La casa de doña Elvira

Escrito por
| 14 | 1 Comentario

2

La casa de Doña Elvira

Cuarenta y ocho horas después estaba anclado a la esquina del hotel sin saber realmente qué debía hacer. Entonces, decidí explorar la ciudad y conocer sus perfiles, su vida, su olor, su calor, su hechizo… después de pasar el día husmeando por aquí, husmeando por allá, descubrí con tristeza que San Cristóbal sólo era un pueblo más grande que el mío, pero un pueblo al fin. Gente igual a mis paisanos: con sus mismos sueños, sus mismas ilusiones, su misma tristeza, su misma soledad… pensando y pensando me cercó la noche, el oropel, el neón. Iba caminando sin rumbo fijo cuando me sorprendió un chaparrón y se desató la lluvia y yo quedé estancado frente a la entrada de “Sal–si-puedes”, un barcito de mala muerte, de donde salían de vez en cuando a respirar el aire frío de la noche las carcajadas, el humo y las malas palabras. Cuando dejó de llover y se oía sólo el tic tac de las gotas cayendo del tejado sobre los charquitos que amenazaban con inundar mis zapatos clip, clap, clip, clap… se asomó por casualidad a la puerta del local, una morena de abundante cabellera negra, ensortijada, de grandes pestañas y labios rojos, muy rojos… al verme mojado y titiritando de tanto frío, dijo “Y qué haces ahí muchacho, te vas a enfermar, vas a coger una gripe. Vete para tu casa, mira que tu mamá debe estar preocupada buscándote por todos lados. Este lugar no es para niños”. “No soy un niño y para que lo sepas no tengo mamá, soy huérfano y además, no soy de aquí y no tengo para dónde ir” –le contesté- ¡Ah caramba! Exclamó con voz maternal “Entonces, ven, pasa y espérame, que en un rato me voy para la casa y te quedas allá esta noche por lo menos, que mañana, ya veremos”. Una hora después me vi caminando al lado de la mujer que me ofreció abrigo y descanso, tarareando boleritos y rancheritas: perfidia, amor comprado, la que se fue… “Coño mijo, si sabes cantar, bailar y además de eso sabes, lavar, planchar y cocinar, vas a tener en la casa garantizados los tres golpes diarios, un catre para dormir y por qué no, una que otra mudita de ropa” y siguió riéndose y burlándose de mí y de ella y de todo en la vida; estaba borracha y también cantaba y reía y lloraba… Ya finalizando la avenida nos desviamos por un callejón poco iluminado de casas pequeñas, redondas y silenciosas, como de pesebre “llegamos a nuestro destino” –dijo- frente a una Casa de Residencia vieja, adornada con un farol rojo, de paredes rosadas, dos ventanas largas, abiertas, de cortinas igualmente rosadas y tomándome de la mano me arrastró por aquel laberinto de puertas, labial, música, humo y la sorpresa de aquellos rostros curiosos: lo adopté –dijo a los presentes- y poniendo su mano derecha sobre mi cabeza mojada, me miró y se inclinó para susurrarme, casi en el oído “Bienvenido a la casa de Doña Elvira Bustamante…”

Comentarios

  1. JR

    21 mayo, 2018

    Muy bien ambientado. Me gusta.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas