La tormenta estaba tan fuerte y la lluvia tan copiosa que la visión a través del parabrisas del auto de Antonio era casi nula. Enfrascado en sus pensamientos, no se dio cuenta de que había dejado atrás la salida correcta, hasta que giró el volante para salir en la siguiente calle. Angustiado por aquella llamada que lo había sacado de la oficina antes de la hora acostumbrada, a la anarquía de la noche borrascosa sumaba su extremo nerviosismo.
Resignado, Antonio pensó que si continuaba girando a la derecha encontraría el camino de regreso a la salida correcta, la ruta que lo llevaría a su casa. Sin embargo no fue así. A medida que continuaba se iba adentrando en un barrio húmedo y sombrío, donde los escasos faroles apenas iluminaban una serie de calles pobres y desordenadas, guarecidas por edificios altos y viejos, con la negritud y la suciedad tan particulares de algunos barrios neoyorkinos. Para colmo, en el momento menos adecuado, el auto se detuvo y no hubo forma de que el motor quisiera volver a funcionar. Parecía que un designio perverso, o una funesta mala suerte, no permitían que el joven ingeniero saliera de aquel aprieto.
Arrepentido y culpándose a sí mismo por su propio descuido, Antonio abandonó el auto para buscar refugio y asistencia en aquel obscuro vecindario. Sin embargo, casi no había luz en las ventanas, y las puertas parecían todas cerradas a piedra y lodo. No obstante, después de deambular desorientado y brincar hoyos y charcas, mojado y frío, con el cuello del gabán levantado como defensa contra aquella lluvia pertinaz, creyó ver que a través –o por debajo– de la puerta de un edificio bajo y lúgubre se filtraba un rayo de luz de color azul cobalto.
Animado por su descubrimiento se acercó a la puerta y antes de tocar observó que estaba entreabierta. La empujó levemente y entró. La estancia era pequeña y casi carente de muebles: si acaso en un rincón una mesa con un viejo candelabro apagado y un par de sillas. Pero una intensa luz azul, fría como la escarcha que cubría las calles, la iluminaba por completo y permitía ver todo el piso de la habitación, casi plenamente cubierto de velas de cera roja. A pesar de su poco conocimiento sobre las culturas precolombinas le pareció reconocer, sobre la mesa, algunas vasijas de la época prehispánica, y enderezada a su lado una notable escultura de Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, cuya presencia le resultaba marcadamente extraña en pleno centro de Manhattan.
Antonio sintió más frío ahí que afuera, pero no quiso salirse sin encontrar un teléfono. De pronto, la puerta del fondo se abrió de golpe, como sacudida por una ráfaga de viento, dejando pasar una furiosa parvada de pájaros negros que entraron con un graznido ensordecedor y se lanzaron contra Antonio, quien apenas tuvo tiempo de tirarse al suelo para evitar su rabiosa embestida.
Así como llegaron los pájaros negros, igual se fueron, dejando la puerta abierta hacia lo que parecía ser un jardín pequeño cubierto por una intensa vegetación. Curiosamente, parecía que en aquel jardín no llovía, aunque bien pudiera ser que lo protegieran las paredes de los edificios vecinos –pensó Antonio–, mientras se recuperaba del ataque de los pájaros salvajes.
No sin temor avanzó hacia la puerta y salió al jardín frondoso. La vegetación era tan exuberante que resultaba difícil pensar que aquel jardín estuviera en pleno centro de una metrópoli como Nueva York. El follaje era tan alto y tupido que hacía de aquel pequeño vergel un lugar totalmente apartado del mundo: un huerto escondido. Antonio aspiró un aire húmedo y pegajoso, y experimentó una sensación de profunda calma. Se sintió tranquilo, sereno, como si su cuerpo fuera parte de aquel jardín secreto.
Un rumor repentino lo sacó de su ensueño: escuchaba como si un murmullo de olas surgiera de alguna parte. El susurro creció rápidamente y en segundos se percibía el rugido de una cascada que se acercaba voluptuosa, o como si estallara el inicio de un poderoso terremoto.
Los sonidos aumentaron hasta convertirse en un ruido insoportable, y entonces Antonio advirtió la aparición de varios tentáculos azules que parecían brotar de las paredes aledañas. Eran largas ventosas cubiertas de una substancia viscosa, gruesas en su base, pero que se adelgazaban como lanzas en sus extremos. Cada vez surgían más y a medida que brotaban crecían hasta alcanzar proporciones gigantescas.
Antonio quiso regresar al interior del edificio, pero encontró la puerta del jardín herméticamente cerrada. Los tentáculos azules cubrían ya buena parte del jardín y se lanzaban hacia él en furiosos ataques, intentando atraparlo o atravesarlo con sus lacerantes puntas. Con la humedad del suelo Antonio resbaló y uno de los apéndices le atrapó las piernas, mientras otro le entrelazaba el tronco apresándole los brazos.
Los enormes tentáculos apretaban cada vez más y Antonio empezó a sentir asfixia y a perder el conocimiento. En ese instante una voz femenina, delgada pero penetrante, se escuchó por todo el jardín en un idioma incomprensible. Los ensordecedores sonidos disminuyeron quedando reducidos casi a nada y los tentáculos azules se retiraron velozmente, hasta desaparecer. En el centro de jardín una mujer morena, rolliza y muy baja de estatura, se alzaba con los ojos cerrados y los brazos en cruz, en total dominio de la situación, como si aquel vergel fuera su muy particular reinado.
Antonio estaba exhausto y sorprendido y no atinaba a decir palabra. La pequeña mujer abrió los ojos, lo miró con una enorme conmiseración y le dijo: “Entraste a un lugar prohibido, forastero, da gracias al cielo de que llegué a tiempo y estás vivo”.
– ¿Pero dónde estoy, señora, qué lugar es éste?
–Es inútil que te lo diga porque no lo entenderías, confórmate con saber que sigues con vida.
– ¿Y usted quién es? …No sabe cómo le agradezco su intervención tan oportuna.
– Yo soy Axayácatl, la sacerdotisa de este templo.
– ¿De…alguna religión antigua o secreta?
–No, mi querido amigo, Axayácatl significa “el rostro del agua”… el reflejo, para que mejor me entiendas; porque este santuario es la puerta de entrada hacia otro mundo, un mundo reflejo al que sólo los iniciados tienen acceso.
Las últimas palabras las escuchó Antonio con extrema lentitud, como si la voz de la mujer se fuera desvaneciendo, perdiéndose en la laxitud de la noche, mientras con sus manos le mostraba la puerta de salida.
La tormenta había escampado y cuando salió ya casi no llovía. Encendió el auto sin dificultad y cuando recibió la iluminación de la luz urbana pudo notar, en el dorso de su mano izquierda, el diseño de la figura precisa y contundente de Quetzalcóatl.





Mabel
¡Maravilloso! Un abrazo Vicente y mi voto desde Andalucía.
VIMON
Muchas gracias, Mabel. Un abrazo.
LOUE
Qué hermoso y mágico relato Vimon. Un cordial saludo!
VIMON
Me alegra que te guste, Loue. Gracias por tus amables comentarios.
Esruza
Relato que me gustó Vimóm.
Mi voto y saludos
VIMON
Que bueno, Estela. Gracias por tu visita y comentarios. Saludos.
acasgom
Me encantó. Un abrazo
VIMON
Que bien que te gustó, Acasgom. Gracias por leer y comentar. Un abrazo.
GermánLage
Como de costumbre, Vimon, excelente.
Un cordial saludo.
VIMON
Muchas gracias, Germán. Saludos.
Gemma
Me imaginé una idílica Pachamama entre un Kraken viscoso. Tu imaginación explosiva desborda. Gracias Vimon. Un saludo desde Guada
VIMON
Gracias a ti, Gemma, por tus amables y estimulantes comentarios. Saludos desde Mty.
Lautadg
Excelente, me encanto tu relato VIMON, te dejo mi voto y un abrazo!!
VIMON
Muchas gracias, Lautadg, y un abrazo.
Sosias
Apreciado Vimon:
En mi pobre opinión ,este es el camino. Me gustaría que Antonio volviera a ese lugar y, de la mano de Axayácalt nos deleitara con ese mundo maravilloso lleno de misterio y belleza.
Su imaginación y conocimiento harán que todos estemos pendientes de ello.¿Que cosas sucederán a lo largo del camino?
¡Exquisito!
Saludos y mi voto.
VIMON
Gracias, amigo Sosias. Como comente en El Collar de Jade estoy planeando una novela, la cual posiblemente incluirá parte de este relato. Aprecio mucho tus estimulantes comentarios.
Beatriz Álvarez Tostado
Excelente relato, VIMON ! Me gustó mucho por el suspenso en que nos tienes con tan detallada narración de inicio a fin. Mi voto junto a un regio abrazo.
VIMON
Muchas gracias, Betty. Un abrazo.