La seductora y temible X´tabay

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Basados en una antigua leyenda maya, se tiene conocimiento que en un pueblo pequeño vivían dos hermanas de sangre, muy hermosas, una conocida como Xkebán (se pronuncia “ishkebán”), que significaba mujer pecadora, porque se entregaba a los placeres de la carne, por lo que la gente honrada sentía repugnancia hacia ella; y la otra, conocida como Utzcolel, que se traducía en mujer buena, por lo que los pobladores la respetaban.

Sin embargo, Xkebán, a pesar de vivir en los placeres carnales, era de una gran bondad, ya que curaba a los enfermos, ayudaba a quien lo necesitaba, y era una gran defensora de los animales. En cambio, su hermana nunca trató de ayudar a nadie, porque los consideraba inferiores e indignos de ella.

Al morir Xkebán, ésta irradió un bello perfume, debido a la nobleza de su ser, y en su tumba brotó una muy rara pero bella flor, conocida como Xtabentún (se lee “ishtabentún”), que genera un néctar que embriaga dulcemente a quien lo bebe, igual como sus desenfrenos de amor que envolvía a los hombres.

Cuando murió Utzcolel, fue todo lo contrario, despidió un mal olor por la negrura de su ser, y aún muerta, por envidia, se confabuló con los malos espíritus que le concedieron el don de regresar al mundo cuando ella quisiera, y adoptó de su hermana solamente la pasión desmedida y no su nobleza, para dejarse ver por algunos hombres debajo de los árboles de ceiba, seduciéndolos con los placeres de la carne, haciéndolos suyos, y posteriormente, asesinándolos. En estos tiempos, se dice que aún se deja ver, y es conocida, popularmente, como “X´tabay (se pronuncia ishtabay)”.

“Juan era un hombre chaparrito, con el pelo lacio y negro, y con una barriga bastante sobresaliente, ya que le gustaba beber alcohol todos los días. Al salir de su trabajo se iba a las cantinas, o se reunía con sus amigos de parranda para emborracharse, y no regresaba a su casa hasta muy entrada la noche. Su mujer le aconsejaba que no siga tomando porque acabaría mal, a lo cual nunca prestó oídos. Tenía 3 hijos pequeños a los que nunca veía por su mal vicio, pues solo hacía llegar a su precaria vivienda de huano (palmera de la región), y se tiraba a dormir en su hamaca, hasta que su esposa lo despierte al día siguiente para ir al campo, donde laboraba.

Un día, Juan, después de terminar su trabajo en el plantel de henequén, se quedó con sus compañeros a beber unas cervezas. Alrededor de las 5 de la tarde, ya ebrios, cada uno de ellos se despidió, y se marchó con rumbo a sus casas.

Para llegar a su pequeño pueblo, Juan tenía que cruzar por un camino estrecho en el monte, donde había mucha maleza, y las ramas de los árboles, que en Yucatán se les dice “matas”, se atravesaban, estorbando su paso. Sin embargo, aun tambaleándose por el alcohol, con mucho trabajo y ayudado por sus manos, se iba abriendo paso para continuar su camino; hasta que, de pronto, divisó entre la maleza y ramas, a una mujer muy bella que se encontraba sentada en una piedra, debajo de una mata de ceiba. Vestía un huipil, vestimenta tradicional de la región, color blanco, con flores rojas y amarillas, así como hojas verdes y tallos cafés, todos bordados en punto de cruz, tanto cerca del cuello de la ropa, como por el borde de abajo. La hermosa mujer peinaba su larga cabellera negra, con un pedazo de Tzacam, un cactus verde erizado de espinas; tenía cruzada su pierna izquierda sobre la derecha, por lo que se podían apreciar sus pantorrillas y rodillas descubiertos; su torso estaba erguido para resaltar sus voluptuosos pechos; presentaba en su rostro una sonrisa que irradiaba una irresistible dulzura; y sus ojos negros lanzaban una mirada cautivante, que parecía decir: “ven”. Juan, seducido por la visión, no resistió los encantos, y se acercó hacia ella…

Mientras tanto, su esposa lo esperó hasta la madrugada y el hombre nunca llegó a dormir. Al salir el sol, desesperada, salió a buscarlo por todo el pueblo, preguntando a sus vecinas si lo habían visto, y recibiendo respuestas negativas. Preguntó también a los amigos de su cónyuge y ninguno dijo haberlo visto la noche anterior.

La señora pensó: “seguramente sus compañeros de trabajo sabrán darme información”, por lo que presurosa, acudió al plantío de henequén donde trabajaba su esposo para investigar. Llegó al lugar, que era muy grande, pues estaba en su apogeo el llamado “oro verde” (como se le decía al henequén, que es una planta originaria de Yucatán), y preguntó a los campesinos…

-Ayer, al concluir nuestra labor, tomamos unas cervecitas con Juan, aquí en el plantel, luego cada uno se despidió y se fue a su casa-, le indicaron a la mujer.

-Fue la última vez que vimos a nuestro amigo; no sabemos más de él-, añadieron los campesinos, ya preocupados.

-Hay que organizarnos para ayudar a la señora y buscar a Juan-, concertaron los trabajadores, y se dieron a la tarea de recorrer todo el plantel, así como los alrededores. Tras varios minutos de búsqueda, encontraron a su compañero en el monte, debajo de una mata de ceiba. Estaba muerto. Su cuerpo estaba tirado boca abajo, en el suelo, formado por tierra y piedras, que aquí abundan. Uno de los campesinos lo tomó de un brazo y lo volteó, quedando todos estupefactos: la boca la tenía abierta y sus ojos totalmente desorbitados, que dejaban en claro el terror que vivió los últimos momentos de su existencia.

-¡Se lo llevó la X´tabay!-, exclamaron los campesinos, mientras la esposa lloraba desconsolada”.

Comentarios

  1. Sosias

    6 mayo, 2018

    ¡Que hermoso cuento!
    Felicidades.
    Saludos y mi voto.

  2. Mabel

    6 mayo, 2018

    ¡Qué maravilla! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  3. Beto_Brom

    7 mayo, 2018

    Quedé atrapado con el singular relato.
    Aprendí a conocer la zona con sus costumbres y leyendas,
    Gracias por compartir.
    MI VOTO y un saludo, amigazo
    Shalom

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