El porqué de saltar - Límites

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Capítulo V

Nervioso es poco decir. Sentía tanta ansiedad, que ese día revisé en más de cuatro ocasiones si traía todo lo que necesitaba. El corazón me saltaba, las manos me sudaban, sentía escalofríos en el cuerpo, se me cortaba la respiración y siendo sincero mis necesidades urinarias incrementaron notablemente. Me encontraría con Aurora y Liana durante la tarde. ¿Cuánto no me pregunté lo que Aurora pensaría de mí? Mi hermana al verme tan acicalado se burló durante horas. Estaba preparado con tres horas de anticipación y aún así me sentía desnudo, preocupado de cada movimiento de las manillas del reloj. Todo lo tenía calculado, no llegar muy temprano, no llegar muy tarde. Repasé cada tipo de posible situación, como un soldado quien va a la guerra con solo un arpón y sin escudos.

Aurora tenía ese efecto en mí. Tomaba lo más galante de mí, mis sonrisas más sofisticadas, mis cambios de presión, mis palabras nerviosas, esa mujer era capaz de quitarme hasta el aliento. No voy a engañarlos, ella lograba que yo intentara ser la mejor versión de mi mismo. No fue sino hasta mucho después que comprendí que el amor no se trataba de vender tu mejor imagen. Pero permítanme seguir introduciéndolos en mi enamoramiento adolescente y descojonado.

“¡Puntual!” Las palabras de Liana atravesaban mi nerviosismo. Tal cual, a las 16:00 horas, fuera de la Biblioteca de la ciudad, me paseaba de norte a sur, esperando que Aurora y Liana salieran por tal decorativa puerta. 8 minutos pueden durar una eternidad y costarte duros cólicos abdominales; pero ahí venía ella, sus cabellos brillaban, su ropa colorida, su seriedad punzante, su rítmico caminar y sus gruesos labios que mi hombría quería besar.

– Aurora, ¡que coincidencia! ¿Qué haces tú por aquí? – Pregunté según el plan

– Disculpa, ¿se supone que te conozco? – Me dijo sin titubear

– Ciertamente, sí, soy amigo de Liana, nos conocimos en aquella fiesta cuando…

– Claro, ahora lo recuerdo. No Sabía que tú eras un amigo de Liana, de otra manera, mi trato hubiese sido diferente. ¿La estas esperando ahora mismo?

– ¿A Liana?, ¡no que va! Solo vine a dejar unos libros, ¿te gusta leer Aurora?

– ¡Ja ja! ¿leer? ¿yo? – dijo riendo

No sé si se reía de lo patética que fue mi pregunta o porque realmente estaba fuera de lugar. Nada de eso importaba, porque ella estaba riendo por algo que yo mencioné. Era como un trocito de un sueño que fue interrumpido cuando Liana salió de la biblioteca cargada con unos libros de geografía.

– ¡oh! Veo que ya se encontraron – dijo sonriendo, Aurora él es M…

– ¡Miguel!, siempre recuerdo los nombres de los hombres que me quieren invitar a una barata cerveza – respondió Aurora irónica

– ¡Quiere decir que sí me recordabas! – dije con una sonrisa de oreja a oreja

– Pues claro idiota, ¿Quién crees que soy?, bueno Liana, ¿nos vas a decir porqué nos querías juntar? – dijo Aurora seria y un poco molesta

– Muy astuta como siempre Auri – sonreía Liana – solo quiero que conozcas a nuestro nuevo tutor de geografía, él nos ayudará cada semana

– ¡ja! Dame un respiro Liana, ¡¿segura que es la persona correcta?!

– ¡hey! Sé que en una fiesta no puedes obtener una muy buena imagen de mí, pero al menos déjame intentar redimir tal situación -dije seguro

– Tu solo no me hagas perder mi tiempo – respondió Aurora, mientras se acomodaba su cabello – bien, ya me debo ir a casa, nos vemos la próxima semana tutor – se despidió

 

La felicidad era tan grande, me sentía tan tranquilo que ya no tendría que buscar mil y una escusas para verla, sin haber movido muchos hilos podía verla semanalmente, que felicidad tan absurda por cierto, porque yo de geografía no sabía absolutamente nada.

Cuando Aurora se había marchado, abracé de un impulso a Liana y la levanté lo más alto que pude.

– ¡bien hecho enana! ¡bien hecho! – le dije casi gritando

– ¡Miguel! ¡los libros! – dijo riendo mientras los libros se daban un baño de la tierra acumulada por los cementos del camino peatonal

No obstante, no fueron los libros los que me hicieron detenerme. Fue su risa. Distinta, pura como la de una niña, sin forzarla, tan natural y propio de ella y aún así era la primera vez que la veía con sus mejillas tan rosadas y levantadas. Tanta sinceridad, me parecia tan perturbadora. Tenía miedo de destruirla e irónicamente, la sentía tan ajena y tan lejana a mí incluso si me la había regalado así. ¿Puedes imaginarte esto? ¿tener miedo de quebrantar algo que no está a tu alcance? Un miedo completamente irracional y aun así latente. Fue un sentimiento tan irreconocible que la solté. La solté en segundos.

– ¡Geografía!, ¡sí!, Liana ¡geografía!, lo siento, pero yo no tengo idea, no creo que pueda enseñarles a ti y a Aurora, ¿qué se supone que debería hacer? – pregunté nervioso

– ¿Quién dijo que tendrías que enseñare a mí? – dijo tranquila mientras recogía los libros

– Espera un momento, entonces para que necesitas los libros

– Miguel, yo te enseñaré todo lo que sé sobre geografía y cada jueves tu solo tendrás que repetirnos a mí y a Aurora todo lo que te dije, hasta que repentinamente yo ya no participe en tales reuniones.

– ¡pero eso implicaría más del tiempo planeado! ¡tendríamos que prepararnos los miércoles! – respondí

– Tranquilo, solo será al comienzo, luego todo lo podrás aprender de las lecciones de los libros. Te mencioné, que si quieres conseguir esto tendrías que trabajar. Las calificaciones para Aurora son muy importantes, si logras ayudarla con esto, ella de seguro se va a acercar a ti. Ahora, ten estos dos y comienza hoy a leerlos, ¡nos veremos la próxima semana!, no olvides venir puntual. – se fue sonriente y tranquila.

De esta manera, sin darme cuenta, comenzó mi formación profesional. Son miles de caminos y obstáculos los que aparecieron entre ser tutor a profesor de geografía, pero cada uno de ellos me hizo sentir orgulloso y desafiante. Ser el falso tutor de dos pequeñas me convertiría en el hombre que hoy soy. Las cosas más grandes ocurren sin que puedas llegar siquiera a procesarlas. Esté fue otro de los regalos que ella me dio. El día que recibí mis documentos y estaba listo para lanzarme a la vida laboral, juro que, entre el público, en la oscuridad, entre el llanto de madres dichosas, entre una multitud desconcertadora, podía ver esa sonrisa, con sus pómulos redondos y rosados. De seguro, te reías de la ironía. Ahora por fin aquel joven era capaz de diferenciar cuales eran los países vecinos que nos cercaban.

Hubiese preferido saber, en ese entonces, cuales eran entre nosotros las fronteras que nos limitaban.

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