Capítulo VII de Las garras del tiempo

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Si a las muchas emociones vividas en el día de ayer le sumamos que no me había tragado la pastilla que me proporcionó la cuidadora, tenemos como resultado que pasé la noche en vela, sin conseguir pegar ojo, tratando de ensamblar ideas aisladas, estrujando la sesera hasta ver si era capaz de hacerla escupir soluciones apropiadas para este intrincado asunto, construyendo cábalas y castillos en el aire, girándome hacia todos los ángulos posibles para buscar la postura más cómoda, contando ovejas, rezándole a esa virgen que creo que es la del Pilar, ilusionada a ratos y asustada otros, los que más.

Con todo ese trajín, me resultó imposible conciliar el sueño hasta bien entrada la madrugada. Y ahora, a las nueve de la mañana, con más sueño que la Bella Durmiente, escucho dos mamporrazos en la puerta de mi habitación.

Es Gabriel, que entra antes de que a mi me dé tiempo a decir adelante.

— Desayunar contigo siempre es la mejor manera de empezar un nuevo día — responde cuando le pregunto acerca de los motivos de tan temprana visita.

Yo tenía intención de quedarme en la cama durante casi toda la mañana, para recuperar el sueño perdido. De hecho, ya me había inventado una migraña como excusa para cuando llegara la cuidadora a avisarme de que en tantos minutos se serviría el desayuno en el comedor.

Además, me ha pillado en camisón, con el pelo alborotado y unas ojeras del tamaño de antifaces. Ninguna mujer en su sano juicio desea presentarse de esta guisa ante el hombre que le gusta, por temor a que él salga espantado y ya no aparezca nunca más por aquí. Pero a él parece no importarle mi aspecto porque no veo muestras de horror en su cara sino todo lo contrario, sonríe todo el tiempo como si fuera un vendedor de algo que no funciona.

— Ponte una bata y acompáñame a desayunar, anda.

— ¿Con estas pintas?

— ¿Qué pintas? ¡Estás guapísima!

— Gabriel, tengo ojeras, llevo el pelo revuelto y voy en camisón.

— Por eso te digo que te vistas una bata encima.

— ¿Y las ojeras? ¿Y el pelo alborotado?

— ¿Qué ojeras? ¿Esos preciosos cercos que enmarcan tus ojos? ¿Qué pelo alborotado? ¿Esos bucles tan bonitos que te caen con tanta gracia alrededor de la cara?

Sonrío. ¡Este hombre es incorregible! Y no desaprovecha ocasión para lanzarme piropos.

Aún así, esta galantería última cavó una zanja de silencio entre los dos. Lo que ocurre es que yo sé muy bien que no soy merecedora de tales cumplidos y temo que ese galanteo se repita con todas las mujeres que se cruzan en su camino. Con este tipo de frases, él se revela como un auténtico maestro en el arte de la seducción, y a ese nivel sólo se llega con la práctica.

— Eso se lo dirás a todas…

Es la frase más socorrida en estos casos, y también la que mejor pega aquí.

— Últimamente, sólo a ti.

— ¿Últimamente?

— Si, desde que te conozco sólo tengo ojos para ti y, dado que no miro a ninguna más, tampoco opino sobre su aspecto.

— ¿Es que antes sí las mirabas?

— Si, a todas y a cada una de ellas. Las escaneaba minuciosamente desde el talón hasta la coronilla.

¡Será descarado! ¡Pues no se atreve a reconocerlo sin ningún reparo!

No quiero seguir preguntando, no deseo seguir hurgando en ese asunto porque tengo miedo de lo que pudiera encontrar allí, aunque he de reconocer que los celos me consumen como fuego al papel.

Ahora, ya con el desayuno casi digerido y el sol acechando desde lo alto e intentando abrirse paso entre todos esos nubarrones, estamos sentados en nuestro banco.

Ya no voy en camisón, por supuesto, pero sí que llevo puesto otro de esos antiestéticos chándal que tan de moda están aquí. Este es de color gris marengo y parece de primera mano pero me queda demasiado grande, sobra tanta tela que parezco un espantapájaros. En los pies llevo, como siempre, esas zapatillas a cuadros que son igualitas a las que se ponía mi abuelo cuando llegaba a casa después de una dura jornada de trabajo en la fábrica.

Siempre me estoy preguntando dónde estarán mis ropas, las que traje en aquella maleta tan grande, las que no encuentro por ninguna parte, y quién habrá sido el malvado que ha comprado estos chándal para mi. En un principio creí que habría sido la bruja, pero ahora veo que también los visten muchos de los que me rodean y ella no es tan desprendida como para adquirir ropa para todos nosotros.

Hoy Gabriel me ha traído una libreta y un bolígrafo para mis anotaciones, pues yo no tenía ni una cosa ni la otra. Ha sido todo un detalle por su parte. Detalle que yo recompensé con una grande y prolongada sonrisa, a falta de otros posibles que ofrecer a cambio. Sin embargo, no sé cómo agradecer que él me abrace como lo está haciendo ahora mismo y que, además, se esfuerce por mantener viva la conversación para que a mi no se me cierren los párpados del todo. Me cuesta mucho mantener los ojos abiertos porque aquí no les da la gana de servirnos café en el desayuno. Por eso el sueño me invade después de la larga noche que pasé en vela y los músculos de mi cuerpo pesan más que las anclas de un barco.

— ¿Tienes cuaderno y bolígrafo para ti? — le pregunto.

— Si, tengo varios en la habitación. A veces me da por escribir cartas, dado que aquí no nos permiten tener teléfono.

Es cierto. No se ve a nadie hablando por teléfono móvil. Yo también tenía uno, ¿qué habrá sido de él? La verdad es que, en estos momentos, es lo que menos me importa. Total, no tengo nadie a quien llamar ni, por su puesto, tampoco hay nadie que se acuerde de llamarme a mi.

Pero…, ¿a quién escribirá él tanta carta?

Tengo la pregunta preparada en la punta de la lengua, pero no me atrevo a soltarla por miedo a parecer una entrometida. A fin de cuentas, creo que aún no tengo derecho alguno a plantear este tipo de preguntas tan íntimas.

— Deberíamos trazar un plan, una hoja de ruta — propone él.

Abro mi libreta y me dispongo a tomar notas.

Yo tengo la cabeza embotada, no se me ocurre nada y no creo que sea capaz de aportar ninguna idea meridianamente sensata. Pero, seguramente, él sí.

— Sabemos que la persona que buscamos es un hombre — continúa él —, y lo sabemos por que en la carta que Pilar escribió dice: “el hijo de Cristóbal está aquí”.

Asiento y anoto, todo a la vez.

— Y tanto puede ser médico, como cuidador, limpiador, o alguien que se encuentre aquí ingresado…; pero tenemos suerte porque la mayoría de las personas que hay aquí son mujeres, y esas ya están descartadas.

Sigo tomando apuntes.

— Deberíamos empezar por averiguar cuántos hombres trabajan o están ingresados aquí.

— Estoy de acuerdo.

— Y es mejor que esa tarea la realice yo porque llevo aquí más tiempo, me conocen mejor y tengo la ventaja de que suelo hablar con casi todo el mundo.

Esta última propuesta no me gusta demasiado: quiero estar presente en esas conversaciones. Y así lo expongo, inmediatamente.

— Yo también quiero participar. Recuerda que la desaparecida, fallecida, o lo que sea, era mi compañera de habitación.

Gabriel parece que va a responderme pero, en lugar de eso, se calla repentinamente. Con la barbilla me señala hacia el sendero, por donde una “bata blanca” viene caminando hacia nosotros, sonriendo y diciéndonos algo que no conseguimos descifrar.

— ¿Qué hacéis ahí, tortolitos? — pregunta cuando se encuentra a dos pasos de nosotros.

Ambos nos encogemos de hombros. Yo, además, me pongo colorada como una grana porque acabo de darme cuenta de que nuestras manos están entrelazadas.

— ¡Que bonito es el amor! — dice ella, con sorna— Y, además, con papel y lápiz, para escribirle poesías — añade justo antes de arrancar a reír como una loca. Hasta las muelas del juicio enseña de tanto que abre la bocaza.

— Pero ahora tenéis que bajar a almorzar porque no sólo de amor vive el hombre. Ni tampoco la mujer — dice justo antes de marcharse por donde había venido.

— Iremos juntos — susurro yo.

— ¿A almorzar?

— A investigar. A almorzar, también.

Ya es noche cerrada. Me acabo de acostar y estoy a la espera de que venga la mujerona con la pastilla esa que debo tomarme para dormir como es debido. Entretanto, me entretengo repasando los apuntes de la libreta, hasta ver si se me ocurre alguna estrategia para enfocar apropiadamente los interrogatorios que tenemos previsto continuar mañana y que fueron iniciados en el día de hoy, después del almuerzo, pues el plan que hoy hemos utilizado para extraer información no ha dado resultados satisfactorios; tampoco insatisfactorios. Simplemente, no ha dado resultado alguno.

A lo largo de la tarde, Gabriel y yo hemos hablado con los veintitrés hombres que están aquí internados. Los buscábamos por el jardín, por las salas de televisión, en los pasillos, habitaciones, en cualquier lugar donde fuera posible que ellos se encontrasen matando el tiempo. Y, una vez localizados, nos íbamos acercando a ellos con disimulo, así como quien no quiere la cosa, e inmediatamente después del oportuno saludo planteábamos la cuestión sin miramiento alguno, sin concederles tiempo para ponerse a la defensiva.

— Estoy acompañando a Marina, como ella es nueva aquí…, porque una vecina le ha rogado que dé recuerdos al hijo de Cristóbal, aquí ingresado, al parecer…, pero Marina no recuerda el nombre de la persona a quien debe trasladar el saludo, y entonces quisiéramos saber si, por casualidad, no serás tú el hijo de Cristóbal… —preguntaba Gabriel una y otra vez, a unos y a otros, repetitivamente, como una letanía, con mucha cautela en un principio, con bastante desparpajo cuando ya habíamos tanteado a más de la mitad de ellos.

Yo llevaba en la mano una revista que me agencié en una de las salas y, dentro de ella, mi cuaderno de notas convenientemente disimulado.

Los encuestados nos ponían caras que iban desde la indiferencia más absoluta hasta la lástima más afligida, por la pobre “nueva” que no se atreve a cumplir ella sola con la sencilla misión que una vecina le ha encomendado. Debe ser más tonta que el que asó la manteca, me decían sus caras de pasmo y sus miradas socarronas.

También se dio la sorna en unos pocos casos.

— Yo soy hijo del abogado, quizá sea ese por el que preguntáis — aseguró un hombre desdentado y con rasgos de ave rapaz que, acompañado de otros tres, echaba la partida de cartas en una de las salas.

— ¿Qué abogado? — preguntó Gabriel, inmediatamente.

— El que llevo aquí colgado — respondió el desdentado, señalando hacia sus partes íntimas con el dedo índice.

Seguidamente, rompió a reír con tantas ganas que hasta nos enseñaba la campanilla azulada que tenía en el gaznate. Nos marchamos de allí inmediatamente, dejando a aquellos cuatro riendo como locos.

Pero resulta que aquí, en este lugar abandonado de la mano de Dios, casi nadie tiene padre; y los que aún lo tienen, o en su día lo tuvieron, no se llamaba Cristóbal en ninguno de los casos.

Y, ahora que lo pienso, menos mal que no hemos dado con la persona buscada, pues hemos cometido la imprudencia de iniciar las entrevistas sin previamente haber trazado plan alguno. Y deberíamos haberlo hecho porque… ¿qué habría sucedido si alguno de ellos hubiera asegurado ser hijo del tal Cristóbal? Pues, sencillamente, que esa persona querría saber quién le enviaba los saludos y nosotros, sin previsión para ese supuesto, nos habríamos quedado completamente descolocados.

Horas más tarde, sentados en nuestro banco habitual, abordamos el asunto de nuevo y debidamente: ¿qué hacer y qué responder cuando alguno de ellos asegure ser hijo de Cristóbal?

— Nos ampararemos en tu carencia de memoria y le explicaremos que los saludos provienen de una vecina tuya, de la cual ahora no recuerdas el nombre pero que se lo dirás en cuanto se te venga a la memoria. A nosotros tan sólo nos interesa tener localizado al hijo de Cristóbal — convino Gabriel.

Yo, aunque estaba temiendo que nuestro plan acabase desgarrado por cualquier costura, cogido con alfileres como estaba, mostré mi acuerdo, sencillamente porque no se me ocurría ninguna forma mejor para salir del paso.

Poco después, justo antes de la cena, tan pronto el jardín se quedó desierto de paseantes, Gabriel me atrajo hacia sí para darme otro larguísimo beso. Otra vez me miró directamente a los ojos mientras sus labios se iban acercando a los míos. Sus pupilas brillaban como piedras húmedas en el río y todo mi cuerpo anhelaba un encuentro que se retardaba, pues pasó una eternidad desde que sus labios emprendieron el camino hasta que alcanzaron los míos y, entretanto, a mi se me iba acelerando el corazón hasta el punto que temí se me saliera del pecho.

Cuando, al fin, su boca se fundió con la mía, cerré los ojos para degustar todo su calor y sabor, para no perderme detalle de su lengua penetrando en mi boca, moviéndose suavemente alrededor de la mía, haciéndome cosquillas en el paladar y encendiéndome la piel hasta extremos que yo creía imposibles.

Jamás creí que existiera tanto placer en este mundo, que a los mortales nos estuviera permitido sentir tanta dicha como yo sentí en ese instante que ha quedado grabado en mi mente sin necesidad de utilizar cuaderno de apoyo alguno. Fue como la muerte de una estrella: un estallido fugaz y potente tras el que queda una nube de polvo que dura millones de años. Así fue aquel beso: un recuerdo imborrable para toda la eternidad.

Pero esta vez, Gabriel fue un poco más allá. Tímidamente, sus manos exploraron mi espalda y la parte superior de las nalgas. Incluso dudaron sobre si apartar mi chándal y colarse por debajo de la ropa. Llegué a sentir uno de sus dedos rozando mi piel y me estremecí con el roce. Yo temblaba como hoja al viento, por la excitación y por el miedo a que alguien nos descubriera, y casi agradecí el sonido del timbre convocándonos al comedor para la hora de la cena.

— ¡Qué oportuno! — se quejó él.

Tenía la respiración agitada y se lamía los labios constantemente, signos evidentes de excitación. Tentada estuve de mirar su entrepierna, en busca del bulto que debía haber aflorado por allí, pero no me atreví porque él no apartaba sus ojos de mí y no quería que me pillara mirando hacia sus partes.

A veces, sólo a veces, son tan recatada como una monja.

— Eres preciosa — me susurró al tiempo que me tendía las dos manos para ayudarme a dejar el banco.

Yo sonreí tímidamente, preguntándome cuánto tiempo habrá pasado desde que fui obsequiada con un piropo semejante.

Después lo estuve pensando durante el trayecto al comedor, y también durante la cena, pero no fui capaz de ubicar ese acontecimiento en el tiempo.

— Al no ser ninguno de los internos el hijo de Cristóbal, tan sólo nos quedan tres opciones. — dijo Gabriel, sentado a la mesa frente al plato de puré deslavazado que nos sirvieron para cenar.

— ¿Cuáles? — quise saber yo.

— Hay tres varones más. Dos de ellos son cuidadores, y el tercero es médico, el doctor Tudela. Todos lo demás son féminas. Pero también habrá que indagar entre el personal de cocina y limpieza. Puede que allí haya alguno más.

— Tendremos que idear alguna forma de preguntarles a ellos también.

— Podemos probar con lo mismo que venimos haciendo hasta ahora.

Esa idea no me gusta demasiado. Hasta el momento nos ha acompañado la suerte porque nadie hizo preguntas. Los que están aquí ingresados son gente que va y viene por los pasillos, como sonámbulos muchos de ellos, tan atiborrados a pastillas que no son capaces de enhebrar dos pensamientos encontrados, para quienes las preguntas coherentes forman parte de un ayer muy lejano y que tampoco muestran demasiado interés en aquellas cosas que no les afectan directamente, salvo que se trate de jugosos cotilleos, como temas de amoríos o similares, entonces sí que su interés se activa automáticamente, se enciende cómo un neón al pulsar la llave adecuada.

Anoté en mi cuaderno: veintitrés internos hombres, dos cuidadores, un médico…, y enseguida fui interrumpida por una de las camareras, que se acercó para preguntarme qué era lo que apuntaba en esa libreta que había llevado todo el día bajo el brazo. Tardé demasiado en urdir una respuesta aceptable y Gabriel se me adelantó:

— Como no tiene buena memoria, escribe las cosas que van ocurriendo a lo largo del día.

Yo no lo habría explicado mejor.

— Buen sistema — convino aquella camarera pelirroja con la cara plagada de pecas, la que suele servirnos las comidas.

 

Comentarios

  1. Mabel

    2 mayo, 2018

    ¡Me encanta! Un abrazo Elisa y mi voto desde Andalucía

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