Capítulo VIII de Las garras del tiempo

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No sé exactamente cuánto tiempo llevo aquí recluida pero, con la mano sobre la Biblia, me atrevería a jurar que ha sido toda una vida. Asimismo, desconozco en qué preciso instante me enamoré de Gabriel, pero también me aventuraría a afirmar que ha sido el mismo día que nací pues tengo la sensación de conocerle desde siempre, incluso desde antes de siempre, desde el principio de los tiempos.

Por fortuna, mi memoria falla en lo más trivial pero se mantiene impermeable al olvido en los aspectos fundamentales de la vida. Esta dualidad es la que me permite recordar con precisión los detalles que más han marcado mi infancia, como la desbordante ilusión de un día Reyes o de cumpleaños, los cariñosos abrazos de mi madre mientras me bañaba con aquella ternura que entonces me parecía lo más normal del mundo y que ahora sé que no es tan común como debiera; la impaciente espera de cada tarde, hasta que crujía el cerrojo de la puerta y entraba mi padre con una sonrisa dibujada en los labios y un abrazo para mi, los relajados paseos en las tardes de domingo, el parque infantil, el olor a lavanda en la ropa recién planchada que mi madre guardaba en los armarios… Todo cuanto en la vida es verdadero y auténtico.

No me pregunten, sin embargo, qué he desayunado esta misma mañana, quién es el actual Presidente del Gobierno español o en qué día y mes del año vivo, por citar unos cuantos ejemplos. Porque yo les contestaría que he desayunado comida, que el actual Presidente del Gobierno será alguno de esos hombres serios y encorbatados que salen en televisión, y que el día actual es el más importante de mi vida, lo mismo que también, en su momento, lo ha sido el de ayer y lo será el día de mañana, el de pasado, y el pasado del pasado, cada uno de ellos a su debido tiempo, cuando les toque.

Estoy ahora mismo en una de las salas, sola, procurando ocupar por entero este sofá de dos plazas en el que estoy sentada. No quiero que otras personas tomen asiento aquí pues debo reservar el sitio para Gabriel, que ha ido a descansar un rato a su habitación.

Hemos tenido una mañana intensa y él dijo sentirse agotado y necesitado de reposo. Entretanto, yo me quedé aquí, esperándole y poniendo al día mi cuaderno de apuntes. Yo también me encuentro muy cansada, y no me vendría mal una siesta pero me siento tan incómoda en aquella habitación, acompañada de aquel colchón aún desnudo y atiborrada a recuerdos…

Leo y releo, creo que ya por tercera vez, todo lo que está anotado en mi cuaderno, y lo complemento con algunos recuerdos que, milagrosamente, han quedado registrados en mi memoria. También hay otros que se me vienen repentinamente a la mente, enlazados con algunas frases que aquí escribí en su momento. Entre todos ellos forman un compendio bastante fiable de lo ocurrido en este día.

Por eso sé que esta mañana, siguiendo las pautas ensayadas ayer durante y después de la cena, entrevistamos a los otros tres hombres candidatos a ser hijos de Cristóbal.

Por unanimidad, habíamos decidido interpelarlos en horario de mañana, por ser el que ofrece más probabilidades de que tanto los cuidadores como el médico se encuentren por aquí. Según Gabriel, el turno de las mañanas es el que reúne mayor número de empleados; y, sobre todo, es cuando suele estar presente el doctor Tudela, que en otros horarios se ausenta, salvo imprevistos que ineludiblemente requieran su presencia.

También de mutuo acuerdo habíamos decidido plantear la cuestión de una forma mucho más elaborada, pues en esta ocasión no entrevistábamos a impasibles pacientes, atiborrados a pastillas muchos de ellos, que nos recibían y despedían sin conceder mayor importancia a nuestras extrañas preguntas. Por el contrario, en este caso estaríamos ante los profesionales encargados de nuestro cuidado que, inevitablemente, se preguntarían por qué nuestra memoria, sobre todo la mía, es selectiva hasta el punto de recordar unos datos y olvidar otros mucho más importantes. Porque, pensándolo bien, resulta completamente absurdo recordar el qué y no el quién, como nosotros pretendemos hacer creer a todos aquellos a quienes dirigimos nuestras preguntas. Pero, aunque un poco retocado, nuestro plan sigue basado en ese absurdo fallo de memoria y adolece por completo de originalidad.

En una de las habitaciones encontramos al hombre moreno de la sonrisa amable, el mismo que me visitó durante la primera noche que pasé aquí y que me ayudó a salir del estado de pánico en el que me encontraba.

— Buenos días — saludamos Gabriel y yo al unísono.

De mutuo acuerdo, habíamos decidido que Gabriel llevaría la voz cantante, porque él así lo prefiere y porque a mi me da igual.

— Voy a empezar con la curas, ahora no tengo tiempo de atenderos — respondió él, sin perder la sonrisa.

— Será sólo un minuto.

— Dime, pues, Gabriel, ¿qué ocurre?

— Quisiera hacerle una pregunta que ya de antemano sé que le va a resultar extraña o, quizá incluso, indiscreta, pero…

— Venga, hombre, las preguntas nunca son indiscretas; las respuestas sí que pueden serlo, según el caso.

El hombre volvió a sonreír pero transmitía el estado de incomodidad de quien considera estar perdiendo un tiempo muy valioso.

— Su padre, por casualidad, ¿no se llamará Cristóbal?

Ante tan atípica pregunta, el hombre congeló la sonrisa y nos ofreció un rostro tan inexpresivo como el de una esfinge. Se nos quedó mirando fijamente sin mover ni un solo músculo de la cara. Estaba esperando, sin duda, algún tipo de aclaración que albergara un mínimo de coherencia para explicar nuestro extraño comportamiento.

A mi me tembló el mentón y muchas cosas más. ¡Nos habían pillado! Estaba muy claro que eso sucedería más pronto que tarde porque nuestro plan para interrogar a los candidatos a hijo de ahora no recuerdo quién, era en sí una completa idiotez.

Yo creí que Gabriel no sabría salir del atolladero pero me equivoqué, pues no demoró ni un instante en conceder respuesta.

— Es que aquí, Marina, trae recuerdos para el hijo de un tal Cristóbal, un hombre que, al parecer, trabaja o está ingresado aquí. Pero ya hemos preguntado a todos los aquí internados y ninguno tiene a Cristóbal por padre, de modo que hemos pensado que, necesariamente, ha de ser el padre de alguno de ustedes, de los que trabajan aquí.

La cara el cuidador se relajó súbitamente, y yo caí en la cuenta de que estábamos haciendo el tonto con este tipo de preguntas tan incongruentes. Pero tampoco se me ocurría ninguna otra forma de averiguar quien era ese hombre cuya presencia tanto había asustado a mi compañera y del que sólo sabíamos que tenía un padre llamado Cristóbal.

— Mi padre se llama Juan y vive en Oviedo. Siento no poder ayudaros — respondió secamente antes de continuar con sus labores, dando por zanjada la conversación.

No lamenté que el cuidador, o enfermero, o lo que sea, estuviera tan ocupado en esos momentos pues, de lo contrario, alguna pregunta aclaratoria sí que nos hubiera caído, y aún no habíamos decidido cómo enfocar el asunto caso de que nos fuera preguntado quién era la persona que enviaba los supuestos saludos.

Abordamos al otro cuidador cuando salía de una habitación y se disponía a entrar en la contigua. Era un hombre de mediana edad, muy grande, con mucho pelo, con aspecto de gran primate y con una expresión nada amigable pintada en la cara.

De ser este el hijo de Cristóbal, no es nada extraño que mi compañera tuviera tanto miedo, pensé en cuanto le vi.

Pero no lo es.

Nos despachó enseguida, alegando estar muy ocupado y ser hijo de Jesús, también vecino de Oviedo.

Tampoco hizo preguntas ni pidió explicaciones.

Estaba visto que el turno de mañana era el más adecuado para hacer preguntas tontas a quien fuera, pues todo el mundo estaba tan ocupado que ni siquiera se planteaban por qué interrumpíamos su labor para soltarles cuestiones tan absurdas que no tenían pies ni cabeza.

Ya sólo nos quedaba un posible candidato: el médico.

Y nos costó Dios y ayuda encontrarlo porque al parecer este hombre es más escurridizo que una anguila. Va de un lado para otro sin ton ni son, sin seguir orden alguno, y suele visitar todas las habitaciones pero no necesariamente lo hace de forma correlativa sino que va saltando de una a otra, incluso de una planta a otra, según le viene en gana.

Preguntamos por él en la primera planta. Allí encontramos una “bata blanca” que se afanaba en dejar uno de los baños como los chorros del oro.

— ¿Qué queréis de él exactamente? — preguntó con no muy buenos modales y sin dejar de pasar el trapo por el espejo del lavabo.

Aunque el espejo ya estaba más limpio que mi cuenta corriente, ella seguía dale que te dale al trapo, con mucho brío y sin mirarnos.

— Necesitamos hablar con él — sintetizó Gabriel.

— Si él cree conveniente visitaros, no os preocupéis que ya os hará llamar — continuó mientras miraba el espejo desde varios ángulos para comprobar si había quedado lo suficientemente reluciente.

— Necesito hablar con él sobre un asunto personal. No es tema médico, sino personal. Tengo un recado para él.

La mujer posó cuidadosamente el trapo sobre el lavabo y al fin nos miró a la cara, tratando de evaluar cuánto había de verdadero o de falso en nuestra afirmación, y también si metería mucho la pata enviándonos a tomar viento fresco.

Quizá nuestra información personal fuera de suma importancia para el doctor y ella se metiera en un lío caso de no ayudarnos a localizarlo, parecía decir aquella mirada dudosa. Aunque también pudiera ser que tan sólo deseáramos interrumpir el trabajo del médico con alguna tontería, con lo cual ella igualmente se ganaría una bronca caso de ayudarnos a encontrarlo, indicaba aquel ceño tan fruncido como un acordeón.

— Acaba de visitar a un paciente en esa habitación de enfrente. Debe estar ahora mismo en la siguiente o en alguna otra muy cercana, de este mismo piso, sin duda.

Dimos las gracias por duplicado y dejamos a la limpiadora dudando frente al impoluto espejo.

En la habitación contigua a la señalada encontramos a un hombre durmiendo con la boca abierta como un papamoscas y roncando de forma escandalosa, pero ni rastro del médico.

Cuando hubimos recorrido toda la planta sin localizar al médico, decidimos subir al segundo piso.

— ¿Y si casualmente está bajando por las escaleras? — pregunté al ver que Gabriel iba derecho hacia el ascensor.

— ¿Y si está bajando en el ascensor? — preguntó él a su vez.

— El ascensor no se está moviendo ahora mismo. Es imposible que esté bajando — respondí yo al ver el botón apagado.

No me hizo caso y pulsó el botón para llamar al ascensor.

Me puse más indignada que el casero de un fugitivo. Y motivos no me faltaban. A saber: él no me había hecho caso alguno, mi planteamiento era mucho más lógico que el suyo y, por si fuera poco, él estaba sonriendo de oreja a oreja sin que yo acertara a adivinar el motivo.

Pero lo supe enseguida, tan pronto se cerró la puerta del ascensor con nosotros dentro. En los tres segundos que duró el trayecto del primer piso al segundo, Gabriel tuvo tiempo de robarme un beso, pellizcarme el trasero, decirme al oído que me deseaba como un ciervo en celo y hasta de mordisquearme el lóbulo de la oreja derecha.

Salí del ascensor más acalorada que un cura en un sex shop, arreglando el chándal que había quedado algo descolocado con el breve achuchón, tratando de templar el encendido de mi cara con las manos que siempre suelo tener frías y rogando al Señor para que no hubiera nadie por allí cerca.

Y el Señor escuchó mis ruegos. Afortunadamente tardamos al menos dos minutos en toparnos con alguien, y fueron suficientes para que mi sangre se refrigerase un poco. Gabriel, entretanto, sonreía ajeno al bochorno que estaba sufriendo yo.

— No es para tanto, mujer. Nos queremos, nos deseamos, ¿y qué?, somos libres, los demás tendrán que comprenderlo.

— Me has asaltado a traición, y lo sabes.

— Es cierto que se me olvidó prevenirte, pero llevaba toda la mañana pensando en eso, en buscar un lugar apropiado para asaltarte, y no se me ocurrió nada mejor que el ascensor.

— De ahora en adelante, iremos siempre por la escalera — advertí con el dedo índice alzado.

— La escalera también tiene unas curvas y unos recovecos muy apropiados para cualquier asalto…

Quise seguir reprendiéndole pero esa sonrisa pícara que me dedicó fue mucho más fuerte que mi voluntad de actuar correctamente y enseguida derrocó mi endeble resistencia para que los dos terminásemos riendo a boca llena.

— ¿Qué os hace tanta gracia?

¡Menudo susto!

La pregunta provenía de una “bata blanca” que apareció por allí sin anunciarse.

Podía al menos haber emitido un leve tosido, algún carraspeo, algo que nos informara de su presencia inmediata.

— Nada en especial. Es él, que está muy chistoso esta mañana — respondí yo, señalando a Gabriel.

— Ya, él siempre es así de simpático, especialmente si hay mujeres por cerca.

Su mordaz comentario desterró todas mis ganas de reír y me quedé más seria que si estuviera en un funeral. Y probablemente así fuera, quizá ya faltaba poco para que yo misma me viera obligada a asistir al funeral de mis propias ilusiones, las que me estaba construyendo con Gabriel como único e imprescindible soporte. Ya eran muchos los comentarios que yo había escuchado acerca de su carácter donjuanesco y de su debilidad por las mujeres que iban llegando nuevas. Hasta ahora yo era la más nueva de todas pero eso tenía los días contados. Era bien seguro que muy pronto llegaría alguna para desbancarme de mi puesto y, probablemente, también de la vida de Gabriel.

Creo que a él no le pasó desapercibido mi malestar pero no era momento ni lugar para tratar un asunto así y ambos decidimos centrarnos en el tema que en ese momento nos competía.

— ¿Ha visto por aquí al doctor Tudela? — le preguntó él a la “bata blanca”

— Justo acaba de pasar por aquí. Creo que ha bajado a la primera planta.

Respondió y siguió su camino, sin pedirnos explicación alguna.

Pero la que ardía en ganas de pedir explicaciones era yo. ¿Es cierto lo que todos dicen? ¿Es verdad que vas detrás de todas las que llegan nuevas? ¿Es cierto que yo sólo soy la nueva de turno? ¿Me dejarás en cuanto llegue la siguiente? ¿Qué coño hago enamorándome de ti? Todas esas preguntas, y muchas más, pugnaban por salir de mi boca en tropel.

— Vuelta al primer piso — dijo Gabriel, dando un giro rápido para volver a meterse dentro del ascensor.

Pero el ascensor ya se había puesto en marcha hacia alguna de las otras plantas.

— ¡Vaya hombre! Será mejor que vayamos hacia las escaleras porque pillar el ascensor aquí es más difícil que envolver un triciclo. Somos muchos y sólo hay uno.

¡Y muchas! Pensé yo, aún dándole vueltas al asunto.

Ya en la boca de las escaleras, mi malestar debió hacerse tan evidente que Gabriel no dudó en preguntarme que qué demonios me sucedía, si no estaba de acuerdo en cómo él estaba llevando la búsqueda del hijo de Cristóbal, si yo tenía ideas mejores, si…

— Mi cabeza da vueltas a otro asunto muy diferente — respondí yo, sin ganas de explicarme pero tampoco de callarme.

Lo que salió de mi boca fue un chorro de amargura y él me miró desconcertado. Su mirada era una pregunta en toda regla, pero yo hice oídos sordos y ojos ciegos. Él bajó unos cuantos escalones más. Yo le seguí a un par de metros de distancia.

— ¿Y no vas a decirme qué asunto es ese que te tiene tan intranquila, tan descontenta y tan distante conmigo?

Había parado en seco, se había dado la vuelta y me miraba con ojos tiernos, como un gatito desamparado.

— Porque no hago más que escuchar que tú siempre vas detrás de todas las mujeres. Lo escucho por todas partes. Lo llevo escuchando desde el primer día. ¡Y ya estoy harta, harta y más que harta! No sé qué demonios estoy haciendo. No sé cuándo llegará una más nueva y, entonces, tú te irás con ella y…

Y entonces él saltó dos peldaños hacia arriba y tapó mi boca con un beso. Un beso que a mi me supo tan amargo como inoportuno. Yo estaba, y sigo estando, seriamente preocupada por los comentarios que escuchaba por ahí y era el momento de explicaciones, no de arrumacos.

Aparté mi boca de la suya en cuanto superé el efecto sorpresa y reuní fuerzas para ello. Mi gesto seguía siendo de enfado, mis pensamientos seguían estando confusos y mi ánimo no estaba para guasas ni para respuestas tontas sino para aclaraciones serias y, a ser posible, convincentes.

— Todo eso fue antes de conocerte — argumentó él.

Su respuesta no me sonó ni seria ni convincente. Una frase así es la que suele amañarse para salir del paso.

— Vamos a lo que nos ocupa — atajé yo, ya completamente convencida de que no obtendría más amplia respuesta y de que para saber si mis tribulaciones iban por buen camino sólo tendría que aguardar la llegada de alguna inquilina que estuviera medianamente e buen ver. O quizá fuera suficiente con que ostentase el calificativo de nueva, probablemente no hiciera falta ni que estuviera de buen ver. Según dicen, él tiene buen diente para las mujeres y no le hace ascos a ninguna.

En la primera planta tampoco estaba el doctor y, finalmente, después de dar muchas vueltas y de hacer muchas preguntas tontas, lo encontramos en la planta baja, en el despacho del director, planteando no sé qué petición a puerta entornada.

¿Y cómo sé yo que estaba allí pidiendo algo? Por la pose que adoptaban uno y otro, principalmente. El doctor, cabizbajo, sumiso, recatado. El director, atento, sopesando la petición con cierta cara de preocupación, pero arrogante y sabedor de que el asunto estaba en sus manos.

Sin otra alternativa más que esperar, salvo la de ausentarnos y arriesgarnos a que se diera el piro de nuevo, aguardamos pacientemente en mitad del pasillo, plantados como estatuas y con más nervios que un filete de vaca vieja, hasta que el encuentro con el director hubo terminado y salió el doctor con cara un tanto afligida. Aflicción que se volvió perplejidad en cuanto Gabriel le preguntó si, por casualidad, su padre no se llamaría Cristóbal.

El doctor, como era previsible, requirió aclaraciones inmediatamente y Gabriel, a falta de otras, le concedió las mismas que ya habíamos dado a muchos otros anteriormente. Pero el médico no se conformó con tan vacuo planteamiento y quiso saber más, precisamente aquello para lo que nosotros aún no teníamos explicación plausible

— ¿Quién es esa persona que envía saludos para el hijo de Cristóbal y de qué le conoce?.

Yo deseé que se abriera un agujero en la tierra y que me tragara en ese mismo momento. Pero tal cosa no llegó a ocurrir y tuve que escuchar la voz titubeante de Gabriel improvisando una explicación absurda y saliendo por peteneras como buenamente pudo.

— Es que, aquí Marina, trae recuerdos para el hijo de Cristóbal pero, como tiene tan mala memoria, no recuerda quién se los dio.

El doctor meneó la cabeza de un lado a otro, pasó ampliamente de nosotros y se marchó escaleras arriba, contrariado, pero sin confirmar ni desmentir nada.

— Apostaría a que hemos dado con el hijo de Cristóbal. — susurró Gabriel, eufórico, cuando el otro aún no se había distanciado lo suficiente.

— Puede ser… — repuse yo.

Claro que era posible, aunque solo fuera por descarte.

Eso ocurrió durante la mañana, como creo que ya dije; y ahora estoy aquí, sentada en este sofá, donde el tiempo de espera se me está haciendo eterno.

Ya hubo dos intentos de ocupar el sitio que tan celosamente guardo para Gabriel aunque él no me haya pedido que lo haga, y en las dos ocasiones he conseguido zafarme bastante bien pues los pretendientes a este asiento enfocado hacia un ventanal con vistas al jardín se fueron a otro lugar, mucho menos agradable sin duda, pero sin rechistar.

Pero yo no quiero estar aquí así, sola, malgastando el tiempo cuando queda tanto por hacer, defendiendo una plaza de asiento vacía que pertenece a todos por igual y que no tengo derecho alguno a reservar para alguien en concreto, aunque él no me haya pedido que se la guarde.

Ya terminé de hacer las oportunas anotaciones en mi cuaderno y ahora me dedico a controlar el ala derecha del pasillo, y también la escalera que está en la parte izquierda, para ver si Gabriel aparece por alguno de esos dos flancos.

Pero, desgraciadamente, quien aparece es el doctor, mirándome fijamente, de forma amenazante, mientras avanza hacia mi caminando a buen paso, braceando con decisión e, inevitablemente, acortando distancias.

Yo, por si cuela, miro con disimuilo hacia otra parte, como haciéndome la loca, y me aferro a la libreta que tengo sobre el regazo, tratando inútilmente de pasar desapercibida.

— Se te ve muy sola, Marina — dice el médico cuando aún faltan unos pasos para llegar hasta donde yo estoy.

Me encojo de hombros mientras avivo la esperanza de que él lleve mucha prisa y siga de largo. Pero no lo hace, sino que se sienta en el sofá, muy cerca de mi, obligándome a desplazarme hacia la esquina.

Esto me huele mal, pero que muy mal.

Él se frota las manos y sonríe aviesamente. Después carraspea. A continuación cambia varias veces de postura. Parece no saber muy bien cómo decir lo que quiere decirme, y a mi me está poniendo más nerviosa que un padre primerizo.

— Marina — empieza, por fin—, ¿qué era esa historia tan rara que os traíais Gabriel y tú esta mañana?

Trago saliva.

— Lo que ya le comentamos a usted — respondo con un hilillo de voz.

— Pero no me negarás que la historia sonaba un tanto rara. Alguien que manda recuerdos para una persona que trabaja aquí, pero no sabéis ni quién es ese alguien, ni para quién son los saludos. Todo muy raro, ¿no te parece?

Asiento tímidamente. Después me escudo en mi mala memoria para justificar el descalabro.

El doctor vuelve a frotarse las manos, a carraspear, y a la carga otra vez.

— Marina…, ¿qué te contó exactamente Pilar, tu compañera de habitación?

En este momento ya no me cabe ninguna duda de que estoy hablando con el hijo de Cristóbal, ese al que Pilar se refería en la carta que dejó escrita. Y no sabría muy bien describir la sensación que ahora mismo siento, pero es algo así como cuando de repente te tiran a una piscina de agua helada, sin saber nadar y sin que nadie tenga la intención de rescatarte, que te quedas tieso como la mojama y hasta la respiración se te corta a causa la impresión y del miedo.

Pero esto no es miedo, es lo siguiente.

— Nada.

Nada que te pueda contar. Nada que tú debas saber. Algo así es lo que suele ocultarse detrás de tan sencilla respuesta. Pero él, como era previsible, no se conforma con tamaña evasiva.

— ¿Cómo que nada? ¡No me vengas con tonterías! Que todo eso de Cristóbal son fantasías con las que alucinaba tu compañera, y ella te las ha trasladado a ti.

— ¿Fantasías?

— ¡Sí, fantasías! Ella padecía una enfermedad mental severa y de difícil o imposible curación. A menudo no sabía lo que decía y andaba por ahí contando el cuento de una violación cuanto tenía trece años, perpetrada al parecer por un tal Cristóbal.

¿Padecía? Eso quiere decir… Quiere decir que padecía pero que ya no padece porque ha fallecido. ¡Dios mío!

— ¿No tienes nada que decirme al respecto, Marina? — insiste él.

Si pudiera, respondería algo, cualquier cosa, con tal de que este hombre me deje tranquila; pero cualquier palabra que yo pudiera articular en este momento sería como un accidente a punto de ocurrir, imprevisible y catastrófico.

— ¿Marina? ¿Estás aquí? ¿O andas por las nubes?

Para mi desgracia, si, estoy aquí.

Afirmo con la cabeza.

— ¡Pues responde, coño!

— Nada me comentó de eso — afirmo yo, muy segura de la respuesta, intentando que no se note demasiado que me he quedado de piedra al escuchar esa parte de la historia personal de Pilar que, de ser cierta, también sería terrorífica. Y procurando también no evidenciar en demasía que estoy muerta de miedo ante la presencia de este hombre.

Tengo que anotar rápidamente en mi libreta. Lo haré en cuanto el doctor se marche de mi lado, para que no se me olviden estos datos. Debo averiguar la verdad.

— ¿Seguro?

— Absolutamente.

El doctor se levanta y se marcha, meneando la cabeza de un lado al otro. Y lo hace a buen paso, para perderme de vista cuando antes, supuestamente.

En cuanto veo al matasanos doblar la esquina del pasillo, suelto de golpe todo el aire que el susto me obligó a retener en los pulmones, abro el cuaderno y empiezo a escribir. Pero las manos me tiemblan y, consecuentemente, la caligrafía queda tambaleante, tan tambaleante que no creo que más tarde sea capaz descifrar lo que ahora estoy escribiendo.

Y Gabriel que no llega.

Cada dos segundos miro hacia el fondo del pasillo a ver si aparece, y cada dos segundos me llevo un gran fiasco.

Tan sólo hace unos días que le conozco y ya no concibo mi vida sin él. Tanto es así que, ahora que lo estoy pensando, no logro comprender cómo era mi vida antes, qué era lo que absorbía mis muchas horas muertas, y por qué ahora albergo la extraña sensación de que mi vida anterior era vacía, insulsa y deprimente.

Era una vida gris, sin ninguna sorpresa, con muchas situaciones repetidas. Una vida hecha de momentos que iban encadenándose sin que prácticamente yo interviniera en ello, con un pasado ya olvidado, un presente que se me escapaba como agua entre los dedos y un futuro que no lograba adivinar. Una vida que no era vida sino supervivencia. Una vida hecha de apariencias, no de verdades.

Y, sin embargo, hay algo en él, o en nuestra relación, no sé exactamente, que me inquieta. Ahora mismo no consigo averiguar de qué se trata pero yo sé que esta misma mañana he estado descontenta con él. Creo que incluso hemos tenido un inicio de discusión. Este sentimiento empaña mi felicidad.

¡Al fin llega!

Por ahí viene, caminando hacia mi a buen paso, envuelto en esa aura de brillo con la que ha prendido luz a mi vida. Es tan atractivo que resulta difícil definirlo, escoger un rasgo suyo esencial, decidirse entre la gracia de sus movimientos, la elegancia de su porte, la calidez de su sonrisa y la perfección de su rostro.

Me lanza una larga sonrisa y yo le correspondo con otra.

— ¿Te he hecho esperar mucho? — me pregunta.

— No, en absoluto — quiero mentir para no preocuparlo, pero bien sé yo que no lo he conseguido.

— Estaba tan cansado que me quedé frito nada más tirarme en la cama, pero… ¿qué te ocurre? ¡Estás temblando!

Ahora mismo no sé muy bien lo que me pasa y necesito echar mano de la libreta. Mejor dicho, sí que lo sé: tengo miedo. Pero no consigo explicarlo debidamente, no logro enhebrar mis pensamientos y tampoco encuentro las palabras exactas para expresarlos.

Leo en mi cuaderno, con bastante dificultad y en voz alta, el episodio recientemente ocurrido con el médico.

— ¡Es el hijo de Cristóbal! No hay duda. De lo contrario no se hubiera tomado la molestia de buscarte para intentar convencerte de que tu compañera desvariaba.

La certeza acaba de asaltarme, como si alguien me hubiese susurrado la verdad al oído.

— Eso mismo pienso yo. Y ahora estamos en un callejón sin salida, no sé por dónde continuar ni qué hacer para llegar hasta la verdad.

Con sus manos entrelazadas y la barbilla apoyada en ellas, Gabriel piensa. O más bien medita, dado el alto grado de concentración que parece haber alcanzado. Entretanto yo, que aún sigo con el susto metido en el cuerpo, intento relajarme respirando largo y hondo.

— Yo creo que lo primero que debemos hacer es cerciorarnos de que este médico es el hijo de Cristóbal. Este doctor llegó aquí hace tan sólo unos meses, menos de medio año, creo recordar. No es de por aquí, ni de Asturias siquiera. Su acento le delata, luego algo vino a buscar aquí. Tenemos que desenmascararle. Ya sé, ya sé que me vas a preguntar cómo demonios vamos a hacer eso, pero no es tan difícil… — opina Gabriel al cabo de un buen rato.

— ¿Ah, no? ¿Acaso lo lleva escrito en la placa que se ha cosido a la bata? — interrumpo yo.

Ambos nos reímos al unísono.

— No lo lleva escrito en la bata pero seguramente constará en su expediente personal y supongo que, a su vez, el expediente personal estará archivado en el despacho de Dirección.

— La cosa tiene su lógica — convengo yo —, allí guardarán toda la documentación relativa al doctor y en alguno de ellos ha de aparecer el nombre del padre, digo yo…

— Dices bien. Por lo tanto, hoy toca excursión nocturna.

— ¿Otra vez?

— No hay otra forma de hacerlo.

Gabriel se encoge de hombros como diciendo: el que quiera peces que se moje el culo.

No es que la anterior expedición nocturna me haya disgustado, sino todo lo contrario: ha sido tremendamente excitante dada la audaz misión que la justificaba y la grata compañía que me asistió para llevarla a cabo. Pero también es verdad que el temor a ser descubiertos y severamente reprendidos — puede que incluso tomen medidas para separarnos definitivamente, de llegar el caso — me provocó un desasosiego tal que me amargó las horas previas a la expedición y, además, la excitación aún siguió haciendo efecto durante las horas posteriores, impidiéndome relajarme para conciliar el sueño cuando ya estaba de vuelta en la seguridad de mi cuarto.

— Ahora vamos un ratito a nuestro banco y me das un beso cuando no haya espectadores…

Él, su sonrisa pícara y sus proposiciones indecentes, acabarán por derretirme del todo.

— ¿Qué te hace suponer que yo quiero darte un beso?

— ¡Anda! Que lo estás deseando tanto como yo.

— ¿Tanto se me nota?

Temo haber dejado al descubierto, como un cable pelado, toda la excitación que siento cuando este hombre anda cerca de mi. No me gustaría que eso ocurriera o, mejor dicho, sí que me gustaría pero sólo en caso de que él, y sólo él, pudiera percibirlo, pero normalmente no es así. El amor y el dinero son las únicas cosas que no se pueden esconder ante la mirada de los demás.

Me engancho a su brazo para caminar a la par — aquí no se puede ir de la mano salvo que uno esté dispuesto a soportar todo tipo de intromisiones, a cual más impertinente — y nos vamos hacia el que hemos dado en llamar “nuestro banco”. Tan nuestro que el hecho de encontrarlo ocupado, como ya ocurrió un par de veces, desata nuestra furia y nuestras ganas de espantar al intruso, e incluso de darle algún tipo de escarmiento para que no cometa otra vez la osadía de apropiarse de lo ajeno. Afortunadamente, en esas dos ocasiones supimos contener la rabieta y exterminar a tiempo las ganas de entrar en combate para la defensa del territorio.

 

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