Ayer me senté a leer en la cama, tipo indiecito, con una almohada en la espalda. Mi poder de concentración es generalmente escaso, pero esta vez no había muchas distracciones en la casa y el calor daba una modorra muy propicia para la lectura.
Empecé con amplia motivación, la trama era atrapante: dos personas recién se conocían y se interrogaban exageradamente hasta que una se agotaba y sin decir más, se iba. Luego, un nuevo capítulo describía las reflexiones del personaje abandonado, sobre las circunstancias de tal abandono. El segundo párrafo de este capítulo se esfumó en mi mente, lo releí, pasó tan desapercibido como la primera vez; seguí al tercero, nada quedaba. Decidí avanzar de todos modos, releer me aburría más que esa reflexión que no podía entender o retener. Apelé a mi subconsciente, capaz que mi superyó lo estaba entendiendo. Tras esta reflexión, la mía, no la del autor del libro, seguí adelante despreocupada.
Mis hombros bajaron relajados, la cabeza se enderezó y reposó sobre mi columna. Las costillas se empezaron a separar con cada respiración, las piernas se me aflojaron, todo mi cuerpo se sentía liviano. Mi concentración se perdía cada vez más, hasta que, aunque los ojos todavía seguían la lectura, la lengua dejó de moverse con las palabras y descansó junto a la dentadura inferior. Mi mente quedó en blanco. Respiraba profundo.
En eso estaba cuando mi hermana pasó por la puerta, me vio y dijo -Che, bola, estás levitando-. La miré y me desplomé sobre el colchón.





Gorka
Eh, muy interesante. Mi voto.
Sib
Muchas gracias!
Mabel
¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido
Sib
Muchas gracias Mabel! Hermoso Andalucía!
Edilberto Cauich
Me impresionó tu relato, muy interesante. Tienes mi voto y te sigo!
Sib
Muchas gracias!!!