Capítulo IV
- ¿estás segura que puede funcionar? – pregunté
- Claro, mis métodos nunca fallan
- Pero, Liana, ¿no crees que podría rechazarlo de inmediato? Aurora no es idiota, va a notar que estas intentando unirlos. – interrumpió Raúl.
- Y eso logrará que se lo piense, es un efecto indirecto. Seré sincera, esta no es la primera vez que un par de chicos se me acercan a preguntarme por Aurora. Yo ya soy una especie de especialista.
- Espero que solo nos estés ayudando a nosotros – dije ingenuo
- Claro que no, lo siento, pero si tu quieres tener un espacio en la vida de Aurora, tendrás que luchar como lo hacen todos los demás. Mi función solo es la de un guía.
- No puedo creer lo insensible que eres, ¿sabes lo difícil que es para un hombre comenzar una conexión con la chica que le gusta? – respondí decepcionado.
Ella solo sonrió y prosiguió:
- Entonces todos los sábados, geografía, en la biblioteca de la ciudad. ¿entendido? Y no llegues tarde
Debo admitir, que su entusiasmo era como una bomba de energía, cuando Liana te hablaba, era casi como si te tomara de los brazos y te levantara del tan cómodo sillón donde escondes tus debilidades. Y estaba esa sonrisa, tan irrefutable. Ciertamente le gustaba complicar un poco las cosas, pero quien era yo para juzgar sus métodos, si yo por mi solo no había llegado a ninguna idea.
- Ahí estaré y bueno mm gra…
- ¿¡Qué están haciendo mis muchachos favoritos!? ¡Tan concentrados! – interrumpió Daniel
- Es importante Daniel, estamos ayudando a Miguel a conseguir a Aurora – respondió Raúl
- Chicos, ustedes todavía no comprenden, que el amor de una mujer no se consigue con maniobras. ¿no es así mi Liana? – abrazándola
Ella solo miraba cabizbaja su libreta con la que habíamos hecho nuestros planes, un poco nerviosa, como queriendo decir algo. No sé cuál fue la razón en esos momentos me sentí inquieto. Al igual que ellos yo quería tener esa aproximación con Aurora, sin embargo, el solo pensar que Aurora me ignorare, me daba pavor, el dolor de sentir que la persona que está a tu lado no esta en tu misma sincronía y que el resto pudiese verlo. En mis estúpidos intentos de ser empático con Daniel, me preparé para darle un empujoncito, pero ella clavo su estaca antes de lo que yo pudiese hablar, me miro tímidamente, sonriente, como cuando tienes esperanzas de que todo va a salir bien. Recuerdo esos ojos pequeños, los recuerdo porque su meta era llegar a los míos.
- De nada – dijo sosteniendo esa sonrisa, como quien sostiene el último aliento que le queda.
En esos momentos, el silencio y la confusión se habían apoderado de nuestra charla, de alguna manera u otra al comprender que ella me había estado escuchando desde un principio, me hizo olvidarme por completo de mis intentos por ayudar a Daniel. Es más, me alegre de saber que ella le había ignorado por completo solo para responderme mis no dichas palabras de agradecimiento.
- Bien, bien, ahora que ya tienen todo resuelto, les agradecería si pudiera conversar con Liana a solas, ya que ha pasado un buen tiempo que no la veo – dijo Daniel sonriendo
- Claro, nadie quisiera entrometerse en tal poderoso amor- dijo Raúl irónico
- Yo ciertamente debo marcharme – dijo Liana tranquila
- ¡Vamos! Liana, si es así, te llevaré hasta tu casa – dijo Daniel levantándose
- No gracias, la verdad no está muy lejos
- Es cierto, además Daniel, tu ni siquiera sabes donde vive – dijo Raúl un poco burlándose
- Liana, ya es bastante tarde, a una linda mujer como tú, le pueden pasar muchas cosas en las calles, vivimos en tiempos difíciles. Iré por mi abrigo – dijo Daniel, casi con un tono de voz que no te permitía responderle
Recuerdo que mi instinto me hizo saltar antes de verla partir con Daniel. Como cuando tienes que vomitar algo. Por mucho que fuesen mis palabras innecesarias, las dejé salir como a agua estancada.
- ¡Hasta mañana! – dije con voz alzada y avergonzado.
Ella se volteó, me miró con sus pequeños ojos y soltó una dulce carcajada. La primera vez que escuché como reía.
- ¡que entusiasmo Miguel! – dijo mientras salía por la puerta.
Por supuesto que no fueron solo sus ojos castaños los que me miraron. Daniel, me consideró de inmediato como un idiota, ya que él tardo bastante en lograr que ella caminara hacia la salida a su lado y luego la retraso unos minutos para solo responderme. ¡Y claro que era un idiota! No por retrasarla, sino porque en esos momentos debí haberla detenido.




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