenas buscando no se sabe qué pero con la inquebrantable determinación de apropiarnos de lo que sea que aparezca sin importarnos cuántos metros arriba o abajo debamos adentrarnos en la intimidad ajena.

Ya es mucha la ropa que hemos removido pero al cubo sigue sin vérsele el fondo. Ahora están apareciendo chaquetas de punto en colores gris, marrón y negro, tan anormalmente planchadas que da la sensación de que han pasado directamente del armario al cubo de la basura sin que nadie las tocara; al contrario de las otras prendas, las que sacamos al principio, que se presentaban arrugadas como sobaco de tortuga.

Retiro la chaqueta marrón que corona la siguiente pila y también la gris que hay debajo. Estoy deseando que el fondo se haga visible de una puñetera vez, que esta atrevida inspección termine y que regresemos a nuestros dormitorios cuanto antes. Pero lo que aparece es un sobre de carta, posado sobre una chaqueta, desdoblado, sin arrugas y perfectamente lacrado.

Gabriel también lo ha visto y se abalanza a cogerlo y a leer los datos del destinatario: Pablo García Rodríguez. En letras muy grandes.

Sin más.

Sin calle, ni número, ni ciudad, ni provincia.

Me mira, desconcertado.

¡Una carta! Ahora me viene a la mente lo que ella me comentó ayer noche. Había una carta, en un sobre. Yo tendría que enviarla en caso de que a ella le ocurriera algo. Pero a mi se me ha olvidado completamente. A decir verdad, tampoco he tenido ocasión de ocuparme de la carta porque, cuando me desperté, aquella mujer estaba desnudando la cama y luego…

No recuerdo qué pasó luego.

Nos apresuramos a abrir el sobre, los dos juntos, colaborando sin titubeos. Parecemos dos niños desembalando los regalos traídos por los Reyes Magos. Yo creo que ni siquiera respiramos con la emoción y las ansias de acceder al contenido lo más pronto posible.

Repentinamente, me apropio de la carta y la sitúo fuera del alcance de Gabriel. Me acaba de asaltar un sentimiento de culpabilidad por estar metiendo las narices en la intimidad de otra persona que, aunque seguramente fallecida, sigue siendo la dueña absoluta de tal privacidad. Sus secretos le siguen perteneciendo aún después de muerta.

— ¿Qué ocurre? — pregunta él.

— No sé si debemos… — dudo yo, izando la bandera de la honradez pero con una ganas incontrolables de rasgar el sobre y leer el contenido.

— Hemos venido a buscar pruebas, ¿verdad?

Asiento en silencio.

— ¿Qué mejor prueba que una carta?

Vuelvo a mostrar mi acuerdo y acabo haciendo oídos sordos a mi conciencia porque puede más la imperiosa curiosidad que me domina que el freno que pretende imponerme el remordimiento; y sigo adelante, rasgando el trozo de papel que falta sin más contemplaciones que las necesarias para no arruinar su contenido.

Una vez roto el sobre, me quedo parada, inmóvil; carezco del valor necesario para continuar, para desplegar el papel y acceder a su contenido. Me siento como la protagonista de una película de terror, suspenso o misterio, a punto de descubrir quién es el asesino y cuán cerca o lejos se encuentra de mi. El ambiente que nos envuelve tiene todos los ingredientes que caracterizan ese tipo de filmes, sólo le falta la música con sus sonidos de instrumentos que evocan lo tenebroso y siniestro, con sus acordes violentos y sus notas graves sostenidas. En este momento casi puedo sentirla fusionándose con las imágenes que tengo delante, anunciándome la llegada de una situación terrorífica.

Ante mi repentina inmovilidad, Gabriel actúa inmediatamente. Extrae, al fin, el trofeo y lo despliega cuidadosamente ante nuestras narices. A continuación saca las gafas que lleva en el bolsillo del pantalón, y empieza a leer:

El pasado ha regresado. El hijo de Cristóbal está aquí. Tengo miedo. Ven a buscarme.

Me quedo embobada, mirando el papel que él sostiene en las manos, absorta en la carta y en la voz que intuyo en ella. Un texto tan escueto como un telegrama, pero tan enigmático como el más enigmático de los acertijos.

— Será mejor que la dejemos dónde estaba y que regresemos a nuestros dormitorios — propone él, poseído por lo que parece un súbito sentimiento de respeto a lo que nos es ajeno, y quizá también de prudencia para evitar que nos metamos en atolladeros de los que no saldríamos bien parados.

Pero ahora soy yo la que ha cambiado de parecer. ¿Dejarlo aquí? ¿Para qué hemos venido entonces? ¿Para qué hemos corrido tanto riesgo y sufrido tanto miedo? ¿Para marcharnos de aquí con las manos vacías ahora que, al fin, hemos encontrado algo que quizá pueda servirnos para localizarla? ¡Ni hablar!, pienso yo mientras niego con la cabeza y me aferro al trozo de papel que acabo de arrebatar de sus manos.

— ¿Qué quieres hacer con esto?

— Llevarlo a mi cuarto, esconderlo donde nadie pueda encontrarlo y tratar de averiguar qué demonios significa esto, quién es Cristóbal, quién su hijo, por qué a ella le daban miedo estas dos personas, y quién tenía que venir a buscarla, ¿te parece poco? — anuncio yo, impermeable a toda negativa.

Gabriel niega con la cabeza y parece decidido a regresar al cuarto con las manos vacías.

— ¿Es que tú no quieres saber lo que ha ocurrido?

— Claro que sí, pero creo que si nos pillan metiendo las narices donde no debiéramos, hay muchas posibilidades de que acabemos igual que Pilar. Y algún día serán estas ropas que ahora llevamos puestas las que terminen en estos cubos de la basura, enmarañadas y puede que también ensangrentadas.

Una dolorosa punzada de miedo alcanza mis entrañas y me obliga a replantearme la situación durante unos breves instantes. Apenas dos o tres segundos que me permiten imaginar mis propia ropas ahí metidas y con destino al basurero más próximo, pero…

— Pero no podemos ignorar esto que estamos viendo. Nos interesa averiguar todo lo ocurrido porque bien pudiera ser que nosotros nos encontremos también en peligro. Desconocemos quién es esa persona que tan peligrosa le pareció a ella, y si aún sigue por aquí. — respondo yo.

Unos minutos de silencio compartido ante las pocas y miserables pertenencias que mi compañera ha dejado en este lugar, y probablemente también en este mundo, son suficientes para que él también se decante a favor de iniciar una exhaustiva investigación sobre los hechos. Yo, de inmediato, celebro su determinación con una amplia sonrisa pero, también enseguida, identifico claramente el obstáculo que, al menos a mi, me frenará.

— El problema está en que mi memoria está muy tocada a causa de todas esas pastillas que me obligan a tomar.

— A mi me ocurre tres cuartos de lo mismo, quizá en un grado un poco menor que el tuyo, pero también estoy tocado.

Puedo apreciar el desánimo y la impotencia de Gabriel a través de sus gestos sombríos, de su amarga resignación. Me mira con ojos lastimeros, lamentando nuestra común situación; pero yo no le devuelvo ni comprensión ni solidaridad, sino que le sonrío abiertamente como si todo eso de la carencia de memoria fuera un mal menor en este caso.

Se me acaba de ocurrir una idea que, a priori, parece estupenda.

— ¡Anotaremos todo! — exclamo yo, eufórica.

— ¿Cómo dices?

— Que anotaremos en un cuaderno todo lo que vayamos haciendo y descubriendo. De esta forma, cuando no recordemos algo, sólo tendremos que abrir la libreta y leer.

Gabriel, que no parece albergar demasiadas esperanzas de que una idea tan simple pueda reemplazar el encomiable trabajo de miles de neuronas, congela la sonrisa que había esbozado en un principio, cuando aún no había analizado mis palabras debidamente.

— Es una idea muy buena, pero ahora será mejor que nos vayamos de aquí, que dejemos todo esto como estaba y regresemos a nuestras habitaciones — dice, no obstante.

Retornamos al ropa al interior de los cubos sin preocuparnos demasiado por guardar el orden que originalmente tenía pues a buen seguro que el camión de la basura los vaciará sin miramientos, los tapamos y los arrastramos hasta el hueco de la escalera, justo en el lugar donde los hemos encontrado hace un rato.

Antes de emprender el regreso, Gabriel mira en todas direcciones, buscando ruidos, sombras, o lo que sea que pueda delatar la presencia de alguien por los alrededores.

Pero estamos solos, afortunadamente.

— ¡Vámonos de aquí! — insiste él, cogiéndome de la mano.

No sé qué le ha entrado de repente. Él, que parecía tan decidido a llegar hasta el fondo de todo este asunto, que me aseguraba no existía peligro alguno porque las cuidadoras estaban descansando, que se ofreció presto a ayudarme en todo este embrollo; ahora, de repente, le ha entrado el canguele y parece tener más miedo que un inquilino en la casa de Drácula.

El camino de vuelta me parece excesivamente corto y, casi de repente, me encuentro de nuevo a las puertas de la habitación 103, la mía.

Hemos venido con tanta cautela como si camináramos pisando huevos. Guardamos absoluto silencio durante todo el trayecto, pues toda precaución nos parecía poca. Pero, por fortuna, aquí todo sigue en calma y hasta parece que el tiempo se ha detenido entre las paredes de este lugar que parece un híbrido entre hospital y cárcel.

Bajo el marco de la puerta, Gabriel me roba otro beso y luego desaparece a toda prisa pasillo adelante, hacia su habitación. Fue un beso fugaz, que me pilló por sorpresa y que no pude saborear como es debido pero que, aún así, me dejó muy buen sabor de boca.

Sonrío y camino de puntillas hacia mi cama, con la sensación de haberme desprendido de cientos de años en apenas unos minutos. Esta mañana me sentía tan cansada como si llevara más de mil años vagando por este mundo, y ahora me encuentro tan ligera y tan ágil como una adolescente.

No sé si será cosa del amor.

Probablemente, si.

Seguro que si.

 

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