Cap. 13 - Jugando con el diablo

Escrito por
| 71 | 5 Comentarios

La jugada de Curt entrañaba un alto riesgo. Hacía lo posible para no exteriorizarlo, pero sentía un hormigueo incesante recorriendo sus extremidades y los últimos días vivía en continua taquicardia, victima de un insomnio horrible, resucitando patrones compulsivos que creía tener ya bajo control (en hábitos tan cotidianos como apagar las luces, lavarse las manos o vestirse), y sentía algunos espasmos involuntarios en brazos y piernas cuando se intentaba relajar. Si en algún punto los planes salían mal, las cosas irían fatal para todos; sin embargo, en el caso contrario, él tendría mucho que ganar. Para Curt la vida sin riesgo no merecía la pena llamarse vida, aunque estuviera muerto de miedo.

 

 

Se ganó cierta simpatía del comisario, no por sus buenas artes sociales -de las que también se valió-, sino por la complicidad de ambos en el delito. A solas, dentro del coche mientras se dirigían hacia el local, prolongó conversaciones banales de cordialidad en las que se apresuró a confeccionar un retrato robot bastante fidedigno del agente, forzando a trabajar el cerebro y su capacidad deductiva casi a contrarreloj. Finalmente, y guiándose por su instinto, sacó a colación los acuerdos fraudulentos que Frank Kellen (que así se llamaba el comisario) mantuvo durante años con el traficante fallecido y los diversos encubrimientos de los cuales era responsable, todos de suma gravedad.

 

No lo hizo de forma demasiado directa, sino de un modo lo suficiente inteligente como para que Kellen no se sintiese blanco de una acusación o víctima de un posible soborno: tampoco era su intención ponerlo entre la espada y la pared, haciendo que se cerrara en banda o adoptara una actitud defensiva.

<Lo primero que tienes que saber es que si deseas ser aceptado en un grupo ya consolidado, hay que potenciar toda tu humildad, incluida aquella de la que careces>, se repitió en varias ocasiones.

 

 

El juego de verdades y mentiras comenzó al insinuar los delitos basados en ojos vendados según el acuerdo que el agente de la autoridad mantuvo con Dwayne, dentro del cual ofrecía transacciones de sustancias ilegales y un porcentaje fijo de las ganancias a cambio de cierta inmunidad legal, otorgada a los miembros que componían la piedra angular del negocio de la droga: se acababan traspapelando denuncias acerca de agresiones, desapariciones misteriosas o abandonos de hogar imprevistos. Convenía no olvidar que el comisario tenía todo un equipo a su cargo, quienes le obedecían sin rechistar y que también se beneficiaban de una porción de la tajada, así pues dar un paso en falso supondría hacer rodar varias cabezas en ambos bandos. Era necesario tratar el tema con suma delicadeza.

 

El riesgo verdadero apareció cuando, al conocer de primera mano todos esos asuntos, Curt tomó consciencia de que se estaba inculpando a sí mismo, y aún así decidió proseguir con su táctica. Pensó que si aportaba detalles de dicho entramado no haría falta ser demasiado hábil para deducir que él mismo andaba metido hasta el cuello. Afortunadamente, disponía de pruebas irrefutables y testigos de primera mano a su favor, y gracias a su conducta controladora –no podía evitar anticiparse a cualquier posibilidad, por más improbable que ésta resultase – pensó incluso en cómo conseguir que un mínimo error de alguno de esos tipos quedara registrado de forma clara, incluyendo posibles pruebas dactiloscópicas o acusaciones incriminatorias.

 

Para su disgusto, el comisario acabó desviando el tema y fue mostrándose cada vez más reticente a lo largo del trayecto, limitándose a contestar con monosílabos casi inaudibles; así que Curt decidió posponer dichas conversaciones para más adelante. Hacía falta estrechar más el vínculo, y los nervios le traicionaron haciéndole actuar con demasiada premura, pecando de impaciente. Pero aún estaba a tiempo de resarcirse y rectificar.

 

 

No queda duda de que Curt fue muy listo. Como buen previsor, antes de la comida de presentación preparó el escenario de una manera precisa: cambió la inicial posición horizontal de su mesa a vertical, y las dos patas de la misma que quedaban más alejadas de la puerta de entrada las subió levemente con la ayuda de dos tacos, de forma casi imperceptible. Colocó una silla en ese lado de la mesa, y otra en el lateral. Las dispuso de manera que ninguno de los allí presentes habría de girar demasiado la cabeza para encontrarse con el otro. En realidad, todo tenía una intención oculta. Curt, ideando una jugada que entrañaba gran habilidad, hizo que el asiento que ocupaba el lateral de la mesa remitiera la vista de quien lo tomara hacia un mueble-escritorio de almacenaje. Habría de mirarlo casi por inercia. Sobre ese mueble bajo, y de una forma a priori desenfadada, Curt dispuso una bolsa hermética y transparente con cocaína de color rosado en su interior, un cuchillo semejante al que había utilizado para dar muerte a Dwayne y la llave de pugilato que usó contra Cynthia.

 

A veces nos vemos inmersos en telarañas mentales urdidas a conciencia por otro sin darnos cuenta de que nos van atrapando, hasta que no queda más remedio que enfrentamos a nuestra realidad: es imposible salir ileso de las mismas. Eso fue lo que le ocurrió al comisario Kellen una vez dentro de aquel habitáculo. Curt no perdió por un momento los modales corteses ni la simpatía, y abrió la puerta de su despacho cediendo paso al invitado. No así el asiento. En un movimiento rápido fue él quien se apresuró a presidir la mesa, atribuyéndose la zona alzada, con el efecto óptico de mirar por encima del hombro y el efecto psicológico de inferir autoridad. A lo largo de la reunión, esa posición sería esencial para que Kellen se sintiera progresivamente intimidado, lo que favorecería que aceptara la propuesta llegado el momento. Respecto a las armas y la droga colocadas sobre el mueble, calculó incluso la posición y el orden de las mismas. Curt no haría mención a aquel material en toda la conversación, pero comprobaría varias veces que se situaban en un ángulo de cuarenta y cinco grados desde la línea de visión del comisario. Eso significaba que, por fuerza, evocarían un recuerdo constante.

 

 

No dejó nada a manos del azar. La luz era tenue y misteriosa. Tras dar paso a Kellen, Curt cerró la puerta e intentó parecer amable y afable. Lo llamaba por su nombre y no por el apellido, en un intento de estrechar vínculos que acabó dando el resultado esperado. Entonces comenzaron a hablar de anécdotas laborales y personales varias, cada vez con más soltura, hasta que el comisario giró de repente la cabeza y vio aquellos objetos. Una corriente eléctrica recorrió su cuerpo, y la primera reacción fue ignorarlo y girar la vista, como si se hubiera tratado de una alucinación o pretendiera negar sus connotaciones. Al principio, con el rabillo del ojo y de soslayo fueron sólo miradas fugaces, pero en la próxima vuelta no pudo evitar detenerse en ellos con más detenimiento.

 

 

– Creo que no le han compensado debidamente estos años. Se lo digo con el debido respeto, Frank. Se jugaba mucho a cambio de muy poco; en resumidas cuentas, si después había de repartir entre ¿ocho, quizás nueve? agentes, su compensación se vería sin duda muy reducida. Poner en juego su carrera, su prestigio, su reputación, su propia familia…creo que apenas han tenido consideración con usted. Eso me entristece.

 

– La posesión de ese modelo de llave de pugilato es ilegal.

 

A Kellen no se le ocurrió decir otra cosa. Era consciente de lo absurdo de su comentario fuera de contexto, pero si el hombre que tenía a su lado sabía leer entre líneas – algo que para Curt no representaba ningún problema – podía deducir que la partida ya había dado su señal de inicio: ambos habían lanzado los dados y se disputaban la iniciativa. Jugaban al mismo juego en un mismo tablero, y ahora sólo quedaba hacer del contrincante un aliado.

 

– La cocaína rosada se resiste. Cuesta mucho encontrarla, no suelen fabricarla con asiduidad porque el mercado es más reducido. Menos asequible. Sus precios están por las nubes, y normalmente los distribuidores no desean arriesgarse tanto, a no ser que prime la confianza con los consumidores, algo harto excepcional. Las consecuencias legales de comercializar ese producto son…ufff, desproporcionadas. – desde su privilegiada posición eminente, Curt realizó con habilidad un gesto de camaradería y se acercó a su compañero, casi codeándose con él como si estuviera revelando un secreto fascinante, y señalando la bolsa con un dedo le susurró con voz tenue – creo que debe ser porque las pruebas no la detectan, ¿sabe? En el momento de practicar la prueba de campo esa listilla arroja un negativo, y hay que activar todo un protocolo horrible de laboratorios e investigaciones para encontrarla. Y eso si se deja ver. Es una chica muy traviesa.

 

– ¿Hay algo que le haga pensar que eso era parte de mi recompensa?

 

– No, por dios, Frank. En ningún momento he llegado a pensar que alguien le fiaría un material de tal magnitud a Dwayne.

 

 

Tras esa aclaración, Frank Kellen le observó con más esmero que en las ocasiones anteriores, sorprendido por el cinismo del último comentario. Había carisma en aquel egocéntrico encantador. Kellen llevaba casi toda una vida tratando con criminales de diferentes ralea y temperamento, y pocas veces se había topado con un ejemplar de dichas proporciones. Estaba expuesto al mayor de los peligros y sin embargo nadaba en la calma y el autodominio.

 

Tenía la impresión de que ese hombre lo sabía todo acerca de sus abusos de autoridad legal, y que su escapatoria se reducía: no valía la pena intentar fingir una integridad de la que hacía años se desprendió. Eran dos tipos preparados para el asalto que estaban asumiendo, y si Curt parecía conocerlo todo acerca del comisario, Kellen también había hecho sus averiguaciones respectivas.

 

 

Mencionando a Curt McNeill apenas consiguió información, pero al pronunciar el sobrenombre de “vikingo escocés” le fueron lloviendo progresivamente indicaciones e insinuaciones.

Sin embargo, parecía tratarse del hombre sin rostro; todos sabían de él, pero nadie lo había visto nunca cometer el delito en sí ni pisando el campo de batalla. Todo lo que había encabezado, instigado, ordenado o enviado era perpetrado por otros, su rostro continuaba enmascarado a día de hoy. Era imposible e injusto detener a alguien por intuición o por simples habladurías magnificadas por los alrededores. Y ahora Kellen tenía la certeza de que esa figura casi mística de los bajos fondos había bajado desde las alturas para sentarse frente a él. Sabía con certeza que el vikingo escocés era una de las pocas personas con acceso a la cocaína que permanecía embolsada en aquel pequeño mueble de escritorio: no era fácil negociar ni con el precio de ese material ni con las personas que lo producían y vendían. Sabía que para poner en circulación un compuesto químico de tamaña envergadura se necesitaba disponer de algo conocido en el argot policial dedicado al tráfico de estupefacientes como “triángulo conductual”: se refería a una especie de fusión de astucia, don de gentes y acopio de las debidas garantías.

 

Su equipo llevaba días indagando acerca del asesinato de Dwayne, la novia del traficante y quien parecía ser el bebé de la pareja, utilizando diversas precauciones para no verse ellos mismos enfangados en el asunto. Aquella estampa macabra se asemejaba a buscar una aguja en un pajar, no sabían por donde empezar. Sin embargo, con el transcurso de los días pareció que algo se esclarecía, porque en la ronda de entrevistas a posibles testigos tres vecinos de la vivienda coincidieron en avistar a la misma hora un tipo con ciertas peculiaridades físicas. Dijeron ver bajar las escaleras a un hombre trajeado con ropa elegante pero holgada, varias tallas más grande a la suya, muy alto y escuálido; llevaba la chaqueta desabotonada y les sorprendió que no vistiera camisa. Parecía muy joven, caminaba de forma desgarbada y llevaba unas llaves entre los dedos que tintineaban todo el tiempo. Los testigos coincidieron en que su cabello era de color negro y en la cara tenía varias pústulas de impresión desagradable. Con la descripción unificada del individuo redujeron el número de sospechosos, y tras una exhausta criba se decidieron por dos heroinómanos ya fichados que parecían cuadrar a la perfección con aquellas características corporales. Cuando rastrearon el apartamento del traficante, que estaba repleto de huellas dactilares de todo tipo, descubrieron similitud entre algunas de las allí encontradas con las de un drogadicto detenido a menudo por la policía debido a pequeños hurtos en supermercados: se llamaba Richard Hostle, y visitaba a menudo la vivienda de Dwayne. Todo cuadraba, todo coincidía.

 

 

Kellen unía las piezas del puzzle y se iba dando cuenta de que había estado a punto de acusar por error a un joven inocente, y de relegarlo a la trena quizá para el resto de su vida, o al menos la mayoría de años que le restaban por permanecer en ella.

 

Hubiera constituido un equívoco fatal. Tenía ante sus ojos a un hombre sofisticado, de voz grave y tono pausado, emanando seguridad en cada movimiento y con cierto deje autoritario. Sabía que no mencionaría el cuchillo ni el puño americano de una forma demasiado explícita, aunque el comisario dedicara horas y horas a planificar estrategias de toda clase enfocadas al único propósito de arrancarle información. Se valdría de respuestas huidizas e irónicas, y no se expondría siquiera a insinuar la confesión de sus actos. El vikingo quería jugar a adivinanzas, escondiéndose de palabras que denotaran demasiado estruendo -o demasiada verdad- y a resolver el acertijo quedando en tablas y mediante acuerdos convenientes para ambos.

 

 

– Para que todo siga igual, Curt, debes cambiar algunos detalles.

 

– Claro, para eso estamos aquí. Debemos negociar la reforma de ese sistema tan arcaico. Se ha quedado obsoleto. Yo siempre he dicho que la fidelidad no es gratuita ni ciega: si quieres que unos cuiden de ti, tú tienes que cuidar el doble de ellos: mimarlos. Retenerlos. Para que nadie se escape ni cometa alguna tontería, ¿comprende?

 

– Por supuesto.

 

 

El comisario se veía forzado a tener una visión indirecta de las armas blancas que habían sido limpiadas escrupulosamente, y que interrumpieron al menos tres vidas. Cada vez que miraba a Curt o cambiaba de posición, esa imagen le atormentaba. Estaba posicionado de tal manera que no lo podía evitar, y se sentía cada minuto más incómodo. La inercia le obligaba a enfrentarse a ellas.

 

Curt lo examinó con disimulo: notó que había empezado a sufrir sudores fríos. Vio cómo la carótida le latía en el cuello e intuyó que su corazón se aceleraba. Era el momento anhelado con tanta perseverancia, y el idóneo para realizar la propuesta y salir de ese despacho proclamándose vencedor. Abrió la boca con intención de proseguir con su discurso, cuando el agente fue más rápido y le interrumpió:

 

 

– ¿Qué ofreces?

 

– Una suculenta oferta. A cambio de los mismos favores, yo añado calidad al material. De hecho ahí tienes la prueba. – quiso añadir: “intenta no quemarla con los ojos”, pero detuvo su impulso y siguió en su tónica formal – Mejor material, una subida coherente del porcentaje de beneficios y, como novedad, sus hombres ya no tendrán que preocuparse jamás por esos molestos análisis de orina que sé con seguridad les obligan a realizar una vez al mes. Podrán consumir lo que les apetezca porque jamás darán positivo. Deje eso a mi cuenta. Sabe que una contraoferta a lo que propongo es casi imposible, Kellen.

 

Kellen confirmó la inteligencia del negociador en potencia que tenía enfrente. Ambos conocían y usaban los mismos métodos, y se dio cuenta que incluso el gesto de de dirigirse hacia él por su apellido no era en balde: con ello pretendía aparentar profesionalidad y compromiso.

 

– Esas garantías me parecen espectaculares…. pero vamos, dime la verdad, vikingo. ¿A cambio de lo mismo? ¿Cuándo dejarás caer la trampa?

 

 

Entonces Curt dibujó una sutil sonrisa en el rostro, sin siquiera parpadear y clavando las iris ambarinas en el policía. Su identidad al descubierto, ya no había nada con lo que jugar y por lo que mantener cierta compostura. Le había infravalorado: la astucia de ese hombre era casi igual a la suya. Casi. “Está claro que nadie asciende tan alto sin utilizar métodos poco ortodoxos”, pensó.

 

 

– ¿Sabe qué, Frank? He decidido embarcarme en un juego donde hay muchos jugadores. Y son como aves de rapiña: no es que deseen verte caer y aprovechar tu momento de debilidad. Ellos crean esa vulnerabilidad, te ponen la zancadilla para que caigas y así disponer de campo libre para pisotearte. Aceptamos participar en un juego muy peligroso, amigo mío. Yo quiero correr el riesgo, pero también necesito un seguro de vida. Estuve pensando…la única manera de ir por delante de todos, es avanzar en el tablero. Doblar el número de los dados, ¿sabe? Yo no quiero un seis, yo quiero un doce. Necesito avanzar desde la casilla de salida el primero y comenzar doblando la puntuación. Con ese adelanto, es poco probable que me puedan alcanzar. Las opciones de que eso sucediera se reducirían a cuatro: un resbalón mío a la hora de actuar, una traición de alguien en quien confiara, un descontento de algún cliente o directamente la expulsión del juego, dios no lo quiera. Eso se traduciría en la cárcel o la muerte, y ni siquiera sopeso esas posibilidades. Necesito adelantar casillas, Kellen. Sólo puedo realizar ese movimiento con su ayuda. Pongamos que algunos soldados populares en las zonas que a usted y a mí nos interesa adquirir, y afines al difunto Dwayne (que en paz descanse) , caen de repente. Todos juntos. Eso inferirá respeto, obediencia, incluso miedo. Se trata de conquistar y fidelizar el terreno. Se trata de avanzar varias casillas. Necesito su ayuda para empezar, no más de una pequeña inversión.

 

 

Kellen se acariciaba el mentón pensativo, con la mirada posada en aquel atractivo polvo rosáceo. La propuesta y el argumento no dejaban de ser interesantes, dotados de una basta y audaz planificación. Tuvo la sensación de pisar sobre seguro acompañado del brazo de McNeill, y a la vez le producía un asfixiante desasosiego que tanta osadía se le volviera en contra.

 

 

– ¿De cuántas casillas estamos hablando?

 

– Cinco. Si avanzo cinco apenas lograrán oler mi rastro.

 

– Esto que me pides es una atrocidad – murmuró Kellen, pretendiendo una confrontación desnuda y valiente –. Cinco cuerpos a los que pasar por alto se convierte en una carnicería. Es casí imposible no levantar sospechas al respecto.

 

– No. No, si se hace ahora. Es el momento. La excusa es perfecta: hay flancos por los alrededores. Está lleno de bandas que pretenden usurpar el trono disponible, francotiradores esperando en las azoteas y discípulos rebeldes con ansias de ascender. Es un caos, Frank. Se esperan esas muertes, y se producirán hasta que no se restablezca el orden, alguien golpee la mesa con el puño y vuelva a instaurar la jerarquía con nuevas, o viejas, leyes.

 

Kellen quedó pensativo unos instantes mientras intentaba tragar saliva. Se le quedaba atorada en la garganta y temía ahogarse justo en ese momento. Encuadrado en esa escena sin retorno repleta de tensión ambiental e intensidad temía incluso toser. <¿Quién demonios era ese tipo? ¿Cómo le funcionaba el cerebro, estaba infiltrado de alguna manera en los archivos? ¿Cómo era posible que atara tantos cabos?>

 

– Treinta y seis horas. Treinta y seis horas y podríamos hacerlo pasar por ajuste de cuentas. Ves con cuidado en este asunto, pende de un hilo: no pueden caer como víctimas de crímenes pasionales. No pueden haber riñas de amantes, pruebas visuales de enamoramientos y separaciones, ataques de celos o episodios de enajenación. Han de ser rápidos: un chispazo. Has de hacerlo como si de un agresor sobrenatural se tratase. Volatilizado. Como si no existiera. Como una visita del mismo Dwayne ataviado con las ropas de la parca para cobrar deudas pasadas, ¿entiendes?. Como si fuera obra de un mal espíritu que no deja rastro.

 

– Treinta horas, Kellen. No necesito más. Fantasmas, Frank, serán fantasmas. Entonces, ¿cerramos el trato? – Curt se apresuró en ofrecer su mano para al fin estrecharla, sellando así el acuerdo. No quería que las dudas se arremolinaran en la conciencia del comisario y retrocediera en ese momento, tan crucial. – todo serán ventajas para sus hombres y para usted, Kellen. No se arrepentirá, se lo aseguro. Le doy mi palabra de escocés. – sonrió cruzando el pecho con su mano disponible, aparentando benevolencia, con los ojos brillantes y esa sonrisa cautivadora enmarcada por pelo rubio y rojizo.

 

 

Finalmente cerraron el trato, y Curt se dirigió con parsimonia hacia la bolsa rosada, con tal de festejar la bienvenida a las nuevas amistades. Kellen se hallaba aún en un estado de semi aturdimiento, había perdido el control de los acontecimientos y se sentía como un velero, dejándose llevar por las olas y el viento sin apenas dominio del rumbo. Vio cómo se esparcía el polvo, que tanta pureza emanaba, y cómo McNeill separaba varias rayas iguales con una tarjeta de crédito Visa Black Card, haciendo gala de su elevado estatus social y su experiencia en distribuciones similares. No halló un momento mejor para presentar sus exigencias, que hacía tiempo le rondaban los pensamientos, y hasta el último segundo dudó vocalizar en voz alta:

 

 

– Yo doy el pistoletazo de salida, vikingo. Sólo yo. Y reclamo el cumplimiento de ciertos requisitos.

 

– ¿No le parece lo suficiente buena, Kellen? – respondió Curt, dirigiéndose con un pícaro movimiento de ceja a la cocaína que ambos comenzaban a inhalar.

 

– He visto tu gama de chicas. Buenos ejemplares.

 

– ¿Qué gama? ¿Qué chicas?

 

– No me tomes por un estúpido. Ese negocio de páginas webs pornográficas que administras no es nuevo, ¿verdad?

 

De repente, el gesto de Curt se hizo sombrío y serio; se irguió de espaldas y contestó con más aplomo que nunca:

 

– Ese negocio es absolutamente legal, Frank. Tengo consentimientos firmados de esas mujeres y documentos en regla. Es ajeno a todo lo que hemos hablado hoy aquí dentro.

 

– No discuto que sea legal o no, vikingo. No pensaba pedir pruebas al respecto…aunque podría mostrarte ahora mismo mis credenciales y obligarte a ello. Descuida, no lo haré. – aspiró con fuerza sonora por el orificio nasal derecho con tal de reunir fuerzas y proseguir con su petición – Tengo ciertas fantasías eróticas.

 

– Soy todo oídos, comisario.

 

Kellen estalló en una estruendosa y falsa carcajada:

 

– ¿Crees que a alguna de tus chicas les cabría un bate de béisbol por el culo?

 

– Ummm….qué chico más perverso. Bueno, en este mundo todo es posible, Kellen. Sus fantasías son órdenes para mí. Si han habido taladros y rodillos de amasar, no veo por qué no puede utilizar un bate de béisbol.

 

– En realidad, me interesaría algo más específico. Me preguntaba si sería posible tomar yo mismo esas fotografías, y conservarlas para mi disfrute personal. Puedes extremar las precauciones, no soy hombre de prejuicios, lo comprendería. Pero con ello me sentiría más que compensado, y consolidaríamos de una vez por todas nuestra amistad.

 

– Puede fotografiar, grabar….tiene carta blanca, Kellen. Aunque no se tocan. A las mujeres no se les puede poner la mano encima. Esas son mis reglas y son irrebatibles.

 

– De acuerdo, McNeill. Entonces pactamos y damos por concluida esta conversación, ya podemos relajarnos. Estoy cansado de hablar, y ya no queda nada más por decir. Tendrás noticias mías, te las haré llegar en su debido momento.

 

– Me encantará ser el artífice de su satisfacción. En serio. Ha sido un verdadero placer.

 

– Recuerda: treinta y seis horas, McNeill. Ni una más. Treinta y seis.

 

 

Curt acompañó escaleras arriba al comisario, que iba bastante más perjudicado que él. Los efectos de la cocaína empezaban a amplificarse, puesto que había consumido con gran celeridad y en demasía. Sus pupilas delataban un fulgor particular, andaba de costado y se mostraba exaltado. Se había obsesionado con la perspectiva de hacer realidad sus depravaciones sexuales más recónditas, y no paraba de repetir y explicar con todo detalle lo que deseaba. Curt escuchaba con paciencia mientras le parecía tardar siglos en pisar el asfalto, los metros reconvertidos en millas; no veía la hora de meterlo dentro de un taxi, enviarlo para casa -sabía de antemano cuál era su domicilio, aun así lo confirmó inspeccionando su documentación de arriba abajo, aprovechando el estado deplorable en que se encontraba- y sumirse en la solitaria intimidad de aquel despacho alejado del mundo terrenal, en el infrasuelo. Era como si ansiara consagrarse con el diablo y dejar de pertenecer al mundo por unas horas, recluido en su escondite: lo más abajo posible, donde nadie rastreara, a una profundidad donde resultara imposible escarbar. Pedía a gritos aliviar la presión constante, dejar la mente en blanco, ahuyentar sus propios fantasmas. Pero no podía. Ni siquiera vagando en mitad del desierto lo hubiera conseguido.

 

Cuando se despidió de Kellen, volvió a encerrarse en el interior del local. Apagó las luces de neón exteriores, bajó la persiana mecánica y se arrastró con lentitud hacia la que había hecho las veces de sala de reuniones. Paseaba las yemas de los dedos por todo cuanto encontraba a su paso.

 

 

Una vez dentro del cuarto, limpió la mesa con minuciosidad y puso a buen recaudo las armas, a fin de que no se le olvidaran cuando emprendiera el regreso a casa. Ordenó los muebles, que anteriormente había cambiado de posición para conseguir los efectos deseados. Examinó una hilera de unos veinte libros, junto a archivadores varios expuestos sobre la repisa, y alcanzó uno que se titulaba “ayuda para emprendedores: conoce tu negocio”. Abrió la tapa dura de la portada y detuvo la cámara oculta, que aún seguía grabando. Huelga decir que ese objeto en realidad era un componente más dentro de la confabulación que había hilado entorno a la reciente reunión. Suponía la prueba más firme y la mejor arma en caso extremo de soborno. Recordó que debía de hacer varias copias de la misma con suma rapidez.

 

Luego se dejó caer exhausto sobre la silla principal, de alto respaldo, y se descamisó. Los nervios volvieron a agolparse en el pecho y notó de nuevo la taquicardia, que durante la tensión vivida en las horas anteriores había conseguido dominar. Siempre se envalentonaba a la hora de enfrentarse al peligro, pero luego sufría las secuelas físicas. Los sudores fríos, los temblores en las piernas, los nervios incontrolables, el dolor de sienes y el pulso concentrado en las cuencas de los ojos. Todo había salido bien. Había temido en diversas ocasiones que sucediera lo contrario y que aquel agente montara en cólera, se sintiera ofendido, o incluso agraviado, y que finalmente declinara la oferta. Pero todo había salido a pedir de boca, en realidad por un módico precio. Realmente, Curt pensaba que las exigencias serían más elevadas y se mostraría más inconformista, así que en conclusión no resultó nada complicado negociar las condiciones.

 

 

A esas alturas, mientras hablaba con el comisario, ya había avanzado las cinco famosas casillas del tablero por cuenta propia, contando con la inestimable ayuda de Alain. No le quedó más alternativa que asumir el riesgo. A esas horas de la noche ya habían cinco muertos, víctimas de un aparente ajuste de cuentas. Eran todos trabajadores de Dwayne. El terreno estaba libre, y habían cubierto la ciudad con un grito ensordecedor y amenazante que definía su manera de actuar. Esa noche había subido al trono y había enseñado al mundo su carta de presentación. Habían rodado las cabezas del bando adecuado. Tuvo que adelantarse a las famosas treinta y seis horas que con perspicacia ya había previsto; eso también afianzaría su postura ante los agentes policiales a cargo de Kellen. No era como Dwayne. Ahora se había convertido en la bestia más peligrosa de la manada.

 

Comentarios

  1. Mabel

    4 mayo, 2018

    ¡Excelente historia! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  2. Esruza

    4 mayo, 2018

    Muy bueno, y también qué bueno que seguiste escribiendo.

    Mi voto y saludos

  3. GermánLage

    5 mayo, 2018

    Ayer no me fue posible encontrar el momento de suficiente tranquilidad para leer tu entrega. Cada una de ellas me corrobora más la grandeza de la obra que, con tanta paciencia y persistencia, estás construyendo. Hoy omito elogios, porque serían repetidos. Quedamos a la espera de la entrega siguiente y, ¿cómo no?, de poder un día leer la obra entera.
    Un abrazo, Estefanía. Mejor dicho, dos; ya sabes.

  4. Penélope

    5 mayo, 2018

    Mucho ánimo Estefanía. Cada capítulo que concluyes es como una victoria, literaria y personal. Un abrazo.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas