Calle abajo

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C A L L E      A B A J O

 

Embajadores; calle abajo; la tarde yéndose…

Todavía queda un resto del bullicio de tiendas, bares y transeúntes; que distrae al hombre que parece pasear por ella, sin más preocupaciones que las de llegar a casa y terminar tranquilamente su jornada. Pero, no es así.

La gente –probablemente- cenará, charlará y dormirá gustosamente; él…no. Sin embargo, mientras camina distraído con el ajetreo, no piensa en lo que es su vida, ni en el sitio al que se dirige.

Sólo, cuando la luz se ha ido, el alumbrado escaso la sustituye, y, la calle se queda sin lo que tenía antes; el hombre, durante un trecho demasiado largo, empieza a entristecerse;…pero, sigue andando, ahora, como si tuviera prisa.

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Un edificio –un antiguo cuartel, encasonado y separado de otras viviendas- ya, puede verlo muy cerca suya. Solamente, una luz –amplia y mortecina- ilumina su fachada y una explanada delantera, aparentemente, sin nadie en ella.

Es la hora –el hombre lo sabe y, también, los otros-; y, desde los aledaños del convento, de pronto, aquellos empiezan a salir y acercarse a él, tantos, que la explanada se llena, como si se concentrara una manifestación.

Pero, dentro del grupo, solamente hay individuos solitarios, que siguen ignorando a los demás, y manteniendo cierta dignidad para ocultar su vergüenza: todos –incluso el hombre- esperan que se abra el portalón para que la caridad de las monjas les dé cama y comida.

…Ya han entrado; una monja –jovencita- les ha ido dando las “buenas noches”, casi, uno a uno; se han ido sentando a lo largo de unas mesas largas, acuarteronadas y ennegrecidas; y aguardan –todavía dignos y avergonzados- a que las monjas completen lo que será su cena.

Rezan una breve oración, las monjas se retiran quedándose solamente la que los recibió; y, entonces, toda esta gente escondida, avergonzada y anónima; trata de dejar de serlo y empiezan a mirarse entre ellos.

—–o—–

Uno –siempre hay uno- con una gracieta –algo cínica, irreverente y liberadora- le da “la salida” a la nueva situación; incluso dirigiéndose a la monja, que sonríe y, siempre condescendiente, “Paco; vamos, vamos…que se hace tarde”.

Pero, ya, -al menos, durante la cena- aquello se vuelve una tertulia; cada uno con su carácter y problema, con su breve libertad, con su –a veces- delincuencia; todo, como si fuera una reunión social sobrevenida de desconocidos.

El hombre –ante este cambio- deja de pensar en él mismo; y se mete en la situación tratando de pasarlo bien, al menos, sin tristeza; y, siempre, poniendo buena cara a todo lo que pasa, sobre todo a lo que hace “la presidencia”.

Pero, para él, también hay otros – a los que reconoce “ de su misma clase social”-; sentados entre los demás, fuera de la situación, atentos, sin más, a su cena; a los que, a veces, mira de hurtadillas; y, se siente, todavía, avergonzado, por no hacer como ellos.

—–o—–

La cena transcurre así –lo dicho- como una reunión social –aparentemente, tranquila, tomándose su tiempo, distendida, coloquiada y gustosa; pero, porque casi todos tratan de olvidarse de lo que es y de cómo es: el comedor –por llamarlo así- es un lugar tétrico, oscuro y maloliente; una sopa raramente espesa, un vaso de agua y un trozo –tortilla, embutido, carne- embocadillado en otro pedazo de pan es la cena; y cucharas en tan mal estado, que la mayoría sorbe el caldo o moja el pan;…pero todos comparten hambre, y, antes o después, acaban comiendo –casi con agrado-; aunque los demasiado dignos o delicados, no lo hagan o tarden –a veces, nunca- en hacerlo…Y así, en pocos, hay “veteranos” -que superados los remilgos, agradecidos en el fondo por lo que les dan y ajenos a lo demás- pasan un buen rato en el momento de la cena.

Pero, igual que siempre hay uno; también, siempre hay otros unos, que, cuando todo está relajado, empiezan con comentarios, burlas, alardeos y groserías, -casi siempre en tono altisonante y ruidoso-que, en el fondo, son escapes y compensaciones de una realidad asumida de “parias sociales”;… y que por eso, lo hacen cuando están con personas necesitadas como ellos mismos, pero más débiles.

Así, que, nuestro hombre, los débiles, los infortunados y los que sólo comen –al final, todos los demás-, pasan a ser los blancos de aquellos, y, la cena acaba maleándose; …hasta que algo brusco –una voz, un golpe en la mesa, la entrada de la superiora- causa un silencio que parece momentáneo, pero, es suficiente para que reaparezca la realidad sumisa del grupo.

—–o—–

Después –ya, tarde- todo empieza a ir deprisa: llegan otras monjas, sin decir nada dan por finalizada la comida, algunos se guardan restos de la misma –suyos, o no-; y, como cada noche –guiados por una de ellas- los hombres se dirigen al dormitorio –por llamarlo así-: un enorme salón, una iluminación mortecina, mantas sobre el entarimado cuadriculando el espacio, pasillos divisorios y de paso, una puerta de entrada que será cerrada y otra por la que salen las monjas…

…Los hombres –que salieron del comedor a su aire-, cuando están llegando al dormitorio, se alinean como si fueran las mantas –sin que nadie diga nada-; y entran en él…

…Nuestro hombre- como todos los demás- antes de arroparse guarda todas sus pertenencias –hasta zapatos- entre sus mantas…

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

  1. Sosias

    6 mayo, 2018

    La triste realidad de tanta gente como nosotros, nuestra propia realidad.

    Reflexión profunda.

    Saludos y mi voto.

  2. Mabel

    6 mayo, 2018

    ¡Excelente! Un abrazo Jose Luis y mi voto desde Andalucía

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