La casita del trigo

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En los años 60. Durante los 70 y la mayor parte de los 80.

Cuando se vestían cazadoras de ante y pantalones acampanados. Estaban de moda los chalecos y las faldas tableadas de cuadros.

Se bebían gaseosas de colores y tónicas, en invierno y en verano.

Cuando merendar pan con aceite y azúcar se consideraba muy sano. Los tomates y pimientos, con sabor a tierra, eran grandes y carnosos.

Y en las discotecas se bailaba lento y abrazados.

En un lugar de la infancia de cuyo nombre SI QUIERO ACORDARME…

Reinaban dos grandes almacenes del trigo y la cebada. Dos altísimas edificaciones con diferentes formas y colores.

Primero llegó el Silo dorado, suntuoso y con aspecto de catedral antigua, sólo servía para el almacén del grano.

Más tarde apareció un enorme cilindro blanco, con la forma de un gran molino desprovisto de sus aspas, servía, además de para almacenaje, para la separación del grano y su limpieza.

La idea surgió de los antiguos graneros norteamericanos. Se contrataron ingenieros alemanes para su diseño y se emplearon para su construcción materiales de la posguerra.

Durante años desarrollaron una labor económica y social muy importante: Sirviendo de puente, entre los agricultores que sembraban y recogían el grano, y los fabricantes que producían la harina y después la vendían para hacer ricos panes y pasteles.

Muy Cerca había una casita de paredes blancas, tejado rojo, con puertas y ventanas azules. Conocida como la casita de los Silos. Con un enorme jardín lleno de flores de azafrán, margaritas, unos árboles membrilleros y una vistosa higuera junto a un lilo.

Y con un mágico amarillo y limpio olor a trigo que todo lo inundaba.

Dicen que el trigo es un cereal, obsequio del Sol, hacía la Luna que lloraba:

“Una de sus blancas lágrimas fue cuidada por el Sol y dorada.

Más tarde cayó al suelo y fue, por los duendes, germinada.

Un día de lluvia, que se encontraba ella muy salada, salió a darse un baño y como pan quedo fermentada.”

Allí vivía un matrimonio con sus dos hijos: Francis y Esthercita. Conocidos como: “los niños del delegado del trigo.”

Esthercita amaba la higuera. Era su árbol favorito.

Podía verla desde la ventana de su dormitorio. Y al llegar el invierno, con las nevadas, parecía formar parte de una preciosa postal navideña.

Uno de sus entretenimientos favoritos: era leer fabulas en la caseta de la nueva báscula, donde se recibía y pesaba el trigo.

También le gustaba jugar allí junto a su amiga Mari Pepa, reinventaban nuevos finales para los cuentos de hadas:” No era Blancanieves rescatada por el príncipe de su miserable vida y llevada a un palacio suntuoso; Era ella la que le rescataba de un aburrido palacio lleno de problemas burocráticos y le convencía para vender el Castillo e invertir en la casita del bosque, convertirla en una casita rural con encanto.”

Esther aún recuerda a su amiga de niña: Con la camiseta de algodón de rayas rojas y sus zuecos de piel azules, muy de moda por aquel entonces. Como le gustaba que su madre las peinase y maquillase y salir de la casita de los Silos como unas grandes estrellas dispuestas a brillar por donde fuese.

En los Silos había un perrito lobo, regalo del abuelo materno, llamado Yeral. Era muy guapo, juguetón y algo testarudo. Cuando las niñas salían por la puerta, las seguía muy de cerca, hasta que éstas se percataban de su presencia y con la mano le insinuaban que se largase.

Yeral pronto encontraba un nuevo entretenimiento. Llegaba Juan Miguel, un niño valiente y muy simpático que vivía muy cerca, venía a buscar a Francis, para irse los dos juntos a montar con las bicicletas. Los dos generosos niños invitaban al perrillo a correr detrás de ellos. Pero Yeral pronto se cansaba y paraba. ¡Estos chavales parecían máquinas!

El padre se llamaba Francisco era un hombre muy inteligente y respetado. Poseía un lado muy sensible que no dejaba que casi nadie supiese.

La madre era Josefa. Ella sabía hacer muy buenos postres. El más popular de todos era la tarta de limón y chocolate que solía hacerse para los cumpleaños.

Los cinco vivían respirando el bondadoso olor de un tierno cereal, y en sus pulmones fue creándose un dulce almacén de dorados recuerdos que brillaban cuando el Sol del mediodía caía sobre el porche de la entrada a la casita.

Los años transcurrían despacio, día tras día, no parecían tener mucha prisa.

Sabían, sobre todo los niños y el perro, que el tiempo podría ser más o menos infinito.

Nunca pensaron que las tardes de hornazos con huevo se acabarían.

Que los pistos manchegos con chuletas de cordero de los domingos pasarían, de alegres y bulliciosos, a estar llenos de silencios con mucha tristeza y melancolía.

Que la merluza con mahonesa y patatas grandes de los cumpleaños de verano, estaría más fría y desolada que nunca…

Ellos no pensaban porque eran muy jóvenes y bien hacían.

La vida, ese espejismo que a la mayoría se nos escapa sin haber disfrutado ni entendido.

La vida que a veces es cruel y otras veces maravillosa pero parece ser más los primero que lo segundo. La vida pasó, de repente, con prisas. Y crecieron los niños. El perro también creció y fue con menos años el que envejeció primero.

Esthercita nunca dejó para el resto de los cuatro de ser Esthercita.

Ella sí: En algún momento de su existencia, más tarde que pronto, sin ser consciente de ello, dejaría en su corazón encerrada y bloqueada a esa dulce niña inocente, que inventaba originales cuentos de hadas y duendes; mientras en el porche las rosas de fuertes colores, vitoreadas por el perrito Yeral, florecían.

Pero la infancia nunca nos abandona.

Haya sido alegre o triste nos acompaña.

Puede que nosotros la olvidemos pero ella siempre nos recuerda.

Un día llegó, sin esperarlo, un amargo huésped a la casita, conocido como: “Abandono.”

Alguien debía partir primero.

Y fue una suerte, para Esthercita, que en la Universidad de una lejana ciudad, la admitiesen.

Su corazón derrochaba entusiasmo. Pensaba y sentía con alegría.

No sentían lo mismo sus padres que la despidieron con lágrimas en los ojos.

No intuyó lo mismo su hermano que comenzó a ver como la vida hace cortes y nos separa.

No sintió lo mismo su perrillo que notó un desgarro interior al visualizar que la galleta María de los postres no estaría ya disponible en la cálida mano de su tierna amiga.

No pensaron lo mismo las calles, las plazas, el parque y la fachada del Colegio donde estudió de niña. Todos ellos sentían que, el peso de los años, los borraría de la memoria de Esthercita. Y por, pura cronología, el primero sería: El Colegio.

En su bonita fachada de color crema y chocolate esperaba para entrar la niña, luego pasaba al patio y jugaba a saltar con la goma a las alturas. No era muy buena con este juego, que por aquél entonces, estaba muy de moda entre los escolares, pero se divertía mucho y de paso hacía ejercicio.

En el Colegio se hacían unas tómbolas muy originales y solidarias, donde los niños traían juguetes y adornos y los vendían para sacar dinero y darlo a las Misiones.

Esthercita llevó allí una muñeca suya. Era una muñeca Nancy vestida de dama antigua con tonos pasteles y una gran sombrilla blanca y rosa con los colores de la colcha de verano de su dormitorio. Luego se arrepintió de dejar allí abandonada a su amiga y pujó alto para poderla traer de nuevo a casa.

Cerca del colegio había una buena modista. En aquellos años era corriente elegir una buena tela y un buen patrón, y con él acercarte a la modista para que un bonito vestido o elegante traje te hiciese. Lo malo era que había que ir a probártelo varias veces. Esthercita iba sobre todo en primavera cuando se ponían de moda los vestidos estampados de flores y bordados con hilos de algodón de colores. Nunca supo porque se llamaban de nido de abeja. En ese momento de su vida las abejas le resultaban simpáticas y divertidas. En la televisión se andaba emitiendo una serie que gustaba mucho a los niños “La abeja Maya”.

Había otro sitio que también le gustaba mucho: Era el parque situado cerca del Instituto. Allí se reunía a charlar con sus amigas. En esos bancos de granito pasaba riendo las tardes de primaverales y estivales días. Y en ocasiones se tomaba un polo de chocolate junto a su pandilla.

Y en especial había unos calurosos días que la entusiasmaba de niña. En los días de feria se instalaban en el pueblo: “los coches de choque y el tren de la bruja.”

Primero en el tren de la bruja….subía un poco asustada y tiraba del brazo de su incondicional padre para, en este viaje a lo desconocido, poder ir acompañada.

Disfrutaba de la entrada en el túnel y se arrepentía pronto de lo dicho cuando la bruja, de repente, salía y con un cariñoso escobazo saludaba ese día.

Después más adelante…los coches de choque…una alegría para el oído y la vista:

Inspiradoras canciones románticas como “Linda de Miguel Bose” sonaban por esos días y Esthercita veía en cada coche de colores al príncipe azul de su Cuento Rosa de Hadas.

No fue precisamente un coche de choque azul, el que ese día, la esperaba. Era el coche seat naranja de su padre que, a Madrid, la llevaba. Desde el porche, con húmedas legañas en los ojos, de la casita de los Silos y de su perrillo, se despedía. Lloraba no porque supiese que no volvería. Lloraba porque, ciertamente, sabía que al volver de nuevo allí, ella no sería la misma.

Su perrillo intuyó que algo andaba mal… No parecía ser un día como otros en que los cuatro salían…Hoy le daban muchos consejos y advertencias: “Raciónate el agua y la comida”. “Luego vendrá un amigo para ver cómo te encuentras”. “No ladres ni hagas mucho ruido.”. Pero nadie le dio una explicación de lo que realmente allí sucedía: nadie parecía entender que él también sufría. Días después Yeral sintió lo que, realmente, había sucedido: su querida amiga se había trasladado por unos meses a otra ciudad y tanto dolor e impotencia sintió que hizo coger el teléfono a la madre y llamar a su hija para decirle que el perrillo llevaba varios días que no comía…

La hija, Esther, hizo un hueco en su ajetreada vida y se acercó de nuevo a su amado pueblo a visitar a su familia…fue recibida con mucho entusiasmo. El perrillo brincaba y saltaba sin poder contener la alegría…. ese día se comió todo y luego tomó una doble ración de tarta de galletas María rellenas con crema y chocolate de inocente cariño.

Ese día Esther después de comer junto a su familia fue a dar un paseo con sus amigas…Retomaron el camino hacia el parque de su infancia. Ahora parecía ser más pequeño y estar más alejado que cuando eran niñas…y mientras ellas reían con las anécdotas que, en la discoteca, habían ocurrido; el parque lloraba recordando a unas tiernas niñas que no hacía mucho tiempo veían en él su Castillo.

Es curioso como nadie se para a preguntarse si los lugares tienen vida. Mejor dicho si tienen alma, porque vida sí que algunos se lo preguntan, dependiendo si el lugar está con mucha o poca gente ese día.

Pero casi nadie se para a pensar si los lugares extrañan a los seres vivos y desean verles pronto y empaparse de sus nuevas vidas.

De niños este noble sentimiento suele pasar desapercibido, y es más tarde cuando alcanzamos la edad adulta, y vemos el deterioro que el paso de los años ha causado en los lugares que pisamos en la infancia, cuando al final percibimos que esos lugares tenían alma además de tener vida.

De jóvenes los calendarios hablan de vida y oportunidades aún no perdidas; pero de mayores nos avisan de límites, sueños perdidos y del final de la vida.

Al día siguiente prepara de nuevo su partida. Mientras hace las maletas mira en el calendario, se da cuenta de algo… Ya pronto será Navidad y estará de vuelta.

Y, como por arte de magia, es transportada a la blancura de ese día.

Y recordó que: “Un año atrás, un día como ese, pisó algo en el suelo de su dormitorio. Era una singular caja de música con una pequeña bailarina dentro que giraba sin parar al son de una elegante melodía.

Un regalo de Navidad hecho por su madre, Que quiso que su hija recordase, para siempre, ese día.

Esther no se acuerda de la melodía. Aún lo tiene fácil. La puede abrir y escucharla. Aún lo lleva consigo.

Ese momento le transporto, a otro sin relación alguna, o quizás sí, también se trató de un regalo, aunque esta vez de cumpleaños…De más niña, solía celebrar su cumpleaños en el jardín de la casita, venían muchas amigas.

Su madre desplegaba una gran mesa y la llenaba de refrescos, panchitos y patatas fritas. Y de postre sacaba su famosa tarta de limón y chocolate recubierta de merengue y guindas, todos llevaban un regalo ese día, uno, en particular, la sigue haciendo sonreír desde la estantería. Es un simple payaso de plástico con una guitarra entre las manos, unos llamativos pantalones de cuadros y unas enormes botas blancas. Y el pelo. Sí el pelo lo tenía de un rosa violáceo muy bonito.

¡Ya lo está recordando! Es curioso como los recuerdos parecen, sin estarlo, estar conectados. La melodía de la “Vida en Rosa” una elegante y emotiva canción francesa muy muy popular. Esa melodía es la de la cajita de música. No ha sido necesario abrirla. Su memoria aún es muy efectiva.

Y siguió recordando:” Vio un antiguo toca discos de color azul eléctrico. Y a una pareja de dos mujeres muy guapas, de pelo moreno largo, que cantaban unas canciones que le gustaban, no recuerda muy bien su nombre. Cree que es Bacará o algo así. Y también recuerda la portada de un disco pequeño con un chico rubio muy guapo cree que podría llamarse Iban. Y su imaginación vuela sin control y llega a un día en una discoteca. Está muy feliz. La discoteca se llama J9. Está formando un gran círculo con sus amigas. Hacen como que están bailando. Lleva puesto un vestido azul noche muy bonito. En las manos tiene un vaso de cristal con una bebida rosa muy dulce. Sonríe recordando el nombre: Es un San Francisco. Ve cómo se acercan un grupo de chicos al círculo, el vaso le comienza a temblar entre las manos.”

Despierta de su sueño con un pequeño gran disgusto. La cajita de música se le ha caído de la mano y la bailarina se ha desprendido. No pasa nada, el imán sigue intacto y volverá a girar, sin descanso, apegada al círculo mágico de donde vino.

La voz de su madre vuela en su auxilio: deben ir a la mesa. Ha hecho su comida y postre favoritos: Albóndigas con patatas y papilla de maicena con chocolate negro.

Después de comer viene el café endulzado con sabia tertulia. Uno de sus momentos preferidos. Junto a su amado padre, charlando, se pasan las horas como si fuesen segundos.

Cuando vuelve a Madrid cargada de dulces recuerdos siente que le falta la vida.

Pero pronto las fiestas de los Colegios Mayores y los intensos estudios salen en su auxilio.

Pasan veloces los meses: No tiene un hueco en las horas para recordar el pueblo. No tiene un minuto para pensar en la casita.

Un día cuando se andaba preparando para asistir a una fiesta del Colegio Mayor de un amigo. Llaman de la recepción para pasar una llamada. Es su madre quiere darle una noticia: “En menos de un año se trasladaran a vivir al piso de Madrid y estarán todos juntos.”

Esther se queda inmóvil, nota un amargor en su rostro mezclado con un dulzor en los oídos.

Su madre, que conoce de sobra lo que siente su hija, enseguida comenta que podrá disfrutar todo el verano de la casita de los Silos y salir todos los días con sus amigas en las fiestas de agosto.

El verano no se hizo esperar demasiado. Esther disfruto de un lindísimo cumpleaños en Julio. Ese azulísimo día vinieron sus abuelos de Madrid para celebrarlo. Su abuelo Santiago cocinó una riquísima paella en una improvisada cocina construida con las piedras del jardín de la casita. Olía ya a vino blanco, y eso significaba que su abuelo andaba ya dando los últimos retoques a su paella, luego habría que esperar a que reposase el grano.

Esther pensó que aún tenía tiempo de dar una vuelta. Antes de salir fuel al dormitorio, alzo sus pies para tomar un libro de la estantería y salió por la puerta seguida de Yeral. Entró dentro de la caseta de la báscula del nuevo Silo y permaneció allí unos diez minutos, luego se agachó para recoger algo del suelo y se dirigió con ello a la báscula del viejo Silo, que, ahora, estaba en desuso y llena de hormigas. Sus amigas las hormigas.

El viejo Silo de color dorado estaba allí mucho antes de que su padre llegase. Ahora había sido sustituido en sus funciones por el moderno Silo blanco. Ya no parecía interesar a nadie. Se había convertido en un viejo adorno. Pero a Esther le gustaba…Veía en él magia y misterio. Había rumores que contaban que las noches de los Mayos en una de las pequeñas ventanitas, de muy arriba, se podía observar a una pequeña espiga feliz balanceándose.

Por ello le gustaba visitar este sitio y había descubierto su misteriosa báscula del trigo.

Era un secreto compartido con Yeral: Unos años atrás los dos iban explorando el terreno, cuando se toparon con la báscula y las hormigas. El perrillo iba pisándolas sin darse cuenta, Esther lo detuvo y en vez de eso le propuso acercarse juntos a la caseta de la otra báscula del trigo y allí tomar un puñadito de trigo, y llevárselo como alimento a las hormigas.

Desde ese día lo solían hacer a menudo. Y hoy habría ración doble de cumpleaños.

Ese año tardaron más en llegar las fiestas de agosto. Esther tenía tantas ganas de aprovechar cada minuto. Comió muchos pinchos morunos y muchos deliciosos pastelillos de fino bizcocho y crema muy dulce, llamados alfonsinos.

Disfrutó mucho en la verbena del pueblo, aprovecho para comprar muchos boletos en la tómbola y se llevó un nuevo bingo para jugar las tardes de frío invierno.

Se despidió desde lejos del tren de la bruja de su infancia.

Con las lágrimas en los ojos apartó la vista de los coches de choque de su adolescencia.

Y junto a sus amigas partió hacia la discoteca que embrujadas las tenía.

Y un día lluvioso de primeros de septiembre llegó el tren del tiempo en el que los cinco partirían.

La despedida fue fugaz y dolorosa, como casi todas.

Esther no quiso despedirse, ella estaba convencida: Ella volvería. Siempre le costó asumir las rupturas, y esta era en cierto modo como una gran brecha que se abría entre una etapa de felicidad segura y otra que no se sabía todavía.

Al llegar a Madrid, el tiempo pareció, de nuevo, detenerse.

La madre comienza a recordar los pisos de la calle mayor del pueblo, donde vivieron antes de irse a los Silos. Piensa con cariño en sus vecinos, y en mercado blanco situado enfrente: donde podía comprarse una riquísima y fresca pescadilla, y unas tiernas chuletas de cordero. Además de venderte buenos alimentos, te regalaban su amistad y cariño.

El padre, la hija y el hijo no pueden dejar de pensar en el pueblo y en la linda casita. Y no digamos el perrito que ya no podía correr por donde quería.

Los días se sucedían fríos y con cierta monotonía. Y así pasaron los meses, los años y para algunos la vida y el final de la misma.

Un día, también lluvioso por caprichos del destino, tres mujeres avanzan por la larga calle que conduce a los Silos, Dan varias vueltas y los rodean. Están al lado y no los han visto.

La mujer de más edad es la que primero se percata de que han llegado a su destino.

Avisa a la de mediana edad, y ésta avisa a la más joven que tiene unos cascos de música puestos.

La mujer mayor llora al ver los Silos. Se acuerda de su marido y de aquellas conversaciones en el final de sus días recordando con calidez y ternura este sitio. Y de su perrito, que moría al poco tiempo de irse.

La mujer de mediana edad queda muda, observa el paisaje como si de un valioso cuadro se tratase. Le gustaría atraparlo con sus manos ya para siempre. Ha venido con su madre y con una mujer muy joven con unos cabellos dorados como el trigo: Ella es Esther y la joven rubia es su hija.

La más joven observa la escena como si no formase parte de ella, y así es. Pero no puede dejar de implicarse en ella con los sentimientos, sabe lo que representa este sitio para su familia. Ella recuerda a su abuelo en el parque, los dos juntos, regando los árboles. Esperándola, sentado, en el volvo gris, con una amplia sonrisa y un “hola bonita”, a la salida de las Clases.

Y en su corazón tiene cosidos unos cálidos momentos vividos las frías tardes de invierno, cuando su abuelo le enseñaba a amar las matemáticas.

Sus palabras, eran y son, como una gran fuente donde brota, para ella, y sin descanso: cariño, comprensión y paciencia.

La imagen se percibe muy dolorosa para dos de las tres que han venido, por ello deciden estar poco tiempo y bajar al pueblo a saludar al Quijote y Sancho Panza situados en la Plaza. Es un viaje muy breve. En realidad venían para visitar a la Virgen de la Antigua, es la virgen del lugar y es muy milagrosa.

Pero no han podido dejar de ver los Silos. Los han encontrado más deteriorados y algo cambiados. Sobre todo la casita. Son tiempo difíciles de crisis y necesitarían una inversión de ideas y dinero importantes. Cumplieron una labor importante en las vidas de los agricultores de la zona y, ahora, esperan pacientes un nuevo cometido que les devuelva la alegría.

Esther se encuentra con otra desagradable noticia : Van a cerrar el Colegio de Monjas donde estudió de niña, por ello esa misma tarde queda con su amiga de la infancia Mari Pepa y van a verlo por última vez juntas. Ahora parece todo tan distinto…la distancia suaviza las cosas y calma las heridas. Esther siente pena y se sitúa en la puerta por donde entraban a las clases cuando era niñas. Se hace una foto, tiene gracia nunca quiso hacerse allí una.

Comienza a recordar a una niña nerviosa más que por entrar por salir de clase.

Y también recuerda que cruzaba las calles, sin mirar a ambos lados, su madre le advertía que un día podría atropellarla un coche. Si hubiese sabido la mujer, en aquel momento, lo miedosa y precavida que se volvería.

Por la noche, las tres, cenaron en un restaurante cerca de la plaza y degustaron un riquísimo pisto rodeado de unos finos triangulitos de queso manchego en aceite.

Al día siguiente vuelven a Madrid. En el camino Esther trata de convencer a su madre para que pinte un cuadro para ella. Su madre acepta pero dice que sin prisas.

En octubre la madre se apunta de nuevo en el taller de pintura.

Comienza el cuadro, dibujando un grandioso cielo azul claro custodiado por dos enormes Silos: uno circular, de color blanco; el otro rectangular, de color amarillo dorado. Y poco a poco con el transcurso de los días van surgiendo el resto de las figuras: La linda casita de paredes blancas, tejado rojizo y puertas de una azul eléctrico muy bonito, las ventanas con un original entramado de hierro, en las más pequeñas con motivos romboides. El jardín de la casita lleno de vistosas flores…

Es un original cuadro con efecto espejo muy complicado de realizar. Dos mitades idénticas de una misma realidad.

Hay un instante en su vida en que Josefa comienza a mirar el cuadro con detenimiento. Y observa que: En la mitad derecha resalta más la silueta del viejo Silo, hay más rosas y la bombillita luce intensamente; en cambio, en el lado izquierdo sobresale más la figura del Silo blanco, hay menos flores y la bombilla parece medio desgastada.

Se pregunta si este suceso tendrá relación con algo que le contaron sobre los hemisferios cerebrales. Se pregunta si el cuadro le estará advirtiendo de algo.

Una mañana del mes de abril, se lo enseña a su hija.

Su hija percibe algo extraño en el cuadro. Y lo toca con dos dedos.

La pintura aún está húmeda. Los dedos resbalan y alcanzan el suelo de la casita arrastrando pintura amarilla con ellos. Su madre que se da cuenta la toca en el brazo, y consigue que éste se eleve, alcanzando esta vez la parte de arriba del viejo Silo del trigo, describiendo en su trayectoria una gran V con forma de espiga.

Era un bonito detalle recordado por la madre: Una pequeña lucecita amarilla que sale de una bombilla situada encima de la puerta que comunica el jardín con la cocina.

La madre se enfada con Esther por esta pequeña travesura. Pero su hija pide perdón y se le pasa pronto el enfado. Lo arreglará en cuanto pueda.

En ese momento Esther decide que ella también regalará algo a su madre.

De nuevo, comienza a soñar despierta y a tratar de recordar con más nitidez el pasado:

“Es un 20 de julio. Su cumpleaños. El último en los Silos celebrado. Se encuentra dando un paseo. Su querido perrito Yeral camina junto a ella. Hacen una parada en la caseta donde está la báscula para pesar el trigo. Allí, recoge algo, pero no se acuerda muy bien el qué…continúa por el empedrado y se dirigen hacia la otra báscula, la que está en desuso, que pertenece al viejo Silo.

¡Ya se acuerda entre las manos lleva un puñado grande de trigo!

Al llegar allí., saluda a sus amigas las hormigas, que en este lugar han hecho su vida.

Las obsequia con los numerosos granos del trigo.

Habla con ellas y les pide algo… no se acuerda el qué…”

Los recuerdos vuelven a desvanecerse en su mente.

Los meses van pasando veloces. Y un día el pasado, de nuevo, los detiene.

Hay una llamada. Es su madre: “Esther he acabado tu cuadro.”

En ese instante Esther recuerda algo: En el jardín de la casita de los Silos había una higuera. Su higuera. ¡Ella la quería mucho!

Pregunta a su madre si vio la higuera el día en que las tres visitaron Infantes. Su madre responde con un NO rotundo. Esther lo pone en duda y decide pedirse un día de permiso en el trabajo para poder averiguarlo.

Es un día lluvioso y son las once menos cuarto de la mañana. Esther camina al encuentro de los viejos y desgastados Silos de su infancia, va secuestrada por unos tristes y desgarradores pensamientos: los recuerdos de un día como ése a una hora como ésta, cuando perdió a su amado padre.

Al llegar a la casita ve a un grupo de hombres trabajando en el jardín, que parecen medir con detenimiento algo. Ella se acerca a preguntarles:

-Hola. Buenos días, es que yo viví aquí junto a mi familia, hace muchos años…Yo quería preguntarles si saben dónde está la higuera que había en este jardín.

Estoy mirando pero no la veo…

-Buenos días. Yo no he visto ninguna higuera aquí. Las higueras son muy sensibles y sufren mucho con el descuido. Mi nombre es Alberto, mucho gusto.

– Perdone por no presentarme antes, mi nombre es Esther y también encantada. Si no es indiscreción. ¿Qué hacen aquí, Alberto?

– Estamos elaborando un presupuesto para arreglar todo este complejo.

– ¿Y qué está quitando del jardín su compañero?

– Mire, es tan sólo un enorme hormiguero. Las hormigas nos han dejado unas sofisticadas galerías hechas con unos grandísimos granos de trigo o de cebada, no entiendo de cereales mucho…

-Oiga, Alberto ¿Qué harán con los granos de trigo?

-Creo que los tiraremos.

-¿Podrían dármelos?

-Sí claro, tómalos…

– Muchas gracias. Me gustaría estar en contacto con vosotros, por si encontráis alguna cosa de mi infancia, antes de tirarlo…

– Claro Esther, deme su número de teléfono.

Esther regresa más animada a Madrid que cuando partió. Vuelve acompañada por un puñado de granos del querido trigo de su infancia.

Cerca de su casa se detiene en una floristería para comprar tierra, un gran recipiente, un enorme rastrillo, y de paso, un bonito tiesto para sus lilas.

Es un nuevo 20 de julio y hace mucho calor en la calle. Esther, refugiada en su casa. .anda preparando una riquísima tarta de limón y chocolate. Llaman a la puerta. Es su madre con el cuadro de los Silos acabado. Esther lo cuelga deprisa en su dormitorio.

Su madre sale al balcón…y pega un grito de asombro…¡¡Que es esto. ..Han brotado muchas pequeñas espigas. De dónde…!! Esther sonríe a su madre y coge una de las espigas, la lleva junto al cuadro y allí la deja bien pegada. Como emergiendo del inmortal e intenso verde del suelo, junto a la pared de la última báscula del trigo que tuvo vida.

Su madre que lo ve…da un grito de alarma: “ ¡¡Pero qué haces, vas a estropear el cuadro que he pintado!!”

Esther la responde:” No mamá, no te preocupes no le pasará nada. Así parece más original que antes, una especie de collage. Mezcla de ficción y realidad. Materia viva junto a materia inerte.”

Suena el teléfono de la casa y Esther se apresura a cogerlo:

Hola soy Alberto, no sé si se acuerda, estuvimos hablando el día que vino a Infantes. Estaba trabajando en los Silos.

Claro que me acuerdo. ¿En qué puedo ayudarle?

Mire, es que en la caseta de la báscula del trigo encontramos un cuento que creo que les pertenece. Se trata de una fábula: LA HORMIGA Y EL GRANO DE TRIGO. Lleva una fecha verano de 1987.

Sii, es mío, gracias Alberto. ¿Lo ha leído?

Sí, Esther y disculpe por ello, tenía mucha curiosidad…

No importa mejor. ¿Me podrías hacer un pequeño resumen porque me muero de ganas por oír algo sobre él de nuevo?

Claro, Esther. La fábula habla de una hormiga que conversa con un grano de trigo. Y decide no llevársele ese día… darle tiempo para que crezca y se multiplique, y así poder alimentar a más hormigas.

Yo creo que las hormigas del Silo leyeron este libro: Pues no se comieron los granos del trigo y decidieron mejor construirse un gran hormiguero con ellos.

Para ellas, dice Alberto, jajá, lo hicieron para mí…Ahora lo recuerdo. Un día como hoy de hace ya muchos años, andaba yo paseando por los alrededores de los Silos con mi perrillo Yeral. Fuimos hasta la vieja báscula en desuso donde se encontraban felices las hormigas. Y allí les supliqué que mantuviesen intacta el alma de los Silos del Trigo. Y ellas decidieron que lo mejor sería construir un gran y sofisticado hormiguero con los granos del trigo.

Me alegro Esther de ello. Y cuando vengas por el pueblo de nuevo quedaremos y recuperaras tu libro. Hasta pronto.

Muchas gracias por todo, Alberto. Has sido muy amable. Nos vemos.

Esther cuelga deprisa el teléfono, y se dirige a su madre que esta junto al cuadro en el dormitorio.

-Mamá me gustaría contarte algo: “Tu sabes como yo que los creadores, ya sean pintores, escultores, o escritores, mezclan en sus obras el mundo real con el imaginario. Y en ocasiones llegan a mezclarlos tanto que ni ellos mismos saben cuál es uno y cuál es el otro. Hay veces que crees que te has inventado una historia, cuando esa escena la viviste realmente en el pasado. Y en otros momentos inventas un suceso, que se convierte en realidad sin esperarlo. Cuando tú pintaste este cuadro dibujabas la casita de unos enormes Silos del trigo en desuso y abandonados, pintabas los recuerdos que al marcharte de allí te quedaron. Ahora ves en ellos una espiga de trigo y te resulta raro: en la espiga ves vida y no puedes aceptarlo. Pero para mí ahora, la espiga del trigo, da vida al cuadro y es el alma del paisaje. Y sin apenas oler, huelo a grandes extensiones de trigo y de cebada, como si estuviesen de nuevo todo esas inmensas montañas de cereales aquí apiladas.”

Espera mamá que tengo algo para ti…

-Ohh…es preciosa hija… ¡Es la casita de los Silos construida con espigas de trigo y pegamento imedio. ¡

– NO es la vieja Casita de los Silos, mamá.

En realidad es la Nueva Casita del Trigo: Construida sobre los cimientos de nuestros mejores recuerdos, que nacieron en la antigua, y ahora crecerán alimentados por un nuevo paternal trigo con olor a vida y a esperanza.

FIN

Autora: Esther de la Cuerda González.

Dedicatoria: Este relato está dedicado a todas aquellas personas que, con su trabajo y dedicación, hicieron posible que este gran proyecto del SENPA en Villanueva de los Infantes pudiera realizarse: Agricultores, fabricantes y funcionarios. Y en especial a mí amado padre Francisco y sus queridos compañeros del trabajo: José Luis, Antonio, Paco, Buitrago y Atanasio.

Comentarios

  1. Mabel

    24 mayo, 2018

    Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenida

  2. Vicente Riera

    25 mayo, 2018

    Una historia preciosa, y muy bien escrita.
    Destila sentimientos por todas sus líneas.
    Un gran relato!

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