El Rosicler de la Aurora (Parte VII)

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La cárcel a la que Abel regresó estaba controlada por grupos de muchachos más jóvenes que imponían su dominio por medio de la violencia.

Luego de evadir por varias semanas a los nuevos grupos los tuvo que encarar. La ejecución de un confinado de la vieja guardia, a la cual Abel pertenecía, desencadenó una ola de enfrentamientos. Los motines y las peleas se fueron volviendo cada vez más frecuentes. Todos sus viejos compañeros fueron transferidos a otras cárceles y él se quedó solo.

Deseó salir de allí y no volver más a prisión.

No tuvo tiempo.

―Tu madre murió esta madrugada ―le dijo el encargado sin más contemplaciones ―. Si lo deseas, te autorizaré para que puedas ir a darle un último adiós. La policía te escoltará para que puedas ir a verla, le explicó.

Esa tarde, después de muchos preparativos, Abel fue escoltado en un vehículo oficial fuertemente armado, desde la prisión, hasta la capilla de la funeraria donde estaba su madre.

Al llegar frente a la entrada principal la escolta se detuvo. El policía en el vehículo delantero, se bajó rápidamente y se dirigió al vehículo que llevaba a Abel. Abrió la puerta y Abel comenzó a salir dificultosamente a causa de las cadenas que lo ataban de pies y manos.

Un silencio total invadió la capilla. Al poner los pies en el piso y salir del vehículo, las cadenas cayeron al suelo y su reteñir resonó por todo el lugar. Todos los presentes volvieron la vista hacia Abel.

Abel comenzó a arrastrar sus pies lentamente, ayudado por los policías que lo escoltaban. Con cada paso que daba, repicaba el tintineo lastimoso de las cadenas. No quedo uno solo de los presentes sin inclinar el rostro y derramar lágrimas de vergüenza y de dolor mientras guardaban el más respetuoso silencio.

Repentinamente, el silencio dio paso a unos gemidos que aumentaban con cada paso de Abel. De una esquina de la capilla se comenzaron a escuchar quejidos como el lamento de alguien que sufría un inconsolable dolor.

Abel se detuvo y dirigió su vista a la esquina buscando quien podría ser. Los dolorosos gemidos fueron cesando y Abel reconoció a su tía que se ponía lentamente de pie con el rostro bañado en lágrimas. Mirándole fijamente y con sus brazos abiertos y extendidos comenzó a caminar hacia él. Un silencio sepulcral se apoderó del lugar. Sin ningún rencor en su expresión, Abel la miró, sin moverse.

Repentinamente, uno de los policías se dio cuenta de la intención de la mujer, se puso entre ellos, y le hizo una seña con su mano para que se detuviera.

―Señora, lo siento mucho ―dijo dirigiéndose a ella ―. No se puede acercar al prisionero.

Abel vio cómo su tía cubrió su rostro con ambas manos, comenzó a llorar descontroladamente, dio la vuelta, y salió corriendo de la capilla con el rostro todavía cubierto. Abel suspiró profundamente, miró al policía, y en tono de agradecimiento le dijo:

―¡Gracias!

El rasgueo de las cadenas volvió a sonar por todo el recinto cuando Abel comenzó a caminar de nuevo. Lentamente y con los ojos humedecidos por las lágrimas, caminó todo el trayecto hasta el lugar donde estaba el féretro donde descansaba su madre y comenzó a sollozar desconsoladamente.

Comentarios

  1. Klodo

    23 mayo, 2018

    Grande J R….!!!!
    Excelente texto
    Mi saludo y mi voto
    Sergio

  2. Mabel

    23 mayo, 2018

    Muy buena historia. Un abrazo José y mi voto desde Andalucía

  3. JR

    24 mayo, 2018

    Muchas gracias Sergio. Aprecio tus palabras.

  4. JR

    24 mayo, 2018

    Mabel, me animan sus comentarios, muchas gracias!

  5. Chalen

    24 mayo, 2018

    JR me gusta mucho su manera tan hábil de describir, tu historia, muy buen texto y saludo!!!!

  6. Sosias

    24 mayo, 2018

    Un cuento digno de un buen escritor.
    Saludos y mi voto.

  7. JR

    27 mayo, 2018

    Chalen, muy agradecido de que leas mi historia y mucho mas el que te haya gustado, Sosias, me honra tu comentario. Muchas gracias!

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