Preparativos.
—¡E-es amor! ¡Amor de verdad, a primera vista, amor verdadero, mi segundo amor en la vida! ¡Kyaa~! —Chilló la mujer, corriendo hacia Izayoi para envolverla entre sus brazos, restregando su mejilla con la de ella. La chica, recién despertada, parpadeó confundida—. ¡Aww, me enamoré por segunda vez en mi vida! ¡Kyaa, me dará un ataque de dulzura! ¡Aww, diabetes, sufro diabetes~!
Kotaro y Yayoi, desde el umbral de la habitación, atinaron a ver la escena con el ojo cuadrado.
«S-son tal para cual…».
—¡Shuto, entiendo por qué siempre quieres estar con ella! ¡Te entiendo perfectamente!
—¿Verdad? ¡Es adorable! ¡La amo, la adoro! —Concordó el hombre, envolviendo a ambas mujercitas en sus brazos. Izayoi no entendía nada, pero se dejaba querer—. Ah, princesa, ¿podría dejarnos a solas?
—¡Eso suena sospechoso! ¡Claro que no! —Gritó Yayoi, sonrojándose.
Shuto ladeó la cabeza.
—Pero… tenemos trabajo por hacer. No se ofenda, es sólo que Midorin y yo trabajamos bien a solas… con Izayoi, bueno. A ella le gusta verme trabajar, ¿verdad? —La chica asintió.
Yayoi apretó los labios. Kotaro se sintió abochornado y estúpido.
—V-vale. Lo entiendo. Los dejaré solos, nosotros tenemos más cosas que hacer. Si tienen hambre, la comida estará lista muy pronto. Ah, Shuto, más al rato te hablaré si consigo convencer a Kazuo—. Yayoi se dirigió hacia Izayoi, casi como un reflejo—. Izayoi, pórtate bien.
El sastre, la costurera y la chica asintieron al mismo tiempo. Viendo a los tres juntos, en ese momento, Yayoi no pudo evitar pensar que parecían una familia: una muy excéntrica familia… y algo en ella le obligó a darse prisa. Entre más pronto descubrieran sobre Izayoi, más pronto se desharía de ésta y los sentimientos que afloraban aún en contra de su voluntad, gracias a ella.
Luego de cerrar la puerta de la habitación de Kazuo, Yayoi observó a su alrededor, hasta encontrar al hombre dirigiéndose hacia ella con varios pastelitos en un plato. Comenzaba a sospechar que ya se le había hecho una obsesión tragar esos postres, y, dejando que Kotaro se retirara para continuar con los preparativos del festival, se armó de valor para encararlo, decidida a contar sus planes y a convencerlo de aceptar, o, de ser necesario, a obligarlo a aceptar.
—Quieto allí —ordenó, cruzándose de brazos—. Shuto y Midori están dentro, con Izayoi. No creo que quieras entrar.
—¿Qué quieres? —Preguntó Kazuo, deteniendo su andar.
—Me gustaría comenzar a averiguar sobre Izayoi. Pero primero tenemos que saber todo lo que sabes actualmente sobre ella.
—Es muy pronto: no hablará —replicó el hombre—. Comencemos iniciando el año.
—Shuto sabe sobre los sellos, así que él podría ayudarnos a que hable desde ya. Entre más rápido, mejor, ¿no lo crees? Además, Izayoi se siente a gusto con él. Seguro que hablará sin ningún problema.
—He dicho que no.
—De todos modos, me tienes que decir lo que sabes. —Yayoi le vio con severidad—. He sido muy paciente contigo.
Antes de que Kazuo pudiera responder, la puerta de su habitación se abrió y Midori no tardó en sacar su cabeza, buscando a Yayoi. Tanto guardaespaldas como princesa le vieron en silencio. La costurera pasó por alto al hombre de cabello azul, a fin de no distraerse.
—Princesa, Izayoi necesita un baño. ¡Descuide, yo me encargaré! No le molesta, ¿cierto?
—… uh… —Yayoi negó con la cabeza—. Está… está bien… supongo… suerte con eso.
La mujercita le sonrió, antes de cerrar la puerta.
—¡Nena, hora del baño! —Anunció Midori. Ni Yayoi ni Kazuo quisieron imaginar si Shuto ayudaría o no.
Yayoi, además, ni siquiera tardó en enrollar su sombra en el brazo de Kazuo, evitando cualquier intento de huida de su parte, tirando de él mientras se dirigía a su habitación. Kazuo quiso forcejear, pero prefirió salvar sus pastelitos, sorprendiéndose de la rapidez de la princesa. O ella estaba mejorando o el empeorando… o ambas cosas.
Quizá tanto pastelito comenzaba a volverlo lento y manso, estaba seguro de eso, pero no se arrepentía. No del todo, tan sólo no le estaba gustando para nada porque eso le daba ventaja a Yayoi. La princesa no tenía que tenerle ventaja, no convenía que así fuera.
∞ • ∞ • ∞
Kotaro ignoró el por qué Yayoi arrastraba a Kazuo y el por qué esté tenía varios pastelitos en un plato, cuidando de que no cayeran. En su lugar, regresó la vista al papel sobre el escritorio, sin dignarse en dar explicaciones del porqué estaba en habitación de Yayoi mientras se encargaba de verificar que todo estuviera saliendo de acuerdo con lo previsto. Kazuo ni siquiera se mostró interesado en ello.
—Habla. Ya va siendo hora de saber por qué nos engatusaste con Izayoi —ordenó Yayoi.
Kotaro dejó de lado su trabajo, repentinamente interesado en escuchar lo que el hombre tenía que decir. Él no había deseado presionar porque sabía que de eso se haría cargo Yayoi, sin embargo, no esperaba que fuera tan pronto. Aun así, debía aprovechar la oportunidad que tenían. Los preparativos podían esperar un poco más.
—… sólo la abandonó —contestó Kazuo, mientras Yayoi tomaba asiento en su cama, cruzándose de brazos—. ¿Qué más quieres saber?
—¿Quién?
—… no lo sé.
—No mientas. Escuché de una tal Runa y un tal Shin.
—Sólo son conjeturas.
—Pues bien, te escucho.
Kazuo cerró los ojos, resoplando discretamente. Si bien era obvio que tarde o temprano tendría que contar la verdad, aún no se sentía preparado. Hubiera preferido hacerlo después del festival, mientras se inventaba una buena mentira… pero pareciera que, hiciera lo que hiciera, la verdad debía salir a flote cuánto antes, fuese de su boca o la de Izayoi. Vaya situación en la que estaba envuelto.
—Cuando perseguí a… Runa —empezó a explicar—, después de fallar en mi intento de asesinato… sólo me dijo que cuidara de ella. No dio razones, o al menos no razones que se puedan considerar convincentes. Abandonó a la cría y me negó toda posibilidad de rechazarla. Cuando intenté ir tras ella… algo… o alguien atacó. No recuerdo más aparte de haber sido noqueado.
Kotaro y Yayoi le vieron con sorpresa. Kazuo los maldijo, sintiéndose patético.
—¿Cuáles fueron esas supuestas razones que te dio?
—… sólo me dijo que nuestras vidas dependían de ella. Que debía cuidarla… —El hombre dudó en seguir hablando, pero al final lo hizo. Yayoi se lo suplicaba con la mirada—. Que debo… de Hao y Hattori.
La princesa se levantó abruptamente, indignada, nerviosa y furiosa, así sin más. Kotaro se mantuvo en sepulcral silencio, sintiendo un escalofrío recorrer todo su cuerpo.
—¡Esos hijos de puta! ¡¿Por qué…qué tienen que ver ellos en esto?!
—Eso es lo que tenemos que averiguar.
—¡¿Trajiste a una cría que está siendo perseguida por esos dos a mi reino?! ¡¿Es que acaso no crees que tengo suficientes problemas con esos idiotas de Daisuke y su séquito?!
—Yayoi, tranquilízate —murmuró Kazuo, antes de sentir que algo en el comentario de Yayoi no encajaba del todo. Pero antes de hablar, la princesa continuó gritando, aturdiéndolo y haciéndole olvidar lo que estaba a punto de preguntar.
—¡Y sólo falta que el bastardo de Jang también esté tras ella! —Bramó la mujer, sentándose nuevamente, esta vez cubriendo su cara—. ¡Carajo!
—… ¿y qué hay de Shin? —Intervino Kotaro, acercándose a su princesa para comenzar a sobar su espalda—. ¿Qué tiene que ver él en esto?
—Es el nombre que estuvo balbuceando. Desconozco más allá de eso.
—Entonces, veamos… —Kotaro continuó sobando la espalda de Yayoi, quien poco a poco se tranquilizó—. Runa es quien te dejó a Izayoi, pidiendo que la cuidaras de esos hombres. Tenemos a dos peces gordos envueltos, quizá a Jang también, y Shin tiene una relación más estrecha con Izayoi, suponiéndolo como un aliado. ¿Es correcto? —Kazuo asintió, no muy convencido.
—¿Y quién es exactamente Runa, que te conoce y te encargó a un puto problema que me está echando encima a dos imperios? —El hombre no respondió, viéndola fijamente. Yayoi suspiró, empujando a Kotaro y sus intentos de mantenerla en calma—. ¡Esto es serio, Kazuo…!
—Una conocida de Manyphureyzön.
—… ¿por qué conoce a Izayoi?
—No lo sé, Kotaro —respondió Kazuo, exasperado—. Todo esto lo descubriremos directamente con ella. Dejen de hacer tus malditas suposiciones desde ya. ¿Por qué crees que no quería decirles nada aún? Lo que menos necesito es lidiar con una puta princesa desquiciada y un entrometido bueno para nada.
—¡Tú eres el bueno para nada! —Renegó Yayoi—. ¡Sólo la trajiste porque te gusta! ¡Como si no fuera obvio! ¡Y ahora yo tengo que lidiar con ella por tu incompetencia…!
—Basta. No pienso quedarme si vuelves a cometer una estupidez que involucre a esa cría —sentenció Kazuo, sin intenciones de seguir discutiendo.
—Eh, eh, cálmense, ustedes dos. No quiero que el festival se arruine —intervino Kotaro, sentando a Yayoi con toda la gentileza que podía usar en ese momento.
La princesa, no obstante, se levantó de nuevo, apuntando acusadoramente a Kazuo.
—¡Podría arruinarse en cualquier momento por su culpa!
—Estoy aquí. Nadie atacará ni dañará a Shomra, imbécil. Sea quien sea, mientras esté presente, tu reino de mierda está a salvo.
—¡Shomra no es un…!
—D-disculpe la intromisión, Su Majestad —intervino Ru, el nervioso guardia que Kazuo odiaba—, pero el sastre los ha mandado a llamar. A… a los tres.
Los Kuro se vieron mutuamente, confundidos. Kazuo fue el primero en salir, sabiendo que se debía tratar de Izayoi. El nudo que se había formado en su pecho tan pronto Shuto fue mencionado lo hacía obvio. Además, por alguna razón, todo siempre tenía que ver con Izayoi. Siempre.
∞ • ∞ • ∞
Al entrar a la habitación de Kazuo, éste y los Kuro no tardaron en ver a Izayoi sollozando en el regazo de Midori, temblando y respirando entrecortadamente, mientras la mujer se esforzaba en consolarla. El largo cabello de la chica se mantenía húmedo sobre su espalda desnuda, señal de que no había pasado mucho desde que había comenzado su baño. Quizá ni siquiera había terminado. Kazuo no tardó en encaminarse rápidamente hacia ambas féminas, queriendo evitar cualquier reacción violenta e involuntaria de Izayoi, seguido de Shuto.
Midori le vio con cierto recelo, sin saber quién era, pero tras intercambiar miradas con Shuto, quien asintió para que le permitiera al hombre tomar a Izayoi, su sonrojado rostro se ablandó.
—No sé qué ha pasado —comenzó a decir, mientras Kazuo abrazaba a Izayoi, dejando que la chica aferrara sus manos en su ropa, empapándolo rápidamente—. Cuando comencé a bañarla, repentinamente se echó a llorar… decía el nombre de «Shin». Estaba muy triste… muy asustada… Shuto tuvo que intervenir antes de que ella intentara huir.
—El agua debió traer algún recuerdo de su vida antes de que fueran selladas sus memorias —murmuró el sastre con seriedad. Yayoi y Kotaro no le reconocieron por un momento—. Un recuerdo de «Shin», sea quien sea esta persona.
—¿Qué está pasando…? ¿Por qué Izayoi está sellada?
Kazuo acarició la cabeza de la chica un par de veces, sintiendo que se relajaba, y pronto descubrió que la chica se había dormido, o había caído inconsciente. Yayoi y Kotaro permanecían en el umbral de la puerta, sin saber cómo reaccionar. Midori pronto había terminado al lado de Shuto, quien miraba intensamente al ex asesino, y aunque el hombre no estaba prestándole completa atención sintió su mirada distinta a cómo era: más fría, más feroz… aterradora y sombría, incluso para él. Sin embargo, cuando decidió encarar al sastre, éste mantenía su mirada en Izayoi: una mirada de compasión y tristeza, confundiéndolo de sobremanera. Por un momento sintió como si…
—… ¿quién es Shin? —Preguntó Midori, nuevamente, con la esperanza de tener una respuesta.
—No lo sabe…
—Probablemente sea un conocido de su vida antes de Shomra —intervino Shuto, dirigiendo, fugazmente, su mirada a Kazuo. El hombre juró que en ese momento parecía culparlo de algo—. Forma parte de su pasado olvidado. Si queremos saber sobre ella, podemos usarlo como base. Es más fácil recordar quién eres cuando tienes referencias. Izayoi parece tener bastantes, quizá debido a que el sello ha sido debilitado.
—¿Y funcionará? Es decir, ¿sabremos por qué está aquí? —Preguntó Kotaro, ansioso.
Yayoi no apartaba la mirada de Izayoi, como si estuviera desconectada a la conversación. Su anterior plática con Shuto revoloteaba en su cabeza y su pecho se estrujaba con fuerza aun en contra de su voluntad. El simple pensamiento de ver sufriendo a la niña de esa manera mientras la obligaban a recordar desgarraba su interior, pero sabía que era necesario… tenían que descubrir quién era y qué hacía en Shomra. Además, era consciente de que era un problema mantener a Izayoi en su reino con Hao y Hattori —y quizá Jang— al asecho, pero al verla, frágil y vulnerable, algo en ella le hacía sentir que ésta estaba en más problemas que Shomra.
Después de todo, Izayoi estaba desamparada si quitaba que tenía el apoyo de Kazuo, mientras Shomra se tenía a sí mismo y a toda su gente para protegerse. La diferencia era enorme.
—… no es seguro, pero no perdemos nada intentándolo —contestó Shuto, tras interminables segundos. Luego se dirigió a Yayoi, sacándola de sus cavilaciones—. ¿Princesa?
—Empecemos cuando termine el festival —dijo la mujer, más seria de lo normal—. No arruinemos nuestra tradición intentando averiguar por qué una niña está sufriendo tanto debido a cosas que no recuerda.
El rostro de Shuto se suavizó con la discreción suficiente para pasar desapercibido por todos, menos Kazuo, asintiendo a la respuesta automática de Yayoi. El guardaespaldas, que observaba detenidamente sus facciones, supo que escondía algo. Pero decidió ignorarlo y posponer el tenso momento, decisivo para todos los presentes, y enfocarse en evitar todo lo posible el estropear las vísperas del festival.
Cuando enero comenzara las cosas iban a ponerse realmente difíciles para Izayoi. Él, Yayoi, Kotaro e incluso Shuto tenían que prepararse para ese momento. Sólo contaban con tres meses para descubrir qué escondía la chica y protegerla, salvarla de los enemigos que la asechaban… y, con suerte, salvarse a sí mismos de su destino.
Pero, aunque no quisiera admitirlo, Kazuo temía que no fuera tiempo suficiente, que tal vez todo el asunto que relacionaba a Izayoi con los Imperios de Maöh era mucho más escabroso de lo que creía y que encontrar las respuestas a sus preguntas podrían tomar más tiempo del que quisiera. Después de todo, Izayoi no recordaba absolutamente nada sobre ella y lo que conseguía recordar era fácilmente olvidado, probablemente, a fin de protegerse, de proteger cualquiera que fuese a razón de estar en Shomra. El secreto de Runa, o quienquiera que fuese esa mujer que la había dejado bajo su cuidado a pesar de que Kazuo era, por mucho, la peor opción para cuidar y proteger de alguien. Más aún de una Bendecida con mente de niña con amnesia.
—… bueno, creo que lo mejor será regresar en otra ocasión —murmuró Shuto repentinamente, sacando a todos de sus cavilaciones—. Midori y yo estaremos trabajando en casa. I-Izayoi necesita descansar —agregó, aunque su pequeño titubeo atrajo aún más la atención de Kazuo.
El sastre sabía algo sobre Izayoi. Era obvio. Tal vez los demás no podían verlo o notarlo, pero él sí. Definitivamente Shuto sabía sobre Izayoi, pero fingía ignorancia. Si lo que decía Yayoi acerca del hombre y su nacionalidad en Zellham —o su conocimiento en sellos mágicos— era correcto, allí debía estar la razón. Pero no iba a admitirlo ni a decir nada que pudiera meterlo en malentendidos o problemas. Kazuo debería buscar otra forma de comprobar sus dudas… o simplemente buscar respuestas en otro lado, sin necesidad de admitir necesitar de nadie más que él mismo e Izayoi, pero eso era obvio, tan obvio que podía ser pasado por alto.
—E-está bien. Tienes razón, Shuto. Necesita descansar —comentó Yayoi, tratando de reponer la compostura. Inclusive consiguió esbozar una media sonrisa—. Los estaremos esperando. Sabes que son bienvenidos en el castillo.
Kazuo le miró de soslayo, arqueando una ceja para obviar su incredulidad. Yayoi se sonrojó, pero no dijo ni hizo nada más. No era momento para estar gritando ni chillándole al hombre. Tampoco se sentía con ánimos suficientes para hacerlo.
Shuto se acercó hasta la sonrojada princesa, hincándose y tomando para depositarle un pequeño beso, viendo de reojo a Kazuo. Midori le hizo una reverencia a los Kuro y salió primero, esperando a su esposo afuera de la habitación del guardaespaldas, quien, ciertamente y para su propia sorpresa, no se tomó de buen modo aquel gesto del Kada.
—Ha sido un placer la estadía en el castillo, Princesa. Prometo regresar pronto.
Yayoi ensanchó su sonrisa, asintiendo con su cabeza. A diferencia de lo que Kazuo imaginó que podría suceder, ésta no se había avergonzado ni apartado violentamente, exagerando el gesto del sastre. Por el contrario, se veía más relajada, más tranquila y contenta. Seguramente recordar que era una princesa y que era la persona más importante del reino, con gestos acorde a su nivel, debía complacerla tanto a ella como a su ego…
Kotaro se inmutó, otra reacción que Kazuo no se esperó. Tal vez porque Shuto estaba casado y eso le daba calma al joven, o tal vez porque conocía a Shuto y no sentía celos ni dudaba de sus actos. Fuese lo que fuese, a Kazuo no estaba gustándole las reacciones de los Kuro frente al sastre. Tampoco le gustaba cómo actuaba Izayoi frente a éste y no era por celos. El hombre dudaba seriamente de Shuto, eso era todo. Jamás sentiría celos de un sastre. No, de hecho, jamás sentía celos de nadie.
Al menos no desde que comenzó a trabajar como asesino.
—Te estaré esperando, Shuto. A ti y a Midori.
—Realmente ha mejorado. Me da gusto saberlo —sonrió Shuto, levantándose con ayuda de Yayoi. Luego miró hacia Kotaro, sin soltar todavía la mano de la princesa, haciendo una pequeña inclinación de cabeza—. Joven Kotaro.
—Nos vemos mañana, Shuto —contestó el aludido, regresándole el gesto.
Cuando el sastre se retiró en silencio, sin ver a Kazuo o a Izayoi —aún en brazos del hombre—, éste sintió como si un gran peso fuera quitado de encima de sus hombros, notando, con escondida sorpresa, que se sentía cómodo y ligero, a diferencia de segundos antes, aun cuando el peso de Izayoi seguía presente. Desconocía por qué sentía ese cambio de atmósfera, por qué cerca de Shuto se sentía incómodo más allá de que fuese una molestia y por qué sentía rivalidad sin razón aparente. Pero decidió ignorar esas dudas y simplemente levantar a Izayoi, viendo a los Kuro con severidad.
—¿Celoso? —Sonrió Kotaro, notando que Kazuo se veía abiertamente molesto.
El hombre afiló su mirada, sin decir nada a pesar de que era necesario al haberlo insultado. En su lugar se encargó primero de dejar a Izayoi en su cama antes de dirigirse a los primos. Yayoi, por su parte, vio a Kotaro con una ceja arqueada, sintiendo que se sonrojaba silenciosamente, sin dramas ni exageraciones, no tardando en ser empujada por el hombre y sacada de su habitación sin que pudiera siquiera oponerse a ello. Kotaro, en cambio, fue sacado con una patada bien propinada en su espalda, pues en ese instante, mientras Yayoi se giraba para ver la puerta cerrada, el joven yacía en el suelo, quejándose y maldiciendo al ex asesino por su brusquedad.
—¡Qué grosero! —Fue lo único que vino a la mente de la princesa, aunque Kazuo no había sido precisamente grosero considerando que la había tomado gentilmente de sus hombros y la empujó con suavidad, como si no quisiera lastimarla… o se contenía con ella para desquitarse con quien se lo merecía realmente.
—¡Aún no me recupero de la herida en mi pierna, idiota! —Se quejó el joven.
—¿Herida en tu pierna? —Yayoi le tendió su mano a Kotaro.
—Kazuo me encajó su espada cuando quise ir por ti —explicó el joven, aceptando la mano de Yayoi para ponerse de pie—. Resulta que estaba envenenada…
Yayoi se giró rápidamente a la puerta cerrada, frunciendo el ceño.
—¡¿Acaso querías dejarme sin primo, imbécil?!
Kazuo no contestó nada, tal como era de esperarse. Yayoi sabía que era un caso perdido quejarse con él, primero porque ya habían pasado unos días desde entonces, segundo porque se trataba de Kazuo, así que decidió simplemente dar media vuelta y alejarse junto con su primo, dejando que éste se apoyara en sus hombros para que no cojeara tanto.
Cuando los primos se apartaron, dejando de escucharse a la distancia —los quejidos de Kotaro más bien—, Kazuo decidió salir, dejando a Izayoi descansar sola, y distraerse lejos del castillo. Quiso seguir a Shuto, ciertamente, pero el nudo en su estómago se lo prohibió, así que sólo caminó distraídamente viendo cómo los preparativos del festival que se acercaba rápidamente iban llegando a su fin.
∞ • ∞ • ∞
El tiempo pasó más rápido de lo esperado. Pronto los preparativos estuvieron listos.
El festival se acercaba a pasos agigantados y un nuevo año estaba a la vuelta de la esquina. Shuto y Midori se habían encargado bastante bien de Izayoi, evitando todo lo posible el traerle recuerdos a la chica, mientras Kazuo hacía de guardia desde la muralla, perdiendo el tiempo la mayor parte del día. La gente de Shomra trabajaba arduamente para que el festival de fin de año fuera tan excepcional como los anteriores y los Kuro, junto con Dishi, terminaban de pulir los detalles faltantes. Durante el último par de días desde el pequeño incidente con Izayoi, nadie había vuelto a mencionar nada sobre las Potencias Mundiales ni habían hecho insinuación de nada que no fuera el festival o cuestiones relacionadas a ésta. La ansiedad de saber sobre la chica se escondía bajo un sutil nerviosismo por el festival, temiendo tanto como necesitando tener respuestas a sus dudas.
Cuando Yayoi se dio cuenta que no podía seguir postergando el momento decisivo, su terrible enfrentamiento entre ella e Izayoi, le ordenó a Dishi y Kotaro que terminaran de arreglar los detalles que restaban de resolverse mientras ella se dirigía a la habitación de Kazuo. Aún era temprano, tenía tiempo suficiente, pero no debía seguir haciendo desidia. Por ello entró, dando un gran respiro, y se encaminó hacia Izayoi, quien rodaba en su cama —Yayoi suponía que Kazuo dormía en el sillón—, aburrida desde que los Kada se habían retirado para prepararse para el festival. Se cruzó de brazos, atrayendo la atención de la chiquilla, y luego de armarse de valor, habló.
—Vamos a bañarnos.
—¿Uh? —Izayoi se sentó, ladeando su cabeza.
—No dejaré que uses ese hanfu que Shuto te hizo estando sucia. Te bañaré, así que coopera conmigo o sufre las consecuencias.
Kazuo no tardó en escuchar gritos, casi atragantándose con un pastelito. Ni siquiera necesitó preguntar o indagar, pues ya sabía qué estaba sucediendo, así que sólo atinó a toser un momento antes de comenzar con su trabajo. Ya había comenzado la guerra entre Yayoi e Izayoi así que lo mejor era intervenir cuanto antes y proteger a ambas chicas… o al castillo de estas dos.
—¡AAWR! ¡GUUH!
—¡Deja de chillar y haz lo que te digo, mocosa! —Renegó Yayoi, tirando de Izayoi para arrastrarla al baño. La jovencita pataleaba y chillaba en un berrinche casi bestial, agotando la poca paciencia de la princesa y gastando sus energías gradualmente—. ¡Joder, Izayoi, tienes que bañarte! ¡Hoy es un día importante!
—¡No! ¡Kazuo! ¡Kazuo! ¡Kazuo! ¡Awr!
—¡Sólo es un baño! ¡No te pasará nada! —Intentó negociar Yayoi—. ¡Tienes que limpiarte toda la suciedad que has juntado! ¡Venga, ya te hace falta un buen baño, al menos págame de esa manera por todo lo que intento hacer por ti! ¡Sé buena niña!
La princesa tiró con más fuerza de la pequeña alga descolorida, metiéndola al baño. Con ayuda de su magia consiguió cerrar la puerta, más que dispuesta a desvestirla para meterla a la bañera y lavarla de cabo a rabo así le tomara toda la tarde conseguirlo. Izayoi no paraba de gruñir y chillar, oponiendo resistencia, gritando por Kazuo y removiéndose inquieta, mientras la princesa se las afanaba para tirarle de la camisa del guardaespaldas y quitársela, en lugar de simplemente desgarrarla. Luego se dirigió al pantalón de Midori, holgado y amarrado a la cintura de la chica por un pedazo de tela grueso, mascullando por los pataleos incesantes de la cría que en más de una ocasión rozó su cara o golpeó su nariz. ¡Y vaya que era fuerte esa mocosa sinvergüenza!
—¡Kazuo! ¡Kazuo! ¡Ayuda!
—¡¿Ahora sí sabes hablar, huh?!
Cuando Yayoi consiguió desnudar a Izayoi —sorprendiéndose de las pantaletas violetas que jamás creyó que serían usadas a voluntad por la chiquilla— la mujer no pudo más que irse de sentón contra la bañera, con el agua humeante aguardando por ella, ante la repentina falta de equilibrio cuando intentó arrastrar a la chica a su destino, llevándose a ésta consigo. El agua caliente de la bañera, al hacer contacto con Izayoi, causó un involuntario chillido, agudo y estridente de su parte, mientras pataleaba y trataba de zafarse del agarre de Yayoi, empapada en su mayoría, harta y frustrada de las negligencias de su protegida-no-protegida y de tener que renegar con ella aún más de lo que ya lo había hecho en su pequeño duelo comenzado poco menos de una hora atrás.
Y no es que el agua estuviera demasiada caliente como para hacer gritar a Izayoi. Tan sólo había sido un chapuzón repentino… que Kazuo se hizo cargo de empeorar, al entrar y lanzarles un balde con agua fría tanto a la chiquilla como a la princesa, interrumpiendo su disputa y sus chillidos.
—¡¿Qué demonios te sucede?! —Chilló Yayoi, dejando a Izayoi, su escudo humano de aquel descorazonado ataque, temblando y tosiendo—. ¡El agua está fría, imbécil!
—¡Sí! ¡Fría…cough…fría mucho! —Le secundó Izayoi entre tosidos, girándose sobre sí misma para abrazarse a Yayoi. La princesa respingó, pero no más.
—Báñala. Ya está tranquila. —O al menos ya no estaba dispuesta a seguir peleando. La forma en que se abrazaba a la mujer lo dejaba claro.
—¡Pudiste ser menos tosco! ¡Es una niña, maldición!
Kazuo ignoró los gritos de Yayoi, dio media vuelta y cerró la puerta del baño, dejando a la mujer rechinando los dientes con Izayoi temblando sobre su regazo, empapada y fría, intentando buscar calor en la princesa. Esta decidió no seguir haciendo corajes innecesarios, y aprovechando que estaban dentro de la bañera, atrajo el balde, dando un suspiro antes de mojar a Izayoi con el agua caliente, empapándose ella también. De cualquier forma, sus ropas ya estaban empapadas, ¿qué más podía perder mojándose el resto de su blusa? Y, además, ya tenía previsto darse un baño después de bañar a Izayoi.
La jovencita dejó de temblar, ronroneando —seguramente por los extraños hábitos de los Kada—, dejándose bañar. Yayoi volvió a suspirar.
«¿Cómo terminamos en esto?», fue lo único que se preguntó a sí misma.
No estaba renegando, no estaba maldiciendo su suerte. Sólo… no entendía en qué momento había terminado de esa manera tanto ella como Kazuo. E Izayoi, también, porque era dudoso que ella hubiera deseado una vida como la que tendría en Shomra.




Escribir un comentario