Las siete de la mañana, y la luz del sol se cuela por las dos ventanas de la habitación de Israel Zavala. Los muros tienen un color hueso, que permite una buena iluminación. Los muebles, de estilos rústicos, son escasos pero suficientes para un inquilino temporal. En la cama, una hermosa cobija negra con la imagen de unos caballos galopando cubre el colchón. Encima, una camisa azul rey bien planchada espera junto a un pantalón beige y una corbata del mismo color, el regreso de su dueño que se está duchando.
Un joven de venti-pocos años aparece con una toalla blanca envuelta en la cintura. Es un muchacho alto y fornido, de buena apariencia. Se viste con la indumentaria que preparó para su salida, prestando especial atención en la corbata, recordando a su madre quien se la dio antes de partir de la ciudad. Una actividad importante para él lo esperaba en el pueblo y comenzaría ese, su primer día, a las nueve de la mañana en una casita a medio kilómetro de donde vive.
Baja a desayunar y la familia que le ha dado el hospedaje le convida de sus alimentos por hospitalidad. Aunque Israel no se queda atrás y les proporciona su ayuda en lo que puede. Comen unos humildes, pero deliciosos frijoles con huevo y agua de naranja natural. Lo invitan a representar a los presentes en una oración de gracias por el pan de ese día. Termina de comer lo más pronto que puede y va por sus “instrumentos de trabajo”. Una Biblia, varios panfletos religiosos, su libreta y su bolígrafo.
Sale con media hora de ventaja y llega a la casa de los Rodríguez con diez, donde es punto de partida para el servicio sagrado que él y varios van a rendir esa mañana. Tres horas pasan de casa en casa predicando la palabra del Señor. Algunos atienden, la gran mayoría, solamente se asoman por las ventanas para decirles que no, y pocos, se ponen bravíos por el prejuicio y les infieren palabras groseras. Después de cubrir la ruta de ese día, solo faltaba una casa. La más alejada de todas. La que no puede faltar en historias como esta.
Según se decía que nadie vivía en ella, pero Israel ve que una muchacha sale y entra al recinto. Entonces se pone en marcha junto con otro chico más chico que él. El joven misionero prepara su Reina Valera negra y un panfleto para abordar a la jovencita, pensado en su presentación. Toca la puerta de madera que está bastante dañada por el tiempo y el clima. Nota que no hay chapa que bloqueé el acceso a la morada. Oye unos pasos tímidos sobre la duela, acercándose. Apenas se recorre el pedazo de madera lanzando un fuerte rechinido. Un ojo izquierdo del color del jade se asoma por la abertura.
- ¿Qué desea? –pregunta la chica toscamente.
-Hola. Esta mañana estoy visitando a los vecinos de esta localidad para pedirles su opinión sobre este texto bíblico…
Israel le enuncia unas cuantas palabras del versículo del Apocalipsis 21:4. Ella abre un poco más la puerta para asomar su cabeza completa y mirar a sus inesperados visitantes. No pueden evitar quedarse estupefactos ante la radiante belleza de la mujer que los atiende. Pero Israel se obliga a continuar con su objetivo. La chica le sonríe y él se sonroja.
-Me parece muy lindo que diga que ya no habrá muerte –dice ella dulcificando la voz.
-Me… me gustaría invitarte a ti y a tus padres a las pláticas dominicales que se llevan a cabo en la dirección que viene aquí marcada.
La expresión luminosa de la chica cambia a una triste y melancólica.
-Ellos murieron. Soy la única que vive en esta casa.
- ¿Y por qué no te habíamos visto antes? –le pregunta el acompañante de Israel.
-Casi no salgo mucho de esta propiedad –dijo la chica.
-Pensábamos que estaba vacía –insistió el acompañante.
-Bueno. Eso no importa ahora –intervino Israel. Mira, me gustaría dejarte la información que puedes consultar con tu Biblia y…
-No tengo Biblia. De hecho, casi no tengo nada en esta casa, pero me gustaría tener una si tienen tantas palabras tan bonitas como las que me acabas de leer. Pero… tampoco sé leer. Lo siento.
-No te preocupes. Puedes ir a reunirte con nosotros los domingos y así aprenderás más cosas buenas del libro de Dios. Y si tú quieres, te mando a una de mis compañeras a enseñarte a leer para que aprendas mejor.
La chica aceptó. Israel esperaba que aquella muchacha sincera -una de tantas puertas cerradas- se animara a reunirse con ellos. Realmente, él quedó tan impresionado de su belleza que, sin saberlo aún, se había enamorado de ella. No obstante, el reglamento de la misma religión estipulaba, que la enseñanza debía ser mujer con mujer y varón con varón. A pesar de la extrañeza que manifestaban sus hermanas espirituales, por estar conscientes de que aquella casa estaba sola, intentaron localizar a la chica de verdes ojos. Pero cuando el misionero pedía cuentas de su encargo, ellas simplemente declaraban que nadie las atendía y que al golpear la puerta se escuchaba solo el eco.
Por razón de que él no podía dejar de pensar en ella, intentó él mismo ir a visitarla de nuevo después de predicar. Escogió una hora tardía, antes de que el ocaso envolviera el cielo azul y despejado de aquella tarde. A pesar de que le decían que desistiera, por la posibilidad de que aquella chica se haya marchado de esa casa vieja, Israel se empeñó en ir a verla.
Antes de llegar, se alegró al verla sentada en un tocón, dándole la espalda mirando al horizonte, peinándose con los dedos y tarareando una canción. Él se acerco a la valla sin puerta y golpeó una madera despostillada con una moneda. Pero el sonido no tenía la suficiente potencia para llegar a los oídos de ella. Lo intentó una segunda vez, incluyendo un “buenas tardes” con voz fuerte. Ella interrumpió su actividad y volteó. Ella le pidió que pasara con un movimiento de mano e Israel obedeció.
-Hola –le dijo el predicador con cierta alegría, hincándose a un lado de ella para estar a su altura-. ¿Cómo has estado?
-Bien. Gracias.
-Mis hermanas han tratado de localizarte, pero dicen que no encuentran a nadie y que escuchan vacía la casa cuando tocan.
-Lo que pasa es que no les he abierto y ya te había dicho que casi no tengo cosas en mi casa.
-Sí, tienes razón. Pero… ¿por qué no les has abierto? ¿Ya no quieres oír las palabras bonitas de la Biblia?
-Me encantaría, pero no sé. Me siento un poco temerosa con los extraños. No sé por qué. Pero creo que a ti te tengo confianza y creo que… olvídalo.
Israel tragó saliva. Se daba una idea de lo que no quiso decir la hermosa mujer con la que platicaba.
-El caso es que a ti si te puedo escuchar.
-Entonces que te parece si vamos a la casa de los Rodríguez, mis anfitriones, para cenar y enseñarte juntos un poco más de la Biblia.
-Me encantaría, pero no puedo dejar esta propiedad.
-No temas, en este pueblo nadie roba y de regreso, te acompañaré junto con el señor Rodríguez. Pero si me interesa que aprendas… digo, para tu bien.
Ella seguía mirando al horizonte, los cerros teñidos de azul cenizo por el atardecer se alzaban delante de ella. Los colores naranja y amarillo comenzaba a colorear el cielo y los grillos iniciaban su canto.
-Está bien -concluyo ella- solo deja entro por un suéter a mi casa y nos vamos.
La chica se levantó, sacudiéndose las faldas. Lo invitó a sentarse en el tronco mocho donde estaba sentada. Le pidió de nuevo que la esperara y se metió a su hogar.
El corazón de Israel palpitaba como loco, estaba emocionado, enamorado. La imaginaba, después de la inmersión, casada con él y predicando juntos a favor de la misión que él había tomado. Pero pasaron los minutos hasta cumplir con la media hora desde que ella entró por la prenda. La alegría se convirtió en decepción. ¿Lo había plantado tal vez? Se preguntaba.
Cuando el sol fue sepultado por los cerros y solo un escaso fulgor brillaba por encima de los picos y las luces vecinas comenzaban a brillar como las estrellas del cielo, creyó que era conveniente dejar el lugar y olvidarse de la hermosa chica de los ojos verdes. Se levantó del tronco y se sacudió el pantalón, para caminar a la cerca. Antes de cruzar por el limite de la propiedad, volvió su mirada a la casa oscura, que tenía la puerta abierta de par en par y demostraba su interior vació y siniestro. Un instinto de curiosidad, lo impelió a regresar y entrar a la descuidada construcción. Polvo y telarañas era lo único que halló en la sala principal. Ningún mueble, ni señales de que ahí hubiera algún habitante. Él quiso gritarle, pero nunca le había pedido su nombre. La buscó en cada rincón, pero no encontraba más que aire y tierra. Comenzaba a comprender, pero se negaba en aceptar, que realmente no había ningún habitante en esa casa. Salió por la puerta de atrás y encontró una vereda y la siguió hasta llegar a un árbol cercano. A sus pies, se erigían tres lápidas sucias y descuidadas. Temeroso, se acercó a inspeccionar y una de ellas le quitó el aliento. Dentro de uno de los floreros vacíos, estaba atorado un panfleto religioso. El mismo panfleto que le había dado a la chica, el día que la halló.





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