Cap. 13- Jaque mate

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Alain llegó a la antigua fábrica sobre las once, tal y como había acordado con Rick, pero no se apeó del vehículo ni tampoco se mostró visible. Esperó pensativo dentro del mismo en la zona trasera, intentando retrasar el tiempo, en la calle paralela y casi dando la vuelta a la manzana. Mentiría si dijera que le temblaban las manos o las piernas, porque eso no sucedía, pero era indudable que algo se removía en su interior. Intentaba reunir arrestos y hacerse con la fuerza moral necesaria para realizar los deberes conminados.

 

Se dedicó a repasar con un resumen mental toda la logística y la estructura que había planeado con anterioridad. Dada su experiencia, resultó relativamente fácil organizarlo y llevarlo a cabo, aunque sí era cierto que todo aquel entramado entrañaba un alto riesgo, tanto por las víctimas como por la naturaleza de los actos que se habían cometido.

 

Hizo todo lo que estuvo en su mano para detectar posibles traiciones o retiradas inesperadas, así como lapsus temporales o alteraciones de sus órdenes, que en todo caso fueron muy precisas. Designó a cuatro chicos con los que llevaba tiempo trabajando; no es que les tuviera fe ciega – porque él no tenía confianza ciega en nadie – pero varios años bajo su mando sin apenas contratiempos le habían demostrado su validez profesional. Se trataba de hombres jóvenes, aunque no demasiado, discretos y muy reservados, eran altos de miras y sabían percibir el engaño o distinguir un terreno inseguro (y tener la suspicacia de abandonarlo en el momento justo), pocas veces mostraron curiosidad abierta en asuntos ajenos a sí mismos y cumplían con rapidez, ciñéndose a las instrucciones.

 

Aun así, les obsequió con cuatro teléfonos móviles de saldo limitado donde previamente Alain había instalado una aplicación oculta, con la que podía controlar todas sus llamadas y mensajes de texto, junto a un dispositivo de seguimiento insertado en el aparato. Estuvo las cuarenta y ocho horas de aquellos dos días controlando cada uno de los movimientos de aquellos cuatro hombres, mas no vio nada extraño, no hubo nada que le hiciera dudar. Y eso que deseaba que sucediera. En realidad, buscaba con desesperación cualquier desvío en los planes que interrumpieran los que él mismo habría de llevar a cabo durante la última noche, una vez finalizada esa emboscada crucial. Esta vez, a su pesar, le habían vuelto a corresponder con gran lealtad. Incluso se deshicieron de dichos aparatos tal y como él indicó, cumpliendo con cada uno de los detalles. A las once de aquella noche la tierra ya se había tragado tarjetas, teléfonos móviles, nombres y datos confidenciales sobre los cuatro crímenes perpetrados a la misma hora pero en diferente zona geográfica, y que mantuvieron atemorizado a un buen puñado de personas durante un considerable período de tiempo.

 

No puso trabas en el momento en que se reunió con Curt por la mera razón de que ya se encontraba cansado. No física, sino mentalmente. En otros tiempos, quizá unos siete u ocho años atrás, se hubiera negado con determinación a ser partícipe, puesto que la escaramuza sólo llevaba consigo dos finales absolutos: el vencimiento o una especie de suicidio heroico. Hacía años Alain tenía sed vengativa y experimentaba cierto placer en sus trabajos, a cual más sádico, y así saciaba también su ego desbordante. Ahora temía haber cubierto todas sus necesidades, y le llamaban los tiempos de la expiación en forma de constantes fantasías y pesadillas al dormir.

 

Ordenó cuatro asesinatos, dos de ellos con arma de fuego, un día antes de saber si el comisario estaría de acuerdo en continuar las condiciones de sus negocios de contrabando, o si decidía desmantelar todo el tinglado debido a la pérdida de confianza. En esos momentos Alain desconocía las tretas que el vikingo escondía en forma de objetos sobornables, aun así consideró que tal anticipación fue una jugada realmente delicada pero audaz que sólo podía realizar alguien como Curt, con una fe en sí mismo capaz de mover montañas.

 

Alain había pensado con detenimiento, y sabía que tan sólo una prueba de balística y una ronda limitada y perspicaz de preguntas escuetas serían suficientes para dar con los agresores. Uno de ellos ya estaba más que fichado por la policía en varios distritos, y poseía un arma poco común, aún sin licencia debido a un historial delictivo que no la permitía. La investigación adecuada junto a un interrogatorio agotador y agresivo, sumados a las pertinentes ofertas suculentas o amenazas reales, acabarían acusándole por derecho. Por más fidelidad que sus chicos le tuvieran, la lealtad y su nombre no valían tanto como una vida propia. De esa manera lo arrestarían, a lo que no pondría impedimento alguno, callaría como siempre acostumbraba a hacer, con probabilidad aceptaría la condena perpetua y así acabaría con todo. Poner fin o reiniciar la vida. Estaba cansado y ya no le importaba la perfección, ni ganar jugando a ladrones y policías, esconder pruebas o urdir estrategias para no ser encontrado jamás, evitando así convertirse él mismo en sospechoso o que el difunto fuera siquiera olisqueado por los perros adiestrados en homicidios. Le daba igual: por más que buscaba, no hallaba en su vida ningún aliciente que le empujara a luchar.

El caso es que sólo sabía hacer una cosa, por más abominable que ésta fuese, y además se le daba bien. No había intentado nada más en su vida, y tenía demasiado miedo a despertar en el mundo fuera de su zona de confort para emprender un nuevo camino, él sólo. La catarsis forzosa que implicaba ser castigado y retirado por obligación de ese ambiente le resultaba la mejor alternativa, aunque se conocía demasiado bien y sabía que tampoco disponía del suficiente valor como para entregarse, o para errar voluntariamente y ponerse a él mismo en bandeja; si sucedía, había de ser fruto del azar. Nadaba inmerso en un conflicto interno y eterno que le restaba calidad de vida y energías a cada día que se cobraba. Y en ésas estaba esa noche de jueves.

 

Curt estrechaba la mano con el comisario iniciando un vínculo profesional y fraudulento al tiempo que, en la otra punta de la ciudad, Alain esperaba apacible dentro de un coche. Llevaba guantes de cuero con los dedos al descubierto, su perfil se fundía con la oscuridad, que se cernía sobre el horizonte. Eran las once menos seis minutos y el teléfono ya había sonado dos veces. A Rick le perdía la impaciencia de la juventud insensata. Sí…eso fue justo lo que causó su perdición.

 

Conducía con las luces apagadas: el vehículo era casi imperceptible y, de lejos, cuando circulaba tan despacio, simplemente parecía que algo pesado se movía arrastrado por el viento. Alain vio una sombra larguirucha, lo único en varios kilómetros a la redonda, que giraba aturdida la cabeza a derecha e izquierda en mitad del asfalto, justo delante de la desvencijada entrada de la fábrica. Y, entonces, ambos se miraron por última vez, sólo que el joven no lo distinguió. Alain, sin duda alguna, jugaba con ventaja.

Aumentó la velocidad, encendió las luces de largo alcance y apuró el ritmo pisando a fondo el acelerador para poder introducir la quinta marcha y alcanzar el máximo voltaje. Cruzó gran parte de la zona industrial como una exhalación. Rick se quedó inmóvil, como si alguien hubiese apuntalado sus pies en medio de esa suerte de carretera perdida, cegado por un resplandor que le turbaba, y protegiéndose inútilmente la cara con la mano en forma de visera. Vio que se acercaba hacia él y quiso huir, pero las piernas no le obedecieron. Sintió un golpe violento que le impulsó a volar por los aires, haciendo caer con estrépito en el duro pavimento, malherido y casi inconsciente.

 

De alguna manera que no lograba entender seguía vivo, aunque el choque fue tan brutal que tendría que haberlo matado. Le costaba respirar, a duras penas veía, le ardía el tórax, casi no sentía la cabeza, las piernas no le funcionaban y ya no las notaba, pero aun así su instinto de supervivencia permanecía intacto. Se arrastró hacia delante con los codos, que tampoco estaban en el lugar correcto pero todavía conservaban cierta utilidad, y exclamó a voz en grito a la noche solitaria y cerrada: “¡No quiero morir! ¡Yo quiero vivir, no quiero morir!”. Lo repetía sin cesar, como si aquello fuera la único que su cerebro pudiera procesar y sus cuerdas vocales exteriorizar. El grito sonaba desgarrador, como un aullido de auxilio en mitad de la nada.

 

El vehículo volvió a encender las luces. Le deslumbró las pupilas, que parecían estallar en sus ojos. Los cerró y se dio por vencido: apoyó la frente en el asfalto y esperó un instante que le pareció un año. Escuchó de lejos, acompañado de un pitido incesante que retumbaba en sus oídos, el rugir de un motor que cada vez se acercaba más y más. Sin oponer resistencia, fue arrollado por cuatro neumáticos que sostenían cerca de mil kilogramos de peso y que le pasaron por encima, rompiéndole en dos.

Y así fue como se borró su rastro y su paso por el mundo, en menos de un santiamén, tapiado por el olvido y abandonado sin más en mitad de un polígono industrial, víctima de extrañas circunstancias que jamás serían investigadas.

 

Alain condujo mucho tiempo tras abandonar el lugar del crimen, con el fin de pasar el resto de la noche en un hostal alejado, sito en un pueblo tranquilo cerca de Brighton. Llegó allí como un forastero entrada la madrugada, y tras reservar la habitación en un hostal que ya conocía y pagar en efectivo sin necesidad de identificación alguna, se dedicó a pernoctar deambulando por el empedrado húmedo de las calles. Anduvo abstraído en sus pensamientos, encontrándose varias veces con los camiones cisterna que limpiaban con agua a presión la suciedad del pavimento. Pensaba en qué momento los trabajadores de mantenimiento encontrarían a Rick el heroinómano sin vida, tendido en el asfalto; pensó en si sería también regado con la intensidad de aquellas mangueras, borrando las marcas de neumáticos y limpiando los restos de sangre seca, diluyendo las huellas.

 

Sentía de veras lo sucedido con el joven Richard, quien se había mostrado tan confiado. Lo que le asediaba distaba mucho de ser remordimiento, pues no se sentía precisamente culpable de lo sucedido: pensaba que todo tenía una causalidad y que el destino ya estaba escrito de antemano, de forma que él representaba una mera mano de obra.

 

A quien sí que recordaba era al viejo que ahora quedaba desterrado a la soledad de aquel fantasmagórico asilo, sin explicación alguna pero con esperanzas barridas, y tuvo la necesidad de hacer algo al respecto. Pensó que en cuanto pudiera relajarse al día siguiente y poner distancia mental a todo lo acontecido, conseguiría alguna casa de campo aislada en la campiña donde el anciano pudiera permanecer el resto de su vida con las comodidades necesarias rodeado de naturaleza, y también contrataría un par de enfermeras que se ocuparan de él. El dinero percibido por el resultado satisfactorio de los cinco asesinatos, y que resultaría una cantidad nada desdeñable según sus cálculos, lo destinaría al bienestar del viejo, hacia quien le invadía una extraña sensación de pena compasiva.

Con toda seguridad también sería una buena manera de cerrar aquel capítulo sin el regusto agrio de la traición o el sentimiento de despotismo que poco a poco le iba embargando las entrañas. Algunos lo llamarían redención, pero Alain odiaba el significado de dicha palabra.

 

Llegó a su habitación sobre las dos de la madrugada, pero se sentía inquieto y tardó mucho en conciliar el sueño. Estuvo un rato reflexionando sobre los últimos días, intentando adivinar qué le depararía su futuro más próximo, y luego jugueteó con el mando a distancia sintonizando varios canales en la televisión hasta que se decidió por la proyección de la película “cuentos de la luna pálida” , en el canal de cine clásico. Es posible que cayera rendido de cansancio dos horas después, y que a las seis y media de la mañana se despertara, siempre alerta, acariciado por los primeros rayos del amanecer que se colaban a través de las rendijas de la persiana.

 

No tardó en lavarse y vestirse, inspeccionando su aspecto desaliñado con el pelo enmarañado y la barba de dos días en el espejo del lavabo. Se tomó un café solo al que fue invitado por el recepcionista y dueño del hostal, quien se mostró sorprendido por la falta de descanso de su huésped y quiso reconfortarle. Alain le correspondió con una generosa propina que introdujo en una especie de hucha-buzón con forma de cántaro que colgaba en el vestíbulo de la entrada, se despidió con un breve gesto de mano y una leve sonrisa, y fue a recoger su vehículo porque consideraba que ya disponía de la entereza necesaria para regresar a casa con la compostura que se esperaba de él, la misma que la situación requería.

 

Pretendía llegar en poco tiempo sin entretenimientos, pero en reacción a la tensión que aún arrastraba su sistema nervioso se detuvo al avistar el espigón de la playa de Brighton, donde él solía refugiarse en los momentos de zozobra para evitar su propia perdición.

Era evidente que en pleno octubre no hacía tiempo de playa. El cielo estaba nublado, el lugar estaba desierto y corría una fresca brisa otoñal, sin embargo era la ocasión predilecta para su disfrute. Bañarse en el agua gélida del mar ejercía en él una suerte de purificación, que contribuía a hacerle olvidar las preocupaciones y la pesadumbre de los cargos que iba acumulando, así que le ayudaba a restablecerse. Esa mañana lo necesitaba más que nada.

 

Se deshizo de toda la ropa y tendió sobre la arena una gabardina larga que usaba para los meses de entretiempo; pensaba secarse con el suéter y volver tan sólo con el gabán y los pantalones sobre el cuerpo. Al desenguantarse notó que, de tanto constreñir los dedos a causa de la tensión, la mano se le había llenado de marcas que se perfilaban en ambos dorsos como tatuajes dolorosos, y sentía ambas extremidades como entumecidas. Alain se acuclilló en la orilla y las dejó sanar, las mantenía quietas mientras las olas que se iban apagando, yendo y viniendo en un relajante vaivén, las acunaba y mitigaban el daño mientras le devolvían la vida.

 

Sin embargo, eso no resultó suficiente para abandonar aquella opresión en el pecho que le impedía respirar con normalidad, una angustia aparcada entre la garganta, el corazón y los pulmones que no se movía en ninguna dirección.

<Mi libertad es una farsa> – pensó –, y a la vez que se adentraba más de lleno en el mar, más se obsesionaba con la teoría del caos y su leyenda mitológica griega, sumergiéndose por completo en el caos mismo, consumiéndose ahí dentro, horrorizado ante el poco control que ahora tenía sobre su propia vida.

 

Desafió a las bajas temperaturas y venció. Acabó zambulléndose con alivio pero con cierta lentitud; necesitaba gritar, pegar, aullar o patalear, pero no podía. Le enseñaron a gobernar tales instintos derivados de su fuero interior y ahora era incapaz, siquiera en la soledad más absoluta, de dar rienda suelta a cualquier vía de desahogo: todo quedaba interiorizado. Todo. Durante años fue alimentando un monstruo al que le habían crecido los dientes y que ya no tenía cabida en su pecho, pero al que tampoco sabía ni podía dar salida.

 

En ocasiones, como en aquel amanecer y cuando llegaba al extremo, hacía cosas así. Iba a la playa de Brighton en horas inusitadas, daba pasos firmes mar adentro hasta que el agua casi helada le cubría por entero; el frío hacía que le doliese todo el cuerpo, pero le daba igual. Entonces aprovechaba la llegada de alguna ola violenta, y entre el susurro del viento y el rugido del ponto hundía la cara y gritaba con furia. Chillaba expulsando todo el coraje y su tormento mientras se ahogaba, porque para él ése era su castigo, la consecuencia de una queja que no tenía derecho a tener. Bramaba con todas sus fuerzas, vaciando a la par que inundaba sus pulmones, rivalizando con el viento y la misma agua, tragando salitre y creyendo falsamente que sus lágrimas no eran tales, porque…¿Qué eran unas lágrimas dentro de un océano repleto de ellas?

 

Repitió el mismo rito un par de veces. Salió de allí desnudo y revitalizado, con la piel de gallina y casi temblando. Se secó empapando el jersey y acabó sentándose en la arena, esclavo de sus pensamientos y aprendiendo a respirar con más normalidad, por instantes prescindiendo de su escudo y dejándose llevar por la nada. Fue entonces cuando levantó la cabeza, por casualidad, y halló a Marine en lo alto del espigón. Al principio le costó reconocerla, porque la veía a contraluz y sólo atisbaba un perfil sombreado, pero conocía ese perfil como a las líneas de la palma de su mano. Ambos se encontraron, y por vez primera en muchos días se vio correspondido: necesitaba que, al mirar él, otros ojos le devolvieran esa misma mirada. Llevaba mucho tiempo encarnando y viviendo “la soledad del francotirador”, aquel que sólo se dedica a ser ojo avizor en la penumbra, sin existencia ni presencia.

 

“Una pequeña perturbación inicial puede generar un efecto considerable a medio y corto plazo”, reza la teoría física del caos. Así pues, la presencia de Marine le salvó. Fue como si ella se metiera en su cabeza y, sin necesidad de palabras, entendiera que necesitaba su compañía, que se volviera tangible y le mantuviera con los pies sobre la arena, pero físicamente y a su lado. Por eso bajó, y Marine lo frenó y lo cambió todo. Con ella evitaría perderse.

Y, de esta manera con efecto boomerang, volvemos al principio del capítulo. Ahora quizá podremos entender mejor aquel pensamiento recurrente de Alain: “necesito aferrarme a ella para no perderme en el caos”.

 

Comentarios

  1. Luis

    21 mayo, 2018

    Estupenda continuación de una gran historia, que nunca decaiga el ritmo, escritora, un abrazo y mi voto!

  2. Mabel

    21 mayo, 2018

    ¡Excelente historia! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  3. GermánLage

    21 mayo, 2018

    A portada, Esteff. Otra magnífico fragmento, con un final tan inesperado como inteligente. Cada vez son más intensas las ganas de poder leer la novela entera, desde aquel comienzo, ya tan distante, hasta el desenlace final, aunque éste pareceparece aún muy lejano. ¿Me equivoco?
    Un abrazo por duplicado.

  4. Esruza

    21 mayo, 2018

    ¡Excelente Estef, magnífico! seguiremos leyendo.

    Saludos y mi voto

  5. Leonel Insfrán

    22 mayo, 2018

    Excelente Capítulo Estef!!! Confieso que antes que este solo había leído el anterior, pero me estás obligando a lentamente ponerme al día que todo lo que me perdí. Me encanta el ritmo que le imprimís a la narración. Un abrazo!

  6. Klodo

    23 mayo, 2018

    Para tu novela tú creaste un universo complicado, con seres que parecen de carne
    y hueso, con mucha vida interior e intereses disimiles, que tú manejas a a la perfección.
    Será una muy buena novela.
    A propósito, parece que tú buscas la perfección siempre y, desgasta mucho buscar al
    go que no existe en forma permanente.
    Mi saludo y mi voto
    Sergio

  7. Estefania

    29 mayo, 2018

    @temor ay sí, esperemos que no decaiga y que nos sigamos leyendo! Mil gracias, me llena de fuerzas para seguir! Un gran abrazo

  8. Estefania

    29 mayo, 2018

    @chaleneth mil gracias, me encanta que no sigamos leyendo! Absorta me he quedado en tu última gota de lluvia de la mañana (precioso)
    Un abrazo!

  9. Estefania

    29 mayo, 2018

    @germanlr no, no te equivocas. Yo voy escribiendo, llegará el momento que toque revisar, rectificar, acortar, etc. pero mientras doy rienda suelta y lo otro ya llegará (problema de carácter perfeccionista) y ya sabes lo que me gusta hilar entresijos y unir puzzles.
    Espero que nos sigamos leyendo, muchas gracias por estar ahí siempre y un gran abrazo a ambos! (Espero que también siga leyéndome, y que alguna vez pueda leerla yo, a Mary)

  10. Estefania

    29 mayo, 2018

    @elleondavid muchísimas gracias!! Ojalá consiga mantener tu interés, no hay cosa que me gustara más!!
    Espero de veras que nos sigamos leyendo (el ritmo lo coges en un plis plas)
    Un abrazo y mi voto!

  11. Estefania

    29 mayo, 2018

    @sergiorodriguez mil gracias por tus palabras!! Sí, tienes razón, es un universo complicado, pero es el universo en el que estoy decidiendo moverme incluso en mi vida profesional, y que a la vez me apasiona (y me atormenta); pongamos que disfruto hablando de mentes tortuosas e indagando en los por qué.
    Lo del carácter perfeccionista….sé que desgasta, pero ¡qué le voy a hacer! Es defecto de nacimiento jeje
    Espero que de veras nos sigamos leyendo.
    Un abrazo y gracias por tus siempre comentarios!

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