Recordando

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f                                     R E C O R D A N D O

 

¡Vaya cuatro!…Después de casi cincuenta años; el hombre se recuerda y recuerda a aquellos de entonces como jóvenes buscándose la vida, aunque todos eran treintañeros.

Quizás, el que los cuatro estaban en paro – querido o no-, anduvieran faltos de dinero y necesitados de conseguir el sustento, y, con un plan descabellado o, al menos, demasiado aventurado para salir del apuro; …todo ello, hacía que el hombre los recordara como jóvenes buscando y tratando de subsistir.

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… Pero, vayamos a los cuatro: un maestro, uno de hostelería, un buscavidas y un enfermo de cáncer.

El primero – seis meses de docencia, defraudado, encandilado por un personaje literario – John Nagel, Hambre, Knut Hamsum- y queriendo ser como él- estaba en excedencia y, ya, sin dinero. Manolo –un friegaplatos, rechazado socialmente y casi por él mismo- sólo deseaba vivir como la gente normal. El buscavida quería llegar a lo más y lucharía por ello. Y el último había decidido- lleno de ideas casi místicas- lanzarse a vivir y curarse de su enfermedad pero fuera de la medicina.

…Eran muy diferentes en todo, aunque los cuatro cuando se reunían parecían un grupo unido, algo tan alejado de la verdad que el hombre casi no sabía de ellos más que lo de aquel tiempo.

Él y Manolo- el friegaplatos- compartieron un tiempo –interrumpido varias veces- lo más bajo del trabajo en un bar: el cubo de los desperdicios delas comidas y un gran fregadero. El buscavida –Martin “a secas”- deambulaba por el barrio, alguna vez comía en el bar, conseguía algo de dinero con sus trapicheos y se hospedaba cuando podía en la misma pensión que Manolo. Y del último solamente sabían que un día apareció donde ellos; preguntó, contó, charló sobre sí mismo, y, se quedó en él…Con estos cuatro, se formó el grupo; sin que realmente hubiera afinidad, intención o un “para qué”. Pero, sí hubo un barrio –“Arco del Teatro”-, el merodeo por él, la caída casi en la indigencia, los encuentros buscando las mismas subsistencias, y, al final, una idea –tan descabellada como él mismo- de nuestro enfermo…Y todo esto fue realmente lo que formó el grupo.

Sus “día a día” no coincidían siempre; porque el bar, el trapicheo, el merodeo, el paro y hasta el alejarse del barrio; les impedía verse. Pero, cuando desaparecían el bar y el trapicheo y aparecía – demasiadas veces- la casi indigencia; los del grupo –aunque por separado- se encontraban en los mismos lugares: parques, metros, albergues, comedores, tiendecillas del barrio, playas y –sorprendente y frecuentemente- en el puerto.

Naranjas agrias; ¿me presta…?; duchas obligadas, camisones y recelos; comidas enrarecidas; ¡déme una peseta de recortes!; recuerdos y ensueños; y, ¿qué estoy pensando?…

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Así pasó un tiempo no demasiado largo; pero sí, para los que cada vez estaban más hartos de su situación y desesperados por no salir de ella, aunque conseguían algo de dinero por algunas menudencias en trapicheos y el bar. Por eso en, su deambular diario de un sitio a otro para sus cosas, los cuatro, en ocasiones, interrumpían el hacerlo, asqueados de aquello y de sí mismos; se iban a algún parque y se sentaban quietos y callados; pero, sin saber por qué, tan cerca unos de otros, que empezaron a comportarse como en grupo.

Dos o tres veces así bastaron para que el maestro –un poco en las nubes- hablara de irse a para ciudad; Manolo –el más desarraigado-pensara en atracos, asaltos personales o lo que fuera; Martín “a secas” casi se burlara de los dos por la tontuna – así decía él- de sus propuestas; y, nuestro místico, siempre semejara reflexionar sobre la vida y estar en lo suyo; aunque Martín – sin decir nada- pareciera tenerlo en cuenta, no por lo que decía, sino por su carácter-

Así, pasó otro tiempo en el que se veían en días y sitios acordados, pero aquellas propuestas iniciales fueron desapareciendo; hasta que en las reuniones casi no habían más que saludos, los habituales “¿cómo os va?”, distracciones absurdas y aburridas, y, largos silencios que, realmente, eran esperas de que alguno dijera algo que les sirviera o, al menos, aludiera a lo suyo.

—–o—–

Un día se encontraron solos el maestro y el friegaplatos porque no acudieron ni Martín ni Ismael –el místico-; y aunque Manolo dijo que los había visto a los dos juntos, hablando y yéndose rápidamente, ni siquiera le pareció raro. Peo sí, se lo pareció al maestro, que trató de averiguar su por qué; aunque, con Manolo de colaborador para ello, no iba a saber más.

Esa noche, Martín durmió en la pensión de Manolo, al que buscó y dijo –sin más detalles- que iban a estar unos días preparando algo que les resolvería su situación, y que siguieran yendo, él y Luis –el maestro-,donde siempre; que en poco tiempo les diría el plan –la primera vez que surgía esta palabra-. De Ismael –también la primera vez que lo llamaba así- sólo dijo que ya lo sabía. Y Manolo no preguntó nada

Llegó el día; aunque sin que mediara un aviso. Nuevamente los dos se encontraban solos. Luis, cansado porque había dormido muy inquieto e incómodo, a pesar de que a esto ya estaba acostumbrado en la bodega del bar; y Manolo, nervioso y asustado como estaba desde lo de Martín.

Cuando estaban a punto de irse llegaron los otros…demasiado tranquilos y mandones; porque sólo dijeron –“venga, seguidnos”-uno-y -”al puerto”-el otro-; algo que asustó más a Manolo y dejó extrañado a Luis.

Pero, a la zona a la que muchas veces habían ido –barcos espléndidos de pasajeros-no fueron; sino a otra bulliciosa, sucia y –realmente- fea, en la que estaban atracados los enormes cargueros de transportes panameños y liberianos.

Ismael –extrañamente decidido-y Martín –ahora, detrás suya- se incorporaron a una cola de gente que estaban subiendo al” Casón” –panameño-; nombre que dicho en voz alta por un marinero, les hizo reír a todos.

Subieron; Manolo, casi a empujones y Luis, dejándose llevar. En cubierta, la gente empezó a seguir a un oficial un tanto molesto por algo; pero Martín e Ismael, sorprendentemente seguros, se dirigieron a otra parte de la misma –saludando incluso a unos marineros nada extrañados- y Luis y Manolo se fueron tras aquellos.

Martín e Ismael pasaron cerca de lo que parecía un apilamiento irregular y bastante grande de “no se veía qué”, haciéndoles señas disimuladas a los otros para que les echaran un vistazo. Manolo, demasiado intranquilo, casi no miró; y Luis lo hizo un poco más atento, aunque solamente se quedó con que la lona que lo cubría sería un buen escondite dentro del barco. Después, los cuatro hicieron como si estuvieran curioseando por la cubierta, hasta que bajaron con la gente que antes había subido.

No hablaron nada de aquello mientras salían del muelle; unos porque no, otros sin entender y esperando. Al rato de abandonarlo, Martín –“¿qué os parece?”; Luis –“¿qué nos parece qué?”…El grupo dejó de andar, Ismael hizo una indicación y los tres se fueron sentando en los bancos que aquel había señalado; los de las Ramblas- uno de sus lugares de reunión.

Ismael –calmado, seguro y mirándolos- “nos vamos de polizón”-. Sólo reaccionó Manolo-“¿de polizón…?”- Fue a levantarse para irse, pero Luis, que ya estaba comprendiendo lo del barco, lo sujetó. –“Espera hombre, déjalo que hable; yo, también, estoy preocupado”-.Manolo estaba muy alterado, pero le hizo caso.

Ismael, empezó – extrañándolos- a contarles sus cosas. Y lo que podía haber sido una perorata insufrible, que nunca les hubiera interesado a ninguno de los dos- y menos, ahora-; consiguió que estos se sintieran fuertes, dignos, arriesgados y leales con todos.

El cáncer, su lucha en solitario, su tesón, su estar con ellos sin necesidad –porque él no estaba en apuros- y el no temer este riesgo…

…Ya estaban los dos unidos con él, pero a Ismael le gustaba hablar y quiso seguir –ahora- enrollándose. No lo hizo porque Martín que lo conocía bien lo interrumpió y les explicó el plan –sencillo y sin tontunas-: subir por la tarde con la gente, esconderse en aquello –mercancías, redes y lona-, desembarcar cuando pudieran –pero lejos- y a buscarse la vida juntos o separados; cada uno que se agenciara comida, agua y algo de dinero; y, sobre todo, aguantar el tirón…                                                                                                                                                                                                                               …Para el maestro estuvo claro que tanto Ismael como Martín creían que Manolo y él eran como ellos, o estos realmente iban a lo suyo. De todas formas, a Luis le atraía aquella vida de penuria de su personaje, olvidada en estos tiempos en los que sólo estaban subsistiendo. Así, que…

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El hombre, el resto de la historia lo recordaba- o lo había reconstruído a lo largo de su vida- tal como si lo contara Martín; aunque éste lo haría porque era parco, directo y despegado; y Luis, en cambio, tenía mala conciencia de lo que sucedió; y no quería pensarlo:

“Llegó el día acordado para embarcarse. Todos –creía el maestro- habían preparado lo que les dijo Martín; cada uno por su cuenta y sin ponerse en contacto. Aquel llegó tarde, o los otros se fueron pronto, o no quisieron esperarlo, o se equivocó de sitio…Días después, en las noticias:-“Dos polizones españoles han sido desembarcado del carguero Casón en el puerto de Marsella. Al parecer, había un tercero, pero ha desaparecido”- Luis, únicamente, pensó en Manolo y nunca supo más; ni de éste ni de aquellos”.

 

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Comentarios

  1. Mabel

    5 abril, 2018

    Muy buen Cuento. Un abrazo Jose Luis y mi voto desde Andalucía

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