Ella miente muy bien

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Estoy delante de la puerta de su casa, llevo dos horas llamando al timbre. No me abre, son casi las dos de la noche y no estoy borracho.
Verónica.
Me he bebido media botella de tinto antes de salir, mientras hablaba con ella por teléfono. Le he dicho que iba a ir a verla, ha dicho que no fuera. Ha dicho: “Puedes ahorrarte el viaje, no voy a estar, igual salgo”. Qué viaje, no es ningún viaje. He pasado antes por el bar de Merso para entonarme un poquito, un vodka helado, otro vodka helado, otra copa, otra. He salido dispuesto a comerme el mundo; bueno, el mundo no, pero sí a mi novia.
Verónica.
Antes de llegar he comprado una cerveza de litro en el supermercado de los pakis. Qué bien me sienta el alcohol. No sé si estoy borracho. Ahora ella diría que hablo de una manera anticuada, porque uso esas palabras, como su padre: agotado, enamorado, inconsciente, borracho…
Me he sentado en el escalón de su portería, con la botella a un lado. Suerte que es martes y apenas pasa nadie por la calle. Suerte que ella vive en un pequeño pasaje.
Verónica.
Hemos hablado por teléfono, sí, esta tarde, una hora. Ella estaba enfadada, siempre está enfadada. Yo quería que nos viéramos hoy, pero ella sólo quería hablar de lo cabreada que estaba. “Tú no quieres saber por qué hago esto, por qué hace días que no nos vemos, no te interesan las razones de nada.” Y entonces yo he dicho, he dicho… que me explicara las jodidas razones, y no lo ha hecho, ha dicho que iba a colgar.
Verónica.
Mi novia tiene el cabello negro y brillante como la tinta china, y los ojos más oscuros que hayáis visto jamás. Es alta y esbelta y se mueve con una gracia de reina de otros tiempos que me vuelve loco. Dice que no va a estar pero es mentira. Ella miente muy bien.
“Ve ró ni ca” digo de pie con la boca pegada al interfono, y vuelvo a llamar, “Verónica”.
Casi no queda cerveza, pero ella aún debe de quererme, como antes. ¿O no?
Ha dicho que no la entiendo. Es por eso que me gusta, porque no la entiendo. Qué gracia tiene salir con alguien a quien entiendes, que es predecible, que ya sabes. Dice que yo no hago nunca preguntas personales porque ella no me interesa. No me acuerdo. Dice que cuando me necesita nunca estoy.
Pero yo la necesito, la necesito ahora. Llamo al timbre otra vez y ya son casi las tres de la madrugada. He terminado la cerveza. La botella se me escurre de las manos y se estrella contra el suelo. Ah, vuelvo a sentarme. Tal vez sí esté un poco borracho. Un poco e bri o.
Lo que daría por estar en la cama ahora. Descanso la cabeza entre las rodillas. Me fijo en los adoquines de la calle, cuadrados ordenados, perfectos, que bailan ante mis ojos. Y una mierda de perro.
“Yo no quiero una relación”, digo en voz alta, “yo no quiero una maldita relación, Verónica”, digo, y rompo a llorar como un niño.
Lágrimas se deslizan por mis mejillas ” ac in or ev”. Me sé su nombre del revés. Aunque también podría ser ” ca ni ro ve”, eso suena mejor.
Lloro hasta el amanecer.
Ve ró ni ca no vendrá a enjugar mi llanto.
No abrirá la puerta. Que iba a salir, ha dicho.
Ella miente muy bien.
Yo ya no quiero nada, Verónica.

Comentarios

  1. Luis

    30 abril, 2018

    Muy bien escrito, aunque no lo entendí, saludos y mi voto!

  2. Luis

    30 abril, 2018

    ….no estaría de más una explicación breve, muchas gracias Lilo!!

  3. kantor 68

    30 abril, 2018

    Muy bien. Mejor que si le pusieras más rabia al monólogo del chico

  4. GermánLage

    1 mayo, 2018

    La originalidad sigue siendo tu gran virtud, Lilo, aparte de la belleza narrativa.
    Un cordial saludo

  5. Angélica

    2 mayo, 2018

    Me encantó, te doy mi voto…tu último empujón para portada 🙂

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