Invito al lector a imaginar un pueblo antiguo, semejante al Israel bíblico o al imperio persa de los días de Jerjes. Su capital moraba en medio del desierto, sobre un oasis alimentado por un gran lago de agua dulce. Las formaciones rocosas amurallaban a la ciudad, con afilados picachos y profundos precipicios. Solo por el norte tenía acceso a sus maravillosas construcciones de piedra betunadas. Los muros se levantaban hasta veinte metros de altura con atalayas que vigilaban día y noche. No obstante, la paz reinaba en ese pueblo y los habitantes vivían tranquilos y felices.
En ella había un rey, sabio y consiente de que para dirigir un país, necesitaba de un buen consejo. Reunió a muchos especialistas, en diferentes materias útiles. Escogió a los más adecuados sin dejarse llevar por su posición, relación o su lisonja. Ya sabe que nunca falta el que quiere conseguir un buen lugar sin ser realmente apto. Pero para el rey, su prioridad era el bienestar de su nación.
De entre todos los consejeros, había uno que se destacaba por su gran conocimiento. Un hombre cuya canicie comenzaba a teñir sus cabellos y las primeras arrugas en delinear su rostro. Era ávido lector de rollos antiguos y su colección superaba a la de las bibliotecas del reino. Sabía de ciencia, arte, cultura, lenguas, política y hasta deportes. Incluso el monarca reconocía que su conocimiento superaba el suyo y la de cualquier sátrapa. Por ello lo nombró su mano derecha y le confió tanta autoridad que podía gobernar en su ausencia, incluso sobre el principado. Puede imaginarse hasta donde llegaba dicha autoridad, que cuando el rey expedía una ley, que comprometiera la seguridad del reino o la tranquilidad de los ciudadanos, podía anularla expresando sus razones ante el consejo.
Tanto éxito lo hizo arrogante y los halagos nutrían su ego. Comenzó despreciar al vulgo. Los tachaba de brutos. Y aunque no era una mala persona, cayó en el error de ser perjudicialmente orgulloso. Solo el supremo gobernante y sus colegas se salvaban de su desdeñosa actitud. Mas los pajes, los soldados y otros servidores, tenían un mal concepto de este sabio; pero no les quedaba de otra que aguantarlo.
Un día, un joven proveniente de los pueblos más humildes fuera de los muros de la ciudad, había viajado a la capital para conseguir una mejor oportunidad de trabajo. Era un chico inteligente que le gustaba leer y amaba escribir, pero sin los estudios suficientes para adquirir un trabajo importante. No obstante, se esforzaba por aprender cosas nuevas de quien pudiera y de llevarlas a la práctica. Un juez, al saber de sus virtudes, lo recomendó para formar parte de los escribas dentro del castillo.
Su labor era copiar los escritos importantes, para que cada extremo del país conociera los edictos y leyes provenientes de la capital. Revisar que la redacción fuera coherente y correcta, era parte de sus deberes. Y como el error es parte de nuestra humanidad, sin importar lo listos que seamos, devolvía los originales a sus dueños para su corrección, incluyendo los que el mismísimo Gran Sabio escribía. Claro que a este no le parecía que un simple muchacho, de la mitad de su edad, sin la misma preparación y proveniente de las más sencillas partes del país, lo corrigiera; aunque tuviera razones para ello. En sus respuestas se podía percibir que actuaba a la defensiva, pero el joven escriba, educado para no seguir discusiones, siempre le respondía con brevedad y con franqueza.
-No los hago propósito -dijo un día el Gran Sabio, cuando el joven escriba le mostró una reforma mal escrita.
-Si fuera a propósito, no sería error.
-Sí. Pero parece que te gusta que cometa errores.
-Para nada, solo es parte de mi trabajo. No lo tomes personal.
Otra ocasión…
-He encontrado una falla en la introducción de tu tema -dijo el escriba-. Pero puedes basarte en un escrito anterior para corregirlo.
– ¡Yo no tengo que basarme en nada para hacer mi trabajo!
-Bueno, solo es una sugerencia. Al final, tú tomas la decisión de cambiarlo.
Para el Gran Sabio, el copista no era de su agrado y él le correspondía de igual manera. No obstante, aun siendo arrogante, el segundo hombre más importante del reino nunca atentó contra el joven escriba. Era justo, pero no por ello, creía que su subordinado fuera digno de colaborar con él.
El rey, por el contrario, veía en el muchacho una gran utilidad. Un día lo llamó en privado para conocerlo mejor. El resultado de aquella charla, fue su nombramiento como aprendiz de consejero y lo puso a manos del Gran Sabio como su maestro. Inconforme de la decisión del monarca, habló con él para disuadirlo.
-Vamos, amigo -dijo el rey mientras disfrutaba una copa de vino a un lado del calor de una chimenea- todos tienen oportunidad de ser consejeros si muestran las debidas cualidades.
– ¿Pero qué cualidades puede hallar en un inculto como él? No tiene estudios como nosotros los que formamos parte de su consejo, su majestad. Dudo que en su pueblo haya aprendido de economía, de ciencia, de arte…
-Nunca juzgues a nadie por su origen. Es mucho más de lo que piensas. Para que lo veas por ti mismo, te pido que lo entrenes durante seis meses para sus nuevas obligaciones. Si aun así no te parece bueno para la mesa de consejeros, simplemente no formara parte de ella. Pero por favor, haz esto no solo por tu rey, sino por un amigo.
A regañadientes aceptó el trabajo que el gobernante le encomendó. Claro que no le fue bien al principio al escriba, pues el prejuicio de su maestro le complicó el curso. Pero después de los seis meses, el muchacho estaba listo para ocupar su nuevo lugar. El rey quedó satisfecho y volvió a reunirse con ambos. Primero habló con el escriba y luego con su principal consejero.
-Quiero felicitarte por tu trabajo -dijo el Rey con regocijo.
– ¿A caso no se quejó de mí?
– ¡Claro que sí! Pero reconoce que ha aprendido mucho bajo tu enseñanza.
-Soy un buen maestro después de todo. Él sería muy tonto si no.
-No obstante, no puedo decir lo mismo de ti. Tú no has aprendido nada de él.
El consejero lanzó una risa corta y exagerada.
-Perdone su majestad. Pero, ¿Qué podría aprender de un simple muchacho de pueblo?
-Yo diría que mucho, mi buen amigo. Charlando con el muchacho, me contó una anécdota que tuvo con uno de sus maestros. Dice que un día se acercó a él, preguntándole: “¿Cómo puedo llegar a ser el mejor?
>>El maestro, a su vez, le preguntó: – ¿Por qué quieres ser el mejor?
>>-Es que… no me gusta que la gente me trate como tonto, y si alguien quiere humillarme, lo humillo yo primero.
>>-Bueno. Te voy a decir mi opinión sobre ser el mejor. El mejor, no es el que sabe mucho o hace muchas cosas como si fueran fáciles. No es el que todos le tienen respeto por lo que es capaz. Sino para mí, el mejor es el que se sienta con quien sea, con un rey, un consejero, un paje o hasta un limosnero, y le pregunta: ¿Qué puedo aprender de ti?
>>Dime, mi buen amigo, mi leal consejero. Tú que has sido en varias ocasiones mejor rey que yo, ¿qué has aprendido del muchacho? Porque yo he aprendido mucho de ti.
-No lo sé.
-Bien. Una cosa, el estar consiente del no saber, es conocer algo. Lo dijo un sabio de Grecia. Pero hay otra cosa que puede aprender de él y de todos los demás servidores del castillo.
– ¿Qué es lo que puedo aprender? -su tono demostraba que seguía reacio en aceptar la instrucción.
-Tal vez puedes empezar por la humildad.





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