La decisión

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Los charranes con su grito más agudo que el de las gaviotas argénteas despedían al sol que entre nubes naranjas y grises emprendía su camino hacia un nuevo día sumergiéndose en el mar. Llamó su atención un sonido que partía de las copas de los pinos. Eran las carreras de las ardillas persiguiendo a las piñas tratando de que no cayeran al suelo.

En el camino que orlaba la playa los sonidos dominantes eran los de las olas rompiendo suavemente en la orilla, contra una arena ligeramente tostada o dorada según la dirección de los rayos de luz que incidían en ella. A medida que el sol se iba hundiendo en el agua los sonidos se iban atenuando, las aves dejaban sus juegos y buscaban cobijo y las olas parecía que pusieran sordina a sus encuentros con la arena.

Parecía una burla estar rodeado de aquel entorno idílico, diseñado para gozar y padecer aquel dolor que se había apoderado de su cabeza y de su estómago y que se hacía más intenso cuanto más recordaba los días de vino y rosas, los días de besos y abrazos, los días de amor eterno y caricias infinitas.

El alumbrado del camino de la playa se hizo notar de pronto, aunque ya hacía varios minutos que estaba encendido, pero no se enseñoreó de la playa hasta que el crepúsculo se hizo noche.

Estaban hablando cogidos de la mano y de pronto ella lo abrazó, no vio si se besaban en los labios pero terminaron el largo abrazo cogidos de la mano. No se atrevió o no le pareció oportuno plantarse frente a ellos. A fin de cuentas ella era tan libre como él. Sólo los unía el amor que sentían. Si ella había dejado de sentirlo era libre no como ese ruiseñor que cantaba encadenado a su nido.

Se giró, bajo las escaleras y comenzó a andar sobre la arena, paralelo a la línea de la suave rompiente. Giró de nuevo 90 grados y se encaró con el mar. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Se paró e hizo un esfuerzo infinito por desprenderse de sus ataduras mortales y volar unos metros sobre sus restos inanes. Si seguía avanzando y se sumergía en el agua se acabaría el dolor, también se acabarían sus recuerdos y al final se borrarían los recuerdos de los que le conocieron. En ese punto él habría acabado.

No es que quisiera trascender como un genio o un bienhechor de la Humanidad, pero había hecho muchas cosas dignas de recordarse y, sobre todo, podía hacer muchas más.

Sopesaba su decisión cuando le sonó el móvil y mecánicamente, descolgó.

–        Esperaba tu llamada. He estado toda la tarde con un viejo compañero de clase. ¿Qué te pasa?  

 

Comentarios

  1. Mabel

    9 abril, 2018

    Muy buen relato. Un abrazo Felix y mi voto desde Andalucía

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