Venganza

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La noche era calurosa y las estrellas brillaban en el cielo. Solo los grillos quebraban el insoportable silencio que envolvía las calles, sin asfaltar, del pueblo. También se escuchaba un rumor de pasos, que tenían su origen en unos viejos zapatos negros, que provocaban minúsculos tsunamis de polvo y gravilla en su avance. Fernando caminaba con sigilo, atento a cualquier  movimiento furtivo en la oscuridad que delatara la presencia de otro vecino, cosa bastante improbable a las tres de la madrugada. Salvo la bombilla amarillenta de la esquina, ninguna otra luz perforaba la noche. Estaba a punto de alcanzar su objetivo, la casa de Manuel, la más alejada de la calle: ya distinguía su contorno, más oscuro que la noche misma. Cuando Fernando pasó bajo la solitaria farola, su escasa luz arrancó un brillo mate y perturbador de los cañones de la escopeta.

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